Editorial

Drogas liberadas: Alerta

El siguiente relato es de Anahí, paraguaya de Encarnación, venida con cuatro años a la Argentina y hoy con desgastados 41 abriles. Los dichos son de una mañana fría y cargada de escarcha del 2 de octubre de 2008. El lugar, la villa 1-11-14 a solo “siete cuadritas” de la cancha de San Lorenzo.

“Al Lalo, no le abría la puerta de la casa, le tiré un colchón tan sucio que ni podía venderse por cinco pesos. Lo miraba por la ventana y la miraba a mi perra, al lado de la garrafa de la cocina. El Lalo muerto de frío peor que el cusquito. Pero el Lalo ya se había llevado la única olla que quedaba y, en un descuido, el delantal de la Martita. Cada entrada a la casa era una cosa menos de las pocas cosas que tenemos. Todo por algo de paco, todo por diez minutos. Miraba el cusquito, lo miraba al Lalo, lo miraba al cusquito, al volver a mirar el Lalo ya no estaba. Salí con el farol y no estaba el Lalo, ni la reja destartalada de la puerta. El Lalo había ido por su paco”.

DROGAS LIBERADAS

ALERTA

Escribe Gustavo Gorriz

DEF transita sus saludables doce años de vida y, desde su nacimiento, su dogma ha sido formar agenda. Precisamente, en aquella lejana agenda del año 2005, insistíamos sobre la problemática del narcotráfico y de la delincuencia organizada cuando, en la Argentina, eran temas menores y de escasa relevancia política y social. Insistimos e insistimos, en el pleno convencimiento de que es alrededor de este flagelo y de los recursos que genera a través del lavado de dinero, y también de la violencia implícita que provoca, donde se encuentra la madre de todos los males, de la trata y el asesinato, del delito común y el sicariato, de la extorsión, y de la compra de la voluntad policial y de funcionarios de todos los estratos y partidos políticos. Esa convicción fue volcada mil veces en nuestras páginas, recorrimos las favelas y la selva colombiana, las maras del Salvador y Guatemala, y nos adentramos en Bolivia, Perú y en muchos lugares de América. A nuestra experiencia de campo le sumamos seminarios académicos de Seguridad Regional en Washington, Bogotá y Buenos Aires. También interactuamos con las ONG vinculadas a la lucha contra el paco y otras adicciones, al tiempo que entrevistamos a cientos de autoridades científicas y profesionales, nacionales y extranjeras, vinculadas al problema. Recapitulamos lo recorrido, lejísimos del autoelogio, ya que quisiéramos que esta agenda fuera un tema del pasado, y lo hacemos con el convencimiento que tenemos argumentos sólidos para participar de una discusión tan relevante como esta, donde está en juego el futuro de nuestros hijos y la libertad de transitar en paz por las calles. Comienza a generarse en la Argentina y también en la región, una corriente de pensamiento, intensa por cierto, que señala el fracaso de las políticas de represión y sostiene ideas a favor de la liberación del consumo y que alerta respecto de las actitudes retrógradas que se aplican, así como la exageración infundada de los diagnósticos, a los que acusan de equivocados y mal encarados.

Quienes lo hacen, algunos sólidos académicos, algunos periodistas y otros exfuncionarios de sectores vinculados a la lucha contra la drogadicción, aseguran que es global el fracaso de las políticas punitivas y de la militarización de la lucha contra el flagelo. Al respecto, piensan que esos procederes solo vulneran los derechos de los más débiles y, además, que se utilizan los recursos públicos de manera errada e irresponsable. Seguramente en una mesa justa y desapasionada, desde DEF aceptaríamos como respetables algunos de estos conceptos, más allá de que finalmente no los compartamos. Creemos, con respeto por la opinión ajena, que en la región y muy particularmente en la Argentina, existe una fuerte prevención hacia el empleo de la palabra “combatir” o “reprimir” y todo aquello que pueda relacionarse con lo “militar”, vinculando el término a las trágicas vivencias que todos los argentinos tuvimos en la década del 70. Al punto tal que un desfile militar que conmemora una fiesta Patria fue motivo de largos enfrentamientos en las redes sociales y también de que muchos sectores progresistas, académicos y sesudos periodistas han visto con buenos ojos estas posiciones que critican impiadosamente la lucha contra la droga bajo estos parámetros. Y peor aún, pensamos que muchos otros que no comparten esos criterios, callan, porque temen que se los tilde con en el mote de “pseudofacistas” que, en nuestro país, supera con creces al de ser tachado de corrupto o defraudador, y nadie quiere que le cuelguen ese sayo.

Hechas estas pertinentes salvedades, manifestamos dos cuestiones en las que DEF cree a rajatablas. La primera es que es muy cierto que las políticas de lucha contra la droga han sido hasta aquí poco exitosas pero, en segundo lugar y lo que es más importante, nos manifestamos profundamente contrarios a la despenalización en todas sus formas y a la posibilidad de relegar una batalla, que debe ser sin cuartel, contra este gravísimo flagelo mundial. Cuando decimos que estamos convencidos de no declinar en la lucha y no ceder un paso en la necesidad de negar espacio al narcotraficante, a la venta de la droga en todas sus manifestaciones y a proteger a los más vulnerables del flagelo del paco (la peor manifestación de la dependencia infrahumana a una sustancia envenenada), no somos inocentes en creer que es posible “el país sin drogas”, ya que somos conscientes de que ese es un ideal casi imposible de alcanzar. Tampoco proclamamos que reprimir sea el único camino posible. Muy por el contrario, estamos convencidos de que el camino es multisectorial e incluye contención y fuerte trabajo de las organizaciones sociales en la búsqueda de ayuda al que ha caído en las drogas. Hay también que apuntalar al grupo familiar, ese que paga los costos emocionales, económicos y funcionales en el largo tratamiento del adicto. Pero partimos de una convicción irrenunciable, y esa convicción es que al hablar de las amenazas del siglo XXI, el narcotráfico encabeza los problemas que se deben enfrentar para la seguridad ciudadana. Para ello, el Estado debe emplear todos los medios de los que dispone frente a un enemigo sin ética, sin fronteras, que acomoda sus procedimientos a las necesidades del momento y a la mejor obtención de sus espurios beneficios. Pensar, de manera distraída, que esos caminos están errados por partir de diagnósticos equivocados, pensar que todas las políticas de coerción van a fracasar indefectiblemente y pensar que regular el mercado ofrece mejores oportunidades, nos parece un rápido camino hacia el precipicio. La Argentina y buena parte de la región vive una grave crisis, y esa crisis no se irá de un día para el otro, ya que involucra aspectos básicos de la vida social, desde el trabajo, al sostenimiento familiar, a las posibilidades de un futuro digno y, esencialmente, al mantenimiento de la autoestima de muchos excluidos. Cualquier camino que facilite resolver estos insalvables problemas puede llevar al escape rápido de las drogas. La lucha contra este flagelo, sin embargo, no solo debe darse por esa razón, sino porque además, si seguimos por la vía de la inacción, habrá también más delito, más abandono, más violencia de género, más muertes sin sentido. Países que limitan con zonas de cultivo de cocaína y marihuana y, a la vez, tienen débiles o inexistentes controles fronterizos, un sistema de radarización carente de estándares internacionales serios y cuyas coordinaciones interestatales son más que mediocres, se presentan como blancos extraordinarios para el delito.

Cada país lucha contra el flagelo como puede y con los medios que de los que dispone, pero alguna vez y en estas mismas páginas hablamos del famoso comentario del plomero que, ante las filtraciones en la pared, manifestaba: “El agua busca y ‘cola’”. Quería decir, en ese lenguaje primario, que finalmente la sustancia saldría por el lugar más débil del sistema. La Argentina debe trabajar intensamente en no volverse ese lugar, el lugar más vulnerable del sistema del delito. Tenemos, lamentablemente, posibilidades ciertas de que esto ocurra: nuestras largas fronteras mal custodiadas, nuestras políticas migratorias laxas, la débil radarización y hasta los propios aspectos positivos como es la condición de ciudad líder de Buenos Aires en Sudamérica, lugar apetecible para la estancia prolongada de narcotraficantes que huyen de sus países pero no de sus negocios. A nadie le escapan los brutales cambios que han ocurrido en la vida cotidiana de nuestra sociedad, cambios que hasta hace pocas décadas ocurrían en lugares que muchas veces tratábamos con mucho desdén. Hoy la Argentina es uno de esos lugares, y hasta a veces lideramos las situaciones que antes despreciábamos. Por ejemplo:

– Lideramos el consumo de alcohol y los movimientos en los horarios nocturnos en nuestras principales ciudades. Los eventos juveniles se inician en la madrugada y a ellos se llega con niveles considerables de consumo de alcohol o sustancias psicoactivas. Este tema, en cuya regulación tiene que ver el Estado, es el paso natural hacia la pérdida de la voluntad y hacia el ingreso a cualquier otro consumo ilícito.

– Las drogas sintéticas, que seguramente serán, tecnología mediante, las que dominen el mercado del futuro, tienen en la Argentina una tendencia de consumo creciente. Su gran notoriedad ocurre a través de hechos lamentables en las fiestas electrónicas, pero su consumo fuera de esos lugares públicos es incalculable y poco comprobable.

– El paco, lo peor del corte que se desecha de la cocaína, tiene un efecto brutal y de corta duración, crea una feroz dependencia y genera una situación de emergencia social total, con epicentro en el conurbano, en las villas de emergencia y en los sectores carenciados.

– La pésima imagen internacional de la Argentina en cuanto el lavado de dinero, con resultados impresentables y múltiples observaciones negativas de organismos internacionales durante años, indican con claridad cuánto hay que recorrer para resolver este tema clave, que es la verdadera madre del sistema delictivo de la droga.

Podríamos enumerar otros muchos ítems desalentadores, esos que los curas villeros machacan a diario en su incansable lucha por salvar vidas. Hasta por una vez hemos dejado de lado los números, claro ejemplo del negocio y del nivel del delito que provoca el narcotráfico, ya que hemos creído innecesario ahondar en ellos con detalle, porque cada ciudadano sabe qué es lo que ocurre en la calle, en su barrio, con sus hijos. El ciudadano argentino medio vive en un marco de intranquilidad, antes desconocida, y sabe que para muchos la vida vale un par de zapatillas. Aunque sí debemos decir, groseramente, que los narcos manejan en el mundo cifras superiores holgadamente a los 300.000 millones de dólares anuales y que más del 25 % de esa monumental cifra corresponde a la producción de cocaína. Digamos, con un mínimo de ironía, que a ninguno de los capo narcos más poderosos del mundo se les ve voluntad de reconvertirse en una persona decente.

Aceptamos el éxito escaso, las dificultades crecientes y la falta de resultados. Igual creemos que en esta larga y penosa lucha, la Argentina y toda la región deben ponerse de pie, con estándares sociales mínimos, que reduzcan la pobreza y la indigencia de manera brutal, para siquiera pensar en otro posible camino. Hasta entonces, la batalla, por poco feliz que suene para muchos, debe continuar sin descanso.

El trabajo en el futuro

Preocupación central: El trabajo en el futuro

“No hay civilización sin estabilidad social. No hay estabilidad social sin estabilidad emocional”.

Un mundo feliz / Aldous Huxley (1894-1963)

Robin Wright, la bella actriz de Forrest Gump y que hoy cautiva al mundo como la esposa de Frank Underwood en la exitosa serie House of Cards, actúa en la película El Congreso (Ari Folman / 2013) donde interpreta a una actriz que recibe una última oferta en su madurez, la de permitir que el estudio contratante pueda explotar digitalmente su figura y permanezca eternamente joven para su público. Esta ficción ya es una realidad posible que, de hecho, ya ha ocurrido con la Princesa Leia en Star Wars Story, vuelta joven vía métodos computarizados. Estos ejemplos menores invitan a soñar, pero también a pensar que, en el futuro cercano, los actores y otros agentes culturales podrían ser reemplazados por máquinas. Se vuelve más serio y complejo el asunto cuando la información diaria da cuenta de los adelantos tecnológicos que expulsan a trabajadores de sus tareas reemplazándolos por má- quinas o robots, que a la eficiencia superior suman: ausencia de obra social, la posibilidad de triplicar o más la producción, trabajar las 24 horas, no enfermarse ni tener licencia por maternidad, entre otra cantidad de beneficios que podrían satisfacer a millones de empresarios codiciosos.

DEF hace ya mucho tiempo que piensa, trabaja y anticipa que esta problemática, aun en la constante incertidumbre del mundo actual, se perfila como el tema más candente del siglo XXI. Es probable que cuestiones dramáticas como el hambre y su contrafigura, la obesidad, o la falta de agua y energía, y hasta las catástrofes ambientales tengan soluciones pronto, y que ellas vengan de la mano de la tecnología, esa misma tecnología que amenaza a la humanidad con un futuro incierto, en el que todo podría volverse obsoleto y absolutamente distinto en un tiempo cercano. La robótica o la propia internet, en todas sus formas, crean a diario nuevas condiciones en nuestra vida, muchas de ellas ya a la vista, y otras inimaginables, pero ambas indetenibles. Muchos reparan en la historia para asegurar que estos mismos cambios existieron en la población mundial en la Revolución Industrial (iniciada a mediados del siglo XVIII hasta 1840 aproximadamente) y que no solo no se cumplieron, sino que modificaron las sociedades para bien en múltiples aspectos. Quienes sostienen esta teoría con determinación ponen, entre otros ejemplos, el de la evolución de la fuerza laboral de EE. UU. durante el siglo XX, que pasó de un 30 % empleada en la agricultura a menos de un 2%, y que el resto encontró en nuevas tareas surgidas en la industria, una ubicación y posibilidades de trabajo superiores a las que tenían con anterioridad. Sin embargo, trasladar escenarios no es bueno para sacar conclusiones, ya que las razones son multicausales y hoy el mundo vive cambios a una velocidad que asusta y pone la capacidad de los humanos en el límite para poder absorberlos. Además, a diferencia de la Revolución Industrial, la tecnologización no desplaza trabajadores a otros destinos sino que los sustituye directamente en tareas que siguen existiendo y ahora son desarrolladas sin la intervención del hombre.

Muchos institutos especializados concluyen en la posibilidad de que hacia la mitad del presente siglo, casi la mitad del trabajo sea realizado por la automatización que excluye a los humanos. Nótese que hablamos de un horizonte previsible que incluye la vida útil de nuestros hijos y nietos, cuando menos. Los expertos también aseguran que estos escenarios ofrecen la posibilidad de un crecimiento de la productividad mundial, con variantes que están por debajo o encima del 1 % anual, según el grado de optimismo del analista. Parece poco, pero es un cambio gigante (20 % en 20 años) que repercutirá de inmediato en beneficios para el consumidor y en una de las grandes contradicciones que presenta el escenario, menos trabajo pero más posibilidades de consumir. Otras posturas, que son la contracara de estas predicciones, imaginan un mundo más desigual, sin movilidad social ni económica, cuya élite rica vivirá en ciudades cerradas, protegidas por robots, drones y otros autómatas. Nada que la ciencia ficción no haya contado ya, con la salvedad que, desde Julio Verne hacia acá, muchas de esas ideas nacidas de frondosas imaginaciones se volvieron realidad.

Al iniciar estas reflexiones tomamos el ejemplo de la actriz digitalizada solo para alertar que los que están en juego no son empleos con capacidad básica, ya que muchos creen que este escenario se aplica a tareas repetitivas o menores, mientras la AI (Inteligencia Artificial) penetra a diario en la más complejas actividades, que lleva a muchos intelectuales a alertar sobre la “revolución de las máquinas”. Ciencia ficción al estilo Matrix, ya que de cine hablamos, pero que no deja de ser un inquietante enigma del futuro. Pero, para no pensar en el devenir ni oficiar de pitonisa, veamos las cosas que están ocurriendo hoy, aquí ante nuestros ojos y que solo esperan ser económicamente viables para producir cambios vitales en nuestra vida y en nuestra cotidianeidad. Dejemos sentado que todas ellas nacen de los macrodatos interconectados a gran escala (Big Data), cuyo proceso de interacción permite este crecimiento geométrico de la inédita revolución que está ocurriendo en el siglo XXI ante nuestros ojos. Amén del reconocimiento de ese padrinazgo absoluto y determinante, veamos solo algunos de los muchos adelantos que ya pueden cambiar vidas y actividades para siempre, muchos de ellos con consecuencias en el mundo entero.

Para traer “a tierra” estos conceptos que alarman, o cuando menos, alertan sobre una multiplicidad de problemas de todo orden, en tiempos casi inmediatos, basta imaginar los cambios increíbles que el desarrollo de las máquinas 3D generarán en nuestras vidas. La noticia impactante de hace pocas semanas, vinculada a la primer casa construida íntegramente por un impresora 3D, señala la dirección del futuro. Una pequeña y trasportable máquina construyó íntegramente una casa de 38 m2 en las cercanías de Moscú. Se trata de un emprendimiento conjunto de una compañía americana y una desarrolladora rusa, que incluyó la impresión de fundiciones, suelo, paredes, techo, cielorraso y terminaciones, y cuyo costo general fue un 40 % más barato que en el sistema tradicional. Pero lo más fascinante es que fue realizada en tan solo 24 horas. Finalmente, esta anécdota real y comprobable lleva a infinitas reflexiones y abre numerosas preguntas: ¿hasta dónde llegará el abaratamiento con el desarrollo tecnológico?, ¿cuántos trabajadores quedarán fuera del sistema en estas y otras miles de actividades? E interrogantes incluso más complejos: ¿revolucionará la logística?, ¿serán necesarios los stocks?, ¿qué sucederá con el transporte de mercaderías?, ¿los puertos serán relevantes en el mañana? O, como muchos piensan, las máquinas 3D producirán a medida, en el lugar y solo la cantidad necesaria de insumos de todo tipo y únicamente deberán tener el código de diseño que será lo que venderá cada compañía en este escenario hipertecnologizado. Ese futuro ya llegó y solo le falta la sintonía fina, lo que llevará a la eliminación de millones de empleos administrativos, hará que drones reemplacen a proveedores, que bancos tengan mínimas funciones desempeñadas por seres humanos y hará que, tal como ya ocurre con internet, se generalice y la masa de actividades “inteligentes” sean realizadas desde un teléfono, que cada día es menos teléfono y se vuelve casi nuestro cerebro auxiliar.

Esto es hoy, pero tal como dice el creador de las charlas TED, Christopher Anderson, estamos a las puertas de un experimento histórico y social, que consistirá en llevar en solo una década internet de banda ancha y bajo costo a toda la superficie del planeta. Entonces cinco mil o seis mil millones de personas estarán conectadas en ese mundo cada vez más inteligente. De hecho, crece el coeficiente intelectual tres puntos por década. Cabe preguntarse ¿cuánto acelerará estos procesos vinculados a la automatización y el conocimiento? Nadie lo sabe… También es posible pensar si el problema de la energía se podría resolver en los próximos años e incluso que ella llegara a ser gratuita; en ese contexto, ¿como afectará a la producción y al consumo? Tampoco es predecible. No es casualidad que este estado de innovación permanente haya llevado a prestigiosas universidades como Oxford o Cambridge a promover centros de estudio sobre la futurología, que ya existían, pero que cobraron nuevo impulso y se vinculan con centros de estudio de todo el mundo para afrontar, de la mejor manera, los desafíos que vienen. Desafíos que según el McKinsey Global Institute, tienen un impacto 3000 veces mayor al de la Revolución Industrial. Todo nos lleva a imaginar un futuro de abundancia, desconocida para la humanidad, en el que los costos de los bienes y servicios bajarán brutalmente.

Todo nos lleva a imaginar también que el sistema de trabajo aceptado y con el que convivimos desde hace cientos de años también se modificará de manera notable y en corto tiempo. En ese mundo empieza a tener sentido la idea de que cada ser humano reciba algo similar a un ingreso universal, propuesta sostenida por muchos, entre otros por Elon Musk, fundador de Tesla Motors y uno de los más reconocidos emprendedores del mundo. Sin embargo, ese solo es un mínimo costado, imprescindible pero mínimo, de los desafíos del futuro, ya que la identidad de cada persona se construye alrededor del trabajo, que es el proveedor de la autoestima y el garante de la integración social. Es de alta complejidad el interrogante respecto de cuáles serán los trastornos que generará este cambio que se avecina, pues ya no es cuestión de pensar solo en el automóvil sin conductor o en el algoritmo que nos solucione la vida, o en ese dron que te lleva la pizza a tu puerta. Todos estos ejemplos, que vislumbran un futuro no tan lejano, encierran un serio dilema aún sin solución.

Quizás, dicho con humor, en el futuro la espera de un único mes de trabajo en el año provoque la misma expectativa que hoy nos despierta el mes de vacaciones. Ese cambio de rutina invertido parece broma, pero el mundo viene a tan alta velocidad que podría ser una realidad. Ojalá todos “demos la talla” y podamos tener un futuro en el que estos extraordinarios adelantos sean para lograr una sociedad mejor, que nos lleve a una armonía y solidaridad que aún no conocemos

El miedo

La persona más peligrosa es aquella que está llena de miedos. Esa es a la que hay que temerle más”.

Lüdwig Borne (seudónimo de Löb Baruch, famoso escritor alemán, Frankfurt, 1786 – París, 1837)

 

editorial

El despuntar del nuevo siglo vino acompañado de grandes augurios y muchas sonrisas. Grandes analistas deslumbrados por los adelantos por llegar imaginaron una realidad que casi nada tiene que ver con la que hay, cuando ya nos encaminamos a recorrer una veintena de años de ese deseado siglo XXI. La verdad es que hubo mucha incomprensión, mucho desacierto político que quedó manifestado en el fracaso de importantes proyectos y en el yerro de todas las previsiones que ellos generaron. Resultados como los del Brexit en Gran Bretaña o la derrota del “Sí” en Colombia al acuerdo de paz con las FARC; o, más recientemente, el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos son apenas aristas salientes de miles de situaciones que resultan inexplicables y a las que los expertos y consultoras no les encontraron respuesta. ¿Qué ocurre? ¿Por qué fracasan los métodos tradicionales de análisis? ¿Qué cambió que ya no hay respuestas previsibles para casi ninguna situación?

Lo cierto es que primero de a poco, pero siempre en constante aceleración, el paso de estos pocos años fueron oscureciendo el ánimo colectivo y, probablemente, causa y consecuencia, la aparición de Trump a cargo de la escena mundial haya completado ese estado de desánimo general. Cuando enunciamos esa constante generación de hechos, no solo hablamos de terrorismo, de refugiados, de desigualdad y de crisis en el Medio Oriente, ni de la violencia generalizada que nos llega de manera cotidiana, sino que le sumamos de manera determinante la influencia que las redes sociales han generado en nosotros, en todos nosotros, multiplicando cada uno de los dramas señalados. Es decir, en el pasado toda la información nos llegaba remixada, procesada, ocurrida, requería además de nuestra propia disposición, de una pausa concreta, del descanso y del “noticiero central a la hora de la cena”, ese formato que ya no volverá jamás. La verdad es que en la actualidad, la realidad se vive en directo, de manera apabullante y absolutamente invasiva, y hoy nos ingresa al minuto, en el trabajo, mientras nos transportamos, en el descanso, durante la noche. Los teléfonos, las tabletas, las computadoras, forman parte casi de nuestro propio cuerpo. Más adelante, seguramente, cambiarán los dispositivos, pero de ninguna manera se modificará esta sobreexposición con lo exterior, con el afuera, entonces ya no importa cómo es, sino cómo se siente, cómo se percibe, qué nos venden, qué mide más y qué pide ese monstruo de millones de cabezas que componemos todos nosotros, los consumidores.

Seguramente, la sensación poco se convalide con los datos fríos de la realidad, pero esa sensación es finalmente la que prevalece. Cualquier analista serio la descartaría con unos pocos números, porque este miedo generalizado a lo que viene, esta desesperanza con el presente y con el futuro, esa idea de que el pasado fue mejor, en casi nada se compadece con la realidad. Así puede verse en el análisis de cinco o seis datos fundamentales, que certifican que el pasado no fue mejor:

– La esperanza de vida en Europa en 1800 era de 33,3 años. En 1900 y en el mismo continente, era de 42,7 años; y hoy es de 76,8 años. También lo confirman los datos de nuestro país, con una expectativa de vida de 32,9 años en 1895 y de 74,1años en 2000/2005.

– Según la Unesco (creada en Londres en 1945) el analfabetismo mundial en 1950 era de 44,3 %. Medida en el 2015, esta cifra, contundente por cierto, es de solo el 13,8 %.

– En 1900, solo ocho países tenían sistemas democráticos como forma de gobierno (representaban en 17 % del total de estados soberanos). Hoy hay 120 países democráticos, que representan el 65 % del total. No es este un dato menor, ya que la estadística indica que es con este sistema de gobierno en el que se han logrado las mayores mejoras en el desarrollo humano, la economía y el bienestar social.

– Los derechos de la mujer han tenido un extraordinario impulso y un geométrico desarrollo en estos últimos 100 años, aunque, si bien es un dato obvio, no dejemos de notar que ello afecta de manera directa al 50 % de la población de todo el planeta. Los progresos en el derecho a trabajar, a votar, a ejercer cargos públicos y a tener igualdad de oportunidades, ni siquiera cumplió la centuria (solo recordar que en igualdad de condiciones se votó por primera vez en Gran Bretaña en 1928 en lo que se llamó “Acto Igualitario de Concesión”). Queda mucho por andar en esto, pero mucho ha ocurrido. No lo dudemos.

Todos estos datos precedentes, variados e incompletos, ya que les podríamos integrar el interminable progreso médico, social, farmacéutico y de acceso a servicios básicos, delatan las increíbles diferencias a favor del hoy en relación con nuestros abuelos, y ni qué hablar con los antepasados de nuestra independencia. Aun así, seguramente, esos antepasados y esos abuelos miraban el futuro de una manera expectante y no llevaban la mochila cotidiana que acompaña a las grandes masas de nuestros días. Masas que desconfían de la clase política, que encumbran a dirigentes que les prometen realidades que ya no existen y masas que empiezan a creer que lo mejor “ya ocurrió”. Sienten que un futuro sombrío se avecina, y muchos ven en la Inteligencia Artificial (IA), en la informática y en todo lo relacionado con los avances que promete el futuro, ya no un aliado, sino el enemigo tenaz que viene por su trabajo, que viene a arruinar sus sueños. Es que pareciera bastante claro que los sistemas donde impera la libertad, la democracia, los partidos políticos y la integración liberal, tienen altos picos de aceptación cuando el bienestar económico, las mejoras y el futuro se presentan asequibles y con vientos de popa. Del mismo modo, baja su significación sensiblemente cuando el ciudadano percibe que su realidad será peor que la de sus padres, que los beneficios de hoy están en juego mañana; es entonces cuando la incertidumbre gana su corazón y su voluntad. Generan esta solución las mismas consideraciones de la realidad exterior, esa que le aumenta las sensaciones por la vía del constante vínculo con las redes que le procesan datos sin parar. También atacan su conciencia las limitaciones que, prima facie, entiende tendrá su propio futuro, su futuro personal e íntimo, con el irremediable relevo de millones de tareas que hoy están en manos de los humanos y que la tecnología y la robótica le sacará de las manos.

A diario y a una apabullante velocidad, los portales y todos los sistemas de información del mundo dan cuenta de los avances de la Inteligencia Artificial, en lo que muchos llaman la “nueva revolución de las máquinas”, situación que pone en vilo a millones de personas que podrían ser descartadas del sistema laboral, no solo porque su tarea ha sido sistematizada, sino porque es infinitamente más económica, más fiable y, si fuera posible ponerle algo de humor, “jamás se enfermará”. Los datos sobre ese futuro son miles y, a su vez, multiplican las especulaciones; lo que es absolutamente seguro es que el miedo está instalado en el inconsciente colectivo. Así, según la Federación Internacional de Robótica, entre el 2013 y el 2018 casi se duplicará la existencia de robots aplicados para dar respuestas industriales en el mundo. En el mismo sentido, el banco Merrill Lynch predijo que para el 2025 existiría una reducción de 9 billones de dólares, producto de la baja de costos de empleo por la implementación de la automatización en el trabajo. Otro estudio, en este caso de la Universidad de Oxford, concluyó que en el corto plazo, el 47 % de los empleos en Estados Unidos podría ser sustituido por máquinas. Es cierto que esta visión trágica, vinculada a algo tan esencial como el trabajo y la subsistencia ya ocurrió en el pasado, y esas previsiones no se cumplieron. Ello ocurrió en la primera mitad del siglo XVIII durante la Primera Revolución Industrial que involucró inéditas transformaciones sociales y económicas. Durante ella, existió la sensación de que “las maquinarias destruirían a las clases trabajadoras” y una generación convivió con esa sensación perturbadora. Ese paso, de una economía rural a otra industrializada, urbanizada y mecanizada, generó profundos cambios; pero, superada la crisis inicial en la masa laboral, esta revolución transformó todo en nuevos empleos, en muchos cambios positivos, en posibilidades de superación. Sin embargo, no es conveniente trasplantar la historia, ya que ella nunca se repite ni tampoco se repiten los contextos donde ocurrió. Hoy la IA genera cambios de tal envergadura que ya no son temas que competen a analistas y politólogos, sino que son motivo de debates de filósofos, sociólogos y psicólogos que aventuran a diario qué ocurrirá en ese futuro que no tiene precedentes.

Esta es una realidad que tiene una influencia determinante en el mundo occidental y que también se cuela de una manera u otra en todo el planeta. Una humanidad sobreinformada, asustada y con un futuro amenazado por un imparable avance tecnológico. Si a esa amenaza se le suman las de otros mercados, esos que sin ética alguna abaratan costos a expensas de la explotación, conoceremos una masa laboral democrática desconfiada y peligrosa que creyó siempre que sus derechos ganados jamás se verían afectados. Y esa duda de hoy la pone en peligro cotidiano.

En este mundo trágico, un empresario audaz e inescrupuloso encontró una oportunidad, detectó el miedo de esa clase trabajadora de la América profunda y, apelando a esa sensación humana tan básica, ganó una elección que parecía imposible. Hoy piensa en un muro que proteja a sus votantes y pueda cubrir sus promesas de campaña. Pareciera poco probable el éxito de esta empresa tan primitiva en este mundo globalizado. Es curioso que en la otra punta del mundo, el Estado Islámico (EI) también apele al más elemental de los sentidos, el miedo, y también apele a las redes sociales para lograr sus objetivos de reinar en el inconsciente colectivo. Los Estados Unidos necesitaron de una segunda bomba atómica en Nagasaki (el 9 de agosto de 1945) para ganar la Segunda Guerra Mundial, que mató a 35 mil personas de manera inicial. El EI no necesita nada de eso, solo de las redes y de “un lobo solitario” en una iglesia de Francia o a un niño que desuelle a un cristiano en el desierto ante una cámara personal, para que casi sin costo, permanezca días y días en los portales del mundo y más tiempo aún en nuestras conciencias. Curiosamente y no al azar, pareciera que tanto Donald Trump como el EI, han detectado el talón de aquiles que representa el miedo en la sociedad contemporánea. También la serie de culto del momento, Black mirror (una Dimensión desconocida del siglo pasado, para los muy memoriosos), actúa sobre ese sentimiento en cada uno de sus capítulos, todas historias independientes donde el terror a la tecnología, al vacío interior, a la pérdida de control y a la soledad infinita de la dependencia tecnológica, deja sensaciones ciertamente terroríficas, generando en el espectador la sensación de “distopía”, término antónimo de “eutopia” y que representa el “lugar malo del destino”, donde solo hay sufrimiento y dolor. Su creador, el ya célebre británico Charlie Brooker, entendió como pocos cómo nuestra realidad puede ser deformada, cómo el malestar contemporáneo crea una tecno-paranoia, “una parábola retorcida en tiempos de Twitter”. Casualidad o no, el arma comunicacional predilecta de Trump.

Entonces, ¿dónde vamos? ¿Hacia un mundo mejor? ¿Un mundo mejor pero con una percepción desesperanzada? ¿Estamos viviendo una carrera donde la tecnología ya nos amenaza con la posibilidad de salirse de control?

Con franqueza, creo que no sabemos a ciencia cierta adónde vamos y ese es el motivo principal del miedo. Mientras tanto, confiamos nuestras vidas en quienes quizás no debiéramos confiar para guiarnos.

Hambre: Ignominia del siglo XXI

“El hambre en el mundo es un escándalo, y la comunidad internacional debe responder a las necesidades inmediatas y, además, abordar las raíces del problema. De ese modo, nadie se verá obligado a abandonar su tierra y su propio entorno cultural por la falta de medios esenciales de subsistencia”.

Papa Francisco
Mensaje al Director General de la FAO – Jornada Mundial de la Alimentación
16 de octubre de 2013

hambre-editorial

Transitamos tiempos de un panorama internacional incierto y complejo, donde el terrorismo islámico nos enfrenta a una batalla que desnuda nuestra falta de preparación para poder hacerle frente. A esa contingencia grave se le suma la xenofobia resultante, el desarrollo de nacionalismos populistas con sus características aislacionistas, representadas básicamente por Donald Trump en Estados Unidos y por Marine Le Pen en Francia, aunque no debiéramos confundirnos y pensar que son los únicos. Ellos, con palabras altisonantes e impracticables, crecen en la consideración electoral y representan a muchos decepcionados ciudadanos de a pie en todo el mundo.

Si algo faltara a este sombrío panorama del crudo momento que vive Occidente, Gran Bretaña ha tomado la decisión de retirarse de la Unión Europea. De hecho, un gravísimo problema que podría además generar réplicas dentro del propio continente. La resultante del Brexit desvela a los políticos y analistas, siendo un ensayo que aún no tiene respuestas serias, tanto por el eventual debilitamiento de Europa como por la propia supervivencia del Reino Unido. Esta es la cruda realidad de este lado del mundo, y faltaría espacio para desarrollar la tragedia cotidiana en Oriente Medio, las crisis humanitarias de Siria e Irak o el abandono de gigantescas regiones de África.

Todas son malas noticias y ni siquiera auguran una gran crisis, ya que por definición la crisis ocurre en un lapso generalmente acotado de tiempo, y esta situación ha llegado para quedarse y con ella deberemos convivir en el futuro. Como es obvio, esta inestabilidad afecta a los mercados internacionales, hecho que impacta de manera indirecta pero certera y cruelmente en los que menos tienen, los más necesitados, los ciudadanos y los países con menores redes de contención.

Nada bueno augura este panorama descripto para el flagelo mundial del hambre, un drama del que DEF se ha ocupado en muchas oportunidades y que afecta a 795 millones de personas en el mundo, según el informe “El estado de inseguridad alimentaria en el mundo 2015”, realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y presentado en mayo pasado en Roma. Este informe era particularmente relevante porque justamente el 2015 era la fecha límite para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Ello consistía en el compromiso, firmado por 189 países, de reducir a la mitad el porcentaje de personas hambrientas en el mundo. Al firmarse este documento en la década del 90, el número de personas subalimentadas era de 1.011 millones y la reducción a la que pudo llegarse fue a 795 millones de personas. El objetivo que se había propuesto fue incumplido y quedó extremadamente lejos de aquel compromiso. Hay una nueva meta de “erradicación total del hambre” que se fijó la ONU de aquí a 2030. Un compromiso acuciante, ya que como escribimos en esta misma columna hace ya muchos años: “La alimentación es el primer derecho humano a preservar, satisfacer esa necesidad básica es el pilar indispensable para luego pensar en salud, en trabajo y en gozar de la libertad”. El informe de la FAO al que hacemos referencia brinda infinidad de datos provechosos para entender tan compleja problemática. De él rescatamos algunos indicadores trascendentes:

– Hay 216 millones de personas subalimentadas menos que en 1990/92 y la mayor cantidad vive en China, que logró reducir en más del 50 % la grave situación de la que partía en aquella década.

– La mayor cantidad de países que alcanzaron sus objetivos de reducción, o que al menos se acercaron a él, gozaron de una situación política estable, tuvieron crecimiento económico y no convivieron con situaciones graves de guerras o de conflictos prolongados. Ello facilitó la implementación de políticas sociales sobre los grupos más vulnerables, que explican en gran parte los resultados obtenidos.

– Una característica de esta época muy destacada es el importante incremento de la duración de las crisis alimentarias. Se han reducido las crisis agudas y han aumentado de manera exponencial las crisis prolongadas. Nueve de cada diez llamamientos humanitarios duran más de tres años y en algunos casos se prolongan hasta los ocho o diez años.

– En la subalimentación se mantiene la discriminación por género. Las mujeres están sensiblemente más expuestas al flagelo y sus consecuencias. Además enfrentan mayores dificultades para acceder a la ayuda humanitaria.

– Un dato fundamental a ser considerado es que la subida de los precios, las catástrofes naturales o cualquier circunstancia grave que derive en falta de alimentos, impulsa o agrava de manera notable los conflictos armados. Ello termina generando un círculo vicioso, que evita que el problema logre erradicarse y lo perpetúa en el tiempo.

– Finalmente un dato escalofriante: las hambrunas causan muchas más muertes que los conflictos armados. Entre 2004 y 2009 perdieron la vida alrededor de 55.000 personas en guerras o actos de terrorismo, mientras que solamente en Somalia entre 2010 y 2013 unas 250.000 personas murieron por falta de alimentos.

Nuestra región ha hecho importantes avances en el tema, además de ser la primera en tomar el compromiso de erradicación total del hambre a través de la Iniciativa América Latina y el Caribe Sin Hambre 2025. En la actualidad los resultados, sin ser óptimos, han sido alentadores en varios países latinoamericanos. Algunos han logrado la meta de reducción del 50% de la cantidad de subalimentados acordada en 1990, y las personas en riesgo son hoy 34 millones, mientras que hace un cuarto de siglo superaban los 69 millones de necesitados. Concientización, labor social, compromiso de los países y una fuerte influencia de la FAO han permitido muchos logros que permiten avizorar un futuro mejor, pese a las muchísimas cuentas pendientes en un continente caracterizado por la abundancia de sus recursos alimenticios.

Curiosamente Brasil fue quien realizó un progreso importante y casi masivo entre los años 2001 y 2013. Según el Banco Mundial, logró erradicar la pobreza extrema en casi un 6 %, consiguiendo que descendiera del 10 al 4 % el porcentaje de personas que vivían con 2,5 dólares por día. Este fue un proceso extraordinario si se considera que tuvo como punto de partida el gravísimo deterioro de las condiciones sociales de un importante sector del pueblo brasileño. Se inició durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) y se prolongó luego durante los dos períodos sucesivos de Luiz Inácio Lula Da Silva (iniciado en enero de 2003 y finalizado en el mismo mes de 2011) que, con loables políticas públicas que incluyeron la “Bolsa Familia” (renta a cambio de escolarización de los hijos) o “Brasil Sin Miseria” y fundamentalmente “Hambre Cero”, lograron los avances comentados. “Hambre Cero” (“Fome Zero”) fue lanzado cuando Lula era candidato en 2001 como una propuesta de política de seguridad alimentaria en el Instituto de Ciudadanía del Brasil. Este plan fue liderado por José Graziano da Silva –actual director de la FAO– y se transformó en referencia en el mundo, luego aplicado en otros países de la región e incluso en África. Brasil acompañó estas medidas con la mejora del salario mínimo y el incremento de la formalidad laboral, lo que hizo posible un crecimiento sostenido. Aun cuando casi 20 millones de brasileños se mantienen todavía en la pobreza, sin duda ese fue un camino serio que modificó las estadísticas negativas de toda la región. La compleja situación durante el gobierno de Dilma ha estancado los avances, junto al resto del proceso virtuoso de aquella economía, y existe un temor cierto de que los objetivos alcanzados se diluyan o se detengan por tiempo indefinido.

¿Cuál es la situación actual de la Argentina? La verdad es que no es fácil saberlo porque nuestra realidad tiene a sus estadísticas muy “flojas de papeles” en casi todos los rubros que se analicen y, sin exagerar, quizás contemos hoy con el sistema de estadísticas más débil de la región. Dicho esto, puede tomarse como un punto de partida para el análisis un informe de Unicef de fines de 2015, en el que ese organismo de la ONU indica que hay 4 millones de niños pobres en nuestro país y de ellos, 1 millón 100 mil se encuentra en situación de pobreza extrema. Estos datos provienen del documento Bienestar y pobreza en niñas, niños y adolescentes en la Argentina, un valiosísimo informe donde se aplicó una política de análisis multisectorial que toma 28 parámetros con indicadores que incluyen desde la nutrición a los accesos educativos o a la exposición a la violencia. Parte de diez dimensiones: la salud, la nutrición, la información y la educación, el saneamiento, la vivienda, el ambiente, la violencia, el trabajo y el juego e interacción. Este nuevo sistema permite direccionalizar los indicadores de políticas públicas para enfrentar la crisis de esta infancia condicionada en su crecimiento. Vinculado con el tema que acá tratamos y a falta de buenas herramientas de análisis clásico, ese trabajo permite tomar consciencia de los pobres niveles que nuestro país tiene en la búsqueda de objetivos aceptables vinculados a la nutrición, al hambre y a la satisfacción de las necesidades básicas de los sectores más vulnerables. Es duro de aceptar, algo que por obvio y repetido no deja de asombrar, que una nación con un extenso y muy rico territorio y con una escasa población comparativa, que tiene capacidad para producir alimentos para más de 400 millones de personas, no logra generar políticas públicas que permitan contener alimentariamente a su propia sociedad. No es desacertado recordar aquí el destino pensado que tuvo la Argentina hace cien años y también recordar dónde se encontraban entonces Canadá y Australia por ejemplo, por citar a dos naciones con nacimientos y características comparables. Más que admitir que estamos en deuda, debemos decir que en algunos aspectos presentamos condiciones casi de “estado fallido” si analizamos de cuán extraordinaria condición partimos.

Volviendo al eje principal de esta nota, llena de cifras y datos que pueden ser agotadores, pensemos que la comprensión de drama del hambre puede humanizarse rápidamente con solo ubicar un rostro, el de una persona, el de una madre o un niño desnutrido o mal alimentado, allí donde se acaban los números y pueden empezar las lágrimas. Es ahí donde uno se pregunta cuál es la respuesta global a esta ignominia del siglo XXI. La opinión de las FAO es insistir en transformar la visión tradicional del hambre –vinculada a que es un problema de producción– para entender definitivamente que es un problema de acceso a la alimentación. Esto pareciera más que razonable, ya que el mundo produce alimentos para un 38 % más que la población que existe en el planeta. Si consideramos que el planeta tiene casi 800 millones de personas con hambre, esto nos permite entender que por más complejo que este sea, el problema se encuentra focalizado. Podremos estar muy lejos de resolverlo, pero podemos por lo menos ponernos de acuerdo en cuál es el problema.

Más de 700.000 millones de dólares es el valor del desperdicio anual de alimentos en el mundo y esto supera, por ejemplo, el producto interno bruto (PIB) de la Argentina. Esos alimentos no utilizados se calcula que emplean alrededor de 400 millones de hectáreas para su producción (una superficie mayor a la India y Canadá juntos). Se calcula que son 150.000 contenedores diarios no utilizados en el mundo. Un mundo que tiene 900 millones de personas con sobrepeso, de ellas un tercio obesas y simultáneamente 2000 millones de personas con deficiencias nutricionales, entre ellas 800 subalimentadas. Otra aseveración de la FAO sobre la funesta consecuencia del problema indica los daños que le produce al medio ambiente. Ellos son tan brutales que solamente China y Estados Unidos la superan en la emisión de gases del efecto invernadero.

Está extremadamente claro que este es uno de los problemas claves que debe resolver la humanidad en el siglo XXI, que esas soluciones deben surgir cuanto antes y que millones de personas no pueden esperar, algunas de ellas ni un solo día. Según la ONG Oxfam, 338 personas poseían en el año 2010 la misma riqueza de 3600 millones de personas; esa inequidad distributiva no debe alcanzar las necesidades básicas de un ser humano si queremos vivir en paz y en libertad. La primera de esas necesidades es alimentarse, paso vital y fundamental para cualquier futuro. También debiéramos pensar muy seriamente cuán poco avanzamos en un mundo con progresos geométricos tan grandes y avances que nos sorprenden día por día. En 1996 en la Cumbre Mundial de la Alimentación de la FAO, el derecho a alimentarse fue declarado derecho básico de todo ser humano. Han pasado 20 años y los progresos obtenidos dan pena, la respuesta del mundo globalizado a tan dramática situación solo puede entenderse como una respuesta tibia para el más brutal de los dramas.

Dice el Apocalipsis que a los tibios los vomita Dios y Dante Alighieri, en La Divina Comedia, ubica a los tibios en el borde del infierno.

La mujer: Desafío del siglo XXI

“Hemos roto tantos techos de cristal que hemos creado una alfombra de añicos. Ahora estamos barriendo las ideas preconcebidas y los prejuicios del pasado para que las mujeres puedan avanzar y cruzar nuevas fronteras”. Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas
Mensaje para el Día Internacional de la Mujer 2016

El mundo en peligro: Narcos por doquier

“¿Qué tentación nos puede venir de ambientes dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia, ante el sufirimiento y la precariedad? Esa tentación es resignarse, lo cual paraliza e impide no solo caminar, sino también hacer el camino”.

Palabras del Papa Francisco en Morelia, capital del estado de Michoacán (México). Febrero de 2016

 

Gustavo GorrizEl mundo vive tiempos de intensa complejidad, con algunas noticias trascendentes y otras que provocan un profundo temor en toda la comunidad internacional. Entre las primeras, podemos destacar el extraordinario descubrimiento de las ondas gravitacionales que confirma la teoría de la relatividad de Albert Einstein, compleja investigación liderada por una científica argentina –Gabriela González– que se encamina hacia el Nobel. Y también la histórica reunión que en Cuba tuvo el Papa Francisco con el líder de la iglesia ortodoxa rusa, el patriarca Kiril, primer encuentro oficial luego de un cisma que duró hasta aquí 962 años. Ambos hechos muy diferentes entre sí auguran, en el mediano y largo plazo, cambios trascendentes para el mundo en que vivimos. Entre las muy malas noticias, no podemos dejar de enumerar los peligros que representan la propagación del virus del zika, con el terror que ello implica por las consecuencias de la microcefalia en los niños en gestación de mujeres embarazadas. También la gravísima inquietud que provoca la posesión de la bomba de hidrógeno por parte de Corea del Norte, en una zona sensible y donde gobierna el inestable líder Kim Jong-Un. Debe sumarse a esta situación el accionar cada vez más globalizado del Estado Islámico (ISIS), ya en una guerra internacional plena. Su fanatismo y determinación hacen imprevisibles las consecuencias e incluso amenazan con modificar hasta las costumbres cotidianas de todos los países desarrollados. A este panorama por cierto poco alentador lo acompaña de manera cotidiana, intensa y permanente el accionar del narcotráfico a nivel mundial.

El problema de esa intensidad y permanencia del narcotráfico en las noticias y en el quehacer cotidiano de la sociedad es el riesgo de que empiece a formar parte de nuestras vidas y terminemos acostumbrándonos a este flagelo. Valga como ejemplo el periodista James Foley, primer decapitado por ISIS cuyo dramático video recorrió el mundo como un reguero de pólvora, o Aylan Kurdy, el inmigrante sirio de tres años que conmocionó al mundo ahogado en las playas de Turquía. A cuántos más ISIS decapitó, quemó, arrojó desde las alturas y otras barbaridades, cuántos niños más murieron ahogados después de Aylan sin que recordemos sus nombres ni les hayamos dedicado siquiera una plegaria. A ese temible riesgo me refiero al hablar de la cotidianeidad con que nos llegan las noticias del narcotráfico y las consecuencias de las tragedias que provoca. Tampoco aquí podemos dejar de considerar cierta laxitud en nuestras costumbres, en nuestra forma de ver occidental y en la fácil aceptación que muchas de estas malas artes tienen en importantes capas sociales en nuestro continente y también en el resto del mundo.

Porque lo cierto es que el drama y la muerte se nos presenta muchas veces edulcorada por una superficialidad que suele ser intencionada y pagada por los líderes del narcotráfico y otras veces por la propia tontería de la conveniencia o del negocio, sin medir ninguna de sus consecuencias. A eso nos referimos con las narconovelas, con la comercialización de productos que exaltan a los narcos, con las series colombianas y mexicanas que exaltan la riqueza y la vida fácil de estos personajes e incluso con series de influencia mundial, como Braking Bad y su personaje icónico Mr. White. Imposible no citar aquí los narcocorridos, esas canciones que recorren Centroamérica exaltando las ausentes virtudes del narcotráfico y cuyos títulos hablan por sí solos: Dame veneno, La puta policía, Ambiente cadáver, solo para citar algunos.

Lejos de alardear, en DEF nos lamentamos de llevar más de una década alertando sobre este fenómeno que atraviesa todas las capas sociales y encuentra espacio en todos nuestros países. Hemos tenido el privilegio laboral de recorrer las favelas de Río de Janeiro, también la selva colombiana y los suburbios de El Salvador y Guatemala, entre muchos otros países, incluidos Perú, México, Bolivia y Paraguay. También nuestras propias villas, que repiten los códigos y la violencia de los más peligrosos énclaves del delito en Latinoamérica. Ello nos permite dar testimonio directo de lo que ocurre y también de sus consecuencias. La droga es un disparador que nunca corre solo, sino que es acompañado por la corrupción, el lavado de divisas, el tráfico ilegal de personas y de armas, la prostitución y la connivencia con fuerzas de seguridad y policiales. A ello debe sumarse el enquistamiento en las clases dirigentes, en políticos, jueces, empresarios y banqueros, interesados en el dinero fácil y sus beneficios. Este último aspecto, el que involucra a los dirigentes, es el que facilita la laxitud general para enfrentar el problema, el que detiene procedimientos en marcha y los obstaculiza en la Justicia, el que siempre genera las condiciones adecuadas para este “negocio” extraordinario. Este es su costado glamoroso; mientras tanto, miles y miles mueren y matan por nada, por una dosis. La gravedad de la situación también se extiende como una mancha de aceite sobre la gente común, sobre los inocentes y sobre los honestos que, agotados por la ineficiencia del Estado o directamente por la ausencia de él, actúan por mano propia, forman fuerzas de protección y se defienden. Ello indefectiblemente finaliza en abusos, en incidentes, en linchamientos. Es allí donde muchedumbres impotentes liberan sus peores demonios ante quien fuera, aun sean ellos inocentes, como ocurre las más de las veces.

Refrescar los índices y cifras de este monumental fenómeno del narcotráfico puede resultar frío y hasta escaparse de la imaginación de una persona común, aquella que se asombra con las habitaciones llenas de dólares de Pablo Escobar ayer, de El Chapo Guzmán hoy y del próximo por venir, a quien seguro muy pronto veremos. Pero aquí la realidad supera la ficción y esas habitaciones podrían ser estadios y esos recursos seguro podrían sacar de la pobreza a muchos países. Solo algunos ejemplos para mensurarlos:

Según las últimas estimaciones de la ONU, los ingresos anuales provenientes de las drogas en los países de nuestro continente ascienden a 150.000 millones de dólares, prácticamente la mitad de los 320.000 millones que generaría ese negocio a nivel mundial, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

El valor del mercado minorista de la marihuana se estima en 141.000 millones de dólares anuales, siendo los EE.UU. la plaza más rentable, con unos 64.000 millones, en tanto que el sudamericano llegaría a 4.200 millones de dólares. Pensemos que, de legalizarse su uso medicinal en más países o de despenalizarse su consumo recreativo (como ya ha ocurrido en los estados de Colorado y Washington), podría convertirse en un apetecido mercado legal. Sin ir más lejos, en 2014 la venta de marihuana legal en EE.UU. alcanzó los 2.700 millones de dólares y, según estimaciones del ArcView Group, en 2016 podría acercarse a los 4.500 millones de dólares.

En el caso de la cocaína, esta droga mueve alrededor de 84.000 millones de dólares en el mundo, de los cuales 34.000 millones se concentraría en EE.UU. Para hacernos una idea del fenómeno, pensemos que por un kilo de cocaína pura en Colombia o Perú se le paga al productor unos 700 dólares. En México, llega a cotizar 18.000 dólares. Al cruzar la frontera con EE.UU., pasa a 30.000 dólares en el mercado “mayorista” y en el “menudeo” puede ascender a unos 100.000 dólares. Es decir, desde su lugar de producción hasta llegar al consumidor final, el precio se multiplicó 142 veces.

Si analizamos el caso de la heroína, en el estado de Guerrero, donde se siembra buena parte de la amapola mexicana, cada campesino puede llegar a recolectar hasta 300 gramos de goma de opio por día, a cambio de 275 dólares. Al llegar al mercado estadounidense, el kilo de heroína –para cuya producción se requieren necesitan 10 kilos de goma de opio– tiene un precio de 35.000 dólares en México, pero llega a los 80.000 a 100.000 dólares en el mercado minorista estadounidense. Aquí también el precio se multiplica, a lo largo de toda la cadena, entre 290 y 360 veces.

Un negocio muy apetecible es también el de las drogas sintéticas, mercado dominado por la metanfetamina. Se calcula que este mercado deja ganancias por 28.000 millones de dólares a nivel mundial, de los cuales el 60 por ciento –es decir, unos 17.000 millones– se obtienen en el mercado minorista de EE.UU., abastecido principalmente por el Cártel de Sinaloa.

Como dijimos, las cifras son el frío resultado de las estadísticas, solo números que las más de las veces hasta resulta difícil imaginar. Pero, a medida que acercamos la lente, uno empieza a ver a las víctimas hasta llegar a individualizarlas, hasta llegar a verlos uno por uno. Ahí podemos ver los ojos adolescentes y ya sin vida de los mareros en Centroamérica, ver a los excluidos de Medellín o a los rostros iluminados por el dolor de padres y hermanos de los estudiantes de Ayotzinapa en México. Imágenes que también se repiten en nuestra Villa 31 en Buenos Aires y en el desaliento de las “madres del paco” ante sus realidades casi irreversibles. Aquí se acaba la última fascinación por la droga, donde muere la diversión, la alegría, el sexo y el lujo. Se pierde todo, simplemente para volverse solo dolor y final. ¡Nada!

Muchas veces nos preguntamos en la redacción si no somos reiterativos, si no encontraremos lo que escribimos en otras de nuestras propias publicaciones. Siempre nos respondemos, desde ya hace muchos años, que nos repetimos porque vemos que los años pasan y los cambios de fondo no llegan. Que alertamos sobre cuánto más grave se puede poner, cuánto más grave puede ser la situación. Que intentamos contribuir a generar esa agenda cotidiana para la Argentina y para toda la región. La indiferencia mata; mata porque nadie amanece un día y descubre que vive en un “narco-Estado”. Ello ocurre en un proceso lento, imperceptible, pero diario y constante. Nuestros hermanos mexicanos viven hoy su hora más difícil, con sectores de su país fuera de su propio control, con una encarnizada represión y una violencia entre Cárteles que supera cualquier ficción. Una sociedad con altísimos porcentajes de descontento con su propio Gobierno y con fuerzas policiales a las que consideran corruptas y generadoras de violencia descontrolada. Salir de allí será muy difícil, porque cuando uno batalla en las puertas del propio infierno, siempre es factible que “mañana sea peor”.

También hemos repetido mil veces, como ya ocurriera en Colombia, que el narcotráfico no respeta fronteras y que, como el peor de los virus, se instala allí donde encuentra las mejores condiciones ambientales, y donde la debilidad es más manifiesta. El poco control sobre el territorio, una precaria radarización, fronteras porosas, migraciones libres y relaciones entre bandas locales e internacionales son un caldo de cultivo más que propicio. A ello se le suma el incremento del delito, de la violencia y del consumo en todas sus formas. Entonces, todo pareciera indicar que estamos ante un camino que se transformará pronto en una gran avenida para nuestras vidas. Muchos distraídos, poca colaboración internacional e interna, falta de inteligencia criminal y de una acción judicial estricta e inapelable, no son buenos indicios para nadie, salvo para los narcotraficantes. Un Estado presente, educando y generando empleo y fundamentalmente, sacando razones de la calle para que el delito encuentre adeptos, es un sendero que debiera ser transitado de manera inmediata.

Argentina y la región exigen consciencia, responsabilidad y trabajo coordinado. DEF será portador de este mensaje cuantas veces lo crea necesario, sin importarnos otra cosa que generar consciencia plena del reto que debemos enfrentar. Entrar en el problema es triste y doloroso, pero salir del problema es trágico e imprevisible.

Argentina: De cara al futuro

“Permítame Ud. que le diga que sufra por la unión hasta donde se pueda, mas nunca en perjuicio de la Patria, caiga todo por ella, o no llamarse su hijo”.

Carta de Manuel Belgrano a Don Mariano Antezana

Campo Santo, 19 de abril de 1812

gorriz

DEF cierra la primera década de su existencia y ello coincide con un cambio de gobierno en nuestro país y con todas las expectativas que ello genera en el ámbito interno, en la región e incluso a nivel internacional. Intentamos a lo largo de esta publicación desarrollar un informe importante sobre las condiciones que enfrentará la Argentina en la mayoría de los aspectos mensurables que pueden analizarse, de manera de contribuir a iniciar con éxito este nuevo proyecto, que de resultar exitoso beneficiará a todos los argentinos. Tampoco debiéramos perder de vista que en el año que se inicia festejamos el Bicentenario de nuestra independencia y que ello también debiera representar un aliciente para intentar, entre todos, iniciar el camino que ubique a nuestra Nación en el lugar que alguna vez soñamos con justicia.

Lo cierto es que, evitando los detalles, el mundo presenta hoy razones complejas y en una constante evolución que podríamos enumerar básicamente en:

– El mantenimiento hegemónico de los EE. UU., pero con un fuerte crecimiento e indisimulable desplazamiento lento pero inexorable del poder hacia Oriente, allá donde estuvo ese poder gran parte de la historia conocida. En ella China e India lideran el crecimiento de una zona a la que no son ajenas otras potencias asiáticas.

– El crecimiento desmesurado del terrorismo internacional, de carácter religioso, representado por fanáticos del Islam, hoy identificados con ISIS y con otras organizaciones similares que se extienden desde Medio Oriente y distintos sectores del África hacia el mundo entero. Ya dejaron de ser una amenaza potencial para generar un teatro de operaciones mundial, desarrollando una guerra salvaje, impactante con imágenes propias del Medioevo y con total desprecio por la vida, propia y ajena. Este gravísimo conflicto tiene un pronóstico de solución más que oscuro y se presenta como una guerra extendida y prolongada en el tiempo.

– El control del petróleo y también de otras energías que generan el desarrollo sustentable, sigue siendo uno de los principales objetivos nacionales de los países dominantes y las rutas de transporte y su control, necesidades estratégicas que poco o nada han cambiado en décadas.

– El crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de personas se han transformado en gravísimos problemas que exceden la seguridad de los Estados para volverse conflictos que involucran a la Defensa Nacional y sus Carteles, ya multinacionales, ponen en jaque a gobiernos legalmente constituidos y a sus Fuerzas Armadas.

– El desarrollo tecnológico parece ser el sino de la década. Su crecimiento, constante y geométrico, impide imaginar siquiera la próxima década y las implicancias que tendrá en ella; los sistemas de seguridad, las redes de comunicaciones, la robótica, la cibernética, los drones, la biotecnología, el control de ciberespacio y la nanotecnología son apenas algunos de los revolucionarios aspectos que impiden delimitar su influencia mediana e incluso calcular la infinita distancia que podría existir en muy poco tiempo entre los países con el desarrollo de ese conocimiento y aquellos que carezcan de esa capacidad.

– La pobreza y las dificultades sociales, producto del hambre, la insalubridad, la ausencia de agua potable y de los cuidados más elementales hacia los que más necesitan, quizás no se hayan agravado, pero la explosión de los medios de comunicación los expone de una manera agraviante, colocando a sectores marginales al pie de guerra casi con razón, sin haber podido encontrar soluciones permanentes a esta problemática. Los alimentos y el agua siguen siendo elementos críticos, con el agravante insultante que grandes sectores del mundo los desecha, mientras en otros continentes falta hasta en la condición más elemental.

Este breve y seguramente incompleto panorama intenta ser realista, sin caer en un pesimismo fatal, y le reconoce a nuestra región infinitas posibilidades de futuro, ellas ya existen desde hace años y las más de las veces fueron desaprovechadas por ineficiencia, incapacidad y faltas de acuerdos completos y duraderos. Latinoamérica tiene economías complementarias con las grandes potencias en vías de crecimiento, es un tentador mercado de inversión de capitales, posee grandes capacidades de producción de alimentos, una gran diversidad, espacio territorial disponible y grandes reservas de agua. Además tiene un inexplorado y extraordinario litoral marítimo, extenso y lleno de riquezas para todos. Lo cierto es que en muchos casos la falta de educación, la pobreza, el hambre y el narcotráfico, además de inéditas tasas de homicidios, solo pueden indicar que los dirigentes de la región no han estado a la altura de la hora. Todos esperamos que Latinoamérica deje de ser “el patio trasero” del patrón de turno y dé, por fin, el salto de calidad que sus hijos merecen. Una mención especial para el Mercosur, que lleva años estancado en pequeñas disputas y miserias que impiden formar a pleno ese tentador mercado de cientos de millones de personas para el mundo.

En este marco general, la Argentina, el país que fue y es una promesa eterna, frustrada y motivo del análisis de filósofos, políticos, economistas e intelectuales de toda laya, se prepara una vez más a enfrentar su destino, que es siempre una ilusión para todos. Una definición simple, de argentino de cultura media, dirá de nuestro país que: vivimos 40 millones de argentinos en una región de una gran biodiversidad, que es la octava en extensión entre los países del mundo. Que tenemos un litoral marítimo de cientos de miles de kilómetros y responsabilidades en un sector de la Antártida, que disponemos de todos los climas en un territorio variado y lleno de bellezas naturales. Que nuestro poder agrícola-ganadero nos permitiría alimentar a 400 millones de personas y los ciudadanos de todos los países limítrofes se acercan a la Argentina en busca de oportunidades.

Esta descripción, idílica pero bastante cercana al pensamiento de nuestra gente, confronta con una realidad que muchas veces lastima nuestro ego, por cierto muy grande, según nuestros vecinos, y es un espejo que nos devuelve una imagen en la que preferimos no mirarnos. Ante este proceso que se inicia, pareciera inteligente suspender por un instante las culpas de propios y ajenos, la mirada sobre el pasado, la mirada sobre los que se fueron ayer y también los que lo hicieron antes. Intentar, por una vez, no ser fundacionales de nada. Ser argentinos todos, dándole continuidad a lo que hicimos con la mirada puesta en el futuro. Todo lo anterior lo hemos hecho mil veces y no es tonto el dicho que dice que “solo el hombre tropieza varias veces con la misma piedra”. Así lo hicimos y nunca faltaron entre nosotros los improperios ante nuestro fracaso, ni el “vendepatria”, el “traidor”, la “conspiración internacional” o una lista interminable de enemigos, muchas veces imaginarios. Nosotros, cada uno de nosotros, jamás integramos esa lisa. La culpa siempre está afuera, en el otro que busca aprovecharse de nosotros.

Tenemos miles de problemas, los más claros e identificables son la pobreza y el narcotráfico, también la necesidad de generar trabajo genuino y contención social. La misión es difícil, pero jamás imposible; somos un país “excepción del manual”, que tenemos la calidad humana, el espacio territorial y la riqueza para ponernos de pie rápidamente, una y otra vez. Un intelectual dijo alguna vez que deseaba para la Argentina “una secuencia de cinco presidentes olvidables”. De qué hablaba? Hablaba de que la institucionalidad se impusiera, que las organizaciones funcionaran per sé, que creciéramos y no esperáramos del príncipe y la princesa todas las soluciones que proprocionara su mirada infinita y que, por fin, maduráramos, ya que tenemos la capacidad y el ingenio para hacerlo.

¿Cómo podemos lograrlo? Desarrollando todo nuestro potencial agrícolo-ganadero; industrializando nuestra producción primaria; desarrollando la educación básica; manteniendo y acentuando el desarrollo tecnológico, espacial y satelital. En materia comercial, será fundamental construir a nivel subregional vínculos de confianza que nos permitan establecer una asociación seria con Brasil y lograr, a su vez, la salida hacia el Pacífico para poder llegar con productos competitivos al ascendente mercado asiático. Para desarrollarnos un capítulo esencial es el energético; en ese sentido, el gran potencial de nuestros yacimientos no convencionales de hidrocarburos, junto al boom del biodiesel y las condiciones inmejorables que presentan distintos puntos de nuestra geografía para la explotación de la energía eólica y solar, entre otras fuentes renovables, nos permitirán recuperar nuestra independencia energética. Otra de las condiciones centrales, para impulsar un desarrollo sano de nuestra economía, será el combate frontal a las mafias del narcotráfico y el crimen organizado transnacional, para lo cual es requisito indispensable tener un efectivo control de las fronteras y del espacio aéreo, así como de las principales vías de acceso a los puertos y aeropuertos del país, actuando al mismo tiempo con nuestros órganos de inteligencia sobre las vías de financiamiento de este monumental negocio manejado por multinacionales del delito.

Los argentinos somos famosos en el mundo por nuestras individualidades, muchas de ellas geniales. Solo para atestiguar lo dicho, citemos como en “Cambalache” del genial Discépolo, al Papa Francisco con Borges, a Baremboim con Xul Solar o a Messi con Maradona, en este caso según el gusto del lector. Otros muchos argentinos emigran y se integran con éxito, liderando equipos con muy destacados resultados en distintos ámbitos. Además, nuestros profesionales son buscados en los mercados laborales del mundo por sus capacidades e idoneidad. Es posible entonces que nuestro fracaso colectivo encuentre aquí y ahora una oportunidad única. Hoy, debemos gobernar la Nación por consenso, hay que formar equipos, esos extraordinarios equipos que sí sabemos integrar en el exterior. Dos maneras de mirar la Argentina nos separan por mitades. Eso, si queremos mirarlo bien, en lugar de ser negativo, puede ser el camino a recorrer para lograr un gran acierto. Pensar distinto, defender diferentes ideas e intereses, no nos vuelve enemigos; por el contrario, debiera complementarnos. Hasta el más inocente de los niños, al armar un rompecabezas, no busca la pieza igual, sino la que se sume a la que tiene. Esta imprescindible necesidad aún hoy choca con la realidad que nos muestran a diario las redes sociales; ahí se ve la intransigencia, la incomprensión y el rechazo de plano por el otro. Ese no pareciera un buen comienzo, pero aún todos podemos reflexionar al respecto y no repetir tontamente errores del pasado. La soberbia de la razón única nos ha hecho caer mil veces y la frase “La patria es el otro” no funciona si solo es un slogan publicitario inútil.

Es más que probable que la inmensa mayoría de los argentinos quiera lo mejor para sus hijos y una república con trabajo, seguridad y libertad, es lo que se los va a proporcionar. El equilibrio, el sentido común, el beneficio nacional que llegue a todos los sectores y que a todos cobije en una gran Argentina es el “deber ser”, el objetivo a buscar entre todos, hermanos argentinos.

Ojalá podamos, un gran año para todos.

 

El futuro por venir

“No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay ni fingirlo donde no lo hay”

Máximas de Franҫois De La Rochefoucauld (1613-1680)

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Nuestra editorial cumple diez años, un aniversario emblemático y una aspiración cumplida, pese a las complejidades de la vida económica y social de nuestra región que hace que lo festejemos como un gran logro. Así lo sentimos todos en nuestra casa. Hace muy pocos meses, cuando editábamos la revista DEF Nº 100, recordábamos y repetimos aquí, que en nuestros inicios fuimos acompañados por opiniones muy pesimistas hacia nuestro proyecto. Expertos de aquí y de allá no nos asignaban ni un crédito para llegar al año de vida y aquí estamos, vivos, presentes, orgullosos y proyectando nuestro futuro. La frase de De La Rochefoulcauld, en la bajada del título de la presente editorial, obedece al pleno convencimiento de que llegamos hasta aquí porque no hubo disfraz donde había un compromiso serio y vital, no hubo disfraz en el empeño puesto en el compromiso hacia nuestros lectores. Hubo también respeto sincero en aceptar las opiniones de todos y el disenso como método de trabajo. Intentamos por sobre todas las cosas generar agenda, alertar sobre los problemas, cuando estos podían prevenirse, y proponer soluciones a aquellas situaciones que debían corregirse, tanto en nuestro país como en toda la Región.

También dijimos, y vuelvo a reiterarlo, que el profundo conocimiento político del presidente del TAEDA y su visión estratégica para detectar las crisis por venir, fueron un faro claro y concreto para realizar nuestra tarea, entendida como una mirada amplia sobre un mundo que se modifica día por día. Un mundo al que cada vez le cuesta más reconocer sus fronteras, hoy relegadas exclusivamente a lo físico y que desaparecen en la instantaneidad de las redes de comunicación, en la influencia de las corporaciones mundiales y en el espacio de la tecnología en todas sus formas.

Ojalá el lector note el amor con que afrontamos estos desafíos, realizados con un equipo de jóvenes talentosos que crecieron con nosotros y nos permitieron crecer a nosotros con ellos, y que también hoy cumplen en su gran mayoría una década de compromiso con nuestra editorial. Así lo sentimos quienes dirigimos los destinos de TAEDA, con un orgullo sincero por el recorrido realizado por cada uno de ellos.

También consideramos este aniversario una bisagra para todo lo realizado hasta aquí, que coincide con cambios políticos y sociales muy importantes en la Argentina y en toda la región, y que representan un nuevo reto para poder interpretar la realidad y proyectarla hacia la próxima década. Hace diez años aventuramos gravísimos problemas y lamentablemente acertamos en la predicción de la mayoría de ellos. La instalación del narcotráfico, la expansión del delito, el accionar de las maras en Centroamérica, la evolución del conflicto de las FARC en Colombia y también los enfrentamientos en Medio Oriente. A los que podemos sumarles las gravísimas dificultades generadas por el hambre en la Región y en el mundo. Nos ocupamos, al mismo tiempo, de generar agenda positiva, adelantándonos al renacer nuclear, al ocuparnos del desarrollo tecnológico y de las apuestas científicas, del cambio climático y de intentar detectar las claves para entender el mundo que nos tocará vivir y que les legaremos a las futuras generaciones.

Estamos festejando, es cierto, pero también estamos trabajando en esta nueva década que empieza para nosotros. Por ello, en este número aniversario, nos concentramos en una extensa nota de fondo en la que hemos intentado, de manera exhaustiva, dilucidar los indicios que cada área del desarrollo humano nos proporciona para enfrentar el futuro de la mejor manera. Buscamos detectar entonces los problemas para poder pensar qué estructuras son necesarias para hacerles frente y qué barreras se deben crear para proporcionar una adecuada contención. La dificultad de esta tarea, como no se le debe escapar a nadie, se encuentra en la velocidad geométrica que afecta al conocimiento en general. Solo basta pensar que hace pocos siglos, generaciones de abuelos a nietos vivían más de cien años con mínimos cambios perceptibles, lo que contrasta con la actual duplicación del saber aplicado cada cinco años. Estas velocísimas modificaciones nos obligan a pensar, a recrear, a desechar y a empezar de nuevo muchas veces, sabiendo que si dejamos de hacerlo, nosotros mismos quedaremos fuera del sistema. A estos cambios positivos se les contraponen desgraciadamente los gravísimos problemas del crecimiento del odio religioso, la explosión de las guerras tribales, el hambre y la situación de creciente preocupación por el deterioro de nuestro medioambiente. Todo ello conforma un peligroso cóctel, en un mundo injusto, superpoblado y con un sistema de comunicación instantánea que nos enfrenta en tiempo real, a toda hora, a cada una de estas tragedias.

No aspiramos, desde nuestra sencilla sala de redacción, a la genialidad de Julio Verne ni a sus increíbles novelas del siglo xix, aquellas que con su imaginación proporcionaron adelantos insólitos que se concretaron un siglo más tarde (del submarino a la energía solar y a la teleconferencia, solo para citar algunos). Por el contrario, nos conformamos con ser efectivos en “imaginar” cuáles serán las crisis y también las oportunidades por venir en este mundo violento, creativo y complejo en mutación constante. La llave del devenir está en palabras simples, que representan hechos complejos y que además interactúan entre ellas, modificándose y modificando a las otras en un caleidoscopio apasionante y peligroso: globalización, privacidad, comunicación y conectividad, realidad virtual, seguridad global, ciberataques, biotecnología y extremismos políticos y religiosos son solo algunos entre cientos de problemas que vienen hacia nosotros– queramos o no– en un mundo donde todo está a la vuelta de la esquina. La ilusión efímera de que alguno de esos fenómenos ocurre lejos de nuestra casa se vuelve más que irreal en la aldea global, esa donde podemos encontrar un narcotraficante mexicano en Fuerte Apache, una célula de ISIS en la frontera con Brasil o un campamento de las FARC en Salta. También un virus del tipo “malware” que arruine el trabajo de años en una laptop o que paralice el movimiento aéreo de un país en crisis. Esto no es ni siquiera el futuro; es hoy, fue ayer. En nuestra segunda década de vida, veremos qué ocurre con situaciones que ocurrirán en cualquier lugar del mundo pero que entrarán con facilidad a nuestros hogares.

Me permito plantear solo algunas de ellas:

La Big Data y su crecimiento exponencial

Quizás esta sea la madre de todo lo que está “por venir”. Basta puntualizar que en menos de cinco años, el 50 por ciento de la población mundial tendrá acceso a Internet y será imparable la interconexión de los objetos entre sí. El almacenamiento de datos y la velocidad de su procesamiento, acompañados de los proyectos de Internet global ya en marcha y que llegará a los lugares más remotos del planeta, alientan a tener una imaginación indetenible sobre la influencia que tendrá en nuestras vidas. Para bien, en infinitas disciplinas, desde la agricultura a la medicina, desde la capacidad para enfrentar catástrofes, hasta adoptar decisiones acertadas en la más grave de las crisis. Pero también genera una aterrorizante contraparte, con solo imaginar que esta tecnología pudiera caer en manos de terroristas, narcotraficantes o fanáticos fundamentalistas. También será una realidad que todos estaremos vigilados, todos expuestos y en plena conciencia de que el mundo privado ha llegado a su fin. Seguramente, esto modificará nuestras costumbres, nuestra cotidianeidad, pronto desaparecerán miles de trabajos y nacerán otros miles. Será un mundo líquido en constante movimiento y con una interacción impensada. Las ideas de genios como el filósofo y lingüista Chomsky, o sociólogos como Marc Augé, o científicos como Aubrey de Grey, o filósofos como el astrofísico Pierre Corbyn o el economista Joseph Stiglitz recibirán de inmediato la voz interconectada de cientos de miles de estudiosos y emprendedores en un sistema que, con sus filtros y adecuaciones correctas, harán crecer el conocimiento a una velocidad que escapa a la mayor imaginación de una persona inteligente.

El avance de la ciencia y la tecnología vinculada a la Defensa y a la Seguridad

Este aspecto es clave a lo largo de la historia, pues es sabido que la mayoría de los adelantos que llegan a nuestra vida común de ciudadanos nacen en la industria bélica. Esto permite vislumbrar cambios extraordinarios en muy corto tiempo: la nanotecnología, la robótica, los drones, aun las máquinas 3D, la construcción de fronteras para Internet y los ciberataques adelantan lo bueno y lo trágico por venir. Pero quizás sea el desarrollo de la inteligencia artificial la mayor preocupación que nos surge en la actualidad. Los intelectuales más importantes del mundo alertan sobre la posibilidad creciente de la “independencia” de las armas con inteligencia artificial. En caso de que ellas se vuelvan en contra del propio género humano, se haría realidad la famosa novela de Arthur C. Clarke (1968), que inmortalizó el genial Stanley Kurbik en su película 2001, Odisea del espacio. En ella, la supercomputadora Hal 9000 privilegiaba el cumplimiento de la misión por sobre las órdenes que le impartían los humanos de la nave. A esto se suma otra incertidumbre de pesadilla, como es que cualquiera de estos desarrollos cayera en manos del fundamentalismo, de aquellos que hoy aceptan inmolarse para acabar con cien o doscientos “infieles” y mañana, tal vez, tengan la capacidad de destruir un continente o intentar acabar con el mundo tal como hoy lo conocemos.

La nueva geopolítica

Pronto tendremos respuestas que determinarán el rumbo hacia donde se dirige el poder mundial. Hoy caracterizado por un poder multipolar, con un constante crecimiento de China y de otros tantos países emergentes, con la supremacía militar de los EE. UU. vigente, con el desequilibrio en Asia, con el drama de millones de refugiados y el crecimiento de ISIS en Medio Oriente y en parte de África, procurando extender su sangrienta revolución al resto del mundo. A este panorama podemos sumarle el accionar de actores no estatales vinculados al delito y al narcotráfico, profundizando así, la creciente inestabilidad que vivimos en la seguridad mundial.

El intelectual y director de cine italiano Marco Ferreri, opina con cierto fundamentalismo que “vivimos un momento de transición, momento donde una sociedad ha llegado a su fin, similar a lo ocurrido con el Imperio Romano”. Otros, como el escritor Arturo Pérez Reverte, en una nota clave para interpretar la crisis de los refugiados (“Llegan los godos al imperio vencido”), sostiene –en dirección parecida a la de Ferreri– que el mundo occidental carece de la energía vital para enfrentar el fenómeno de estos nuevos exiliados y sus convicciones, y recuerda que este fenómeno ya se ha repetido muchas veces en la historia, siempre con un final trágico para el poderoso de turno.

El espacio de esta editorial es más que escaso para analizar otras implicancias de los retos que nos planteará el futuro inmediato… ¿Qué ocurre y qué ocurrirá?, ¿qué desafíos quedan para nuestra Región?, ¿cómo resolveremos las dificultades estructurales vinculadas a la pobreza, al trabajo genuino, a la inseguridad y al narcotráfico? También tendremos por delante un aspecto fundamental que vincula todos esos problemas, y no es otro que una distribución más justa de la riqueza y la aplicación de una justicia responsable para todos, sin excepción.

Me permito un párrafo final para la Argentina, nuestro amado país. Vivimos tiempos de cambio, que no son los coyunturales de los procesos políticos que viviremos, sino cambios quizás más profundos y trascendentes. Hace muchas décadas que estamos bajo un modelo de rebeldía, de obstinación y de indisciplina. Podríamos asegurar que Diego Maradona, nuestra marca país, fue durante años el abanderado de ese modelo. Él trajo algunas alegrías inolvidables, pero también, bajo ese imperio, hemos vivido tristezas, frustraciones y el encono de muchos vecinos y países amigos. En todos estos años, “ser argentino” generó la más de las veces bromas siempre dolorosas. Hoy vivimos tiempos distintos y modelos diferentes: quizás deportistas como Messi y Ginóbili o una reina como Máxima de Holanda sean signos positivos de mesura, respeto y sentido común. A ellos se suma, sin duda alguna, el Papa Francisco, a esta altura, el argentino más notable de todos los tiempos. Él concentra esas y otras muchas virtudes a ser imitadas. Cómo estos nuevos modelos influirán en nuestra patria y en nuestro jóvenes lo sabremos pronto, seguramente en la próxima década. Esperamos estar ahí, con nuestra editorial y con la revista DEF para poder acercarles nuestro análisis de la agenda que viene y realizar nuestro pequeño aporte para intentar vivir en un mundo mejor para todos.

Contamos con la complicidad de ustedes, nuestros lectores.

Haciendo lío

“Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren
miseria, cuando tantos hombres siguen abandonados a su ignorancia,
cuando faltan por construir tantas escuelas, hospitales, casas dignas de tal
nombre, todo despilfarro público o privado, todo gasto de ostentación
nacional o personal, toda carrera desenfrenada de armamentos resulta
un escándalo intolerable. Nosotros debemos denunciarla. Que los
responsables nos oigan antes de que sea demasiado tarde”.
Pablo VI, discurso del lunes 16 de noviembre de 1970
en el 25º aniversario de la FAO

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Cientos de miles de páginas se han escrito y, seguramente, muchas más se escribirán sobre el Papa Francisco, desde que con mirada cómplice les dijo el 25 de julio de 2013 a miles de jóvenes que lo vitoreaban en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro: “Espero que salgan a la calle y hagan lío”. La ciudad carioca es seguramente el lugar desde el cual el Papa ha lanzado su liderazgo carismático al mundo. Sabía bien de qué hablaba Francisco, ya que desde aquellos días, siendo aún el cardenal Bergoglio, había caminado sin escoltas los más difíciles y quejumbrosos lugares de Buenos Aires, esos donde los desposeídos crecen sin esperanza. Consciente de que no hay liderazgo sin ejemplo personal es que Francisco irrumpió en la escena internacional generando verdaderos “líos” por doquier y asegurando para la Iglesia Católica una época donde lo único que está garantizado es la ausencia de la indiferencia, no solo en su gigantesca grey de más de 1200 millones de católicos, sino en la humanidad toda. Si bien esta invitación a “generar lío” es una idea basada en un acto consciente y responsable, aplicable tanto a su persona como a los jóvenes a los que ha invitado a sumarse, de ninguna manera significa que no tendrá consecuencias, porque involucrarse siempre acarrea un costo. Correr riesgos conlleva la posibilidad de fracasar, de errar, de vivir complicaciones, pero parece que nada de ello acobarda al Papa que viene del “fin del mundo” y que enfrenta su misión con un brío que desafía cualquier resistencia.

El panorama no es, por cierto, para nada sencillo: Francisco recibió una Iglesia debilitada, atravesada por décadas y décadas en las que la religión en el mundo occidental quedó atrapada en lo privado y alejada de la cosa pública. Los extraordinarios avances técnicos, los impensables logros obtenidos por la ciencia poco y nada han cambiado al ser humano. La humanidad ha virado a lo banal, con una superficialidad que acompaña la permisividad y el relativismo en los valores más básicos que han devorado generaciones que viven en el hoy, en un paraíso terrenal donde reina el consumismo galopante. Ello ocurre mientras en otras regiones del mundo la religión está más activa que nunca. Qué decir del hinduismo que se purifica en el Ganges, qué decir del mundo evangélico que crece sin parar, qué decir del mundo musulmán en general y de los sectores violentos del Estado Islámico, que además combaten al catolicismo con el terror y la persecución extrema. Ese es el mundo que enfrenta Francisco, aun con graves dificultades internas en el propio Vaticano, con sectores de la Iglesia que resisten las reformas imprescindibles para enfrentar el siglo XXI, que resisten el reordenamiento interno, entre ellos el sinceramiento económico, que se niegan a responder al aluvión de denuncias de abusos sexuales dentro del propio seno de la Iglesia y que parecen no querer resolver las controversias que ha generado el Sínodo de la Familia, entre ellas el trato a los divorciados, a los gays y las cuestiones vinculadas a la salud reproductiva.

Este superficial y seguramente incompleto panorama asustaría al ejecutivo más vital de cualquier corporación multinacional, pero pareciera no hacer mella en este veterano sacerdote, que se imagina a sí mismo rejuvenecido por la acción del Espíritu Santo y que en estos meses ha desarrollado una actividad pastoral cuya energía se extendió fuera de la Iglesia, pues influye en el pensamiento y condiciona el accionar de los líderes más importantes del mundo. Lo curioso es que la aparente simplicidad de Francisco en su actuar y en su decir permite que todos crean conocer el pensamiento y la estrategia de este complejo jesuita que acaba de realizar dos acciones de alto impacto y múltiples consecuencias. Es muy probable que la encíclica Laudato si’, vinculada a la crisis ambiental y que cuestiona el actual modelo de desarrollo humano, y la arrolladora visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, sean pinzas de un mismo objetivo y tengan más puntos en común de los que cada uno de nosotros podamos imaginar.

Si bien aún es prematuro sacar conclusiones, tanto sobre la encíclica como sobre la significativa visita pastoral a nuestra región, ya puede vislumbrarse la gran trascendencia que tendrán ambos hechos en el futuro inmediato. El viaje al continente que lo vio nacer produjo un crujido pastoral y político que se extendió muchísimo más allá de las fronteras de Sudamérica. La dedicación y la energía aplicada por Francisco en esta visita no fueron casuales; conoce los problemas de la región como nadie, conoce el pensamiento de la inmensa cantidad de católicos (casi el 40% de la población mundial), conoce la profunda sangría que la religión evangélica realiza sobre su propia grey, y también sabe muy bien del fuerte desprestigio que durante décadas han tenido la mayoría de las autoridades religiosas en nuestros países. La masa de ellas estuvo ligada siempre a los sectores del poder y ha sido reiteradamente señalada por su poco compromiso con los necesitados y desposeídos, razón fundamental de la Iglesia del jesuita. Los sacerdotes de la Teología de la Liberación y otros pocos y minúsculos sectores fueron los únicos que vivieron y sufrieron las desventuras de la gente y ello tuvo un altísimo costo no solo para la Iglesia sino para la política, para la sociedad y para la secuela de violencia que se vivió durante décadas. De ahí que la palabra del Papa haya sido dicha para cada necesidad, para cada sector, para cada situación particular, pero en plena conciencia de la repercusión que su mensaje tendría en un mosaico de mil interpretaciones, mil costumbres y contradicciones que presenta el catolicismo en el mundo entero. No hay duda de que el Papa procuró, con su fortalecida autoridad, llegar a los pobres con una actitud y una visión misionera, esa que ha marcado su vida de sacerdote común, de obispo y de cardenal en el pasado. Ese clamor por la Iglesia de las periferias no es un acompañamiento sin objetivos a la vista y quizás sea esa la conexión más cercana con la encíclica Laudato si’. Ambas acciones procuran crear el condicionamiento moral en los dirigentes políticos, empresariales, sindicales y educativos que tienen las herramientas reales para poner en ejecución acciones concretas que modifiquen un mundo en el que las desigualdades quedan en explosiva evidencia.

La encíclica papal ha sacudido al mundo, no solo al mundo ambiental sino a la dirigencia global, generando amplias adhesiones y también feroces críticas, en general de sectores conservadores. A nadie le resultó indiferente y muchos la calificaron incluso de osada. ¿De qué hablamos cuando nos referimos a ella?

Laudato si’, cuyo título recuerda el famoso cántico de San Francisco de Asís dedicado a la naturaleza, apunta a crear una mayor conciencia sobre el cuidado de nuestra casa común, el planeta Tierra, cuyos recursos no son infinitos y cuyo uso responsable permitirá un futuro sustentable para las generaciones que nos sucedan. Allí, el Papa Francisco hace un llamado urgente a la protección del ambiente en el que vivimos. Recuerda que el clima es “un bien común de todos y para todos” y que los peores impactos en materia de cambio climático recaen sobre los países en desarrollo.

En el capítulo dedicado a la contaminación, el Pontífice hace una profunda reflexión sobre lo que denomina “la cultura del descarte”, que afecta tanto a las cosas como a los seres humanos que son excluidos y convertidos en basura. Realiza además un fuerte llamado de atención a los sectores más ricos para que hagan una profunda revisión de su hábito de “gastar y tirar”. Apunta, como solución, a un “modelo circular de producción” que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar.

Francisco define, por otro lado, el acceso al agua potable como un derecho humano, básico, fundamental y universal, y señala que negar a los sectores más pobres de la sociedad este derecho es “negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”. Hace también un fuerte alegato en pos de la preservación de la biodiversidad de nuestro planeta y cuestiona, al mismo tiempo, los enormes intereses económicos que, bajo el pretexto de cuidar nuestro ecosistema, pueden atentar contra las soberanías nacionales. En ese sentido, se manifiesta contra las propuestas de “internacionalización” de la Amazonia, que solo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales. Se sabe la influencia aquí del trabajo del obispo de Xingu y presidente del Consejo Misionero Indígena de Brasil, Erwin Kräutler, muy comprometido durante décadas con el Amazonas.

El Papa se pronuncia, asimismo, sobre un estilo de vida que prima hoy en muchas de las grandes ciudades del planeta, que se han vuelto insalubres debido, por un lado, a la contaminación originada por las emisiones tóxicas y, por el otro, al caos urbano generado por los problemas del transporte y la contaminación visual y acústica. Observa además como impropio de habitantes de este planeta el hecho de “vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza”.

El Pontífice ofrece finalmente, a partir de una profunda reflexión apostólica, unas líneas y orientaciones en las que convoca a un diálogo internacional sobre el medioambiente; a una planificación, coordinación y vigilancia de los Estados nacionales sobre su propio territorio; a una mayor transparencia en los procesos de toma de decisión; y a una profundización del vínculo entre educación y espiritualidad ecológica. En ese sentido, se muestra convencido de que un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Para comprometernos con el mundo que nos rodea, siguiendo las reflexiones de Francisco, debemos ser capaces de superar el individualismo y desarrollar un estilo de vida alternativo.

Esta tremenda sacudida política tendrá su correlato real y será una referencia ineludible en la 21º Conferencia sobre Cambio Climático (COP 21) que Francia prepara para el mundo en París, en el recinto Le Bourget, y donde la encíclica será ineludible motivo de discusión, aun por encima del propio encuentro, encuentro que viene ya de varios fracasos anteriores.

Está claro que la encíclica y el viaje latinoamericano hacen pie sobre la desigualdad en el mundo, conocida como pocos por Francisco en la cotidianidad de su propia vida. Llegando al recorrido final de esa vida es que ha tomado como misión suprema intentar cumplir con aquello escrito en el Documento de Aparecida de mayo de 2007, del cual fue uno de los principales gestores. Ningún acto parece ajeno al espíritu de ese documento y nada parece poder apartar a su férrea voluntad de esos preceptos. Preceptos que incluyen cuestiones básicas de la Iglesia de Cristo ante el hambre, ante la guerra, la explotación, la agresión a la naturaleza y el descarte de los seres humanos. Sin embargo, Francisco tiene absolutamente claro el feroz costado político de todos estos aspectos, pues ellos rozan intereses de todo tipo, que no negocian más que por la fuerza.

El Papa ama y bendice a los pobres, que reconocen en él al sacerdote verdadero que no les teme y conoce sus pústulas. Pero sus enemigos no ven al Papa sino al enconado cardenal político, jesuita al fin y soldado de su causa que, con capacidad de trabajo extraordinaria y visión estratégica, va por su misión en la Tierra.


 

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