Fabián Calle

Hacia la multipolaridad

Aunque no tan rápida y linealmente como se cree, el globo amenaza hacia una reconfiguración del balance de poder. Lejos de la caída abrupta de EE.UU., los países emergentes arman su estrategia de posicionamiento.

México: La revolución petrolera del siglo XXI

México: La revolución petrolera del siglo XXI

En los próximos días, el Congreso mexicano comenzará un debate sobre la reforma energética que propone el presidente Peña Nieto, hombre del PRI, partido que en 1938 impulsó la creación de la empresa Pemex y la nacionalización de los hidrocarburos. Esta compañía enfrenta varios desafíos importantes, como pérdidas en los últimos nueve meses por 7000 millones y niveles de producción de 2.5 millones de barriles diarios, el nivel más bajo en dos décadas. Desde agosto, el Ejecutivo impulsa una legislación que le dé más espacio a la inversión privada e internacional. Para concretarlo, deberá conseguir una mayoría calificada de tres cuartas partes.

Asimismo, el gobierno impulsa reforzar la seguridad de Pemex frente a ataques de las mafias del narcotráfico. Se invertirá en sistemas de seguridad electrónica de cámaras, sensores, drones, lanchas, entre otras cosas. Esto se hará también de manera coordinada con la Comisión Federal de Electricidad, principal proveedora de energía eléctrica del país. El plan de seguridad de Pemex se extenderá en una primera etapa hasta el año 2017, y se invertirán 2900 millones de pesos mexicanos. Se buscará también reducir el número de robo de combustible y secuestro de personal. En la visión del gobierno, sin una mejora de la seguridad física de estas instalaciones y personal, no habrá inversión sustentable en el mediano y largo plazo.

En un reciente informe, el Banco Mundial llega a la conclusión de que el país sigue siendo dependiente de sus exportaciones petroleras, pese a las recientes reformas fiscales que los últimos dos gobiernos han concretado. Con ellas, pensaban aumentar los ingresos en 1.5 puntos del PBI, pero el resultado final ha sido de un punto o menos. Un tercio de los ingresos del Estado vienen aún del sector petrolero. México es, luego de Canadá, el principal proveedor del 54 por ciento del petróleo que EE. UU. necesita importar. El porcentaje restante lo produce internamente y de manera creciente por el aumento de producción. De hecho, EE. UU. pasó de comprar 1.5 millones a Venezuela hace un lustro, a hacerlo por un volumen de 0.9 millones de barriles diarios, con tendencia a una leve pero persistente baja. Venezuela, luego de Arabia Saudita, es el cuarto proveedor de la superpotencia americana, que de la mano de la revolución del shale oil que se da en su territorio, ha incrementado su stock diario de extracción de oro negro de 5 millones de barriles un lustro atrás a 7.5 millones en la actualidad, cifra que está en pleno ascenso.

El espejo en el que se miran muchos reformistas en México es la empresa mixta, público-privada, Petrobras de Brasil y el dinamismo que ha alcanzado en la última década. Para tener una idea de la magnitud lograda por esta compañía, cabría recordar que su valor en el mercado es equivalente casi a la mitad de todo el PBI argentino. Peña Nieto aclaró ya en agosto, cuando lanzó la propuesta de reforma, que esto no representa una privatización ni mucho menos. Directivos de Pemex argumentan que si bien el costo de la mano de obra en el sector petrolero de los EE. UU. es un 400 por ciento mayor que en México, el costo de la producción es casi equiparable entre los dos países debido a la baja inversión. Por ello, argumentan que se deberá mejorar la transparencia y el management. De dar resultado los cambios propuestos, el nivel de inversión de Pemex podría pasar de 25.000 millones de dólares a 50.000 millones o aun más.

En la visión de las estadísticas del gobierno americano, Méjico en el 2012 alcanzó las 2.6 millones de barriles y se posiciona en el puesto 11 cómo productor mundial. En contraste, se ve un proceso de estancamiento y hasta caída de la producción en el promedio de la ultima década. Representando los recursos petroleros un total del 16 por ciento de todos los ingresos del Estado. No obstante, si incluyesemos todos los sectores ligados a la producción e impuestos en la energía la cifra alcanza al 34 por ciento. Por ello, la caída en los barriles de petróleo producidos impacta y fuerte. Mas aún con una Economía de EEUU aun saliendo de la crisis del 2008. México a su vez consume casi el 60 por ciento de su producción de petróleo y se espera que ello siga un camino ascendente. Al mismo tiempo que es un neto importador de gas natural que llega vía barcos o gasoductos desde EEUU así como de naftas y derivados del crudo.
Aun la misma Colombia se asoma cómo un creciente productor superando ya el millón de barriles diarios con aumentos del 13 por ciento con respecto al 2012.  El gobierno colombiano espera superar los 1.25 millones de barriles en el 2018. Ni que decir el Brasil con el boom de sus cuencas offshore y su mutación de importador neto de carburantes más de una década atrás a un futuro importante exportador en el mediano plazo. En tanto que Pdvsa de Venezuela enfrenta serios problemas. La Opep informo en septiembre 2013 que la producción venezolana se mantiene estancada en poco más de 2.7 millones de barriles diarios. El anio pasado, se había llegado a 2.8 millones. Otras fuentes, hablan de 2.3 millones. Existiendo un conjunto de importantes inversiones anunciadas inconclusas, pese a lo cual aun esta en la posición número 12 en el listado de productores mundiales de petróleo.
Estos cambios, ascensos y descensos en el mundo petrolero serán claves para la Argentina en el corto y mediano plazo, dado el creciente déficit energético y su consiguiente impacto sobre el nivel de reservas de dólares del Banco Central. Asimismo, los casos de Petrobras y potencialmente el de Pemex se podrían constituir en ejemplos y eventuales socios estratégicos futuros del sector energético argentino. Segun los estudios internacionales, la Argentina solo es superada hasta el momento por China en lo que se refiere a reservas comprobadas de shale petróleo y shale gas. La ahora famosa mediatizar región de Vaca Muerta en Neuquén es una de las más importantes en este sentido. El futuro del sector de hidrocarburos argentino dependerá de la capacidad de generar masivas y sostenidas inversiones nacionales e internacionales en este sector. De hacerlo, la actual vulnerabilidad y dependencia comenzaría a ceder en un lustro. El lograrlo, evitará que la abundancia generada por la quintuplicacion que beneficia a la Argentina desde hace 10 años, termine siendo carcomida por la balanza energética. El moderar y llegado el caso neutralizar este rojo, acompañado de las perspectivas de una continuidad en el mediano plazo de materias primas como las soja y los minerales a precios a precios más que aceptables en el futuro previsible, hacen que nuestro país aun conserve la posibilidad de aprovechar para su desarrollo económico y social está segunda oportunidad que nos da la historia. La anterior, 1880-1930 ya quedo atrás y la miramos con añoranza durante casi un siglo. No sea cosa que nos suceda nuevamente cuando hablemos del 2002-2020.
Brasil y el caso Snowden

Brasil y el caso Snowden

El gobierno de Dilma Rousseff está utilizando la controversia por el espionaje de EE. UU. como elemento de fortalecimiento frente a la opinión pública de su país y como carta de negociación para un viejo anhelo brasileño: un lugar en el Consejo de Seguridad.

Irán: Una ventana de oportunidad

Irán: Una ventana de oportunidad

La llegada al poder del clérigo moderado Hassan Rohani abre nuevas perspectivas de diálogo entre la república islámica y la comunidad internacional. Un análisis de los desafíos del nuevo mandatario iraní.

El neoautoritarismo se viste a la moda

En el turbulento escenario global, se han ido consolidando en América Latina modelos populistas que cuestionan las prácticas republicanas y, lejos de integrarse a los mercados internacionales, ven al mundo como una amenaza.

Disuasión y nacionalismo

Disuasión y nacionalismo

A raíz de un video de las tropas chilenas entrenando con cánticos agresivos hacia sus países vecinos, surge el debate del lugar que deberían ocupar las Fuerzas Armadas en nuestro país. ¿Podremos seguir el ejemplo de algunos países sudamericanos, en los que los militares combinan alto profesionalismo con no injerencia en la arena política?

El huracán Obama aún sopla

Hace cuatro años, Barack Obama se consagraba presidente de la principal potencia económica y militar del mundo. Lo hacía por un margen de cinco puntos sobre el senador John McCain, arrastrando consigo un avance imponente de los demócratas en las dos Cámaras del Congreso. Quizás el mayor desafío electoral no haya sido ese, sino ganarle las primarias demócratas a los Clinton. La dupla política de Bill y Hillary Clinton se había dispuesto a posicionar a la exprimera dama como la primera presidente mujer de EE. UU. Quien pudiese enfrentar exitosamente esta maquinaria clintoniana haría, como mínimo, un excelente papel en cualquier elección nacional.

Un clima de esperanza pocas veces visto fue el que logró Obama durante esos meses de puja por la primera magistratura. En septiembre de 2008, Wall Street había crujido como nunca en 60 años y el capitalismo internacional entraba a tientas en un nuevo orden o potencial caos y desorden. Los manuales de política y economía parecían ya no servir más. Un negro de padre musulmán había ganado la interna demócrata y la presidencia a solo siete años del trauma del 11 de septiembre de 2001. Para colmo, Osama y Obama sonaban parecido, chicana que no dejaron de usar fallida e insistentemente los representantes del ala derecha republicana.

En el plano financiero, las todopoderosas evaluadoras de riesgo se caían. Esa herencia se hizo sentir con toda su fuerza en las elecciones legislativas de medio término, con la contundente victoria a los republicanos. El desempleo siguió siendo alto, cercano al 8 por ciento, si bien bajó con respecto a los picos de 2008 y comienzos de 2009. Esa cercanía a casi dos dígitos era una barrera histórica que desde 1945 había imposibilitado cualquier reelección en EE. UU. En los años posteriores al caos de 1929, el gran Franklin D. Roosevelt lo consiguió. Ahora fue el turno de Obama.

Un factor no menor ha sido el profundo cambio demográfico que se viene dando desde hace décadas en EE. UU. Nos referimos a la posición alcanzada por los latinos o hispanos como primera minoría, la cual desde 2008 está crecientemente movilizada y organizada. Ya no se encuentran radicados en los estados tradicionales del sur, sino que están extendidos por todo el país y pesan en el colegio electoral. Obama supo mostrarse dialoguista y comprensivo con esta ascendente minoría, si bien sus gestos distaron de ser amplios y contundentes como esperaban los demócratas de izquierda. Esta tendencia se vio potenciada por el auge que tuvieron en estos años los sectores más conservadores y de derecha entre los republicanos y la imagen antiinmigratoria que supieron conseguirse por acción u omisión. No casualmente las encuestas preelectorales mostraron a un 70 por ciento de los hispanos inscriptos -en especial los de origen mexicano- inclinados por votar a Obama y solo a un 25 por Romney. Esto quedó confirmado por los estudios y análisis post 6 de noviembre, los cuales mostraron un crecimiento del 8 por ciento de este voto hacia los demócratas vis a vis las presidenciales de cuatro años atrás.

Todo esto llevó a portales de análisis como Político, uno de los más informados e influyentes en EE. UU., a interrogarse: “El Partido Republicano, ¿demasiado viejo, demasiado blanco, demasiado masculino?”. Si bien esto no deja de tener una parte sustancial de realismo, también cabe recordar que la diferencia de voto popular entre Obama y McCain fue de tan solo cinco puntos y entre Obama y Romney de dos puntos únicamente. Los estrategas de ambos bandos entendieron perfectamente que la batalla se reducía a un puñado de entre cinco y siete estados que podían ir de un lado a otro. A ello se sumó la decisión de los planificadores electorales de Obama de pegar fuerte y preventivamente a Romney seis meses antes de las elecciones, usando masivos recursos económicos, aun cuando el republicano lograra superarlo en recaudación total.

Decía Maquiavelo que la vida de los hombres y de los Estados es “suerte y virtud”. Obama tuvo la suerte de perder contundentemente su primer debate con Romney, y esto le dio tiempo para remontar la colina en los otros dos. Asimismo, el huracán Sandy llegó en un momento justo para hacer una pausa electoral, mientras Romney daba sus últimos pasos en el combate por la paridad y hasta un leve margen a favor, si bien una mirada fina de los números nos indica que el pico de la intención de voto para él se dio diez días antes del 6 de noviembre y a partir de allí se estancó y bajó levemente.

Para finalizar, y concentrarnos en lo que nos corresponde a los otros países que interactúan con EE. UU., el tercer debate Obama-Romney, que se centró en política exterior, demostró que las diferencias entre ambos eran mucho menores que en materia de política interna. El foco en el ascenso de Asia, la intención de evitar un Irán con poder nuclear militar, una retirada ordenada de Afganistán y el deseo de no dejar levantar cabeza a la golpeada Al-Qaeda fueron posiciones compartidas.

Cabría esperar que los argentinos sepamos articular una relación constructiva, de mutuo respeto, pragmática y con la mirada puesta en el futuro en la relación bilateral. No solo porque EE. UU. es el país que representa el 25 por ciento del PBI mundial, el 43 por ciento del gasto militar global y el epicentro de la revolución tecnológica y de telecomunicaciones que nos acompaña y entusiasma, sino también porque es una nación democrática y con plena vigencia de las leyes y las libertades, heredera de lo que supuestamente perseguimos en nuestra civilización occidental. Y siempre cabe recordar que aun los líderes más fóbicos hacia EE. UU. tienden a ahorrar en dólares o, como mínimo, en otra moneda occidental como el euro. Eso demuestra que ni ellos mismos creen en su fuero íntimo que se esté frente a una crisis terminal de ese mundo.

Chávez y el populismo 2.0

Paradojas del gobierno bolivariano de Venezuela: su rechazo a los Estados Unidos y a su relación comercial. Algunos conceptos y tendencias aplicables al régimen chavista.

Un viejo dicho afirma que la historia no se repite, pero rima. Ello es más que real cuando uno analiza el fenómeno político de Chávez y su movimiento bolivariano. Para darle un marco teórico, cabría recordar y repasar categorías ya casi centenarias como la de “liderazgo carismático”, citada por Max Weber; la descripción que a mediados del siglo pasado el sociólogo Gino Germani hacía del fenómeno del populismo; y la más reciente, de la década de los 90, “democracia delegativa” de Guillermo O’Donnell.

Weber describía la presencia de procesos políticos encabezados y conducidos por personajes dotados de algo tan perceptible como difícil de definir: el carisma o la capacidad de seducir y persuadir, y generar un vínculo imaginariamente personal que suele derivar en actitudes mesiánicas, maniqueas y hasta infantiles de parte de aquel influido por el carisma. La contracara de eso suele ser la existencia de pasiones no menores que las antes mencionadas, pero en este caso de parte de los que rechazan este tipo de líderes. Un debate, usualmente acalorado cuando no trágico y violento, donde la subjetividad camina a sus anchas.

En este punto, cabría desagregar las características que visualizó Germani al momento de diseccionar los populismos: la presencia de un líder carismático, la relación “directa” de él con la masa, la idea de que toda persona que se opone a ese caudillo o jefe encarna la antipatria y el antipueblo, la sustancial inutilidad y disfuncionalidad de instituciones políticas (incluyendo los poderes Judicial y el Legislativo) o sociales que medien el vínculo entre el poder y la muchedumbre, la presencia y la “necesidad” de enemigos internos y externos que deben ser controlados a toda costa y forma. Podríamos agregar la dificultad de estos regímenes para encontrar mecanismos sucesorios normales e institucionalizados, dado que todo en gran medida depende de las condiciones psicofísicas del jefe, quien se erige en un ser imprescindible y que solo puede sucederse a sí mismo.

Por último, la “democracia delegativa” fue la forma en que este notable politólogo argentino analizó la tendencia registrada en diversas democracias subdesarrolladas de combinar una instancia democrática, o sea procesos electorales relativamente limpios y legítimos, con una posterior instauración de un gobierno electo pero que desde el seno del poder se dedica a romper los frenos y contrapesos republicanos y a buscar la perpetuación en el poder, mas allá de formas y procedimientos. Por esas vueltas de la historia, muchos de los que veían con malos ojos los modelos delegativos de líderes políticos latinoamericanos neoliberales en los 90 ahora sienten admiración y simpatía por los mismos aspectos en los gobiernos bolivarianos. Esta tendencia engloba tanto a los que tienen su corazón a la izquierda o a la derecha. Chávez y su estructura de poder representan un ejemplo cabal de la vigencia de estos tres análisis sociopolíticos antes mencionados.

Finalmente, a estas categorizaciones cabría agregarles las siempre relevantes particularidades nacionales y de tiempo y espacio. En este sentido, una de las paradojas es cómo la Venezuela de Chávez tiene como principal mercado para su estratégico petróleo (el 94 por ciento de los ingresos por ventas al exterior de su economía) a los Estados Unidos, con 1.5 millones de barriles diarios a un precio promedio de 100 dólares por cada uno. El lector con lápiz y papel o calculadora en mano podrá ver la magnitud del vínculo entre estos socios-rivales que son Washington y Caracas. Sin olvidar las más de 12.000 gasolineras o estaciones de servicio que la empresa estatal de petróleo controlada por Chávez tiene en territorio estadounidense. Un aspecto que los chavistas en otros países, incluyendo la Argentina, suelen obviar. Venezuela no quiere ni necesita una zona de libre comercio con Estados Unidos, dado que ya la tiene de hecho al exportar a ese mercado una materia prima estratégica como el petróleo. Este polémico comentario fue una sincera reflexión del propio Chávez durante una de las tantas reuniones con su par colombiano Álvaro Uribe a mediados de la década pasada, cuando la relación entre los dos era de pragmática convivencia y gestos de cordialidad. Solo Canadá y México se posicionan por encima de Venezuela como proveedores de hidrocarburos y derivados de la superpotencia mundial.

A su vez, la crisis profunda del capitalismo internacional, que estallara en Wall Street en septiembre de 2008 y que luego se extendiera sobre Europa, no ha hecho más que generar una “rima” entre las críticas y posturas despectivas que desde las izquierdas y derechas más duras han llovido sobre el capitalismo en general y sobre la dupla república/políticas de mercado en particular.

Todo esto se combina con el ascenso en poder económico, político y militar de Estados no dotados de democracias liberales o republicanas como China, Rusia, Irán, entre otros.

Desde ya, muchas de estas ideas se escriben y transmiten vía un invento americano como es Internet, y por medio de computadoras, softwares y tabletas creadas por mentes geniales, y un contexto que los cobijó y les dio vida a sus inventores, como Jobs y Gates. Otra paradoja, una más.

La era bolivariana: el rol de los militares

Una superficial mirada sobre los sectores básicos constituyentes de las coaliciones político-sociales que conforman las estructuras de poder del denominado “eje bolivariano”, nos mostraría un rol activo y central de las Fuerzas Armadas, que se confirmaría con un análisis más profundo.

El caso más paradigmático es sin duda Venezuela, donde el propio gestor del movimiento es un teniente coronel paracaidista retirado, el cual, junto a otros efectivos dotados de una diversa combinación de aspiraciones personales, pasiones ideológicas y/o indignación por la matanza de civiles durante el “Caracazo” de 1989, se alzaron en armas contra el gobierno electo de Carlos Andrés Pérez. Por esas paradojas del destino, este socialdemócrata en su primer paso por la presidencia en los 70 había impulsado nacionalizaciones petroleras, reformas sociales y mantenido una activa política de respaldo a la izquierda sandinista en Nicaragua y de diálogo respetuoso con Cuba. Si bien el golpe de Chávez fracasó, los pocos minutos de TV con los que contó para comunicar su rendición fueron claves para que millones de personas se sintiesen identificadas con muchos de sus reclamos y posturas.

Siete años después, el joven paracaidista llegaría a la primera magistratura. Desde ese momento, y mucho más aún después de sobreponerse, por una mezcla de suerte y capacidad propia, a su derrocamiento a comienzos del año 2002, mandos militares tanto retirados como en actividad pasaban a ocupar cargos ministeriales, a la cabeza de empresas del Estado o nacionalizadas, embajadas, en el legislativo y en gobernaciones y municipios. Algunos rápidamente, para no volver, pero otros irían cambiando de puestos, siempre en las esferas más importantes del poder en Venezuela.

Una vez que el boom de las materias primas y de la consolidación de Chávez en su política interna después del fallido golpe de 2002 y del paro gerencial de la principal empresa petrolera venezolana ocurrido en 2002-2003, esa elite militar involucrada activamente en política nacional y partidaria pasaría a contar también con suculentas compras de armamento. Básicamente provenientes de Rusia y, en menor medida, China, Bielorrusia y España.

Basta recordar que, al momento de llegar Chávez al poder en 1999, el valor del barril de petróleo era levemente inferior a los 20 dólares vis a vis los 90, 100 y hasta 120 dólares que registró en el último lustro. En otras palabras, se quintuplicaron los ingresos, ya que el crudo representa el 94 por ciento de los ingresos de dólares al país. El importador principal, con 1.5 millones de barriles diarios sobre una producción total exportable de 2.5 millones, del oro negro venezolano fue y es Estados Unidos.

Desde ya, luego de 14 años de chavismo, el argumento de que esta realidad es “un mal necesario y transitorio” en la lucha contra el “Imperio del Mal” y la “burguesía transnacional” suena cada vez menos creíble, pero no por ello genera mayores problemas en el relato revolucionario. Como tampoco lo hacen las miles de estaciones de servicio que el Estado de Venezuela controla en territorio estadounidense. Con la esperanza siempre latente de que en algún momento China logre importar más crudo bolivariano que el “socio-enemigo” gringo.

El propio presidente Chávez no duda en calzarse periódicamente uniformes militares y su gorra roja de paracaidista, que por esas vueltas del destino hacen pensar a muchos que el rojo viene de alguna cuestión ideológica izquierdista. Puede ser real, pero en este caso el originador del color es la rama del ejército que él integraba.

En la Bolivia de Evo Morales, el actual gobierno les ha dado un activo rol a los militares en la toma y posterior administración de empresas nacionalizadas. En especial en el sector petrolero, gasífero y energético. El propio Morales siempre recuerda con orgullo su paso por el servicio militar; y destacados asesores o funcionarios de su gobierno provienen de las filas militares. En un reciente discurso, el exlíder cocalero y actual presidente convocó a conformar un poderoso ejército antiimperialista en Bolivia. Aun con presupuestos limitados, La Paz no ha dudado en aceptar e incorporar armamento proveniente de países amigos (China, Venezuela, Cuba, etc.), así como asesores y compra de material bélico; tema que, por razones ideológicas y geopolíticas, ha venido generando resquemor en Paraguay.

Los otros dos casos que se pueden citar son los de Ecuador y Nicaragua. En este último, el movimiento sandinista tiene una histórica relación y formación con las milicias guerrilleras que tomaron el poder a fines de la década del 70 y cuyo jefe histórico por dos décadas fue el hermano del actual presidente Ortega. Con el argumento del peligro de “agresión imperialista” del eje Colombia-EE. UU. en los años pasados, Managua ha buscado reforzar sus inversiones en defensa, estado operativo y poder de sus militares.

En lo que respecta a la situación ecuatoriana, es más ambigua pero no por ello rompe con la regla que venimos señalando hasta ahora. La larga tradición de las Fuerzas Armadas del Ecuador de ser un actor activo en la aceleración del avance de la democracia a fines de los 70, su tendencia a impulsar agendas “progresistas” en lo social y el elevado prestigio y poder económico-empresarial que traen desde hace mucho tiempo, genera que Correa no haya podido (o querido) manipular totalmente y a beneficio propio las instituciones armadas. El intento de golpe policial que padeció este presidente pocos años atrás, no hizo más que reforzar el rol de los militares como factor de estabilidad y, hasta cierto punto, parte de la sustentación del gobierno.

En otras palabras, un buen indicador para saber si algún gobierno de la región se orienta decididamente hacia un esquema político, económico y social de matriz bolivariana, es mirar cuál es su relación a nivel de discurso, presupuesto, espacios de poder otorgados y reconocimiento a los militares. Paradojas de la historia, el ver cómo la tan mentada polinización y partidización de las instituciones militares eran atribuidas con justa razón a las derechas conservadoras en el siglo pasado y ahora ocurre un fenómeno con ciertos tintes semejantes, pero por el otro extremo del arco ideológico.

Como advertía el destacado politólogo Samuel Huntington en su clásico El soldado y el Estado, de mediados del siglo pasado, la penetración de las matrices partisanas y de política electoral y de poder en las Fuerzas Armadas era un sendero que llevaba a fuertes grados de desprofesionalización, erosión moral y peligrosas lógicas facciosas. Nos gustaría poder atribuir dicha visión a la incapacidad de este académico para entender cabalmente la realidad. Sin embargo, el solo recordar que Huntington escribió en 1992 El choque de civilizaciones, once años antes del 11 de septiembre de 2001, nos impide hacerlo, ya que, a partir de esa fecha, la teoría se transformó en traumática realidad.

Más allá del Canal

El destino del continente y la forma de pararse frente al resto del mundo fueron, a lo largo de la historia, y sobre todo de la historia más reciente, un lugar de lucha desde el cual las distintas potencias continentales fueron delineando, en base a una variedad de intereses, las formas que servirían para denominar cada momento cultural e histórico. El resto de los países se alineó, cada uno, de acuerdo a su conveniencia. Pero, ¿desde qué lugar se ubicó y se ubica la Argentina?

Cualquiera que en las décadas de los 60 y 70 quisiese sacar patente de progresista debía pronunciar, de manera sentida o no, la palabra “Latinoamérica”. Ese espacio cultural e histórico pasaba a ser sinónimo de destino común alejado de las influencias de la superpotencia estadounidense. En algunos casos, se buscaba emparentar los latinoamericano con corrientes nacionalistas y desarrollistas y, en otros, con los supuestos puntos de convergencia con los movimientos prosoviéticos. Para fines de los 80, luego de dictaduras y agudas crisis económicas, reinaría el termino “hemisférico”. Emergía la idea de un mundo post Guerra Fría y post crisis de la deuda estallada en 1982, que vía Consenso de Washington readaptaría nuestras sociedades y economías al mundo globalizado e interdependiente que se nos presentaba con esperanza e incertidumbre. Iniciativas como el ALCA se enmarcaban en este sentido, como así también construcciones diplomáticas destinadas a articular espacios de paz en ese escenario conflictivo que para esa época aún existía entre la democratizada Sudamérica y los EE.UU. O sea, America Central y el rol constructivo del denominado Grupo de Río. Los primeros años de los 90 se presentarían de la mano de la constitución del NAFTA entre Canadá, los EE.UU. y México, lo que dio lugar a comentarios, más o menos bien intencionados, acerca de que a partir de ese momento el territorio azteca ya no podría ser visto como ligado a nuestra región dada la interdependencia con la superpotencia.

Las crisis económicas y sociales de fines de los años 90 y comienzos del nuevo siglo darían como resultado el ascenso de gobiernos de fuerte perfil contestatario al Consenso de Washington y al poder e influencia americanos. Los casos de Venezuela, luego Bolivia y finalmente Ecuador y Nicaragua serían ejemplo de ello. La Argentina también se perfilaba, con sus particularidades, hacia esa dirección, sin por ello poder ser asimilada linealmente con estos últimos países. En este escenario, Brasil comenzaría a lograr combinar su tradicional estabilidad política con la salud macroeconómica lograda en los 90 y el boom de los precios de las materias primas, del cual es gran exportador, sin olvidar la viabilidad económica que el alto valor del barril del petróleo le dio a las explotaciones offshore de petróleo encontrado frente a Río de Janeiro y San Pablo. Ello, de la mano de un liderazgo carismático y pragmático como el de Lula y su capacidad, junto con la del PT, de superar la crisis política del año 2004-2005 por acusaciones de pagos ilegales a legisladores, que colocarían a Brasil en una posición de potencia indiscutida a nivel regional. Mas aún, vis a vis, a una Argentina ensimismada pos crisis del 2001-2002 y con una tendencia a lo “gestual” y a fricciones con los EE.UU. y los mercados internacionales.

Dentro de todo este escenario, tanto Brasil, como verdadera masa crítica de poder y hábil diplomacia, como los gobiernos bolivarianos, pusieron en el centro del discurso y del imaginario publico la idea de “Sudamérica”. Un corte imaginario en el Canal de Panamá que diferenciaba el espacio geográfico por donde habían caminado los caudillos libertadores -básicamente Bolivar, según este relato- y el Brasil. Una combinación sin muchas raíces históricas, dadas las abismales diferencias en el proceso de independencia de los países de habla hispana y del caso brasileño durante el siglo XIX, pero poderosa como imagen. Lo sudamericano servía y sirve a los bolivarianos para ”dejar afuera” a los EE.UU. y sus planes hemisfericos. En tanto que Brasil no debe compartir cartelera con una potencia económica, demográfica, de gran importancia geopolítica dada su cercanía a los EE.UU,. poder petrolero y, algo no menor, una masa crítica inmensa de mexicanos que viven y votan dentro de la superpotencia. Ni que decir, de quitarse de encima también el paraguas de los EE.UU. sobre nuestra región, sin que por ello Brasilia descuide su vínculo con Washington. Eso sí, estableciendo ese vículo de manera bilateral, tal como lo hace con otras grandes potencias: China, Rusia, India y hasta Sudafrica. Lógica impecable tanto la de los bolivarianos como de los formadores de políticas brasileños. La duda es si resulta así para la Argentina. Quizás por nuestra posición geográfica, historia, tradición y posición relativa de poder, pivotear sobre relaciones realistas y constructivas con Brasil, EE.UU., paises claves de Europa, China y Sudáfrica, parezca un camino mas realista. Quizás menos épico, pero más redituable en el mediano y largo plazo.

 

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