Fabián Calle

Irán: Una ventana de oportunidad

Irán: Una ventana de oportunidad

La llegada al poder del clérigo moderado Hassan Rohani abre nuevas perspectivas de diálogo entre la república islámica y la comunidad internacional. Un análisis de los desafíos del nuevo mandatario iraní.

El neoautoritarismo se viste a la moda

En el turbulento escenario global, se han ido consolidando en América Latina modelos populistas que cuestionan las prácticas republicanas y, lejos de integrarse a los mercados internacionales, ven al mundo como una amenaza.

Disuasión y nacionalismo

Disuasión y nacionalismo

A raíz de un video de las tropas chilenas entrenando con cánticos agresivos hacia sus países vecinos, surge el debate del lugar que deberían ocupar las Fuerzas Armadas en nuestro país. ¿Podremos seguir el ejemplo de algunos países sudamericanos, en los que los militares combinan alto profesionalismo con no injerencia en la arena política?

El huracán Obama aún sopla

Hace cuatro años, Barack Obama se consagraba presidente de la principal potencia económica y militar del mundo. Lo hacía por un margen de cinco puntos sobre el senador John McCain, arrastrando consigo un avance imponente de los demócratas en las dos Cámaras del Congreso. Quizás el mayor desafío electoral no haya sido ese, sino ganarle las primarias demócratas a los Clinton. La dupla política de Bill y Hillary Clinton se había dispuesto a posicionar a la exprimera dama como la primera presidente mujer de EE. UU. Quien pudiese enfrentar exitosamente esta maquinaria clintoniana haría, como mínimo, un excelente papel en cualquier elección nacional.

Un clima de esperanza pocas veces visto fue el que logró Obama durante esos meses de puja por la primera magistratura. En septiembre de 2008, Wall Street había crujido como nunca en 60 años y el capitalismo internacional entraba a tientas en un nuevo orden o potencial caos y desorden. Los manuales de política y economía parecían ya no servir más. Un negro de padre musulmán había ganado la interna demócrata y la presidencia a solo siete años del trauma del 11 de septiembre de 2001. Para colmo, Osama y Obama sonaban parecido, chicana que no dejaron de usar fallida e insistentemente los representantes del ala derecha republicana.

En el plano financiero, las todopoderosas evaluadoras de riesgo se caían. Esa herencia se hizo sentir con toda su fuerza en las elecciones legislativas de medio término, con la contundente victoria a los republicanos. El desempleo siguió siendo alto, cercano al 8 por ciento, si bien bajó con respecto a los picos de 2008 y comienzos de 2009. Esa cercanía a casi dos dígitos era una barrera histórica que desde 1945 había imposibilitado cualquier reelección en EE. UU. En los años posteriores al caos de 1929, el gran Franklin D. Roosevelt lo consiguió. Ahora fue el turno de Obama.

Un factor no menor ha sido el profundo cambio demográfico que se viene dando desde hace décadas en EE. UU. Nos referimos a la posición alcanzada por los latinos o hispanos como primera minoría, la cual desde 2008 está crecientemente movilizada y organizada. Ya no se encuentran radicados en los estados tradicionales del sur, sino que están extendidos por todo el país y pesan en el colegio electoral. Obama supo mostrarse dialoguista y comprensivo con esta ascendente minoría, si bien sus gestos distaron de ser amplios y contundentes como esperaban los demócratas de izquierda. Esta tendencia se vio potenciada por el auge que tuvieron en estos años los sectores más conservadores y de derecha entre los republicanos y la imagen antiinmigratoria que supieron conseguirse por acción u omisión. No casualmente las encuestas preelectorales mostraron a un 70 por ciento de los hispanos inscriptos -en especial los de origen mexicano- inclinados por votar a Obama y solo a un 25 por Romney. Esto quedó confirmado por los estudios y análisis post 6 de noviembre, los cuales mostraron un crecimiento del 8 por ciento de este voto hacia los demócratas vis a vis las presidenciales de cuatro años atrás.

Todo esto llevó a portales de análisis como Político, uno de los más informados e influyentes en EE. UU., a interrogarse: “El Partido Republicano, ¿demasiado viejo, demasiado blanco, demasiado masculino?”. Si bien esto no deja de tener una parte sustancial de realismo, también cabe recordar que la diferencia de voto popular entre Obama y McCain fue de tan solo cinco puntos y entre Obama y Romney de dos puntos únicamente. Los estrategas de ambos bandos entendieron perfectamente que la batalla se reducía a un puñado de entre cinco y siete estados que podían ir de un lado a otro. A ello se sumó la decisión de los planificadores electorales de Obama de pegar fuerte y preventivamente a Romney seis meses antes de las elecciones, usando masivos recursos económicos, aun cuando el republicano lograra superarlo en recaudación total.

Decía Maquiavelo que la vida de los hombres y de los Estados es “suerte y virtud”. Obama tuvo la suerte de perder contundentemente su primer debate con Romney, y esto le dio tiempo para remontar la colina en los otros dos. Asimismo, el huracán Sandy llegó en un momento justo para hacer una pausa electoral, mientras Romney daba sus últimos pasos en el combate por la paridad y hasta un leve margen a favor, si bien una mirada fina de los números nos indica que el pico de la intención de voto para él se dio diez días antes del 6 de noviembre y a partir de allí se estancó y bajó levemente.

Para finalizar, y concentrarnos en lo que nos corresponde a los otros países que interactúan con EE. UU., el tercer debate Obama-Romney, que se centró en política exterior, demostró que las diferencias entre ambos eran mucho menores que en materia de política interna. El foco en el ascenso de Asia, la intención de evitar un Irán con poder nuclear militar, una retirada ordenada de Afganistán y el deseo de no dejar levantar cabeza a la golpeada Al-Qaeda fueron posiciones compartidas.

Cabría esperar que los argentinos sepamos articular una relación constructiva, de mutuo respeto, pragmática y con la mirada puesta en el futuro en la relación bilateral. No solo porque EE. UU. es el país que representa el 25 por ciento del PBI mundial, el 43 por ciento del gasto militar global y el epicentro de la revolución tecnológica y de telecomunicaciones que nos acompaña y entusiasma, sino también porque es una nación democrática y con plena vigencia de las leyes y las libertades, heredera de lo que supuestamente perseguimos en nuestra civilización occidental. Y siempre cabe recordar que aun los líderes más fóbicos hacia EE. UU. tienden a ahorrar en dólares o, como mínimo, en otra moneda occidental como el euro. Eso demuestra que ni ellos mismos creen en su fuero íntimo que se esté frente a una crisis terminal de ese mundo.

Chávez y el populismo 2.0

Paradojas del gobierno bolivariano de Venezuela: su rechazo a los Estados Unidos y a su relación comercial. Algunos conceptos y tendencias aplicables al régimen chavista.

Un viejo dicho afirma que la historia no se repite, pero rima. Ello es más que real cuando uno analiza el fenómeno político de Chávez y su movimiento bolivariano. Para darle un marco teórico, cabría recordar y repasar categorías ya casi centenarias como la de “liderazgo carismático”, citada por Max Weber; la descripción que a mediados del siglo pasado el sociólogo Gino Germani hacía del fenómeno del populismo; y la más reciente, de la década de los 90, “democracia delegativa” de Guillermo O’Donnell.

Weber describía la presencia de procesos políticos encabezados y conducidos por personajes dotados de algo tan perceptible como difícil de definir: el carisma o la capacidad de seducir y persuadir, y generar un vínculo imaginariamente personal que suele derivar en actitudes mesiánicas, maniqueas y hasta infantiles de parte de aquel influido por el carisma. La contracara de eso suele ser la existencia de pasiones no menores que las antes mencionadas, pero en este caso de parte de los que rechazan este tipo de líderes. Un debate, usualmente acalorado cuando no trágico y violento, donde la subjetividad camina a sus anchas.

En este punto, cabría desagregar las características que visualizó Germani al momento de diseccionar los populismos: la presencia de un líder carismático, la relación “directa” de él con la masa, la idea de que toda persona que se opone a ese caudillo o jefe encarna la antipatria y el antipueblo, la sustancial inutilidad y disfuncionalidad de instituciones políticas (incluyendo los poderes Judicial y el Legislativo) o sociales que medien el vínculo entre el poder y la muchedumbre, la presencia y la “necesidad” de enemigos internos y externos que deben ser controlados a toda costa y forma. Podríamos agregar la dificultad de estos regímenes para encontrar mecanismos sucesorios normales e institucionalizados, dado que todo en gran medida depende de las condiciones psicofísicas del jefe, quien se erige en un ser imprescindible y que solo puede sucederse a sí mismo.

Por último, la “democracia delegativa” fue la forma en que este notable politólogo argentino analizó la tendencia registrada en diversas democracias subdesarrolladas de combinar una instancia democrática, o sea procesos electorales relativamente limpios y legítimos, con una posterior instauración de un gobierno electo pero que desde el seno del poder se dedica a romper los frenos y contrapesos republicanos y a buscar la perpetuación en el poder, mas allá de formas y procedimientos. Por esas vueltas de la historia, muchos de los que veían con malos ojos los modelos delegativos de líderes políticos latinoamericanos neoliberales en los 90 ahora sienten admiración y simpatía por los mismos aspectos en los gobiernos bolivarianos. Esta tendencia engloba tanto a los que tienen su corazón a la izquierda o a la derecha. Chávez y su estructura de poder representan un ejemplo cabal de la vigencia de estos tres análisis sociopolíticos antes mencionados.

Finalmente, a estas categorizaciones cabría agregarles las siempre relevantes particularidades nacionales y de tiempo y espacio. En este sentido, una de las paradojas es cómo la Venezuela de Chávez tiene como principal mercado para su estratégico petróleo (el 94 por ciento de los ingresos por ventas al exterior de su economía) a los Estados Unidos, con 1.5 millones de barriles diarios a un precio promedio de 100 dólares por cada uno. El lector con lápiz y papel o calculadora en mano podrá ver la magnitud del vínculo entre estos socios-rivales que son Washington y Caracas. Sin olvidar las más de 12.000 gasolineras o estaciones de servicio que la empresa estatal de petróleo controlada por Chávez tiene en territorio estadounidense. Un aspecto que los chavistas en otros países, incluyendo la Argentina, suelen obviar. Venezuela no quiere ni necesita una zona de libre comercio con Estados Unidos, dado que ya la tiene de hecho al exportar a ese mercado una materia prima estratégica como el petróleo. Este polémico comentario fue una sincera reflexión del propio Chávez durante una de las tantas reuniones con su par colombiano Álvaro Uribe a mediados de la década pasada, cuando la relación entre los dos era de pragmática convivencia y gestos de cordialidad. Solo Canadá y México se posicionan por encima de Venezuela como proveedores de hidrocarburos y derivados de la superpotencia mundial.

A su vez, la crisis profunda del capitalismo internacional, que estallara en Wall Street en septiembre de 2008 y que luego se extendiera sobre Europa, no ha hecho más que generar una “rima” entre las críticas y posturas despectivas que desde las izquierdas y derechas más duras han llovido sobre el capitalismo en general y sobre la dupla república/políticas de mercado en particular.

Todo esto se combina con el ascenso en poder económico, político y militar de Estados no dotados de democracias liberales o republicanas como China, Rusia, Irán, entre otros.

Desde ya, muchas de estas ideas se escriben y transmiten vía un invento americano como es Internet, y por medio de computadoras, softwares y tabletas creadas por mentes geniales, y un contexto que los cobijó y les dio vida a sus inventores, como Jobs y Gates. Otra paradoja, una más.

La era bolivariana: el rol de los militares

Una superficial mirada sobre los sectores básicos constituyentes de las coaliciones político-sociales que conforman las estructuras de poder del denominado “eje bolivariano”, nos mostraría un rol activo y central de las Fuerzas Armadas, que se confirmaría con un análisis más profundo.

El caso más paradigmático es sin duda Venezuela, donde el propio gestor del movimiento es un teniente coronel paracaidista retirado, el cual, junto a otros efectivos dotados de una diversa combinación de aspiraciones personales, pasiones ideológicas y/o indignación por la matanza de civiles durante el “Caracazo” de 1989, se alzaron en armas contra el gobierno electo de Carlos Andrés Pérez. Por esas paradojas del destino, este socialdemócrata en su primer paso por la presidencia en los 70 había impulsado nacionalizaciones petroleras, reformas sociales y mantenido una activa política de respaldo a la izquierda sandinista en Nicaragua y de diálogo respetuoso con Cuba. Si bien el golpe de Chávez fracasó, los pocos minutos de TV con los que contó para comunicar su rendición fueron claves para que millones de personas se sintiesen identificadas con muchos de sus reclamos y posturas.

Siete años después, el joven paracaidista llegaría a la primera magistratura. Desde ese momento, y mucho más aún después de sobreponerse, por una mezcla de suerte y capacidad propia, a su derrocamiento a comienzos del año 2002, mandos militares tanto retirados como en actividad pasaban a ocupar cargos ministeriales, a la cabeza de empresas del Estado o nacionalizadas, embajadas, en el legislativo y en gobernaciones y municipios. Algunos rápidamente, para no volver, pero otros irían cambiando de puestos, siempre en las esferas más importantes del poder en Venezuela.

Una vez que el boom de las materias primas y de la consolidación de Chávez en su política interna después del fallido golpe de 2002 y del paro gerencial de la principal empresa petrolera venezolana ocurrido en 2002-2003, esa elite militar involucrada activamente en política nacional y partidaria pasaría a contar también con suculentas compras de armamento. Básicamente provenientes de Rusia y, en menor medida, China, Bielorrusia y España.

Basta recordar que, al momento de llegar Chávez al poder en 1999, el valor del barril de petróleo era levemente inferior a los 20 dólares vis a vis los 90, 100 y hasta 120 dólares que registró en el último lustro. En otras palabras, se quintuplicaron los ingresos, ya que el crudo representa el 94 por ciento de los ingresos de dólares al país. El importador principal, con 1.5 millones de barriles diarios sobre una producción total exportable de 2.5 millones, del oro negro venezolano fue y es Estados Unidos.

Desde ya, luego de 14 años de chavismo, el argumento de que esta realidad es “un mal necesario y transitorio” en la lucha contra el “Imperio del Mal” y la “burguesía transnacional” suena cada vez menos creíble, pero no por ello genera mayores problemas en el relato revolucionario. Como tampoco lo hacen las miles de estaciones de servicio que el Estado de Venezuela controla en territorio estadounidense. Con la esperanza siempre latente de que en algún momento China logre importar más crudo bolivariano que el “socio-enemigo” gringo.

El propio presidente Chávez no duda en calzarse periódicamente uniformes militares y su gorra roja de paracaidista, que por esas vueltas del destino hacen pensar a muchos que el rojo viene de alguna cuestión ideológica izquierdista. Puede ser real, pero en este caso el originador del color es la rama del ejército que él integraba.

En la Bolivia de Evo Morales, el actual gobierno les ha dado un activo rol a los militares en la toma y posterior administración de empresas nacionalizadas. En especial en el sector petrolero, gasífero y energético. El propio Morales siempre recuerda con orgullo su paso por el servicio militar; y destacados asesores o funcionarios de su gobierno provienen de las filas militares. En un reciente discurso, el exlíder cocalero y actual presidente convocó a conformar un poderoso ejército antiimperialista en Bolivia. Aun con presupuestos limitados, La Paz no ha dudado en aceptar e incorporar armamento proveniente de países amigos (China, Venezuela, Cuba, etc.), así como asesores y compra de material bélico; tema que, por razones ideológicas y geopolíticas, ha venido generando resquemor en Paraguay.

Los otros dos casos que se pueden citar son los de Ecuador y Nicaragua. En este último, el movimiento sandinista tiene una histórica relación y formación con las milicias guerrilleras que tomaron el poder a fines de la década del 70 y cuyo jefe histórico por dos décadas fue el hermano del actual presidente Ortega. Con el argumento del peligro de “agresión imperialista” del eje Colombia-EE. UU. en los años pasados, Managua ha buscado reforzar sus inversiones en defensa, estado operativo y poder de sus militares.

En lo que respecta a la situación ecuatoriana, es más ambigua pero no por ello rompe con la regla que venimos señalando hasta ahora. La larga tradición de las Fuerzas Armadas del Ecuador de ser un actor activo en la aceleración del avance de la democracia a fines de los 70, su tendencia a impulsar agendas “progresistas” en lo social y el elevado prestigio y poder económico-empresarial que traen desde hace mucho tiempo, genera que Correa no haya podido (o querido) manipular totalmente y a beneficio propio las instituciones armadas. El intento de golpe policial que padeció este presidente pocos años atrás, no hizo más que reforzar el rol de los militares como factor de estabilidad y, hasta cierto punto, parte de la sustentación del gobierno.

En otras palabras, un buen indicador para saber si algún gobierno de la región se orienta decididamente hacia un esquema político, económico y social de matriz bolivariana, es mirar cuál es su relación a nivel de discurso, presupuesto, espacios de poder otorgados y reconocimiento a los militares. Paradojas de la historia, el ver cómo la tan mentada polinización y partidización de las instituciones militares eran atribuidas con justa razón a las derechas conservadoras en el siglo pasado y ahora ocurre un fenómeno con ciertos tintes semejantes, pero por el otro extremo del arco ideológico.

Como advertía el destacado politólogo Samuel Huntington en su clásico El soldado y el Estado, de mediados del siglo pasado, la penetración de las matrices partisanas y de política electoral y de poder en las Fuerzas Armadas era un sendero que llevaba a fuertes grados de desprofesionalización, erosión moral y peligrosas lógicas facciosas. Nos gustaría poder atribuir dicha visión a la incapacidad de este académico para entender cabalmente la realidad. Sin embargo, el solo recordar que Huntington escribió en 1992 El choque de civilizaciones, once años antes del 11 de septiembre de 2001, nos impide hacerlo, ya que, a partir de esa fecha, la teoría se transformó en traumática realidad.

Más allá del Canal

El destino del continente y la forma de pararse frente al resto del mundo fueron, a lo largo de la historia, y sobre todo de la historia más reciente, un lugar de lucha desde el cual las distintas potencias continentales fueron delineando, en base a una variedad de intereses, las formas que servirían para denominar cada momento cultural e histórico. El resto de los países se alineó, cada uno, de acuerdo a su conveniencia. Pero, ¿desde qué lugar se ubicó y se ubica la Argentina?

Cualquiera que en las décadas de los 60 y 70 quisiese sacar patente de progresista debía pronunciar, de manera sentida o no, la palabra “Latinoamérica”. Ese espacio cultural e histórico pasaba a ser sinónimo de destino común alejado de las influencias de la superpotencia estadounidense. En algunos casos, se buscaba emparentar los latinoamericano con corrientes nacionalistas y desarrollistas y, en otros, con los supuestos puntos de convergencia con los movimientos prosoviéticos. Para fines de los 80, luego de dictaduras y agudas crisis económicas, reinaría el termino “hemisférico”. Emergía la idea de un mundo post Guerra Fría y post crisis de la deuda estallada en 1982, que vía Consenso de Washington readaptaría nuestras sociedades y economías al mundo globalizado e interdependiente que se nos presentaba con esperanza e incertidumbre. Iniciativas como el ALCA se enmarcaban en este sentido, como así también construcciones diplomáticas destinadas a articular espacios de paz en ese escenario conflictivo que para esa época aún existía entre la democratizada Sudamérica y los EE.UU. O sea, America Central y el rol constructivo del denominado Grupo de Río. Los primeros años de los 90 se presentarían de la mano de la constitución del NAFTA entre Canadá, los EE.UU. y México, lo que dio lugar a comentarios, más o menos bien intencionados, acerca de que a partir de ese momento el territorio azteca ya no podría ser visto como ligado a nuestra región dada la interdependencia con la superpotencia.

Las crisis económicas y sociales de fines de los años 90 y comienzos del nuevo siglo darían como resultado el ascenso de gobiernos de fuerte perfil contestatario al Consenso de Washington y al poder e influencia americanos. Los casos de Venezuela, luego Bolivia y finalmente Ecuador y Nicaragua serían ejemplo de ello. La Argentina también se perfilaba, con sus particularidades, hacia esa dirección, sin por ello poder ser asimilada linealmente con estos últimos países. En este escenario, Brasil comenzaría a lograr combinar su tradicional estabilidad política con la salud macroeconómica lograda en los 90 y el boom de los precios de las materias primas, del cual es gran exportador, sin olvidar la viabilidad económica que el alto valor del barril del petróleo le dio a las explotaciones offshore de petróleo encontrado frente a Río de Janeiro y San Pablo. Ello, de la mano de un liderazgo carismático y pragmático como el de Lula y su capacidad, junto con la del PT, de superar la crisis política del año 2004-2005 por acusaciones de pagos ilegales a legisladores, que colocarían a Brasil en una posición de potencia indiscutida a nivel regional. Mas aún, vis a vis, a una Argentina ensimismada pos crisis del 2001-2002 y con una tendencia a lo “gestual” y a fricciones con los EE.UU. y los mercados internacionales.

Dentro de todo este escenario, tanto Brasil, como verdadera masa crítica de poder y hábil diplomacia, como los gobiernos bolivarianos, pusieron en el centro del discurso y del imaginario publico la idea de “Sudamérica”. Un corte imaginario en el Canal de Panamá que diferenciaba el espacio geográfico por donde habían caminado los caudillos libertadores -básicamente Bolivar, según este relato- y el Brasil. Una combinación sin muchas raíces históricas, dadas las abismales diferencias en el proceso de independencia de los países de habla hispana y del caso brasileño durante el siglo XIX, pero poderosa como imagen. Lo sudamericano servía y sirve a los bolivarianos para “dejar afuera” a los EE.UU. y sus planes hemisfericos. En tanto que Brasil no debe compartir cartelera con una potencia económica, demográfica, de gran importancia geopolítica dada su cercanía a los EE.UU,. poder petrolero y, algo no menor, una masa crítica inmensa de mexicanos que viven y votan dentro de la superpotencia. Ni que decir, de quitarse de encima también el paraguas de los EE.UU. sobre nuestra región, sin que por ello Brasilia descuide su vínculo con Washington. Eso sí, estableciendo ese vículo de manera bilateral, tal como lo hace con otras grandes potencias: China, Rusia, India y hasta Sudafrica. Lógica impecable tanto la de los bolivarianos como de los formadores de políticas brasileños. La duda es si resulta así para la Argentina. Quizás por nuestra posición geográfica, historia, tradición y posición relativa de poder, pivotear sobre relaciones realistas y constructivas con Brasil, EE.UU., paises claves de Europa, China y Sudáfrica, parezca un camino mas realista. Quizás menos épico, pero más redituable en el mediano y largo plazo.

Paraguay: más que golpe, un suicidio

Paraguay: más que golpe, un suicidio

Los mandatarios sudamericanos deberían repensar si Lugo no ha encontrado en este sumarísimo proceso una puerta de salida a un purgatorio que indefectiblemente iba a terminar de manera poco gloriosa en 2013.

México: Recuedos del futuro

El triunfo del candidato del siempre vigente PRI, Enrique Penia Nieto, constituye una noticia trascendente desde todo punto de vista. México es un país clave a escala hemisferica y miembro merecido de espacios como el G20. Si bien en los ultimos años, por razones fundadas y otras no tanto, en nuestro país y en la región se ha hablado mas de Sudamérica (o sea, de Panama hacia abajo) que de Latinoamérica, lo que acontezca en tierra mexicana tiene una importancia clave para la región, tanto en los aspectos económicos, políticos y de seguridad. Con sus 112 millones de habitantes y siendo la segunda economia latinoamericana despues de Brasil, este país es el segundo proveedor de petróleo y derivados de los EE.UU, solo superado por Canada y seguido por Venezuela. Asimismo, es la fuente principal de los flujos migratorios hacia suelo estadounidense, que desde ya hace casi una década ha convertido a los latinos (en gran mayoria, mexicanos) en la primera minoría en la superpotencia.

Esta transformación tiene un impacto creciente en los resultados electorales que deciden los destinos de Washington y, por ende, del mundo. No cabe duda de que si Obama o Romney no logran buena sintonía con ese voto, sus posibilidades de retener o accender el poder se verán erosionadas. Por el momento, el actual presidente americano parece tener una relación de dos a uno vis a vis su competidor republicano en las mentes y corazones de los “mexamericanos”. En otras palabras, pocos países influyen más en el día de la principal potencia global. Ni que decir en lo referente a la seguridad. Por territorio México transita la mayor parte de la cocaína colombiana que ingresa en EE.UU., así como de las drogas sintéticas. La presión de las agencias de seguridad y defensa americanas en Colombia y en el Caribe llevó, a comienzos de esta década, a las organizaciones del narcotráfico internacional a priorizar a México como canal para la circulación de estas sustancias. Este flujo sur-norte se vio complementado por otro, norte-sur, de armas de guerra, granadas y explosivos que nutrieron y nutren los arsenales de los carteles y bandas que operan en México. La laxitud de la legislación americana en materia de compra y venta de armas ha generado una franja masiva de armerías en un radio de 200 a 300 kilómetros entre los dos países. Por ello, no es extraño encontrar en los arsenales narcos armamentos y tácticas propias de fuerzas militares y paramilitares de zonas de guerra. Los 56.000 muertos atribuidos a las masacres y guerras intra e intercarteles desde el 2006 en adelante no dejan de ser un reflejo de la letalidad de este conflicto.

Justamente, el hartazgo de amplios sectores de la sociedad mexicana a estos ríos de sangre. sin resultados concretos a la vista, y el párate económico. agudizado por la crisis estadounidense desde el 2008, sumados a la articulada campaña de un fotogénico y mediático postulante como Peña Nieto, se conjugaron para el regreso del PRI al poder luego de 12 años de administraciones del PAN.

El saliente presidente Calderón deja una economía que parece haber dejado ya atrás la recesión, ayudado también por una cierta recuperación económica de EE.UU, y numerosas bajas en las líneas de mando de las mafias del narcotráfico. El propio Calderón decidió impulsar una militarización de la lucha al narcotráfico, en especial en el norte del país. La búsqueda de un tema que le diera legitimidad e iniciativa política en un escenario de impugnación de los resultados electorales del entonces (y nuevamente ahora) candidato del PRD de centro-izquierda, Andrés López Obrador, y el diagnóstico de que las fuerzas policiales eran en su mayoría impotentes o cómplices del narcotráfico, colocaron a México en este combate que ha generado tanta polémica dentro y fuera de México. Peña Nieto basó su campaña en mostrarse como pacificador del país, sin entrar en demasiados detalles. Su entorno de asesores en materia de seguridad ha dado a entender que se pondrá fuerte énfasis en crear fuerzas de seguridad intermedias, como nuestra Gendarmería o los Carabineros chilenos, así como en priorizar en recursos humanos y tecnología para las tareas de inteligencia, comando y control, sin por ello desarticular los esfuerzos que tanto el Ejercito como la reducida pero altamente eficiente Infantería de Marina llevan a cabo desde hace un lustro. Le quedará al nuevo presidente la tarea de buscar espacios de consenso con el Ejecutivo y el Legislativo de EE.UU. para dificultar los flujos de armamentos hacia territorio nacional, así como mejorar y reforzar la cooperación entre las agencias y ministerios de ambos países, en muchos casos dificultada por inercias históricas que llevan a la desconfianza.

En materia de política exterior, México se erige como un actor dinámico de la Alianza del Pacifico que Washington impulsa junto a México, Colombia, Perú y Chile, así como con las grandes potencias económicas de Asia y Oceanía. Un proceso al que Argentina debería prestarle seria atención, en momentos en que nuestros discursos y retóricas parecen estar obsesionadamente centrados en lo “sudamericano” y en la supuesta atribución de “ideología” (en este caso, “progresista”) a espacios geográficos. Esta actitud no deja de constituir un serio error conceptual, dado que en plazos más o menos cortos podría haber gobiernos de centro-derecha.

Una pragmática y realista política exterior argentina debería saber articular el espacio hemisférico, con EE.UU. como actor relevante; el latinoamericano, sin duda con México; y el sudamericano, donde sobresale el Brasil. Tres tableros interactivos entre si y que sin duda ayudarán a una inserción mas activa de nuestro país. El énfasis en Sudamérica es un legitimo instrumento semántico y geopolítico de Brasil, que procura despejar su imagen y protagonismo de dos actores de peso como EE.UU. y México para constituirse como potencia indiscutida a escala global, haciendo base en su predominancia sudamericana, y al mismo tiempo desarrollar un fuerte activismo bilateral a nivel mundial con la superpotencia americana, China, India, Rusia, Japón y Europa. Dicho de otro modo, Brasilia está muy lejos de buscar una política exterior meramente centrada en la Unasur o en el Mercosur. Buenos Aires debe estar muy atento de emular esta lección.

Despenalización y militarización

El combate al narcotráfico en nuestro continente suscita dos tendencias en apariencia incompatibles: la progresiva despenalización del consumo de drogas, junto con la militarización de la lucha contra las organizaciones criminales que la comercializan.

Una recorrida por las agendas y propuestas de presidentes y gobiernos tan variados como el de Funes en El Salvador (sostenido en el ex grupo guerrillero FMLN), Santos en Colombia, el general retirado Otto Molina en Guatemala o el indigenista Evo Morales en Bolivia, sin olvidar los debates y proyectos de leyes existentes actualmente en Argentina, nos mostraría un creciente consenso acerca de la necesidad de superar y dejar atrás el abordaje más punitivo y de guerra a la oferta de drogas impulsado desde 1972 por parte de los Estados Unidos. La tendencia apunta a despenalizar el consumo personal y enfatizar la lucha contra las organizaciones criminales, sus cadenas de distribución y reciclado de dinero y movimientos de precursores químicos. Tanto las administraciones inclinadas hacia la derecha, como al centro y a la izquierda apuntan en este sentido.

Este análisis pragmático de la realidad, que ha llevado a tan variados líderes a comenzar a explorar este camino, se ve acompañado por cierto tinte de “juvenilia” propio del espíritu libertario y contestatario del 68 en los EE. UU. y Francia. Sacarse fotos y hacer comentarios filosóficos, políticos o morales con una plantita de marihuana en la mano parece ser políticamente correcto e in. Esta “juvenilia” tendería a ir más allá de la despenalización, ya que busca directamente el aval y el elogio del consumo personal. Una actitud semejante poco tiene que ver con lo que los liderazgos políticos serios deben buscar, o sea, no llenar las cárceles y la Justicia con estos microdelitos, pero sin por ello endiosar o validar la práctica de consumir drogas. Cabe recordar que fumar marihuana puede llegar a ser visto como un tema “personal”, siempre y cuando a esa persona no se le ocurra manejar un auto, camión y/o maquinaria sensible en donde hubiera terceros pasibles de los efectos del mundo de fantasía en el que se adentra.

A modo de paradoja, otra corriente simultánea se acopla a esta tendencia despenalizadora. Nos referimos a la militarización de la lucha contra las organizaciones criminales del narcotráfico. Basta con recorrer El Salvador, Honduras, Guatemala, México y el propio Brasil, en especial zonas de Río de Janeiro y las fronteras, para ver un rol activo y creciente de los militares y fuerzas paramilitares tomando cada vez más influencia y control en el día a día de este combate. Ello se produce tanto bajo gobiernos de centroderecha, como el PAN en México, como bajo la exguerrilla marxista FMLN en el Salvador y el PT en Brasil. A primera vista, se podrá argumentar que ambas tendencias distan de ser compatibles, dado que una se refiere al consumo individual, con el énfasis puesto en lo preventivo, social y educativo, y la otra se orientaría hacia grupos criminales que por su poder económico, territorial y de fuego requieren el instrumento extremo de un Estado, tal como sus militares. A estos últimos, el gran estratega Carl Von Clausewitz los definía a comienzos del siglo XIX como “leones enjaulados”, que los decisores solo debían usar cuando se requiriese un resultado tan letal y contundente como el que logra un león.

En el caso argentino, por el momento predomina la tendencia “políticamente correcta” de la despenalización, en algunos casos impulsada por análisis detallados de 40 años de lucha contra el narcotráfico en el hemisferio y en otros por una rebeldía adolescente tardía de algunos mayores. Sin embargo, esta no se ve acompañada por la recurrencia sistemática y organizada de las Fuerzas Armadas, amén de experiencias en pleno armado como el “Escudo Norte”, que tienen ya la presencia necesaria de medios militares como aviones y radares. Por otra parte, se debe tomar conciencia de que nuestro país ya ocupa uno de los dos primeros puestos en el consumo per cápita de cocaína a nivel regional, y de que las agencias de inteligencia de países tan variados como Colombia, EE. UU. y México no dudan en ver una creciente presencia de organizaciones criminales del narcotráfico con operaciones en esos Estados que ya extendieron sus redes a la Argentina.

Los casos de sicariato que se vienen dando entre bandas colombianas al menos desde el año 2008 en nuestro país, el más reciente pocos meses atrás a plena luz del día y en el barrio de la Recoleta, son un claro reflejo en este sentido. Un repaso por los prontuarios de algunas de esas víctimas y victimarios mostraría su paso o pertenencia tanto a carteles, como a las FARC o a grupos paramilitares. El creciente rol que ha asumido el mercado de la cocaína en Europa, vis a vis el estancamiento y hasta descenso del consumo de esa droga en los EE. UU., hace que los puertos atlánticos argentinos, brasileños y uruguayos adquieran cada vez mayor importancia. Sin olvidar que, en varios casos, esta droga que sale desde el Cono Sur, Venezuela, Colombia y el Caribe, hace escalas en África, en donde en diversas situaciones se ha comprobado el rol facilitador de milicias y facciones armadas vinculadas al terrorismo de Al-Qaeda.

La impactante problemática del paco, que asola a nuestra juventud más pauperizada, no es otra cosa que el subproducto de la presencia de creciente cantidad de cocinas de cocaína en el suelo nacional. Darle una amplia e integrada respuesta desde el Estado y las organizaciones sociales al tema paco es justo y necesario, pero siempre recordando que es solo la más brutal e impactante punta de un iceberg, que en sus estructuras por debajo de la línea de flotación abarca poder económico, sicariato, cadenas logísticas, lavado de dinero y capacidades contables y de defensa legal de primer nivel. Sin entender esto, se estaría poniendo el caballo detrás del carro.

Finalmente, cabe destacar que la lucha contra el narcotráfico dista de ser un tema de izquierda, derecha o centro, ni tiene nada que ver con las tragedias político-ideológicas que se dieron en nuestro país en la década del 70. Basta mirar la intolerancia manifiesta del régimen castrista en Cuba contra la producción y el consumo de drogas. En síntesis, las modas pasajeras, las “juvenilias” tardías o la confusión entre derechos humanos y demandas sociales posmodernas no ayudarán a nuestro país a enfrentar este flagelo.

 

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