Gustavo Gorriz

El miedo

El miedo

La persona más peligrosa es aquella que está llena de miedos. Esa es a la que hay que temerle más”.

Lüdwig Borne (seudónimo de Löb Baruch, famoso escritor alemán, Frankfurt, 1786 – París, 1837)

 

editorial

El despuntar del nuevo siglo vino acompañado de grandes augurios y muchas sonrisas. Grandes analistas deslumbrados por los adelantos por llegar imaginaron una realidad que casi nada tiene que ver con la que hay, cuando ya nos encaminamos a recorrer una veintena de años de ese deseado siglo XXI. La verdad es que hubo mucha incomprensión, mucho desacierto político que quedó manifestado en el fracaso de importantes proyectos y en el yerro de todas las previsiones que ellos generaron. Resultados como los del Brexit en Gran Bretaña o la derrota del “Sí” en Colombia al acuerdo de paz con las FARC; o, más recientemente, el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos son apenas aristas salientes de miles de situaciones que resultan inexplicables y a las que los expertos y consultoras no les encontraron respuesta. ¿Qué ocurre? ¿Por qué fracasan los métodos tradicionales de análisis? ¿Qué cambió que ya no hay respuestas previsibles para casi ninguna situación?

Lo cierto es que primero de a poco, pero siempre en constante aceleración, el paso de estos pocos años fueron oscureciendo el ánimo colectivo y, probablemente, causa y consecuencia, la aparición de Trump a cargo de la escena mundial haya completado ese estado de desánimo general. Cuando enunciamos esa constante generación de hechos, no solo hablamos de terrorismo, de refugiados, de desigualdad y de crisis en el Medio Oriente, ni de la violencia generalizada que nos llega de manera cotidiana, sino que le sumamos de manera determinante la influencia que las redes sociales han generado en nosotros, en todos nosotros, multiplicando cada uno de los dramas señalados. Es decir, en el pasado toda la información nos llegaba remixada, procesada, ocurrida, requería además de nuestra propia disposición, de una pausa concreta, del descanso y del “noticiero central a la hora de la cena”, ese formato que ya no volverá jamás. La verdad es que en la actualidad, la realidad se vive en directo, de manera apabullante y absolutamente invasiva, y hoy nos ingresa al minuto, en el trabajo, mientras nos transportamos, en el descanso, durante la noche. Los teléfonos, las tabletas, las computadoras, forman parte casi de nuestro propio cuerpo. Más adelante, seguramente, cambiarán los dispositivos, pero de ninguna manera se modificará esta sobreexposición con lo exterior, con el afuera, entonces ya no importa cómo es, sino cómo se siente, cómo se percibe, qué nos venden, qué mide más y qué pide ese monstruo de millones de cabezas que componemos todos nosotros, los consumidores.

Seguramente, la sensación poco se convalide con los datos fríos de la realidad, pero esa sensación es finalmente la que prevalece. Cualquier analista serio la descartaría con unos pocos números, porque este miedo generalizado a lo que viene, esta desesperanza con el presente y con el futuro, esa idea de que el pasado fue mejor, en casi nada se compadece con la realidad. Así puede verse en el análisis de cinco o seis datos fundamentales, que certifican que el pasado no fue mejor:

– La esperanza de vida en Europa en 1800 era de 33,3 años. En 1900 y en el mismo continente, era de 42,7 años; y hoy es de 76,8 años. También lo confirman los datos de nuestro país, con una expectativa de vida de 32,9 años en 1895 y de 74,1años en 2000/2005.

– Según la Unesco (creada en Londres en 1945) el analfabetismo mundial en 1950 era de 44,3 %. Medida en el 2015, esta cifra, contundente por cierto, es de solo el 13,8 %.

– En 1900, solo ocho países tenían sistemas democráticos como forma de gobierno (representaban en 17 % del total de estados soberanos). Hoy hay 120 países democráticos, que representan el 65 % del total. No es este un dato menor, ya que la estadística indica que es con este sistema de gobierno en el que se han logrado las mayores mejoras en el desarrollo humano, la economía y el bienestar social.

– Los derechos de la mujer han tenido un extraordinario impulso y un geométrico desarrollo en estos últimos 100 años, aunque, si bien es un dato obvio, no dejemos de notar que ello afecta de manera directa al 50 % de la población de todo el planeta. Los progresos en el derecho a trabajar, a votar, a ejercer cargos públicos y a tener igualdad de oportunidades, ni siquiera cumplió la centuria (solo recordar que en igualdad de condiciones se votó por primera vez en Gran Bretaña en 1928 en lo que se llamó “Acto Igualitario de Concesión”). Queda mucho por andar en esto, pero mucho ha ocurrido. No lo dudemos.

Todos estos datos precedentes, variados e incompletos, ya que les podríamos integrar el interminable progreso médico, social, farmacéutico y de acceso a servicios básicos, delatan las increíbles diferencias a favor del hoy en relación con nuestros abuelos, y ni qué hablar con los antepasados de nuestra independencia. Aun así, seguramente, esos antepasados y esos abuelos miraban el futuro de una manera expectante y no llevaban la mochila cotidiana que acompaña a las grandes masas de nuestros días. Masas que desconfían de la clase política, que encumbran a dirigentes que les prometen realidades que ya no existen y masas que empiezan a creer que lo mejor “ya ocurrió”. Sienten que un futuro sombrío se avecina, y muchos ven en la Inteligencia Artificial (IA), en la informática y en todo lo relacionado con los avances que promete el futuro, ya no un aliado, sino el enemigo tenaz que viene por su trabajo, que viene a arruinar sus sueños. Es que pareciera bastante claro que los sistemas donde impera la libertad, la democracia, los partidos políticos y la integración liberal, tienen altos picos de aceptación cuando el bienestar económico, las mejoras y el futuro se presentan asequibles y con vientos de popa. Del mismo modo, baja su significación sensiblemente cuando el ciudadano percibe que su realidad será peor que la de sus padres, que los beneficios de hoy están en juego mañana; es entonces cuando la incertidumbre gana su corazón y su voluntad. Generan esta solución las mismas consideraciones de la realidad exterior, esa que le aumenta las sensaciones por la vía del constante vínculo con las redes que le procesan datos sin parar. También atacan su conciencia las limitaciones que, prima facie, entiende tendrá su propio futuro, su futuro personal e íntimo, con el irremediable relevo de millones de tareas que hoy están en manos de los humanos y que la tecnología y la robótica le sacará de las manos.

A diario y a una apabullante velocidad, los portales y todos los sistemas de información del mundo dan cuenta de los avances de la Inteligencia Artificial, en lo que muchos llaman la “nueva revolución de las máquinas”, situación que pone en vilo a millones de personas que podrían ser descartadas del sistema laboral, no solo porque su tarea ha sido sistematizada, sino porque es infinitamente más económica, más fiable y, si fuera posible ponerle algo de humor, “jamás se enfermará”. Los datos sobre ese futuro son miles y, a su vez, multiplican las especulaciones; lo que es absolutamente seguro es que el miedo está instalado en el inconsciente colectivo. Así, según la Federación Internacional de Robótica, entre el 2013 y el 2018 casi se duplicará la existencia de robots aplicados para dar respuestas industriales en el mundo. En el mismo sentido, el banco Merrill Lynch predijo que para el 2025 existiría una reducción de 9 billones de dólares, producto de la baja de costos de empleo por la implementación de la automatización en el trabajo. Otro estudio, en este caso de la Universidad de Oxford, concluyó que en el corto plazo, el 47 % de los empleos en Estados Unidos podría ser sustituido por máquinas. Es cierto que esta visión trágica, vinculada a algo tan esencial como el trabajo y la subsistencia ya ocurrió en el pasado, y esas previsiones no se cumplieron. Ello ocurrió en la primera mitad del siglo XVIII durante la Primera Revolución Industrial que involucró inéditas transformaciones sociales y económicas. Durante ella, existió la sensación de que “las maquinarias destruirían a las clases trabajadoras” y una generación convivió con esa sensación perturbadora. Ese paso, de una economía rural a otra industrializada, urbanizada y mecanizada, generó profundos cambios; pero, superada la crisis inicial en la masa laboral, esta revolución transformó todo en nuevos empleos, en muchos cambios positivos, en posibilidades de superación. Sin embargo, no es conveniente trasplantar la historia, ya que ella nunca se repite ni tampoco se repiten los contextos donde ocurrió. Hoy la IA genera cambios de tal envergadura que ya no son temas que competen a analistas y politólogos, sino que son motivo de debates de filósofos, sociólogos y psicólogos que aventuran a diario qué ocurrirá en ese futuro que no tiene precedentes.

Esta es una realidad que tiene una influencia determinante en el mundo occidental y que también se cuela de una manera u otra en todo el planeta. Una humanidad sobreinformada, asustada y con un futuro amenazado por un imparable avance tecnológico. Si a esa amenaza se le suman las de otros mercados, esos que sin ética alguna abaratan costos a expensas de la explotación, conoceremos una masa laboral democrática desconfiada y peligrosa que creyó siempre que sus derechos ganados jamás se verían afectados. Y esa duda de hoy la pone en peligro cotidiano.

En este mundo trágico, un empresario audaz e inescrupuloso encontró una oportunidad, detectó el miedo de esa clase trabajadora de la América profunda y, apelando a esa sensación humana tan básica, ganó una elección que parecía imposible. Hoy piensa en un muro que proteja a sus votantes y pueda cubrir sus promesas de campaña. Pareciera poco probable el éxito de esta empresa tan primitiva en este mundo globalizado. Es curioso que en la otra punta del mundo, el Estado Islámico (EI) también apele al más elemental de los sentidos, el miedo, y también apele a las redes sociales para lograr sus objetivos de reinar en el inconsciente colectivo. Los Estados Unidos necesitaron de una segunda bomba atómica en Nagasaki (el 9 de agosto de 1945) para ganar la Segunda Guerra Mundial, que mató a 35 mil personas de manera inicial. El EI no necesita nada de eso, solo de las redes y de “un lobo solitario” en una iglesia de Francia o a un niño que desuelle a un cristiano en el desierto ante una cámara personal, para que casi sin costo, permanezca días y días en los portales del mundo y más tiempo aún en nuestras conciencias. Curiosamente y no al azar, pareciera que tanto Donald Trump como el EI, han detectado el talón de aquiles que representa el miedo en la sociedad contemporánea. También la serie de culto del momento, Black mirror (una Dimensión desconocida del siglo pasado, para los muy memoriosos), actúa sobre ese sentimiento en cada uno de sus capítulos, todas historias independientes donde el terror a la tecnología, al vacío interior, a la pérdida de control y a la soledad infinita de la dependencia tecnológica, deja sensaciones ciertamente terroríficas, generando en el espectador la sensación de “distopía”, término antónimo de “eutopia” y que representa el “lugar malo del destino”, donde solo hay sufrimiento y dolor. Su creador, el ya célebre británico Charlie Brooker, entendió como pocos cómo nuestra realidad puede ser deformada, cómo el malestar contemporáneo crea una tecno-paranoia, “una parábola retorcida en tiempos de Twitter”. Casualidad o no, el arma comunicacional predilecta de Trump.

Entonces, ¿dónde vamos? ¿Hacia un mundo mejor? ¿Un mundo mejor pero con una percepción desesperanzada? ¿Estamos viviendo una carrera donde la tecnología ya nos amenaza con la posibilidad de salirse de control?

Con franqueza, creo que no sabemos a ciencia cierta adónde vamos y ese es el motivo principal del miedo. Mientras tanto, confiamos nuestras vidas en quienes quizás no debiéramos confiar para guiarnos.

Hambre: Ignominia del siglo XXI

“El hambre en el mundo es un escándalo, y la comunidad internacional debe responder a las necesidades inmediatas y, además, abordar las raíces del problema. De ese modo, nadie se verá obligado a abandonar su tierra y su propio entorno cultural por la falta de medios esenciales de subsistencia”.

Papa Francisco
Mensaje al Director General de la FAO – Jornada Mundial de la Alimentación
16 de octubre de 2013

hambre-editorial

Transitamos tiempos de un panorama internacional incierto y complejo, donde el terrorismo islámico nos enfrenta a una batalla que desnuda nuestra falta de preparación para poder hacerle frente. A esa contingencia grave se le suma la xenofobia resultante, el desarrollo de nacionalismos populistas con sus características aislacionistas, representadas básicamente por Donald Trump en Estados Unidos y por Marine Le Pen en Francia, aunque no debiéramos confundirnos y pensar que son los únicos. Ellos, con palabras altisonantes e impracticables, crecen en la consideración electoral y representan a muchos decepcionados ciudadanos de a pie en todo el mundo.

Si algo faltara a este sombrío panorama del crudo momento que vive Occidente, Gran Bretaña ha tomado la decisión de retirarse de la Unión Europea. De hecho, un gravísimo problema que podría además generar réplicas dentro del propio continente. La resultante del Brexit desvela a los políticos y analistas, siendo un ensayo que aún no tiene respuestas serias, tanto por el eventual debilitamiento de Europa como por la propia supervivencia del Reino Unido. Esta es la cruda realidad de este lado del mundo, y faltaría espacio para desarrollar la tragedia cotidiana en Oriente Medio, las crisis humanitarias de Siria e Irak o el abandono de gigantescas regiones de África.

Todas son malas noticias y ni siquiera auguran una gran crisis, ya que por definición la crisis ocurre en un lapso generalmente acotado de tiempo, y esta situación ha llegado para quedarse y con ella deberemos convivir en el futuro. Como es obvio, esta inestabilidad afecta a los mercados internacionales, hecho que impacta de manera indirecta pero certera y cruelmente en los que menos tienen, los más necesitados, los ciudadanos y los países con menores redes de contención.

Nada bueno augura este panorama descripto para el flagelo mundial del hambre, un drama del que DEF se ha ocupado en muchas oportunidades y que afecta a 795 millones de personas en el mundo, según el informe “El estado de inseguridad alimentaria en el mundo 2015”, realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y presentado en mayo pasado en Roma. Este informe era particularmente relevante porque justamente el 2015 era la fecha límite para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Ello consistía en el compromiso, firmado por 189 países, de reducir a la mitad el porcentaje de personas hambrientas en el mundo. Al firmarse este documento en la década del 90, el número de personas subalimentadas era de 1.011 millones y la reducción a la que pudo llegarse fue a 795 millones de personas. El objetivo que se había propuesto fue incumplido y quedó extremadamente lejos de aquel compromiso. Hay una nueva meta de “erradicación total del hambre” que se fijó la ONU de aquí a 2030. Un compromiso acuciante, ya que como escribimos en esta misma columna hace ya muchos años: “La alimentación es el primer derecho humano a preservar, satisfacer esa necesidad básica es el pilar indispensable para luego pensar en salud, en trabajo y en gozar de la libertad”. El informe de la FAO al que hacemos referencia brinda infinidad de datos provechosos para entender tan compleja problemática. De él rescatamos algunos indicadores trascendentes:

– Hay 216 millones de personas subalimentadas menos que en 1990/92 y la mayor cantidad vive en China, que logró reducir en más del 50 % la grave situación de la que partía en aquella década.

– La mayor cantidad de países que alcanzaron sus objetivos de reducción, o que al menos se acercaron a él, gozaron de una situación política estable, tuvieron crecimiento económico y no convivieron con situaciones graves de guerras o de conflictos prolongados. Ello facilitó la implementación de políticas sociales sobre los grupos más vulnerables, que explican en gran parte los resultados obtenidos.

– Una característica de esta época muy destacada es el importante incremento de la duración de las crisis alimentarias. Se han reducido las crisis agudas y han aumentado de manera exponencial las crisis prolongadas. Nueve de cada diez llamamientos humanitarios duran más de tres años y en algunos casos se prolongan hasta los ocho o diez años.

– En la subalimentación se mantiene la discriminación por género. Las mujeres están sensiblemente más expuestas al flagelo y sus consecuencias. Además enfrentan mayores dificultades para acceder a la ayuda humanitaria.

– Un dato fundamental a ser considerado es que la subida de los precios, las catástrofes naturales o cualquier circunstancia grave que derive en falta de alimentos, impulsa o agrava de manera notable los conflictos armados. Ello termina generando un círculo vicioso, que evita que el problema logre erradicarse y lo perpetúa en el tiempo.

– Finalmente un dato escalofriante: las hambrunas causan muchas más muertes que los conflictos armados. Entre 2004 y 2009 perdieron la vida alrededor de 55.000 personas en guerras o actos de terrorismo, mientras que solamente en Somalia entre 2010 y 2013 unas 250.000 personas murieron por falta de alimentos.

Nuestra región ha hecho importantes avances en el tema, además de ser la primera en tomar el compromiso de erradicación total del hambre a través de la Iniciativa América Latina y el Caribe Sin Hambre 2025. En la actualidad los resultados, sin ser óptimos, han sido alentadores en varios países latinoamericanos. Algunos han logrado la meta de reducción del 50% de la cantidad de subalimentados acordada en 1990, y las personas en riesgo son hoy 34 millones, mientras que hace un cuarto de siglo superaban los 69 millones de necesitados. Concientización, labor social, compromiso de los países y una fuerte influencia de la FAO han permitido muchos logros que permiten avizorar un futuro mejor, pese a las muchísimas cuentas pendientes en un continente caracterizado por la abundancia de sus recursos alimenticios.

Curiosamente Brasil fue quien realizó un progreso importante y casi masivo entre los años 2001 y 2013. Según el Banco Mundial, logró erradicar la pobreza extrema en casi un 6 %, consiguiendo que descendiera del 10 al 4 % el porcentaje de personas que vivían con 2,5 dólares por día. Este fue un proceso extraordinario si se considera que tuvo como punto de partida el gravísimo deterioro de las condiciones sociales de un importante sector del pueblo brasileño. Se inició durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) y se prolongó luego durante los dos períodos sucesivos de Luiz Inácio Lula Da Silva (iniciado en enero de 2003 y finalizado en el mismo mes de 2011) que, con loables políticas públicas que incluyeron la “Bolsa Familia” (renta a cambio de escolarización de los hijos) o “Brasil Sin Miseria” y fundamentalmente “Hambre Cero”, lograron los avances comentados. “Hambre Cero” (“Fome Zero”) fue lanzado cuando Lula era candidato en 2001 como una propuesta de política de seguridad alimentaria en el Instituto de Ciudadanía del Brasil. Este plan fue liderado por José Graziano da Silva –actual director de la FAO– y se transformó en referencia en el mundo, luego aplicado en otros países de la región e incluso en África. Brasil acompañó estas medidas con la mejora del salario mínimo y el incremento de la formalidad laboral, lo que hizo posible un crecimiento sostenido. Aun cuando casi 20 millones de brasileños se mantienen todavía en la pobreza, sin duda ese fue un camino serio que modificó las estadísticas negativas de toda la región. La compleja situación durante el gobierno de Dilma ha estancado los avances, junto al resto del proceso virtuoso de aquella economía, y existe un temor cierto de que los objetivos alcanzados se diluyan o se detengan por tiempo indefinido.

¿Cuál es la situación actual de la Argentina? La verdad es que no es fácil saberlo porque nuestra realidad tiene a sus estadísticas muy “flojas de papeles” en casi todos los rubros que se analicen y, sin exagerar, quizás contemos hoy con el sistema de estadísticas más débil de la región. Dicho esto, puede tomarse como un punto de partida para el análisis un informe de Unicef de fines de 2015, en el que ese organismo de la ONU indica que hay 4 millones de niños pobres en nuestro país y de ellos, 1 millón 100 mil se encuentra en situación de pobreza extrema. Estos datos provienen del documento Bienestar y pobreza en niñas, niños y adolescentes en la Argentina, un valiosísimo informe donde se aplicó una política de análisis multisectorial que toma 28 parámetros con indicadores que incluyen desde la nutrición a los accesos educativos o a la exposición a la violencia. Parte de diez dimensiones: la salud, la nutrición, la información y la educación, el saneamiento, la vivienda, el ambiente, la violencia, el trabajo y el juego e interacción. Este nuevo sistema permite direccionalizar los indicadores de políticas públicas para enfrentar la crisis de esta infancia condicionada en su crecimiento. Vinculado con el tema que acá tratamos y a falta de buenas herramientas de análisis clásico, ese trabajo permite tomar consciencia de los pobres niveles que nuestro país tiene en la búsqueda de objetivos aceptables vinculados a la nutrición, al hambre y a la satisfacción de las necesidades básicas de los sectores más vulnerables. Es duro de aceptar, algo que por obvio y repetido no deja de asombrar, que una nación con un extenso y muy rico territorio y con una escasa población comparativa, que tiene capacidad para producir alimentos para más de 400 millones de personas, no logra generar políticas públicas que permitan contener alimentariamente a su propia sociedad. No es desacertado recordar aquí el destino pensado que tuvo la Argentina hace cien años y también recordar dónde se encontraban entonces Canadá y Australia por ejemplo, por citar a dos naciones con nacimientos y características comparables. Más que admitir que estamos en deuda, debemos decir que en algunos aspectos presentamos condiciones casi de “estado fallido” si analizamos de cuán extraordinaria condición partimos.

Volviendo al eje principal de esta nota, llena de cifras y datos que pueden ser agotadores, pensemos que la comprensión de drama del hambre puede humanizarse rápidamente con solo ubicar un rostro, el de una persona, el de una madre o un niño desnutrido o mal alimentado, allí donde se acaban los números y pueden empezar las lágrimas. Es ahí donde uno se pregunta cuál es la respuesta global a esta ignominia del siglo XXI. La opinión de las FAO es insistir en transformar la visión tradicional del hambre –vinculada a que es un problema de producción– para entender definitivamente que es un problema de acceso a la alimentación. Esto pareciera más que razonable, ya que el mundo produce alimentos para un 38 % más que la población que existe en el planeta. Si consideramos que el planeta tiene casi 800 millones de personas con hambre, esto nos permite entender que por más complejo que este sea, el problema se encuentra focalizado. Podremos estar muy lejos de resolverlo, pero podemos por lo menos ponernos de acuerdo en cuál es el problema.

Más de 700.000 millones de dólares es el valor del desperdicio anual de alimentos en el mundo y esto supera, por ejemplo, el producto interno bruto (PIB) de la Argentina. Esos alimentos no utilizados se calcula que emplean alrededor de 400 millones de hectáreas para su producción (una superficie mayor a la India y Canadá juntos). Se calcula que son 150.000 contenedores diarios no utilizados en el mundo. Un mundo que tiene 900 millones de personas con sobrepeso, de ellas un tercio obesas y simultáneamente 2000 millones de personas con deficiencias nutricionales, entre ellas 800 subalimentadas. Otra aseveración de la FAO sobre la funesta consecuencia del problema indica los daños que le produce al medio ambiente. Ellos son tan brutales que solamente China y Estados Unidos la superan en la emisión de gases del efecto invernadero.

Está extremadamente claro que este es uno de los problemas claves que debe resolver la humanidad en el siglo XXI, que esas soluciones deben surgir cuanto antes y que millones de personas no pueden esperar, algunas de ellas ni un solo día. Según la ONG Oxfam, 338 personas poseían en el año 2010 la misma riqueza de 3600 millones de personas; esa inequidad distributiva no debe alcanzar las necesidades básicas de un ser humano si queremos vivir en paz y en libertad. La primera de esas necesidades es alimentarse, paso vital y fundamental para cualquier futuro. También debiéramos pensar muy seriamente cuán poco avanzamos en un mundo con progresos geométricos tan grandes y avances que nos sorprenden día por día. En 1996 en la Cumbre Mundial de la Alimentación de la FAO, el derecho a alimentarse fue declarado derecho básico de todo ser humano. Han pasado 20 años y los progresos obtenidos dan pena, la respuesta del mundo globalizado a tan dramática situación solo puede entenderse como una respuesta tibia para el más brutal de los dramas.

Dice el Apocalipsis que a los tibios los vomita Dios y Dante Alighieri, en La Divina Comedia, ubica a los tibios en el borde del infierno.

La mujer: Desafío del siglo XXI

La mujer: Desafío del siglo XXI

“Hemos roto tantos techos de cristal que hemos creado una alfombra de añicos. Ahora estamos barriendo las ideas preconcebidas y los prejuicios del pasado para que las mujeres puedan avanzar y cruzar nuevas fronteras”. Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas
Mensaje para el Día Internacional de la Mujer 2016

El mundo en peligro: Narcos por doquier

El mundo en peligro: Narcos por doquier

“¿Qué tentación nos puede venir de ambientes dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia, ante el sufirimiento y la precariedad? Esa tentación es resignarse, lo cual paraliza e impide no solo caminar, sino también hacer el camino”.

Palabras del Papa Francisco en Morelia, capital del estado de Michoacán (México). Febrero de 2016

 

Gustavo GorrizEl mundo vive tiempos de intensa complejidad, con algunas noticias trascendentes y otras que provocan un profundo temor en toda la comunidad internacional. Entre las primeras, podemos destacar el extraordinario descubrimiento de las ondas gravitacionales que confirma la teoría de la relatividad de Albert Einstein, compleja investigación liderada por una científica argentina –Gabriela González– que se encamina hacia el Nobel. Y también la histórica reunión que en Cuba tuvo el Papa Francisco con el líder de la iglesia ortodoxa rusa, el patriarca Kiril, primer encuentro oficial luego de un cisma que duró hasta aquí 962 años. Ambos hechos muy diferentes entre sí auguran, en el mediano y largo plazo, cambios trascendentes para el mundo en que vivimos. Entre las muy malas noticias, no podemos dejar de enumerar los peligros que representan la propagación del virus del zika, con el terror que ello implica por las consecuencias de la microcefalia en los niños en gestación de mujeres embarazadas. También la gravísima inquietud que provoca la posesión de la bomba de hidrógeno por parte de Corea del Norte, en una zona sensible y donde gobierna el inestable líder Kim Jong-Un. Debe sumarse a esta situación el accionar cada vez más globalizado del Estado Islámico (ISIS), ya en una guerra internacional plena. Su fanatismo y determinación hacen imprevisibles las consecuencias e incluso amenazan con modificar hasta las costumbres cotidianas de todos los países desarrollados. A este panorama por cierto poco alentador lo acompaña de manera cotidiana, intensa y permanente el accionar del narcotráfico a nivel mundial.

El problema de esa intensidad y permanencia del narcotráfico en las noticias y en el quehacer cotidiano de la sociedad es el riesgo de que empiece a formar parte de nuestras vidas y terminemos acostumbrándonos a este flagelo. Valga como ejemplo el periodista James Foley, primer decapitado por ISIS cuyo dramático video recorrió el mundo como un reguero de pólvora, o Aylan Kurdy, el inmigrante sirio de tres años que conmocionó al mundo ahogado en las playas de Turquía. A cuántos más ISIS decapitó, quemó, arrojó desde las alturas y otras barbaridades, cuántos niños más murieron ahogados después de Aylan sin que recordemos sus nombres ni les hayamos dedicado siquiera una plegaria. A ese temible riesgo me refiero al hablar de la cotidianeidad con que nos llegan las noticias del narcotráfico y las consecuencias de las tragedias que provoca. Tampoco aquí podemos dejar de considerar cierta laxitud en nuestras costumbres, en nuestra forma de ver occidental y en la fácil aceptación que muchas de estas malas artes tienen en importantes capas sociales en nuestro continente y también en el resto del mundo.

Porque lo cierto es que el drama y la muerte se nos presenta muchas veces edulcorada por una superficialidad que suele ser intencionada y pagada por los líderes del narcotráfico y otras veces por la propia tontería de la conveniencia o del negocio, sin medir ninguna de sus consecuencias. A eso nos referimos con las narconovelas, con la comercialización de productos que exaltan a los narcos, con las series colombianas y mexicanas que exaltan la riqueza y la vida fácil de estos personajes e incluso con series de influencia mundial, como Braking Bad y su personaje icónico Mr. White. Imposible no citar aquí los narcocorridos, esas canciones que recorren Centroamérica exaltando las ausentes virtudes del narcotráfico y cuyos títulos hablan por sí solos: Dame veneno, La puta policía, Ambiente cadáver, solo para citar algunos.

Lejos de alardear, en DEF nos lamentamos de llevar más de una década alertando sobre este fenómeno que atraviesa todas las capas sociales y encuentra espacio en todos nuestros países. Hemos tenido el privilegio laboral de recorrer las favelas de Río de Janeiro, también la selva colombiana y los suburbios de El Salvador y Guatemala, entre muchos otros países, incluidos Perú, México, Bolivia y Paraguay. También nuestras propias villas, que repiten los códigos y la violencia de los más peligrosos énclaves del delito en Latinoamérica. Ello nos permite dar testimonio directo de lo que ocurre y también de sus consecuencias. La droga es un disparador que nunca corre solo, sino que es acompañado por la corrupción, el lavado de divisas, el tráfico ilegal de personas y de armas, la prostitución y la connivencia con fuerzas de seguridad y policiales. A ello debe sumarse el enquistamiento en las clases dirigentes, en políticos, jueces, empresarios y banqueros, interesados en el dinero fácil y sus beneficios. Este último aspecto, el que involucra a los dirigentes, es el que facilita la laxitud general para enfrentar el problema, el que detiene procedimientos en marcha y los obstaculiza en la Justicia, el que siempre genera las condiciones adecuadas para este “negocio” extraordinario. Este es su costado glamoroso; mientras tanto, miles y miles mueren y matan por nada, por una dosis. La gravedad de la situación también se extiende como una mancha de aceite sobre la gente común, sobre los inocentes y sobre los honestos que, agotados por la ineficiencia del Estado o directamente por la ausencia de él, actúan por mano propia, forman fuerzas de protección y se defienden. Ello indefectiblemente finaliza en abusos, en incidentes, en linchamientos. Es allí donde muchedumbres impotentes liberan sus peores demonios ante quien fuera, aun sean ellos inocentes, como ocurre las más de las veces.

Refrescar los índices y cifras de este monumental fenómeno del narcotráfico puede resultar frío y hasta escaparse de la imaginación de una persona común, aquella que se asombra con las habitaciones llenas de dólares de Pablo Escobar ayer, de El Chapo Guzmán hoy y del próximo por venir, a quien seguro muy pronto veremos. Pero aquí la realidad supera la ficción y esas habitaciones podrían ser estadios y esos recursos seguro podrían sacar de la pobreza a muchos países. Solo algunos ejemplos para mensurarlos:

Según las últimas estimaciones de la ONU, los ingresos anuales provenientes de las drogas en los países de nuestro continente ascienden a 150.000 millones de dólares, prácticamente la mitad de los 320.000 millones que generaría ese negocio a nivel mundial, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

El valor del mercado minorista de la marihuana se estima en 141.000 millones de dólares anuales, siendo los EE.UU. la plaza más rentable, con unos 64.000 millones, en tanto que el sudamericano llegaría a 4.200 millones de dólares. Pensemos que, de legalizarse su uso medicinal en más países o de despenalizarse su consumo recreativo (como ya ha ocurrido en los estados de Colorado y Washington), podría convertirse en un apetecido mercado legal. Sin ir más lejos, en 2014 la venta de marihuana legal en EE.UU. alcanzó los 2.700 millones de dólares y, según estimaciones del ArcView Group, en 2016 podría acercarse a los 4.500 millones de dólares.

En el caso de la cocaína, esta droga mueve alrededor de 84.000 millones de dólares en el mundo, de los cuales 34.000 millones se concentraría en EE.UU. Para hacernos una idea del fenómeno, pensemos que por un kilo de cocaína pura en Colombia o Perú se le paga al productor unos 700 dólares. En México, llega a cotizar 18.000 dólares. Al cruzar la frontera con EE.UU., pasa a 30.000 dólares en el mercado “mayorista” y en el “menudeo” puede ascender a unos 100.000 dólares. Es decir, desde su lugar de producción hasta llegar al consumidor final, el precio se multiplicó 142 veces.

Si analizamos el caso de la heroína, en el estado de Guerrero, donde se siembra buena parte de la amapola mexicana, cada campesino puede llegar a recolectar hasta 300 gramos de goma de opio por día, a cambio de 275 dólares. Al llegar al mercado estadounidense, el kilo de heroína –para cuya producción se requieren necesitan 10 kilos de goma de opio– tiene un precio de 35.000 dólares en México, pero llega a los 80.000 a 100.000 dólares en el mercado minorista estadounidense. Aquí también el precio se multiplica, a lo largo de toda la cadena, entre 290 y 360 veces.

Un negocio muy apetecible es también el de las drogas sintéticas, mercado dominado por la metanfetamina. Se calcula que este mercado deja ganancias por 28.000 millones de dólares a nivel mundial, de los cuales el 60 por ciento –es decir, unos 17.000 millones– se obtienen en el mercado minorista de EE.UU., abastecido principalmente por el Cártel de Sinaloa.

Como dijimos, las cifras son el frío resultado de las estadísticas, solo números que las más de las veces hasta resulta difícil imaginar. Pero, a medida que acercamos la lente, uno empieza a ver a las víctimas hasta llegar a individualizarlas, hasta llegar a verlos uno por uno. Ahí podemos ver los ojos adolescentes y ya sin vida de los mareros en Centroamérica, ver a los excluidos de Medellín o a los rostros iluminados por el dolor de padres y hermanos de los estudiantes de Ayotzinapa en México. Imágenes que también se repiten en nuestra Villa 31 en Buenos Aires y en el desaliento de las “madres del paco” ante sus realidades casi irreversibles. Aquí se acaba la última fascinación por la droga, donde muere la diversión, la alegría, el sexo y el lujo. Se pierde todo, simplemente para volverse solo dolor y final. ¡Nada!

Muchas veces nos preguntamos en la redacción si no somos reiterativos, si no encontraremos lo que escribimos en otras de nuestras propias publicaciones. Siempre nos respondemos, desde ya hace muchos años, que nos repetimos porque vemos que los años pasan y los cambios de fondo no llegan. Que alertamos sobre cuánto más grave se puede poner, cuánto más grave puede ser la situación. Que intentamos contribuir a generar esa agenda cotidiana para la Argentina y para toda la región. La indiferencia mata; mata porque nadie amanece un día y descubre que vive en un “narco-Estado”. Ello ocurre en un proceso lento, imperceptible, pero diario y constante. Nuestros hermanos mexicanos viven hoy su hora más difícil, con sectores de su país fuera de su propio control, con una encarnizada represión y una violencia entre Cárteles que supera cualquier ficción. Una sociedad con altísimos porcentajes de descontento con su propio Gobierno y con fuerzas policiales a las que consideran corruptas y generadoras de violencia descontrolada. Salir de allí será muy difícil, porque cuando uno batalla en las puertas del propio infierno, siempre es factible que “mañana sea peor”.

También hemos repetido mil veces, como ya ocurriera en Colombia, que el narcotráfico no respeta fronteras y que, como el peor de los virus, se instala allí donde encuentra las mejores condiciones ambientales, y donde la debilidad es más manifiesta. El poco control sobre el territorio, una precaria radarización, fronteras porosas, migraciones libres y relaciones entre bandas locales e internacionales son un caldo de cultivo más que propicio. A ello se le suma el incremento del delito, de la violencia y del consumo en todas sus formas. Entonces, todo pareciera indicar que estamos ante un camino que se transformará pronto en una gran avenida para nuestras vidas. Muchos distraídos, poca colaboración internacional e interna, falta de inteligencia criminal y de una acción judicial estricta e inapelable, no son buenos indicios para nadie, salvo para los narcotraficantes. Un Estado presente, educando y generando empleo y fundamentalmente, sacando razones de la calle para que el delito encuentre adeptos, es un sendero que debiera ser transitado de manera inmediata.

Argentina y la región exigen consciencia, responsabilidad y trabajo coordinado. DEF será portador de este mensaje cuantas veces lo crea necesario, sin importarnos otra cosa que generar consciencia plena del reto que debemos enfrentar. Entrar en el problema es triste y doloroso, pero salir del problema es trágico e imprevisible.

Argentina: De cara al futuro

“Permítame Ud. que le diga que sufra por la unión hasta donde se pueda, mas nunca en perjuicio de la Patria, caiga todo por ella, o no llamarse su hijo”.

Carta de Manuel Belgrano a Don Mariano Antezana

Campo Santo, 19 de abril de 1812

gorriz

DEF cierra la primera década de su existencia y ello coincide con un cambio de gobierno en nuestro país y con todas las expectativas que ello genera en el ámbito interno, en la región e incluso a nivel internacional. Intentamos a lo largo de esta publicación desarrollar un informe importante sobre las condiciones que enfrentará la Argentina en la mayoría de los aspectos mensurables que pueden analizarse, de manera de contribuir a iniciar con éxito este nuevo proyecto, que de resultar exitoso beneficiará a todos los argentinos. Tampoco debiéramos perder de vista que en el año que se inicia festejamos el Bicentenario de nuestra independencia y que ello también debiera representar un aliciente para intentar, entre todos, iniciar el camino que ubique a nuestra Nación en el lugar que alguna vez soñamos con justicia.

Lo cierto es que, evitando los detalles, el mundo presenta hoy razones complejas y en una constante evolución que podríamos enumerar básicamente en:

– El mantenimiento hegemónico de los EE. UU., pero con un fuerte crecimiento e indisimulable desplazamiento lento pero inexorable del poder hacia Oriente, allá donde estuvo ese poder gran parte de la historia conocida. En ella China e India lideran el crecimiento de una zona a la que no son ajenas otras potencias asiáticas.

– El crecimiento desmesurado del terrorismo internacional, de carácter religioso, representado por fanáticos del Islam, hoy identificados con ISIS y con otras organizaciones similares que se extienden desde Medio Oriente y distintos sectores del África hacia el mundo entero. Ya dejaron de ser una amenaza potencial para generar un teatro de operaciones mundial, desarrollando una guerra salvaje, impactante con imágenes propias del Medioevo y con total desprecio por la vida, propia y ajena. Este gravísimo conflicto tiene un pronóstico de solución más que oscuro y se presenta como una guerra extendida y prolongada en el tiempo.

– El control del petróleo y también de otras energías que generan el desarrollo sustentable, sigue siendo uno de los principales objetivos nacionales de los países dominantes y las rutas de transporte y su control, necesidades estratégicas que poco o nada han cambiado en décadas.

– El crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de personas se han transformado en gravísimos problemas que exceden la seguridad de los Estados para volverse conflictos que involucran a la Defensa Nacional y sus Carteles, ya multinacionales, ponen en jaque a gobiernos legalmente constituidos y a sus Fuerzas Armadas.

– El desarrollo tecnológico parece ser el sino de la década. Su crecimiento, constante y geométrico, impide imaginar siquiera la próxima década y las implicancias que tendrá en ella; los sistemas de seguridad, las redes de comunicaciones, la robótica, la cibernética, los drones, la biotecnología, el control de ciberespacio y la nanotecnología son apenas algunos de los revolucionarios aspectos que impiden delimitar su influencia mediana e incluso calcular la infinita distancia que podría existir en muy poco tiempo entre los países con el desarrollo de ese conocimiento y aquellos que carezcan de esa capacidad.

– La pobreza y las dificultades sociales, producto del hambre, la insalubridad, la ausencia de agua potable y de los cuidados más elementales hacia los que más necesitan, quizás no se hayan agravado, pero la explosión de los medios de comunicación los expone de una manera agraviante, colocando a sectores marginales al pie de guerra casi con razón, sin haber podido encontrar soluciones permanentes a esta problemática. Los alimentos y el agua siguen siendo elementos críticos, con el agravante insultante que grandes sectores del mundo los desecha, mientras en otros continentes falta hasta en la condición más elemental.

Este breve y seguramente incompleto panorama intenta ser realista, sin caer en un pesimismo fatal, y le reconoce a nuestra región infinitas posibilidades de futuro, ellas ya existen desde hace años y las más de las veces fueron desaprovechadas por ineficiencia, incapacidad y faltas de acuerdos completos y duraderos. Latinoamérica tiene economías complementarias con las grandes potencias en vías de crecimiento, es un tentador mercado de inversión de capitales, posee grandes capacidades de producción de alimentos, una gran diversidad, espacio territorial disponible y grandes reservas de agua. Además tiene un inexplorado y extraordinario litoral marítimo, extenso y lleno de riquezas para todos. Lo cierto es que en muchos casos la falta de educación, la pobreza, el hambre y el narcotráfico, además de inéditas tasas de homicidios, solo pueden indicar que los dirigentes de la región no han estado a la altura de la hora. Todos esperamos que Latinoamérica deje de ser “el patio trasero” del patrón de turno y dé, por fin, el salto de calidad que sus hijos merecen. Una mención especial para el Mercosur, que lleva años estancado en pequeñas disputas y miserias que impiden formar a pleno ese tentador mercado de cientos de millones de personas para el mundo.

En este marco general, la Argentina, el país que fue y es una promesa eterna, frustrada y motivo del análisis de filósofos, políticos, economistas e intelectuales de toda laya, se prepara una vez más a enfrentar su destino, que es siempre una ilusión para todos. Una definición simple, de argentino de cultura media, dirá de nuestro país que: vivimos 40 millones de argentinos en una región de una gran biodiversidad, que es la octava en extensión entre los países del mundo. Que tenemos un litoral marítimo de cientos de miles de kilómetros y responsabilidades en un sector de la Antártida, que disponemos de todos los climas en un territorio variado y lleno de bellezas naturales. Que nuestro poder agrícola-ganadero nos permitiría alimentar a 400 millones de personas y los ciudadanos de todos los países limítrofes se acercan a la Argentina en busca de oportunidades.

Esta descripción, idílica pero bastante cercana al pensamiento de nuestra gente, confronta con una realidad que muchas veces lastima nuestro ego, por cierto muy grande, según nuestros vecinos, y es un espejo que nos devuelve una imagen en la que preferimos no mirarnos. Ante este proceso que se inicia, pareciera inteligente suspender por un instante las culpas de propios y ajenos, la mirada sobre el pasado, la mirada sobre los que se fueron ayer y también los que lo hicieron antes. Intentar, por una vez, no ser fundacionales de nada. Ser argentinos todos, dándole continuidad a lo que hicimos con la mirada puesta en el futuro. Todo lo anterior lo hemos hecho mil veces y no es tonto el dicho que dice que “solo el hombre tropieza varias veces con la misma piedra”. Así lo hicimos y nunca faltaron entre nosotros los improperios ante nuestro fracaso, ni el “vendepatria”, el “traidor”, la “conspiración internacional” o una lista interminable de enemigos, muchas veces imaginarios. Nosotros, cada uno de nosotros, jamás integramos esa lisa. La culpa siempre está afuera, en el otro que busca aprovecharse de nosotros.

Tenemos miles de problemas, los más claros e identificables son la pobreza y el narcotráfico, también la necesidad de generar trabajo genuino y contención social. La misión es difícil, pero jamás imposible; somos un país “excepción del manual”, que tenemos la calidad humana, el espacio territorial y la riqueza para ponernos de pie rápidamente, una y otra vez. Un intelectual dijo alguna vez que deseaba para la Argentina “una secuencia de cinco presidentes olvidables”. De qué hablaba? Hablaba de que la institucionalidad se impusiera, que las organizaciones funcionaran per sé, que creciéramos y no esperáramos del príncipe y la princesa todas las soluciones que proprocionara su mirada infinita y que, por fin, maduráramos, ya que tenemos la capacidad y el ingenio para hacerlo.

¿Cómo podemos lograrlo? Desarrollando todo nuestro potencial agrícolo-ganadero; industrializando nuestra producción primaria; desarrollando la educación básica; manteniendo y acentuando el desarrollo tecnológico, espacial y satelital. En materia comercial, será fundamental construir a nivel subregional vínculos de confianza que nos permitan establecer una asociación seria con Brasil y lograr, a su vez, la salida hacia el Pacífico para poder llegar con productos competitivos al ascendente mercado asiático. Para desarrollarnos un capítulo esencial es el energético; en ese sentido, el gran potencial de nuestros yacimientos no convencionales de hidrocarburos, junto al boom del biodiesel y las condiciones inmejorables que presentan distintos puntos de nuestra geografía para la explotación de la energía eólica y solar, entre otras fuentes renovables, nos permitirán recuperar nuestra independencia energética. Otra de las condiciones centrales, para impulsar un desarrollo sano de nuestra economía, será el combate frontal a las mafias del narcotráfico y el crimen organizado transnacional, para lo cual es requisito indispensable tener un efectivo control de las fronteras y del espacio aéreo, así como de las principales vías de acceso a los puertos y aeropuertos del país, actuando al mismo tiempo con nuestros órganos de inteligencia sobre las vías de financiamiento de este monumental negocio manejado por multinacionales del delito.

Los argentinos somos famosos en el mundo por nuestras individualidades, muchas de ellas geniales. Solo para atestiguar lo dicho, citemos como en “Cambalache” del genial Discépolo, al Papa Francisco con Borges, a Baremboim con Xul Solar o a Messi con Maradona, en este caso según el gusto del lector. Otros muchos argentinos emigran y se integran con éxito, liderando equipos con muy destacados resultados en distintos ámbitos. Además, nuestros profesionales son buscados en los mercados laborales del mundo por sus capacidades e idoneidad. Es posible entonces que nuestro fracaso colectivo encuentre aquí y ahora una oportunidad única. Hoy, debemos gobernar la Nación por consenso, hay que formar equipos, esos extraordinarios equipos que sí sabemos integrar en el exterior. Dos maneras de mirar la Argentina nos separan por mitades. Eso, si queremos mirarlo bien, en lugar de ser negativo, puede ser el camino a recorrer para lograr un gran acierto. Pensar distinto, defender diferentes ideas e intereses, no nos vuelve enemigos; por el contrario, debiera complementarnos. Hasta el más inocente de los niños, al armar un rompecabezas, no busca la pieza igual, sino la que se sume a la que tiene. Esta imprescindible necesidad aún hoy choca con la realidad que nos muestran a diario las redes sociales; ahí se ve la intransigencia, la incomprensión y el rechazo de plano por el otro. Ese no pareciera un buen comienzo, pero aún todos podemos reflexionar al respecto y no repetir tontamente errores del pasado. La soberbia de la razón única nos ha hecho caer mil veces y la frase “La patria es el otro” no funciona si solo es un slogan publicitario inútil.

Es más que probable que la inmensa mayoría de los argentinos quiera lo mejor para sus hijos y una república con trabajo, seguridad y libertad, es lo que se los va a proporcionar. El equilibrio, el sentido común, el beneficio nacional que llegue a todos los sectores y que a todos cobije en una gran Argentina es el “deber ser”, el objetivo a buscar entre todos, hermanos argentinos.

Ojalá podamos, un gran año para todos.

 

El futuro por venir

El futuro por venir

“No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay ni fingirlo donde no lo hay”

Máximas de Franҫois De La Rochefoucauld (1613-1680)

gustavo-gorriz

Nuestra editorial cumple diez años, un aniversario emblemático y una aspiración cumplida, pese a las complejidades de la vida económica y social de nuestra región que hace que lo festejemos como un gran logro. Así lo sentimos todos en nuestra casa. Hace muy pocos meses, cuando editábamos la revista DEF Nº 100, recordábamos y repetimos aquí, que en nuestros inicios fuimos acompañados por opiniones muy pesimistas hacia nuestro proyecto. Expertos de aquí y de allá no nos asignaban ni un crédito para llegar al año de vida y aquí estamos, vivos, presentes, orgullosos y proyectando nuestro futuro. La frase de De La Rochefoulcauld, en la bajada del título de la presente editorial, obedece al pleno convencimiento de que llegamos hasta aquí porque no hubo disfraz donde había un compromiso serio y vital, no hubo disfraz en el empeño puesto en el compromiso hacia nuestros lectores. Hubo también respeto sincero en aceptar las opiniones de todos y el disenso como método de trabajo. Intentamos por sobre todas las cosas generar agenda, alertar sobre los problemas, cuando estos podían prevenirse, y proponer soluciones a aquellas situaciones que debían corregirse, tanto en nuestro país como en toda la Región.

También dijimos, y vuelvo a reiterarlo, que el profundo conocimiento político del presidente del TAEDA y su visión estratégica para detectar las crisis por venir, fueron un faro claro y concreto para realizar nuestra tarea, entendida como una mirada amplia sobre un mundo que se modifica día por día. Un mundo al que cada vez le cuesta más reconocer sus fronteras, hoy relegadas exclusivamente a lo físico y que desaparecen en la instantaneidad de las redes de comunicación, en la influencia de las corporaciones mundiales y en el espacio de la tecnología en todas sus formas.

Ojalá el lector note el amor con que afrontamos estos desafíos, realizados con un equipo de jóvenes talentosos que crecieron con nosotros y nos permitieron crecer a nosotros con ellos, y que también hoy cumplen en su gran mayoría una década de compromiso con nuestra editorial. Así lo sentimos quienes dirigimos los destinos de TAEDA, con un orgullo sincero por el recorrido realizado por cada uno de ellos.

También consideramos este aniversario una bisagra para todo lo realizado hasta aquí, que coincide con cambios políticos y sociales muy importantes en la Argentina y en toda la región, y que representan un nuevo reto para poder interpretar la realidad y proyectarla hacia la próxima década. Hace diez años aventuramos gravísimos problemas y lamentablemente acertamos en la predicción de la mayoría de ellos. La instalación del narcotráfico, la expansión del delito, el accionar de las maras en Centroamérica, la evolución del conflicto de las FARC en Colombia y también los enfrentamientos en Medio Oriente. A los que podemos sumarles las gravísimas dificultades generadas por el hambre en la Región y en el mundo. Nos ocupamos, al mismo tiempo, de generar agenda positiva, adelantándonos al renacer nuclear, al ocuparnos del desarrollo tecnológico y de las apuestas científicas, del cambio climático y de intentar detectar las claves para entender el mundo que nos tocará vivir y que les legaremos a las futuras generaciones.

Estamos festejando, es cierto, pero también estamos trabajando en esta nueva década que empieza para nosotros. Por ello, en este número aniversario, nos concentramos en una extensa nota de fondo en la que hemos intentado, de manera exhaustiva, dilucidar los indicios que cada área del desarrollo humano nos proporciona para enfrentar el futuro de la mejor manera. Buscamos detectar entonces los problemas para poder pensar qué estructuras son necesarias para hacerles frente y qué barreras se deben crear para proporcionar una adecuada contención. La dificultad de esta tarea, como no se le debe escapar a nadie, se encuentra en la velocidad geométrica que afecta al conocimiento en general. Solo basta pensar que hace pocos siglos, generaciones de abuelos a nietos vivían más de cien años con mínimos cambios perceptibles, lo que contrasta con la actual duplicación del saber aplicado cada cinco años. Estas velocísimas modificaciones nos obligan a pensar, a recrear, a desechar y a empezar de nuevo muchas veces, sabiendo que si dejamos de hacerlo, nosotros mismos quedaremos fuera del sistema. A estos cambios positivos se les contraponen desgraciadamente los gravísimos problemas del crecimiento del odio religioso, la explosión de las guerras tribales, el hambre y la situación de creciente preocupación por el deterioro de nuestro medioambiente. Todo ello conforma un peligroso cóctel, en un mundo injusto, superpoblado y con un sistema de comunicación instantánea que nos enfrenta en tiempo real, a toda hora, a cada una de estas tragedias.

No aspiramos, desde nuestra sencilla sala de redacción, a la genialidad de Julio Verne ni a sus increíbles novelas del siglo xix, aquellas que con su imaginación proporcionaron adelantos insólitos que se concretaron un siglo más tarde (del submarino a la energía solar y a la teleconferencia, solo para citar algunos). Por el contrario, nos conformamos con ser efectivos en “imaginar” cuáles serán las crisis y también las oportunidades por venir en este mundo violento, creativo y complejo en mutación constante. La llave del devenir está en palabras simples, que representan hechos complejos y que además interactúan entre ellas, modificándose y modificando a las otras en un caleidoscopio apasionante y peligroso: globalización, privacidad, comunicación y conectividad, realidad virtual, seguridad global, ciberataques, biotecnología y extremismos políticos y religiosos son solo algunos entre cientos de problemas que vienen hacia nosotros– queramos o no– en un mundo donde todo está a la vuelta de la esquina. La ilusión efímera de que alguno de esos fenómenos ocurre lejos de nuestra casa se vuelve más que irreal en la aldea global, esa donde podemos encontrar un narcotraficante mexicano en Fuerte Apache, una célula de ISIS en la frontera con Brasil o un campamento de las FARC en Salta. También un virus del tipo “malware” que arruine el trabajo de años en una laptop o que paralice el movimiento aéreo de un país en crisis. Esto no es ni siquiera el futuro; es hoy, fue ayer. En nuestra segunda década de vida, veremos qué ocurre con situaciones que ocurrirán en cualquier lugar del mundo pero que entrarán con facilidad a nuestros hogares.

Me permito plantear solo algunas de ellas:

La Big Data y su crecimiento exponencial

Quizás esta sea la madre de todo lo que está “por venir”. Basta puntualizar que en menos de cinco años, el 50 por ciento de la población mundial tendrá acceso a Internet y será imparable la interconexión de los objetos entre sí. El almacenamiento de datos y la velocidad de su procesamiento, acompañados de los proyectos de Internet global ya en marcha y que llegará a los lugares más remotos del planeta, alientan a tener una imaginación indetenible sobre la influencia que tendrá en nuestras vidas. Para bien, en infinitas disciplinas, desde la agricultura a la medicina, desde la capacidad para enfrentar catástrofes, hasta adoptar decisiones acertadas en la más grave de las crisis. Pero también genera una aterrorizante contraparte, con solo imaginar que esta tecnología pudiera caer en manos de terroristas, narcotraficantes o fanáticos fundamentalistas. También será una realidad que todos estaremos vigilados, todos expuestos y en plena conciencia de que el mundo privado ha llegado a su fin. Seguramente, esto modificará nuestras costumbres, nuestra cotidianeidad, pronto desaparecerán miles de trabajos y nacerán otros miles. Será un mundo líquido en constante movimiento y con una interacción impensada. Las ideas de genios como el filósofo y lingüista Chomsky, o sociólogos como Marc Augé, o científicos como Aubrey de Grey, o filósofos como el astrofísico Pierre Corbyn o el economista Joseph Stiglitz recibirán de inmediato la voz interconectada de cientos de miles de estudiosos y emprendedores en un sistema que, con sus filtros y adecuaciones correctas, harán crecer el conocimiento a una velocidad que escapa a la mayor imaginación de una persona inteligente.

El avance de la ciencia y la tecnología vinculada a la Defensa y a la Seguridad

Este aspecto es clave a lo largo de la historia, pues es sabido que la mayoría de los adelantos que llegan a nuestra vida común de ciudadanos nacen en la industria bélica. Esto permite vislumbrar cambios extraordinarios en muy corto tiempo: la nanotecnología, la robótica, los drones, aun las máquinas 3D, la construcción de fronteras para Internet y los ciberataques adelantan lo bueno y lo trágico por venir. Pero quizás sea el desarrollo de la inteligencia artificial la mayor preocupación que nos surge en la actualidad. Los intelectuales más importantes del mundo alertan sobre la posibilidad creciente de la “independencia” de las armas con inteligencia artificial. En caso de que ellas se vuelvan en contra del propio género humano, se haría realidad la famosa novela de Arthur C. Clarke (1968), que inmortalizó el genial Stanley Kurbik en su película 2001, Odisea del espacio. En ella, la supercomputadora Hal 9000 privilegiaba el cumplimiento de la misión por sobre las órdenes que le impartían los humanos de la nave. A esto se suma otra incertidumbre de pesadilla, como es que cualquiera de estos desarrollos cayera en manos del fundamentalismo, de aquellos que hoy aceptan inmolarse para acabar con cien o doscientos “infieles” y mañana, tal vez, tengan la capacidad de destruir un continente o intentar acabar con el mundo tal como hoy lo conocemos.

La nueva geopolítica

Pronto tendremos respuestas que determinarán el rumbo hacia donde se dirige el poder mundial. Hoy caracterizado por un poder multipolar, con un constante crecimiento de China y de otros tantos países emergentes, con la supremacía militar de los EE. UU. vigente, con el desequilibrio en Asia, con el drama de millones de refugiados y el crecimiento de ISIS en Medio Oriente y en parte de África, procurando extender su sangrienta revolución al resto del mundo. A este panorama podemos sumarle el accionar de actores no estatales vinculados al delito y al narcotráfico, profundizando así, la creciente inestabilidad que vivimos en la seguridad mundial.

El intelectual y director de cine italiano Marco Ferreri, opina con cierto fundamentalismo que “vivimos un momento de transición, momento donde una sociedad ha llegado a su fin, similar a lo ocurrido con el Imperio Romano”. Otros, como el escritor Arturo Pérez Reverte, en una nota clave para interpretar la crisis de los refugiados (“Llegan los godos al imperio vencido”), sostiene –en dirección parecida a la de Ferreri– que el mundo occidental carece de la energía vital para enfrentar el fenómeno de estos nuevos exiliados y sus convicciones, y recuerda que este fenómeno ya se ha repetido muchas veces en la historia, siempre con un final trágico para el poderoso de turno.

El espacio de esta editorial es más que escaso para analizar otras implicancias de los retos que nos planteará el futuro inmediato… ¿Qué ocurre y qué ocurrirá?, ¿qué desafíos quedan para nuestra Región?, ¿cómo resolveremos las dificultades estructurales vinculadas a la pobreza, al trabajo genuino, a la inseguridad y al narcotráfico? También tendremos por delante un aspecto fundamental que vincula todos esos problemas, y no es otro que una distribución más justa de la riqueza y la aplicación de una justicia responsable para todos, sin excepción.

Me permito un párrafo final para la Argentina, nuestro amado país. Vivimos tiempos de cambio, que no son los coyunturales de los procesos políticos que viviremos, sino cambios quizás más profundos y trascendentes. Hace muchas décadas que estamos bajo un modelo de rebeldía, de obstinación y de indisciplina. Podríamos asegurar que Diego Maradona, nuestra marca país, fue durante años el abanderado de ese modelo. Él trajo algunas alegrías inolvidables, pero también, bajo ese imperio, hemos vivido tristezas, frustraciones y el encono de muchos vecinos y países amigos. En todos estos años, “ser argentino” generó la más de las veces bromas siempre dolorosas. Hoy vivimos tiempos distintos y modelos diferentes: quizás deportistas como Messi y Ginóbili o una reina como Máxima de Holanda sean signos positivos de mesura, respeto y sentido común. A ellos se suma, sin duda alguna, el Papa Francisco, a esta altura, el argentino más notable de todos los tiempos. Él concentra esas y otras muchas virtudes a ser imitadas. Cómo estos nuevos modelos influirán en nuestra patria y en nuestro jóvenes lo sabremos pronto, seguramente en la próxima década. Esperamos estar ahí, con nuestra editorial y con la revista DEF para poder acercarles nuestro análisis de la agenda que viene y realizar nuestro pequeño aporte para intentar vivir en un mundo mejor para todos.

Contamos con la complicidad de ustedes, nuestros lectores.

Haciendo lío

“Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren
miseria, cuando tantos hombres siguen abandonados a su ignorancia,
cuando faltan por construir tantas escuelas, hospitales, casas dignas de tal
nombre, todo despilfarro público o privado, todo gasto de ostentación
nacional o personal, toda carrera desenfrenada de armamentos resulta
un escándalo intolerable. Nosotros debemos denunciarla. Que los
responsables nos oigan antes de que sea demasiado tarde”.
Pablo VI, discurso del lunes 16 de noviembre de 1970
en el 25º aniversario de la FAO

gustavo_gorriz

Cientos de miles de páginas se han escrito y, seguramente, muchas más se escribirán sobre el Papa Francisco, desde que con mirada cómplice les dijo el 25 de julio de 2013 a miles de jóvenes que lo vitoreaban en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro: “Espero que salgan a la calle y hagan lío”. La ciudad carioca es seguramente el lugar desde el cual el Papa ha lanzado su liderazgo carismático al mundo. Sabía bien de qué hablaba Francisco, ya que desde aquellos días, siendo aún el cardenal Bergoglio, había caminado sin escoltas los más difíciles y quejumbrosos lugares de Buenos Aires, esos donde los desposeídos crecen sin esperanza. Consciente de que no hay liderazgo sin ejemplo personal es que Francisco irrumpió en la escena internacional generando verdaderos “líos” por doquier y asegurando para la Iglesia Católica una época donde lo único que está garantizado es la ausencia de la indiferencia, no solo en su gigantesca grey de más de 1200 millones de católicos, sino en la humanidad toda. Si bien esta invitación a “generar lío” es una idea basada en un acto consciente y responsable, aplicable tanto a su persona como a los jóvenes a los que ha invitado a sumarse, de ninguna manera significa que no tendrá consecuencias, porque involucrarse siempre acarrea un costo. Correr riesgos conlleva la posibilidad de fracasar, de errar, de vivir complicaciones, pero parece que nada de ello acobarda al Papa que viene del “fin del mundo” y que enfrenta su misión con un brío que desafía cualquier resistencia.

El panorama no es, por cierto, para nada sencillo: Francisco recibió una Iglesia debilitada, atravesada por décadas y décadas en las que la religión en el mundo occidental quedó atrapada en lo privado y alejada de la cosa pública. Los extraordinarios avances técnicos, los impensables logros obtenidos por la ciencia poco y nada han cambiado al ser humano. La humanidad ha virado a lo banal, con una superficialidad que acompaña la permisividad y el relativismo en los valores más básicos que han devorado generaciones que viven en el hoy, en un paraíso terrenal donde reina el consumismo galopante. Ello ocurre mientras en otras regiones del mundo la religión está más activa que nunca. Qué decir del hinduismo que se purifica en el Ganges, qué decir del mundo evangélico que crece sin parar, qué decir del mundo musulmán en general y de los sectores violentos del Estado Islámico, que además combaten al catolicismo con el terror y la persecución extrema. Ese es el mundo que enfrenta Francisco, aun con graves dificultades internas en el propio Vaticano, con sectores de la Iglesia que resisten las reformas imprescindibles para enfrentar el siglo XXI, que resisten el reordenamiento interno, entre ellos el sinceramiento económico, que se niegan a responder al aluvión de denuncias de abusos sexuales dentro del propio seno de la Iglesia y que parecen no querer resolver las controversias que ha generado el Sínodo de la Familia, entre ellas el trato a los divorciados, a los gays y las cuestiones vinculadas a la salud reproductiva.

Este superficial y seguramente incompleto panorama asustaría al ejecutivo más vital de cualquier corporación multinacional, pero pareciera no hacer mella en este veterano sacerdote, que se imagina a sí mismo rejuvenecido por la acción del Espíritu Santo y que en estos meses ha desarrollado una actividad pastoral cuya energía se extendió fuera de la Iglesia, pues influye en el pensamiento y condiciona el accionar de los líderes más importantes del mundo. Lo curioso es que la aparente simplicidad de Francisco en su actuar y en su decir permite que todos crean conocer el pensamiento y la estrategia de este complejo jesuita que acaba de realizar dos acciones de alto impacto y múltiples consecuencias. Es muy probable que la encíclica Laudato si’, vinculada a la crisis ambiental y que cuestiona el actual modelo de desarrollo humano, y la arrolladora visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, sean pinzas de un mismo objetivo y tengan más puntos en común de los que cada uno de nosotros podamos imaginar.

Si bien aún es prematuro sacar conclusiones, tanto sobre la encíclica como sobre la significativa visita pastoral a nuestra región, ya puede vislumbrarse la gran trascendencia que tendrán ambos hechos en el futuro inmediato. El viaje al continente que lo vio nacer produjo un crujido pastoral y político que se extendió muchísimo más allá de las fronteras de Sudamérica. La dedicación y la energía aplicada por Francisco en esta visita no fueron casuales; conoce los problemas de la región como nadie, conoce el pensamiento de la inmensa cantidad de católicos (casi el 40% de la población mundial), conoce la profunda sangría que la religión evangélica realiza sobre su propia grey, y también sabe muy bien del fuerte desprestigio que durante décadas han tenido la mayoría de las autoridades religiosas en nuestros países. La masa de ellas estuvo ligada siempre a los sectores del poder y ha sido reiteradamente señalada por su poco compromiso con los necesitados y desposeídos, razón fundamental de la Iglesia del jesuita. Los sacerdotes de la Teología de la Liberación y otros pocos y minúsculos sectores fueron los únicos que vivieron y sufrieron las desventuras de la gente y ello tuvo un altísimo costo no solo para la Iglesia sino para la política, para la sociedad y para la secuela de violencia que se vivió durante décadas. De ahí que la palabra del Papa haya sido dicha para cada necesidad, para cada sector, para cada situación particular, pero en plena conciencia de la repercusión que su mensaje tendría en un mosaico de mil interpretaciones, mil costumbres y contradicciones que presenta el catolicismo en el mundo entero. No hay duda de que el Papa procuró, con su fortalecida autoridad, llegar a los pobres con una actitud y una visión misionera, esa que ha marcado su vida de sacerdote común, de obispo y de cardenal en el pasado. Ese clamor por la Iglesia de las periferias no es un acompañamiento sin objetivos a la vista y quizás sea esa la conexión más cercana con la encíclica Laudato si’. Ambas acciones procuran crear el condicionamiento moral en los dirigentes políticos, empresariales, sindicales y educativos que tienen las herramientas reales para poner en ejecución acciones concretas que modifiquen un mundo en el que las desigualdades quedan en explosiva evidencia.

La encíclica papal ha sacudido al mundo, no solo al mundo ambiental sino a la dirigencia global, generando amplias adhesiones y también feroces críticas, en general de sectores conservadores. A nadie le resultó indiferente y muchos la calificaron incluso de osada. ¿De qué hablamos cuando nos referimos a ella?

Laudato si’, cuyo título recuerda el famoso cántico de San Francisco de Asís dedicado a la naturaleza, apunta a crear una mayor conciencia sobre el cuidado de nuestra casa común, el planeta Tierra, cuyos recursos no son infinitos y cuyo uso responsable permitirá un futuro sustentable para las generaciones que nos sucedan. Allí, el Papa Francisco hace un llamado urgente a la protección del ambiente en el que vivimos. Recuerda que el clima es “un bien común de todos y para todos” y que los peores impactos en materia de cambio climático recaen sobre los países en desarrollo.

En el capítulo dedicado a la contaminación, el Pontífice hace una profunda reflexión sobre lo que denomina “la cultura del descarte”, que afecta tanto a las cosas como a los seres humanos que son excluidos y convertidos en basura. Realiza además un fuerte llamado de atención a los sectores más ricos para que hagan una profunda revisión de su hábito de “gastar y tirar”. Apunta, como solución, a un “modelo circular de producción” que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar.

Francisco define, por otro lado, el acceso al agua potable como un derecho humano, básico, fundamental y universal, y señala que negar a los sectores más pobres de la sociedad este derecho es “negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”. Hace también un fuerte alegato en pos de la preservación de la biodiversidad de nuestro planeta y cuestiona, al mismo tiempo, los enormes intereses económicos que, bajo el pretexto de cuidar nuestro ecosistema, pueden atentar contra las soberanías nacionales. En ese sentido, se manifiesta contra las propuestas de “internacionalización” de la Amazonia, que solo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales. Se sabe la influencia aquí del trabajo del obispo de Xingu y presidente del Consejo Misionero Indígena de Brasil, Erwin Kräutler, muy comprometido durante décadas con el Amazonas.

El Papa se pronuncia, asimismo, sobre un estilo de vida que prima hoy en muchas de las grandes ciudades del planeta, que se han vuelto insalubres debido, por un lado, a la contaminación originada por las emisiones tóxicas y, por el otro, al caos urbano generado por los problemas del transporte y la contaminación visual y acústica. Observa además como impropio de habitantes de este planeta el hecho de “vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza”.

El Pontífice ofrece finalmente, a partir de una profunda reflexión apostólica, unas líneas y orientaciones en las que convoca a un diálogo internacional sobre el medioambiente; a una planificación, coordinación y vigilancia de los Estados nacionales sobre su propio territorio; a una mayor transparencia en los procesos de toma de decisión; y a una profundización del vínculo entre educación y espiritualidad ecológica. En ese sentido, se muestra convencido de que un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Para comprometernos con el mundo que nos rodea, siguiendo las reflexiones de Francisco, debemos ser capaces de superar el individualismo y desarrollar un estilo de vida alternativo.

Esta tremenda sacudida política tendrá su correlato real y será una referencia ineludible en la 21º Conferencia sobre Cambio Climático (COP 21) que Francia prepara para el mundo en París, en el recinto Le Bourget, y donde la encíclica será ineludible motivo de discusión, aun por encima del propio encuentro, encuentro que viene ya de varios fracasos anteriores.

Está claro que la encíclica y el viaje latinoamericano hacen pie sobre la desigualdad en el mundo, conocida como pocos por Francisco en la cotidianidad de su propia vida. Llegando al recorrido final de esa vida es que ha tomado como misión suprema intentar cumplir con aquello escrito en el Documento de Aparecida de mayo de 2007, del cual fue uno de los principales gestores. Ningún acto parece ajeno al espíritu de ese documento y nada parece poder apartar a su férrea voluntad de esos preceptos. Preceptos que incluyen cuestiones básicas de la Iglesia de Cristo ante el hambre, ante la guerra, la explotación, la agresión a la naturaleza y el descarte de los seres humanos. Sin embargo, Francisco tiene absolutamente claro el feroz costado político de todos estos aspectos, pues ellos rozan intereses de todo tipo, que no negocian más que por la fuerza.

El Papa ama y bendice a los pobres, que reconocen en él al sacerdote verdadero que no les teme y conoce sus pústulas. Pero sus enemigos no ven al Papa sino al enconado cardenal político, jesuita al fin y soldado de su causa que, con capacidad de trabajo extraordinaria y visión estratégica, va por su misión en la Tierra.

Ciberespacio: Foco integral del conflicto global

Ciberespacio: Foco integral del conflicto global

“Internet es quizás el ámbito de crecimiento más notorio de la economía mundial y la herramienta que más ha influido en la comunicación  global. Desafortunadamente, en Internet también se llevan a cabo las felonías más rentables del crimen organizado transnacional. Preservar los aspectos positivos de Internet y eliminar, o al menos mitigar, sus usos negativos constituye uno de los mayores desafíos para los gobiernos y los organismos internacionales en el futuro próximo”.

Roberto Uzal
Director del Doctorado en Ingeniería Informática,
Universidad Nacional de San Luis – DEF Nº 97

editorial-ilustracionDEF prioriza una vez más, como informe de tapa, la ciberdefensa, tema que hemos venido desarrollando desde hace años en varias oportunidades. Corolario, además, de muchos trabajos previos y de una importante jornada académica realizada en forma conjunta con la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) en la sede de esa prestigiosa casa de estudios. Concurrieron a ella funcionarios, académicos y expertos del más alto nivel y una importante cantidad de público. Todos ellos le dieron el marco adecuado a uno de los interrogantes más complejos del momento en el mundo entero. Al inaugurar la jornada y antes de dar paso a los “que saben”, me permití una reflexión simple que hoy quiero compartir con nuestros lectores: la guerra y el conflicto en general han ganado un “espacio” a los ya conocidos, en los que actores con objetivos contrapuestos se enfrentan y dirimen sus diferencias. Es decir, a los tradicionales ámbitos terrestres, aéreos, marítimos, incluso espaciales, se ha sumado el espacio cibernético. Esa nueva presencia no es complementaria ni, mucho menos, secundaria en el conflicto actual; por el contrario, crece en consideración día a día y se presenta como una opción no solo válida, sino sensiblemente más económica que un ataque convencional, tal como lo ha manifestado en estos días el experto argentino Hugo Scolnik.

¿Cómo entender esto de la manera más simple? Nuestra dependencia de Internet es obvia y resulta imposible comprender el mundo del siglo XXI sin ella y, aunque es bueno tener presente que su masificación data de menos de un cuarto de siglo, lo cierto es que su crecimiento geométrico es incesante y la duplicación del conocimiento mundial cada cinco años hace impredecible augurar dónde nos encontraremos quince, veinte años más adelante. Esa dependencia, esa formación de una red de redes de inteligencia artificial es tal que algunos ya la definen como una nueva era económica del siglo XXI, llamada “Inteligencia Artificial Subyacente” (así la presentaba el semanario británico The Economist en un artículo publicado en noviembre de 2011). Es en ella donde las tecnologías de la información han logrado almacenar una explosión de datos, videos e imágenes en una base de datos global (Big Data) jamás imaginada: la plataforma mundial ofrece y ofrecerá increíbles beneficios y también –como ya alertan las mentes más brillantes– infinitos peligros a ser enfrentados.

Bot, Botnet, Warm, Phishing, el gusano Morris (un malware autorreplicable) o Anonymous son palabras cotidianas y algunas incluso antiguas para los expertos, parte de un idioma común entre quienes realizan los millones de ciberataques, desarrollan nuevos virus y se dedican al activismo cibernético, al lavado de activos por medios informáticos, al ciberespionaje o a la ciberguerra. Siendo un lector desprevenido, usted podría preguntarse qué significa este idioma ininteligible que puede afectar las instituciones de un Estado y la propia vida de sus ciudadanos. Como un ejemplo elemental para los cientos de estudiantes de la UADE, durante la jornada académica lo trajimos a la “vida real”, tomando como referencia el aeropuerto de Heathrow en Londres, uno de los más concurridos del mundo después de los de Atlanta y Chicago en EE. UU. En ese aeropuerto, con datos del año 2013, se movilizaron 104.221.889 pasajeros; contabilizamos entonces un movimiento de 285.539 individuos por día, sin considerar a las personas que los transportan, los despiden o los reciben, eso seguramente duplicaría dicha cantidad. La innegable dependencia informática de vuelos, horarios, plataformas, haría que si alguien lograra acceder a esa base de datos y la modificara, generaría en un lugar puntual un gigantesco conflicto, con tumultos y un grado de inseguridad pública gigantesco. Ni qué hablar si eso se trasladara a todo el sistema aeroportuario del país o a su red de transporte general, lo que llevaría a un problema que afectaría inexorablemente la propia defensa nacional.

A fines del siglo XIX, el barón prusiano Colmar von der Goltz (1843-1916), general y destacado experto en teoría militar, desarrolló el concepto de “la Nación en Armas” en su libro Das Volk in Waffen de 1883. En esa doctrina nacionalista, un país, además de estar siempre preparado para la guerra, debe movilizar para ello absolutamente todos sus recursos humanos, políticos, individuales, económicos y sociales. Bien, este nuevo espacio del que hablamos, el de la ciberguerra, casi como contraposición al pensamiento de von der Goltz, tiene como objetivo supremo “desarmar la Nación”, afectando su informatización y generando un caos irrefrenable, al atacar sus sistemas de gobierno, su industria, su mercado financiero y sus medios de pago, todos sus organismos y la vida organizada de sus individuos. Quien obtuviera “la llave” de esa gigantesca red podría obtener una victoria absoluta al más bajo costo y sin derramar una gota de sangre.

Obviamente, lograr esto es extremadamente complejo y por ello se invierten cientos de miles de millones para lograr los medios de contrainteligencia para la protección de los sistemas. Lo que sí podemos asegurar es que ese escenario no es imposible y las agoreras palabras de Stephen Hawking vinculadas al mortífero poder de la inteligencia artificial deben ser escuchadas atentamente. El astrofísico y divulgador científico británico dijo, respecto de los beneficios y peligros de la Red, que “ella podría convertirse en una especie de centro de mando para los terroristas. Lo mejor es colaborar con las compañías de Internet para contrarrestar las amenazas, aunque la dificultad es hacerlo sin sacrificar la libertad y la privacidad”. También Bill Gates invitó a la población a estar atenta, e incluso Elon Musk, fundador de PayPal y para muchos el nuevo Steve Jobs, advierte sobre la “peor amenaza para la humanidad”. Varios de ellos han decidido crear la asociación Future of Life para estudiar la tecnología “que nos ha dado la oportunidad de prosperar como nunca jamás y también la de autodestruirnos”.

Lo curioso es que nada de esto es nuevo en el mundo ni tampoco en la región. En nuestro país saben de ello algunos pocos y buenos funcionarios, técnicos y académicos del rubro; no es un tema público, siendo algo que involucra al Estado, pero que también afecta a los privados, a la industria, a las organizaciones civiles e incluso a los propios individuos, ya que en última instancia hablamos no solo de guerra y conflicto, sino de información, de libertades individuales, de mantener la privacidad posible en un mundo donde lo público y lo privado tienen estadios nuevos y desconocidos.

Países como el nuestro parten ya de la desventaja de tener un hardware no nacional, cuyo grado de seguridad es naturalmente discutible, porque siempre existe una “puerta trasera” que no está en nuestras manos. A ello se agrega una vaga relación entre el Estado, la academia y la industria, tal como asegura el reconocido experto Hugo Miguel, que supo transitar el ámbito público y ahora se desempeña en el sector privado. Esto para nada debería provocar asombro, ya que ese divorcio existe, de hecho, en casi todas las actividades vinculadas a temas sensibles en la Argentina, entre ellos la defensa y la seguridad.

Existe una estrategia nacional seria allí donde todos los involucrados en proporcionar soluciones trabajan en equipo y lo hacen sin egoísmos, de manera de permitir asegurar la infraestructura crítica y, lo que es más importante aún, permitir tener las capacidades para reaccionar ante una agresión que ponga en juego la posibilidad de actuar como una Nación soberana e independiente. Porque nadie debe dudar de que este es un problema central de los nuevos conceptos que involucran a la soberanía, concepto elemental vinculado a las fronteras. Hay un ciberespacio propio, son las fronteras que se trazan al nivel de las redes y que deben ser protegidas de la misma manera con que los radares protegen las fronteras terrestres o aéreas. Ignorar esto es suicida en el mundo en que vivimos.

En el foro que organizamos junto a la UADE, mucho se discutió sobre la ciberseguridad y la ciberdefensa, las leyes las separan claramente; me permito, con respeto, repetir lo dicho en ese ámbito: dudo que los delincuentes respeten esa diferencia. Quizás sea tiempo de discutir estas divisiones estériles que duplican esfuerzos y trazan límites difusos y poco claros. Es evidente que problemas que nacen como de seguridad, en su crecimiento desmadrado, se vuelven amenazas a la propia defensa nacional. Mil ejemplos existen de ello, pero quizás la actualidad de México, con el drama del narcotráfico y el reguero de violencia que este fenómeno genera, sea el que mejor lo clarifica.

Como sea, no hay duda de que el ciberespacio es un ámbito de conflicto, donde un ataque significativo nos puede dejar inermes. Inermes porque hoy es imposible imaginar ni dirigir la vida de una sociedad sin la tecnología digital. Ella es tan omnipresente que se ha vuelto casi transparente. Si uno desea ocultar un elefante, es probable que la mejor manera sea hacerlo entre miles de ellos, pues eso lo volverá transparente. A esa transparencia nos referimos cuando decimos cómo vivimos: entre celulares, redes, mails, satélites, semáforos y centrales telefónicas, gestiones bancarias y transportes, guiados todos por redes informáticas, y podríamos seguir con la interminable lista. El alerta ante la probabilidad de quedar inmovilizados, de carecer de posibilidades de reacción y de respuesta ante un posible colapso social, sin duda, existe. Es una indelegable responsabilidad política generar los resguardos necesarios para enfrentar esta amenaza, que, a esta altura, de nueva no tiene nada. Sin duda, generará poco rédito político porque casi no hay nada que mostrar ante una sociedad mediatizada, pero es imprescindible para ser una Nación responsable ante su propia ciudadanía.

El trabajo por hacer sobra y, como dijimos, le corresponde la tarea no solo al gobierno sino también a las empresas y a la academia, reunidos, para garantizar los derechos de todos.

Argentina: Un país que busca su destino

Argentina: Un país que busca su destino

“Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
el dolor de ya no ser.
Bajo el ala del sombrero
cuántas veces, embozada,
una lágrima asomada
ya no pude contener”.

Tango “Cuesta abajo”, 1934
Música: Carlos Gardel
Letra: Alfredo Le Pera

 editorial-def102

La Argentina ha vivido desde hace muchísimas décadas entre sinsabores y frustraciones. Esta declaración introductoria busca eludir los tiempos que corren, aunque no los excluye, e intenta analizar qué nos pasa, qué le ocurre a un país que fue una gran esperanza para el mundo y que ha fracasado en relación con las expectativas que creó hace un siglo. Los tiempos que hoy vivimos están cargados de tensión y de ausencia de un diálogo inteligente o hasta de un diálogo a secas, podríamos afirmar. Dejemos, por lo tanto, que llegue la objetividad que otorga la distancia necesaria del hoy y veamos la Argentina como un todo. Veamos a los gobiernos que nos trajeron hasta aquí y a los dirigentes políticos, empresariales, sindicales, militares e intelectuales que entre todos supimos conseguir. Si aceptamos, aunque sea, discutir que la Argentina viene “cuesta abajo”desde antes de que tengamos uso de razón, podremos ver entonces qué nos pasa. Podremos saber quiénes somos y, fundamentalmente, cómo nos ven los demás, indicio valioso, si dejamos de mirarnos por un momento el propio ombligo.

Hace unas pocas semanas, el Papa Francisco lanzó una humorada sobre el inmenso ego argentina por el cual, como todos sabemos, caemos antipáticos a buena parte del mundo. Ya que la mayoría de los argentinos sabe mucho de fútbol, tomemos un ejemplo de este deporte. Hemos visto hace muy poco a millones de brasileños “torcer” por Alemania en la final por la Copa del Mundo. Esos mismos alemanes, que previamente, les habían infringido a nuestros vecinos la derrota más catastrófica de su historia. Podríamos inferir que esto ocurrió porque ellos son nuestros históricos rivales, y admitamos que eso es cierto. Pero, entonces, ¿cómo explicar que el 70 por ciento de los españoles (eliminados desde el inicio de la competencia) prefirieron a Alemania en lugar de a nuestra Selección? Esa Alemania de la “Dama de Hierro”, la Alemania de Angela Merkel, a la que culpan de todos los males que sufren en el Mercado Común Europeo. Aun así, todavía retumba el alarido de gloria de todo Madrid, ante el gol que les dio la victoria a los teutones. Entre muchos, en una columna publicada en El País el 31 de julio de 2014, el periodista Ramón Muñoz lo explicaba así: “Vemos a todos los argentinos como a los porteños, buscavidas y gigolós. Hay que utilizar un satélite de Google Maps para observar el tamaño de su ego, nos irrita su verborrea, sus metáforas freudianas y las hipérboles retóricas que usan para describir el asunto más nimio”, y sigue castigándonos en una larga nota.

Quienes peinen canas, y recuerden al Estadio Azteca por algo más que por la canción de Andrés Calamaro, rememorarán que allí de la mano (literal) de un genial Maradona, llegamos a la final y ganamos esta vez la Copa del Mundo ante el mismo rival que nos venció en Brasil. En aquel momento, también generamos la peor antipatía que se recuerde. Un estadio repleto esperó nuestra derrota y la derrota del ídolo que mejor representa ante el mundo a nuestra idiosincrasia nacional. El mejor ejemplo de la antipatía que generamos lo dio el periódico El Sol de México, que anunció el resultado de aquella final de 1986 de la siguiente forma: “Perdió Alemania”.

Quizás estas mínimas muestras que provienen del deporte más popular de estos tiempos sirvan para entender cómo nos mira el mundo. Por qué, a pesar de ser cultos, solidarios, expansivos y creernos buena gente, jamás pasamos desapercibidos y casi siempre resultamos controversiales, generamos antipatía y mala prensa, allí donde vamos. En resumen: ¿qué muestra ese ADN nacional tan popularizado? Además, popularizado en el cine, en los medio de comunicación, en el boca a boca e, incluso, en el humor, logrando estigmatizarnos en el mundo entero. ¿Nos perciben así o somos realmente soberbios, convencidos de nuestros dones, con aires de manifiesta superioridad y una sapiencia que probablemente oculte una gigantesca frustración, esa de la letra del tango vinculado al “dolor de ya no ser”?

Es que la Argentina resulta de verdad incomprensible, tanto para intelectuales, como para politólogos, economistas o dirigentes de toda laya, ya que es archisabido que es un país que ha sido bendecido por la naturaleza y que carece de problemas estructurales de gravedad. Cansa decirlo, pero es un territorio inmensamente rico y diverso, donde vive una escasa población para su tamaño y donde no existen problemas sociales, raciales o religiosos de peso. Solo para ejemplificar esto tan obvio y repetido, veamos el caso de la India, donde en un territorio poco más del 15 por ciento mayor que el de nuestro país viven 1200 millones más de personas que en la Argentina. Allí la lengua oficial es el hindi, pero el Estado reconoce otras 21 lenguas como propias. Es en resumen, un país multilingüe, multirreligioso y con infinitas dificultades de toda índole; aun con todo ello, es la economía número once de todo el mundo.

El destino de la Argentina, con las extraordinarias ventajas mencionadas que incluyen la facilidad de ser un territorio fértil para producir alimentos para cientos de millones de personas en un mundo hambriento y, además, haber eludido las grandes guerras que se padecieron en el siglo pasado, parece ser el producto de un sinnúmero de errores y decisiones estratégicas equivocadas, que degradaron nuestro desarrollo a un lugar jamás pensado por nuestros antepasados.

Es muy conocido aquel diccionario español que, a principio del siglo XX, describía a la Argentina con sus características esenciales y finalizaba diciendo que competía con los EE. UU.: “tanto por la riqueza y extensión de su suelo, como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible”. Sería casi un absurdo comentar los resultados obtenidos por uno y otro país en el siglo que dista de aquella definición. Lo que no es absurdo es que esas posibilidades existieron para la Argentina y que, por uno o por mil motivos, siempre fueron desperdiciadas. Aquellas ideas del pasado, aquellos augurios de éxito y gloria, la recepción de inmigrantes hambrientos de Europa, las riquezas interminables de nuestra Pampa húmeda y el respeto y subordinación de la región ante nuestra perspectiva, nos convencieron de que éramos distintos y de que teníamos un destino superior, destino que finalmente nunca llegó. Lo que es aún más increíble es que gran parte de nosotros no entendimos que nunca llegó. Quizás allí, en esa negación, se encuentre la raíz de por qué vemos teorías conspirativas por doquier, enemigos imaginarios que procuran con sus aviesas intenciones desviarnos permanentemente del iluminado camino que debimos y todavía debemos transitar.

Muchos quizás renieguen de estos agoreros comentarios, pero los números casi nunca mienten, ellos hablan por sí mismos y también demuestran con suma claridad que difícilmente algún dirigente argentino, de cualquier sector y de cualquier época, pueda tirar la primera piedra sin ponerse colorado.

Veamos algunos de esos números:

Comencemos por revisar el devenir de nuestra economía. En 1920 Argentina era la novena potencia económica mundial. Medido en bienestar promedio de su población, nuestro país –señalaba Le Monde en un artículo publicado en agosto de 2014– “tuvo el mismo nivel de vida que Francia entre 1900 y 1950”, cuando su PBI per cápita figuraba en el puesto doce a nivel mundial. En 2014 nuestra posición en el concierto internacional, tomando siempre como referencia el PBI per cápita, nos ubica en el puesto 62 (en dólares constantes) y en el lugar 69 (medido por paridad de poder de compra).

Si analizamos la posición comparada de nuestras exportaciones, un caso contundente es el de nuestra apetecida carne bovina. Según un relevamiento del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), nuestro stock ganadero llegó a alcanzar las 61,05 millones cabezas en 1977; treinta y cuatro años más tarde, en 2011, la cifra caía a 47,97 millones de cabezas de ganado. En 2013, según datos del Ministerio de Agricultura, la recuperación del sector llevó el stock a 51,6 millones de cabezas de ganado. Un informe de la Fundación Producir Conservando, titulado “El mercado de carne vacuna y las oportunidades de Argentina y publicado en diciembre de 2006 –en plena declinación de nuestro stock ganadero–” puntualizaba que “la ganadería argentina perdió cerca de diez millones de hectáreas, desplazadas por el crecimiento del área sembrada de soja”.

En cuanto al perfil exportador, entre enero y noviembre de 2014 las exportaciones argentinas de carne vacuna alcanzaron las 187.194 toneladas, menos de la tercera parte de lo que exportaba hace diez años, cuando vendíamos al mundo 631.000 toneladas anuales. Hemos sido superados por nuestros socios del Mercosur, a saber: Brasil (2,1 millones de toneladas anuales), Paraguay (380.000 toneladas) y Uruguay (376.000 toneladas). El retroceso queda claramente en evidencia si tenemos en cuenta que en el promedio del trienio 1971-73 la Argentina exportaba 716.000 toneladas, contra apenas 185.000 toneladas de Brasil, según datos del USDA (United States Department of Agriculture).

Otro caso testigo es el del mercado petrolero. No está de más recordar que el modelo para la creación en 1953 de Petrobras, en Brasil, fue la YPF fundada por el general Enrique Mosconi tres décadas antes, en 1922. El “zarpazo” de Petrobras se inició a partir de la década del 90, con su capitalización en Bolsa sin perder el Estado su control mayoritario, decisión muy distinta a la adoptada por Argentina con YPF y la pérdida de la “acción de oro” por parte del Estado. En 1999 el valor en Bolsa de ambas petroleras era similar: 13.953 millones, el de Petrobras; frente a 13.422 millones de YPF. Hoy Petrobras –aun con el desplome de sus acciones de los últimos meses por el escándalo de corrupción que la salpica– tiene un valor en Bolsa del orden de los 40.000 millones de dólares, contra unos 9000 millones de YPF.

Si damos vuelta la página de la economía y nos detenemos en la situación de nuestro país en materia educativa, el panorama dista mucho de ser alentador. El principal indicador son las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment), que desde el año 2000 miden trienalmente el desempeño de los estudiantes de 15 años. Sobre un total de 65 países evaluados, Argentina no logra despegar del puesto 59 en lengua y en matemática, y del 58 en ciencias. Por otra parte, a nivel universitario, en nuestro país se gradúa el 26 por ciento de los alumnos que ingresan a la educación superior, frente a –por ejemplo– el 55 por ciento de graduados universitarios en Brasil.

En cuanto a inversión en investigación y desarrollo (I+D), Brasil, con 2,8 por ciento del PIB, es el único país del continente que supera el uno por ciento; mientras que la Argentina se mantiene en un distante 0,64 por ciento. Una estadística relevante al respecto es el número de patentes registradas en 2013 ante la Oficina de Patentes y Marcas de EE. UU. (USPTO): Brasil registró 286 patentes, contra solo 80 de la Argentina. Consideremos, a modo de ejemplo, el caso de Singapur, una ciudad-Estado de apenas 700 kilómetros cuadrados enclavada en el extremo sur de la península malaya, que registró ese mismo año 857 patentes, y el exitoso caso de Israel, con 3152, o la pequeña isla de Taiwán, con 12.118.

Estos últimos datos de tecnología, inversión para el desarrollo y patentes, son indicativos del futuro de las naciones en el siglo XXI; por cierto, las cifras presagian agoreros pronósticos en ese futuro.

Como se puede observar sin mucho análisis, el deterioro de la Argentina en el concierto de las naciones es más que obvio; es motivo de estudio de profesionales extranjeros y también es motivo de asombro al no poder encontrar razones y explicaciones que den lógica a esta situación. El neurocientífico Facundo Manes, hoy de gran notoriedad por sus obras y opiniones profesionales, ha desarrollado charlas y escrito artículos en los que explica el tremendo esfuerzo que los argentinos realizan para desarrollar la llamada “viveza criolla”; poner en marcha ese atajo de dudosos resultados provoca, las más de las veces, un esfuerzo mayor que el que implica cumplir verdaderamente la tarea. Lo increíble es cuánto valoramos ese éxito efímero, ese que vulnera la ley o la reglas de uso, ese que en general es un éxito solo inmediato y que deja la problemática verdadera sin resolver. Esta característica del “ser argentino”, acostumbrado a incumplir las normas de convivencia, sea en la calle, en la escuela, con los impuestos o con el tránsito o con cualquier responsabilidad básica que pueda eludir sin castigo. Nunca importa a quién se perjudique con este accionar, y esto, generalizado en una gran mayoría, es probablemente el huevo de la serpiente, la razón por la cual los males se multiplican y generan una anomia social que hace que aceptemos como lógicas cuestiones que resultan inadmisibles en las democracias modernas.

A la Patria, le dedicamos la grandilocuencia de las palabras, siempre efectistas pero nunca la coronamos con la acción enérgica necesaria para poder llevarla a su destino de grandeza. Ante el fracaso, encontramos indefectiblemente el enemigo externo responsable de todos nuestros males por su perversidad, sin poder explicar, tampoco, la razón por la que nuestro país es seleccionado para semejante grado de insidia en forma permanente. En caso de que la cuestión externa no cuadrare, el pasado nos provee del Satanás de turno, sean militares o liberales, sean vendedores de la patria u oligarquías comprometidas con el mal, o el simple recurso disponible del gobierno anterior, siempre habrá un responsable para aquello que no pudimos o supimos hacer.

Mientras dilapidamos nuestro futuro y el de las generaciones por venir, una Argentina infantilmente inmadura imagina que el destino nos tiene reservado un lugar de privilegio que llegará de alguna manera, en cualquier momento y a pesar de todo.

¿Habrá que intervenir para ello? ¡Probablemente, no! ¿O acaso, no somos los mejores y además vivimos en el “granero del mundo”?

Guerra

Guerra

“Debemos prepararnos para una guerra larga”. Declaraciones del ministro de Defensa de Francia Jean-Ives Le Adrian, luego del atentado a Charlie Hedbo en París

 

guerra

Como es de conocimiento de la mayoría de nuestros lectores, DEF lanzó en el mes de diciembre una edición especial para conmemorar la llegada del número 100. También allí dimos amplia cobertura a un seminario de seguridad regional organizado por nuestra editorial. en conjunto con la DAIA, la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Colombia y la ONG Viva Río de Brasil. Allí reafirmamos lo que hemos procurado desde el inicio de nuestro proyecto hasta casi llegar a nuestros diez años de existencia: desarrollar temas “que generaran agenda”.

Por cierto, los dramáticos acontecimientos de este verano (invierno boreal) no han hecho más que corroborar lo que desgraciadamente analistas, periodistas y académicos plasmaron en documentos y exposiciones tanto en el seminario desarrollado en la UCA, como en la treintena de columnas especiales de aquellos intelectuales y expertos a quienes invitamos a publicar en nuestro número especial. Me permito sugerir su relectura porque, en sus dichos, hay claras premoniciones que apabullan, a la luz de los gravísimos acontecimientos que hoy ocurren en el mundo.

La aldea global es cada día más infinitamente pequeña y está rasgada por un largo camino de desaciertos en la política internacional de las grandes potencias, desde que en 1989 el Ayatolá Jomeiní condenó por apostasía a Salman Rushdie por su libro Los versos satánicos, hasta la publicación en estos días de la novela Sumisión de Michel Houellebecq, que escandaliza a toda Europa porque en su trama fantástica el Islam arriba al poder en Francia. Esa es la aldea global, que tuvo hace semanas los diecisiete muertos de París y los cuatro millones de manifestantes repudiando el atentado contra Charlie Hebdo, también tuvo la muerte de un fiscal en Buenos Aires vinculado a pistas iraníes investigadas en el atentado ocurrido en el año 1994 contra nuestra mutual judía AMIA, así como los imperdonables desastres humanitarios perpetrados por Boko Haram en África y las situaciones traumáticas provocadas por las cinematográficas ejecuciones del Estado Islámico en el desierto de Siria o de Irak. No podemos eludir, en este racconto, la emergencia internacional de los millones de refugiados y desplazados que toda esta situación genera. Todo ello, reunido, crea un estado de desesperanza con consecuencias para el mundo entero, que excede completamente a cada uno de esos lugares de conflicto.

Quiere decir esto que después de un conmovedor grito occidental de “Je suis Charlie” en honor a aquellos periodistas asesinados, y la respuesta de la misma intensidad desde el mundo musulmán de “Je suis Mohamed” en contra de la satirización del profeta de su religión, solo queda por decir que estamos ante un mundo peor, un mundo más oscuro, menos tolerante donde la veta fascista ya ve al enemigo en el inmigrante y no en el fundamentalismo radical, donde empieza la hora del ultranacionalismo, de la xenofobia y del mesianismo.

Un cambio profundo y complejo verificado a partir del final de la Guerra Fría, que se acentuó con los atentados del 11 de septiembre de 2001, fue el surgimiento de un nuevo paradigma. El terrorismo transnacional se convirtió en un actor global, operativamente independiente y con fuentes autónomas de financiación, que funciona como una suerte de “franquicia” desplazándose por todo el planeta. Un claro ejemplo de ello es la red Al Qaeda y sus grupos afines, diseminados especialmente en Medio Oriente y África, pero con capacidad de golpear las principales metrópolis europeas y el propio corazón financiero y político estadounidense.

Si limitamos el análisis a la última década, de acuerdo con el Barómetro de Conflictos elaborado por la Universidad de Heidelberg, en 2005 existían en el planeta 249 conflictos políticos, de los cuales solo dos de ellos recibían abiertamente la calificación de “guerras” y 22 eran considerados “conflictos altamente violentos”. Mientras tanto, en el frente del terrorismo internacional, el 11 de marzo de 2004 se habían producido los atentados en Atocha, en Madrid, con un saldo de 191 muertos, y el 7 de julio de 2005 se produciría el atentado contra el metro y las redes de buses de Londres, con un saldo de 56 muertos. En ambos casos, quienes reivindicaron los actos “justificaron” sus acciones como una represalia por el apoyo brindado, respectivamente, por los gobiernos de José María Aznar y Tony Blair a la campaña militar de George W. Bush contra Irak en 2003.

Lejos de estabilizarse, la zaga de conflictos internacionales llegó en su punto de mayor virulencia en 2013, con 414 conflictos, de los cuales 45 eran calificados como “altamente violentos”. La guerra civil en Siria, la entrada en escena del Estado Islámico (EI) y la “Primavera Árabe” en Medio Oriente y el Maghreb desestabilizaron una región muy sensible del planeta. La caída de dictaduras longevas, como las de Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia o Alí Abdullah Saleh en Yemen, sumaron tensión. A partir de marzo de 2013, y ya fuera de esa zona caliente del planeta, debemos sumar un grave conflicto en el patio trasero de Europa: la anexión de Crimea por parte de Rusia y el intento de secesión de dos regiones rusófonas del este de Ucrania (Donetsk y Lugansk).

En lo que se refiere al terrorismo internacional, a pesar de la desaparición física de Osama Bin Laden en mayo de 2011, el grupo se mantiene activo a través sus filiales, como Al Qaeda en el Maghreb Islámico (AQIM) y Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP). Hoy el foco de la atención internacional está puesto en Irak y Siria: la anarquía reinante en estos dos países clave de Medio Oriente despierta el temor de un nuevo Afganistán, es decir, una base de operaciones para grupos terroristas asociados al fundamentalismo islámico del EI. Se ha convertido además en una Meca de peregrinaje de jóvenes europeos de origen árabe y musulmán, como los hermanos Cherif y Said Kouachi, responsables de la masacre de Charlie Hebdo en París, quienes poco tiempo antes habían regresado de Siria.

Mientras tanto, en África, el clima de violencia se ha acentuado. De hecho, durante 2014 solamente en Nigeria se registraron más de 10.000 muertos por ataques terroristas, en tanto que la cifra alcanzó los 800 muertos en Kenia, dos de los países más golpeados por la violencia terrorista. En Nigeria el foco de atención está puesto en la organización Boko Haram (que significa “la educación occidental es pecado”, en una rudimentaria traducción al castellano). Por su parte, el grupo Al-Shaabab sigue lanzando ataques en territorio somalí y en el vecino Kenia contra iglesias y pastores cristianos para incitar al odio religioso. Su golpe más siniestro se produjo en septiembre de 2013, cuando un grupo comando copó el concurrido shopping mall Westgate, de Nairobi, y resistió durante 48 horas el asalto de las fuerzas militares locales, lo que dejó un saldo de 67 muertos.

Este más que reducido cuadro de situación está absolutamente alejado de las previsiones que los analistas internacionales hicieron hace una década sobre la marcha del mundo. La democracia y el capitalismo parecían entonces fórmulas imbatibles y era el objetivo a conquistar para quienes no pertenecieran a ese selecto club que, con comodidad, lideraban los EE. UU. Tal como manifiesta Rosendo Fraga en su columna de diciembre en DEF, a cada administración americana se le presenta al inicio de su mandato una prospectiva de alrededor de dos décadas adelante sobre escenarios futuros. En general hay aciertos, pero en todos los casos ocurre que los hechos acontecen a una velocidad impensada, acortando sensiblemente las previsiones analizadas. Este es un dato más para asegurar que el desafío que presenta este complejo primer tercio del siglo XXI es decididamente descomunal por la rapidez con que acontece, y pareciera que de nada o poco servirán los casi 700 billones de dólares que los americanos invierten en defensa para evitarlo. Más lógico parece pensar en que mucha inteligencia y mucho sentido común serán necesarios además para afrontar este tipo de conflicto. El ministro de Defensa francés, Jean Le Arian, advirtió: “Debemos prepararnos para una guerra que será larga”. El funcionario seguramente no se equivoca y es allí donde falla el ciudadano medio americano, para quien el conflicto prolongado, asimétrico y sin victorias aplastantes, es quizás el mayor y más complicado desafío a digerir. Aún vivimos tiempos como para la recién estrenada película El francotirador de Clint Eastwood, donde priva el patriotismo y el honor por sobre todas las cosas, pero el camino es corto para llegar a Regreso sin gloria, aquel drama desgarrador sobre la guerra de Vietnam que protagonizaron Jane Fonda y Jon Voight en 1978 y que fue engalanada con varios Oscar. Esos cambios de humor ya fueron vividos y finalizaron con grandes y estruendosos fracasos.

La situación registra algunos aliados fenomenales como para que occidente no tenga casi nada a favor en los años por venir. A saber:

– Una sociedad cada vez más hedonista, aferrada a los bienes materiales y a la obtención de la felicidad en el presente. En general, poco espiritual y poco afecta al sacrificio y que procura evitar el dolor y el sufrimiento, muchas veces casi como un fin en sí mismo. Esa sociedad enfrenta un terrorismo extremo con reglas que legitimizan los procedimientos más sórdidos, que encuentran en su propio martirio la salvación y que ven en su enemigo al infiel que es la razón de todas las impurezas del mundo.

– La comunicación y las redes sociales: la extraordinaria difusión del ataque a las Torres Gemelas en 2001, que multiplicó por millones el efecto devastador de la operación realizada, fue solo la muestra de lo que la instantaneidad y el cambio de paradigma en las comunicaciones trajo para el nuevo siglo. Hoy las posibilidades de sembrar el terror son no solo extraordinarias, no solo en tiempo real, sino que además son cada día más económicas y recorren el planeta en escasos segundos. Un europeo degollado en el desierto o un niño jugando con la cabeza de un soldado kurdo provocan un efecto devastador multiplicado a la enésima potencia por los medios y las redes sociales.

– La evolución tecnológica: desde algún punto de vista, quizás sea este el más aterrador de los aspectos que pueden analizarse para el porvenir. Ni siquiera los más audaces tecnócratas pueden asegurarnos dónde estaremos ya no en el 2050, sino en la próxima década. Qué giros y hacia dónde nos llevará ese impulso tecnológico, los nuevos mapas del ADN, la aplicación de la nanotecnología en miles de proyectos, los cambios industriales vinculadas a las apenas incipientes aplicaciones de 3D, la cibernética del futuro, la bioimpresión de prótesis de órganos y tejidos del cuerpo humano, la teletransportación, los androides y las posibilidades de hacer la guerra sin la intervención humana directa solo algunos de esos aspectos. Ellos, en parte, solucionarán millones de problemas, habrá además un fuerte abaratamiento de estos desarrollos, muchos de los cuales ya existen. Ahora bien, todo ello caído en las manos equivocadas, puesto a disposición de un grupo de fanáticos dispuesto a todo, podrían permitir hacer un daño infinitamente superior al que conocemos hasta hoy. Solo un ejemplo para inquietarnos: ¿podría Occidente soportar sin paralizarse que uno de cada cinco aviones de transporte de pasajeros que cruzaran el Atlántico explotara en manos de un suicida o por la acción de un dron hiperdesarrollado que existirá en pocos años? Esta pregunta, que hoy solo puede ser respondida buceando en las novelas de Bradbury o Asimov, podría volverse una realidad en el futuro cercano.

El entramado es complejísimo y tampoco resulta fácil para el terrorismo islámico, debido a las infinitas internas entre Al Qaeda, Hamas y el propio Hezbollah para obtener la supremacía que les garantice, entre otras cosas, las fuentes de financiamiento. Fuentes que son provistas por aquellos países que se favorecen de esta lucha por cuestiones religiosas, geopolíticas y aun, económicas. La guerra está declarada y no habrá un paso atrás de parte de aquellos que interpretan la religión como una verdad irrefutable. Aquellos para quienes la superioridad del Islam los invita a inmolarse y a intentar transformar a los integrantes del mundo entero en “soldados de Alá”.

En diciembre pasado, en nuestro seminario, Ely Karmon, famoso investigador del International Institute for Counter-Terrorism del Interdisciplinary Center (IDC) manifestaba: “El objetivo estratégico final en esta guerra es lograr una hegemonía, no en el Golfo o Medio Oriente, sino en todo el planeta. Ese es el método de lucha, el método que legitima el terrorismo y la subversión política”. Quizás los infinitos y malogrados esfuerzos del gobierno japonés por salvarle la vida al periodista Kenji Goto (de la cadena televisiva NHK), secuestrado en Siria y decapitado hace pocos días, sea un ejemplo más de la internacionalización del conflicto.

Curiosamente, al mismo tiempo se produjo en Francia un mayúsculo escándalo a raíz de un interrogatorio policial realizado en Niza a un niño de ocho años que declaró en su escuela su apoyo a los terroristas. Hamed le dijo a su maestro: “Je suis avec les terroristes” y de allí en más fue objeto de acciones del propio colegio y de interrogatorios en la comisaría del lugar, que obviamente muchos consideraron inadmisibles en un estado de derecho.

Quizás estas situaciones no vinculadas en nada marcan el grado de tensión general que tan graves acciones terroristas provocan y, al mismo tiempo, el infinito esfuerzo que Occidente deberá realizar para dar batalla y ganarla, sin caer en la xenofobia y el autoritarismo. Si ello no ocurriera, finalmente quedará afectado nuestro propio sistema de vida, ese que nos llevó siglos y millones de vidas construir.

Dijo Franciso: “El fanatismo y el fundamentalismo, así como los miedos irracionales que propicia la discriminación, deben ser enfrentados con la solidaridad de todos”. No son estas inocentes palabras que parten de un guía espiritual sino que, por el contrario, conllevan un mensaje de integralidad y convocan a la imprescindible unión para lograr afrontar con éxito a estos mensajeros de la muerte.

 

You need to log in to vote

The blog owner requires users to be logged in to be able to vote for this post.

Alternatively, if you do not have an account yet you can create one here.