Editorial

Argentina: Un país que busca su destino

“Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
el dolor de ya no ser.
Bajo el ala del sombrero
cuántas veces, embozada,
una lágrima asomada
ya no pude contener”.

Tango “Cuesta abajo”, 1934
Música: Carlos Gardel
Letra: Alfredo Le Pera

 editorial-def102

La Argentina ha vivido desde hace muchísimas décadas entre sinsabores y frustraciones. Esta declaración introductoria busca eludir los tiempos que corren, aunque no los excluye, e intenta analizar qué nos pasa, qué le ocurre a un país que fue una gran esperanza para el mundo y que ha fracasado en relación con las expectativas que creó hace un siglo. Los tiempos que hoy vivimos están cargados de tensión y de ausencia de un diálogo inteligente o hasta de un diálogo a secas, podríamos afirmar. Dejemos, por lo tanto, que llegue la objetividad que otorga la distancia necesaria del hoy y veamos la Argentina como un todo. Veamos a los gobiernos que nos trajeron hasta aquí y a los dirigentes políticos, empresariales, sindicales, militares e intelectuales que entre todos supimos conseguir. Si aceptamos, aunque sea, discutir que la Argentina viene “cuesta abajo”desde antes de que tengamos uso de razón, podremos ver entonces qué nos pasa. Podremos saber quiénes somos y, fundamentalmente, cómo nos ven los demás, indicio valioso, si dejamos de mirarnos por un momento el propio ombligo.

Hace unas pocas semanas, el Papa Francisco lanzó una humorada sobre el inmenso ego argentina por el cual, como todos sabemos, caemos antipáticos a buena parte del mundo. Ya que la mayoría de los argentinos sabe mucho de fútbol, tomemos un ejemplo de este deporte. Hemos visto hace muy poco a millones de brasileños “torcer” por Alemania en la final por la Copa del Mundo. Esos mismos alemanes, que previamente, les habían infringido a nuestros vecinos la derrota más catastrófica de su historia. Podríamos inferir que esto ocurrió porque ellos son nuestros históricos rivales, y admitamos que eso es cierto. Pero, entonces, ¿cómo explicar que el 70 por ciento de los españoles (eliminados desde el inicio de la competencia) prefirieron a Alemania en lugar de a nuestra Selección? Esa Alemania de la “Dama de Hierro”, la Alemania de Angela Merkel, a la que culpan de todos los males que sufren en el Mercado Común Europeo. Aun así, todavía retumba el alarido de gloria de todo Madrid, ante el gol que les dio la victoria a los teutones. Entre muchos, en una columna publicada en El País el 31 de julio de 2014, el periodista Ramón Muñoz lo explicaba así: “Vemos a todos los argentinos como a los porteños, buscavidas y gigolós. Hay que utilizar un satélite de Google Maps para observar el tamaño de su ego, nos irrita su verborrea, sus metáforas freudianas y las hipérboles retóricas que usan para describir el asunto más nimio”, y sigue castigándonos en una larga nota.

Quienes peinen canas, y recuerden al Estadio Azteca por algo más que por la canción de Andrés Calamaro, rememorarán que allí de la mano (literal) de un genial Maradona, llegamos a la final y ganamos esta vez la Copa del Mundo ante el mismo rival que nos venció en Brasil. En aquel momento, también generamos la peor antipatía que se recuerde. Un estadio repleto esperó nuestra derrota y la derrota del ídolo que mejor representa ante el mundo a nuestra idiosincrasia nacional. El mejor ejemplo de la antipatía que generamos lo dio el periódico El Sol de México, que anunció el resultado de aquella final de 1986 de la siguiente forma: “Perdió Alemania”.

Quizás estas mínimas muestras que provienen del deporte más popular de estos tiempos sirvan para entender cómo nos mira el mundo. Por qué, a pesar de ser cultos, solidarios, expansivos y creernos buena gente, jamás pasamos desapercibidos y casi siempre resultamos controversiales, generamos antipatía y mala prensa, allí donde vamos. En resumen: ¿qué muestra ese ADN nacional tan popularizado? Además, popularizado en el cine, en los medio de comunicación, en el boca a boca e, incluso, en el humor, logrando estigmatizarnos en el mundo entero. ¿Nos perciben así o somos realmente soberbios, convencidos de nuestros dones, con aires de manifiesta superioridad y una sapiencia que probablemente oculte una gigantesca frustración, esa de la letra del tango vinculado al “dolor de ya no ser”?

Es que la Argentina resulta de verdad incomprensible, tanto para intelectuales, como para politólogos, economistas o dirigentes de toda laya, ya que es archisabido que es un país que ha sido bendecido por la naturaleza y que carece de problemas estructurales de gravedad. Cansa decirlo, pero es un territorio inmensamente rico y diverso, donde vive una escasa población para su tamaño y donde no existen problemas sociales, raciales o religiosos de peso. Solo para ejemplificar esto tan obvio y repetido, veamos el caso de la India, donde en un territorio poco más del 15 por ciento mayor que el de nuestro país viven 1200 millones más de personas que en la Argentina. Allí la lengua oficial es el hindi, pero el Estado reconoce otras 21 lenguas como propias. Es en resumen, un país multilingüe, multirreligioso y con infinitas dificultades de toda índole; aun con todo ello, es la economía número once de todo el mundo.

El destino de la Argentina, con las extraordinarias ventajas mencionadas que incluyen la facilidad de ser un territorio fértil para producir alimentos para cientos de millones de personas en un mundo hambriento y, además, haber eludido las grandes guerras que se padecieron en el siglo pasado, parece ser el producto de un sinnúmero de errores y decisiones estratégicas equivocadas, que degradaron nuestro desarrollo a un lugar jamás pensado por nuestros antepasados.

Es muy conocido aquel diccionario español que, a principio del siglo XX, describía a la Argentina con sus características esenciales y finalizaba diciendo que competía con los EE. UU.: “tanto por la riqueza y extensión de su suelo, como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible”. Sería casi un absurdo comentar los resultados obtenidos por uno y otro país en el siglo que dista de aquella definición. Lo que no es absurdo es que esas posibilidades existieron para la Argentina y que, por uno o por mil motivos, siempre fueron desperdiciadas. Aquellas ideas del pasado, aquellos augurios de éxito y gloria, la recepción de inmigrantes hambrientos de Europa, las riquezas interminables de nuestra Pampa húmeda y el respeto y subordinación de la región ante nuestra perspectiva, nos convencieron de que éramos distintos y de que teníamos un destino superior, destino que finalmente nunca llegó. Lo que es aún más increíble es que gran parte de nosotros no entendimos que nunca llegó. Quizás allí, en esa negación, se encuentre la raíz de por qué vemos teorías conspirativas por doquier, enemigos imaginarios que procuran con sus aviesas intenciones desviarnos permanentemente del iluminado camino que debimos y todavía debemos transitar.

Muchos quizás renieguen de estos agoreros comentarios, pero los números casi nunca mienten, ellos hablan por sí mismos y también demuestran con suma claridad que difícilmente algún dirigente argentino, de cualquier sector y de cualquier época, pueda tirar la primera piedra sin ponerse colorado.

Veamos algunos de esos números:

Comencemos por revisar el devenir de nuestra economía. En 1920 Argentina era la novena potencia económica mundial. Medido en bienestar promedio de su población, nuestro país –señalaba Le Monde en un artículo publicado en agosto de 2014– “tuvo el mismo nivel de vida que Francia entre 1900 y 1950”, cuando su PBI per cápita figuraba en el puesto doce a nivel mundial. En 2014 nuestra posición en el concierto internacional, tomando siempre como referencia el PBI per cápita, nos ubica en el puesto 62 (en dólares constantes) y en el lugar 69 (medido por paridad de poder de compra).

Si analizamos la posición comparada de nuestras exportaciones, un caso contundente es el de nuestra apetecida carne bovina. Según un relevamiento del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), nuestro stock ganadero llegó a alcanzar las 61,05 millones cabezas en 1977; treinta y cuatro años más tarde, en 2011, la cifra caía a 47,97 millones de cabezas de ganado. En 2013, según datos del Ministerio de Agricultura, la recuperación del sector llevó el stock a 51,6 millones de cabezas de ganado. Un informe de la Fundación Producir Conservando, titulado “El mercado de carne vacuna y las oportunidades de Argentina y publicado en diciembre de 2006 –en plena declinación de nuestro stock ganadero–” puntualizaba que “la ganadería argentina perdió cerca de diez millones de hectáreas, desplazadas por el crecimiento del área sembrada de soja”.

En cuanto al perfil exportador, entre enero y noviembre de 2014 las exportaciones argentinas de carne vacuna alcanzaron las 187.194 toneladas, menos de la tercera parte de lo que exportaba hace diez años, cuando vendíamos al mundo 631.000 toneladas anuales. Hemos sido superados por nuestros socios del Mercosur, a saber: Brasil (2,1 millones de toneladas anuales), Paraguay (380.000 toneladas) y Uruguay (376.000 toneladas). El retroceso queda claramente en evidencia si tenemos en cuenta que en el promedio del trienio 1971-73 la Argentina exportaba 716.000 toneladas, contra apenas 185.000 toneladas de Brasil, según datos del USDA (United States Department of Agriculture).

Otro caso testigo es el del mercado petrolero. No está de más recordar que el modelo para la creación en 1953 de Petrobras, en Brasil, fue la YPF fundada por el general Enrique Mosconi tres décadas antes, en 1922. El “zarpazo” de Petrobras se inició a partir de la década del 90, con su capitalización en Bolsa sin perder el Estado su control mayoritario, decisión muy distinta a la adoptada por Argentina con YPF y la pérdida de la “acción de oro” por parte del Estado. En 1999 el valor en Bolsa de ambas petroleras era similar: 13.953 millones, el de Petrobras; frente a 13.422 millones de YPF. Hoy Petrobras –aun con el desplome de sus acciones de los últimos meses por el escándalo de corrupción que la salpica– tiene un valor en Bolsa del orden de los 40.000 millones de dólares, contra unos 9000 millones de YPF.

Si damos vuelta la página de la economía y nos detenemos en la situación de nuestro país en materia educativa, el panorama dista mucho de ser alentador. El principal indicador son las pruebas PISA (Programme for International Student Assessment), que desde el año 2000 miden trienalmente el desempeño de los estudiantes de 15 años. Sobre un total de 65 países evaluados, Argentina no logra despegar del puesto 59 en lengua y en matemática, y del 58 en ciencias. Por otra parte, a nivel universitario, en nuestro país se gradúa el 26 por ciento de los alumnos que ingresan a la educación superior, frente a –por ejemplo– el 55 por ciento de graduados universitarios en Brasil.

En cuanto a inversión en investigación y desarrollo (I+D), Brasil, con 2,8 por ciento del PIB, es el único país del continente que supera el uno por ciento; mientras que la Argentina se mantiene en un distante 0,64 por ciento. Una estadística relevante al respecto es el número de patentes registradas en 2013 ante la Oficina de Patentes y Marcas de EE. UU. (USPTO): Brasil registró 286 patentes, contra solo 80 de la Argentina. Consideremos, a modo de ejemplo, el caso de Singapur, una ciudad-Estado de apenas 700 kilómetros cuadrados enclavada en el extremo sur de la península malaya, que registró ese mismo año 857 patentes, y el exitoso caso de Israel, con 3152, o la pequeña isla de Taiwán, con 12.118.

Estos últimos datos de tecnología, inversión para el desarrollo y patentes, son indicativos del futuro de las naciones en el siglo XXI; por cierto, las cifras presagian agoreros pronósticos en ese futuro.

Como se puede observar sin mucho análisis, el deterioro de la Argentina en el concierto de las naciones es más que obvio; es motivo de estudio de profesionales extranjeros y también es motivo de asombro al no poder encontrar razones y explicaciones que den lógica a esta situación. El neurocientífico Facundo Manes, hoy de gran notoriedad por sus obras y opiniones profesionales, ha desarrollado charlas y escrito artículos en los que explica el tremendo esfuerzo que los argentinos realizan para desarrollar la llamada “viveza criolla”; poner en marcha ese atajo de dudosos resultados provoca, las más de las veces, un esfuerzo mayor que el que implica cumplir verdaderamente la tarea. Lo increíble es cuánto valoramos ese éxito efímero, ese que vulnera la ley o la reglas de uso, ese que en general es un éxito solo inmediato y que deja la problemática verdadera sin resolver. Esta característica del “ser argentino”, acostumbrado a incumplir las normas de convivencia, sea en la calle, en la escuela, con los impuestos o con el tránsito o con cualquier responsabilidad básica que pueda eludir sin castigo. Nunca importa a quién se perjudique con este accionar, y esto, generalizado en una gran mayoría, es probablemente el huevo de la serpiente, la razón por la cual los males se multiplican y generan una anomia social que hace que aceptemos como lógicas cuestiones que resultan inadmisibles en las democracias modernas.

A la Patria, le dedicamos la grandilocuencia de las palabras, siempre efectistas pero nunca la coronamos con la acción enérgica necesaria para poder llevarla a su destino de grandeza. Ante el fracaso, encontramos indefectiblemente el enemigo externo responsable de todos nuestros males por su perversidad, sin poder explicar, tampoco, la razón por la que nuestro país es seleccionado para semejante grado de insidia en forma permanente. En caso de que la cuestión externa no cuadrare, el pasado nos provee del Satanás de turno, sean militares o liberales, sean vendedores de la patria u oligarquías comprometidas con el mal, o el simple recurso disponible del gobierno anterior, siempre habrá un responsable para aquello que no pudimos o supimos hacer.

Mientras dilapidamos nuestro futuro y el de las generaciones por venir, una Argentina infantilmente inmadura imagina que el destino nos tiene reservado un lugar de privilegio que llegará de alguna manera, en cualquier momento y a pesar de todo.

¿Habrá que intervenir para ello? ¡Probablemente, no! ¿O acaso, no somos los mejores y además vivimos en el “granero del mundo”?

Guerra

“Debemos prepararnos para una guerra larga”. Declaraciones del ministro de Defensa de Francia Jean-Ives Le Adrian, luego del atentado a Charlie Hedbo en París

 

guerra

Como es de conocimiento de la mayoría de nuestros lectores, DEF lanzó en el mes de diciembre una edición especial para conmemorar la llegada del número 100. También allí dimos amplia cobertura a un seminario de seguridad regional organizado por nuestra editorial. en conjunto con la DAIA, la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Colombia y la ONG Viva Río de Brasil. Allí reafirmamos lo que hemos procurado desde el inicio de nuestro proyecto hasta casi llegar a nuestros diez años de existencia: desarrollar temas “que generaran agenda”.

Por cierto, los dramáticos acontecimientos de este verano (invierno boreal) no han hecho más que corroborar lo que desgraciadamente analistas, periodistas y académicos plasmaron en documentos y exposiciones tanto en el seminario desarrollado en la UCA, como en la treintena de columnas especiales de aquellos intelectuales y expertos a quienes invitamos a publicar en nuestro número especial. Me permito sugerir su relectura porque, en sus dichos, hay claras premoniciones que apabullan, a la luz de los gravísimos acontecimientos que hoy ocurren en el mundo.

La aldea global es cada día más infinitamente pequeña y está rasgada por un largo camino de desaciertos en la política internacional de las grandes potencias, desde que en 1989 el Ayatolá Jomeiní condenó por apostasía a Salman Rushdie por su libro Los versos satánicos, hasta la publicación en estos días de la novela Sumisión de Michel Houellebecq, que escandaliza a toda Europa porque en su trama fantástica el Islam arriba al poder en Francia. Esa es la aldea global, que tuvo hace semanas los diecisiete muertos de París y los cuatro millones de manifestantes repudiando el atentado contra Charlie Hebdo, también tuvo la muerte de un fiscal en Buenos Aires vinculado a pistas iraníes investigadas en el atentado ocurrido en el año 1994 contra nuestra mutual judía AMIA, así como los imperdonables desastres humanitarios perpetrados por Boko Haram en África y las situaciones traumáticas provocadas por las cinematográficas ejecuciones del Estado Islámico en el desierto de Siria o de Irak. No podemos eludir, en este racconto, la emergencia internacional de los millones de refugiados y desplazados que toda esta situación genera. Todo ello, reunido, crea un estado de desesperanza con consecuencias para el mundo entero, que excede completamente a cada uno de esos lugares de conflicto.

Quiere decir esto que después de un conmovedor grito occidental de “Je suis Charlie” en honor a aquellos periodistas asesinados, y la respuesta de la misma intensidad desde el mundo musulmán de “Je suis Mohamed” en contra de la satirización del profeta de su religión, solo queda por decir que estamos ante un mundo peor, un mundo más oscuro, menos tolerante donde la veta fascista ya ve al enemigo en el inmigrante y no en el fundamentalismo radical, donde empieza la hora del ultranacionalismo, de la xenofobia y del mesianismo.

Un cambio profundo y complejo verificado a partir del final de la Guerra Fría, que se acentuó con los atentados del 11 de septiembre de 2001, fue el surgimiento de un nuevo paradigma. El terrorismo transnacional se convirtió en un actor global, operativamente independiente y con fuentes autónomas de financiación, que funciona como una suerte de “franquicia” desplazándose por todo el planeta. Un claro ejemplo de ello es la red Al Qaeda y sus grupos afines, diseminados especialmente en Medio Oriente y África, pero con capacidad de golpear las principales metrópolis europeas y el propio corazón financiero y político estadounidense.

Si limitamos el análisis a la última década, de acuerdo con el Barómetro de Conflictos elaborado por la Universidad de Heidelberg, en 2005 existían en el planeta 249 conflictos políticos, de los cuales solo dos de ellos recibían abiertamente la calificación de “guerras” y 22 eran considerados “conflictos altamente violentos”. Mientras tanto, en el frente del terrorismo internacional, el 11 de marzo de 2004 se habían producido los atentados en Atocha, en Madrid, con un saldo de 191 muertos, y el 7 de julio de 2005 se produciría el atentado contra el metro y las redes de buses de Londres, con un saldo de 56 muertos. En ambos casos, quienes reivindicaron los actos “justificaron” sus acciones como una represalia por el apoyo brindado, respectivamente, por los gobiernos de José María Aznar y Tony Blair a la campaña militar de George W. Bush contra Irak en 2003.

Lejos de estabilizarse, la zaga de conflictos internacionales llegó en su punto de mayor virulencia en 2013, con 414 conflictos, de los cuales 45 eran calificados como “altamente violentos”. La guerra civil en Siria, la entrada en escena del Estado Islámico (EI) y la “Primavera Árabe” en Medio Oriente y el Maghreb desestabilizaron una región muy sensible del planeta. La caída de dictaduras longevas, como las de Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia o Alí Abdullah Saleh en Yemen, sumaron tensión. A partir de marzo de 2013, y ya fuera de esa zona caliente del planeta, debemos sumar un grave conflicto en el patio trasero de Europa: la anexión de Crimea por parte de Rusia y el intento de secesión de dos regiones rusófonas del este de Ucrania (Donetsk y Lugansk).

En lo que se refiere al terrorismo internacional, a pesar de la desaparición física de Osama Bin Laden en mayo de 2011, el grupo se mantiene activo a través sus filiales, como Al Qaeda en el Maghreb Islámico (AQIM) y Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP). Hoy el foco de la atención internacional está puesto en Irak y Siria: la anarquía reinante en estos dos países clave de Medio Oriente despierta el temor de un nuevo Afganistán, es decir, una base de operaciones para grupos terroristas asociados al fundamentalismo islámico del EI. Se ha convertido además en una Meca de peregrinaje de jóvenes europeos de origen árabe y musulmán, como los hermanos Cherif y Said Kouachi, responsables de la masacre de Charlie Hebdo en París, quienes poco tiempo antes habían regresado de Siria.

Mientras tanto, en África, el clima de violencia se ha acentuado. De hecho, durante 2014 solamente en Nigeria se registraron más de 10.000 muertos por ataques terroristas, en tanto que la cifra alcanzó los 800 muertos en Kenia, dos de los países más golpeados por la violencia terrorista. En Nigeria el foco de atención está puesto en la organización Boko Haram (que significa “la educación occidental es pecado”, en una rudimentaria traducción al castellano). Por su parte, el grupo Al-Shaabab sigue lanzando ataques en territorio somalí y en el vecino Kenia contra iglesias y pastores cristianos para incitar al odio religioso. Su golpe más siniestro se produjo en septiembre de 2013, cuando un grupo comando copó el concurrido shopping mall Westgate, de Nairobi, y resistió durante 48 horas el asalto de las fuerzas militares locales, lo que dejó un saldo de 67 muertos.

Este más que reducido cuadro de situación está absolutamente alejado de las previsiones que los analistas internacionales hicieron hace una década sobre la marcha del mundo. La democracia y el capitalismo parecían entonces fórmulas imbatibles y era el objetivo a conquistar para quienes no pertenecieran a ese selecto club que, con comodidad, lideraban los EE. UU. Tal como manifiesta Rosendo Fraga en su columna de diciembre en DEF, a cada administración americana se le presenta al inicio de su mandato una prospectiva de alrededor de dos décadas adelante sobre escenarios futuros. En general hay aciertos, pero en todos los casos ocurre que los hechos acontecen a una velocidad impensada, acortando sensiblemente las previsiones analizadas. Este es un dato más para asegurar que el desafío que presenta este complejo primer tercio del siglo XXI es decididamente descomunal por la rapidez con que acontece, y pareciera que de nada o poco servirán los casi 700 billones de dólares que los americanos invierten en defensa para evitarlo. Más lógico parece pensar en que mucha inteligencia y mucho sentido común serán necesarios además para afrontar este tipo de conflicto. El ministro de Defensa francés, Jean Le Arian, advirtió: “Debemos prepararnos para una guerra que será larga”. El funcionario seguramente no se equivoca y es allí donde falla el ciudadano medio americano, para quien el conflicto prolongado, asimétrico y sin victorias aplastantes, es quizás el mayor y más complicado desafío a digerir. Aún vivimos tiempos como para la recién estrenada película El francotirador de Clint Eastwood, donde priva el patriotismo y el honor por sobre todas las cosas, pero el camino es corto para llegar a Regreso sin gloria, aquel drama desgarrador sobre la guerra de Vietnam que protagonizaron Jane Fonda y Jon Voight en 1978 y que fue engalanada con varios Oscar. Esos cambios de humor ya fueron vividos y finalizaron con grandes y estruendosos fracasos.

La situación registra algunos aliados fenomenales como para que occidente no tenga casi nada a favor en los años por venir. A saber:

– Una sociedad cada vez más hedonista, aferrada a los bienes materiales y a la obtención de la felicidad en el presente. En general, poco espiritual y poco afecta al sacrificio y que procura evitar el dolor y el sufrimiento, muchas veces casi como un fin en sí mismo. Esa sociedad enfrenta un terrorismo extremo con reglas que legitimizan los procedimientos más sórdidos, que encuentran en su propio martirio la salvación y que ven en su enemigo al infiel que es la razón de todas las impurezas del mundo.

– La comunicación y las redes sociales: la extraordinaria difusión del ataque a las Torres Gemelas en 2001, que multiplicó por millones el efecto devastador de la operación realizada, fue solo la muestra de lo que la instantaneidad y el cambio de paradigma en las comunicaciones trajo para el nuevo siglo. Hoy las posibilidades de sembrar el terror son no solo extraordinarias, no solo en tiempo real, sino que además son cada día más económicas y recorren el planeta en escasos segundos. Un europeo degollado en el desierto o un niño jugando con la cabeza de un soldado kurdo provocan un efecto devastador multiplicado a la enésima potencia por los medios y las redes sociales.

– La evolución tecnológica: desde algún punto de vista, quizás sea este el más aterrador de los aspectos que pueden analizarse para el porvenir. Ni siquiera los más audaces tecnócratas pueden asegurarnos dónde estaremos ya no en el 2050, sino en la próxima década. Qué giros y hacia dónde nos llevará ese impulso tecnológico, los nuevos mapas del ADN, la aplicación de la nanotecnología en miles de proyectos, los cambios industriales vinculadas a las apenas incipientes aplicaciones de 3D, la cibernética del futuro, la bioimpresión de prótesis de órganos y tejidos del cuerpo humano, la teletransportación, los androides y las posibilidades de hacer la guerra sin la intervención humana directa solo algunos de esos aspectos. Ellos, en parte, solucionarán millones de problemas, habrá además un fuerte abaratamiento de estos desarrollos, muchos de los cuales ya existen. Ahora bien, todo ello caído en las manos equivocadas, puesto a disposición de un grupo de fanáticos dispuesto a todo, podrían permitir hacer un daño infinitamente superior al que conocemos hasta hoy. Solo un ejemplo para inquietarnos: ¿podría Occidente soportar sin paralizarse que uno de cada cinco aviones de transporte de pasajeros que cruzaran el Atlántico explotara en manos de un suicida o por la acción de un dron hiperdesarrollado que existirá en pocos años? Esta pregunta, que hoy solo puede ser respondida buceando en las novelas de Bradbury o Asimov, podría volverse una realidad en el futuro cercano.

El entramado es complejísimo y tampoco resulta fácil para el terrorismo islámico, debido a las infinitas internas entre Al Qaeda, Hamas y el propio Hezbollah para obtener la supremacía que les garantice, entre otras cosas, las fuentes de financiamiento. Fuentes que son provistas por aquellos países que se favorecen de esta lucha por cuestiones religiosas, geopolíticas y aun, económicas. La guerra está declarada y no habrá un paso atrás de parte de aquellos que interpretan la religión como una verdad irrefutable. Aquellos para quienes la superioridad del Islam los invita a inmolarse y a intentar transformar a los integrantes del mundo entero en “soldados de Alá”.

En diciembre pasado, en nuestro seminario, Ely Karmon, famoso investigador del International Institute for Counter-Terrorism del Interdisciplinary Center (IDC) manifestaba: “El objetivo estratégico final en esta guerra es lograr una hegemonía, no en el Golfo o Medio Oriente, sino en todo el planeta. Ese es el método de lucha, el método que legitima el terrorismo y la subversión política”. Quizás los infinitos y malogrados esfuerzos del gobierno japonés por salvarle la vida al periodista Kenji Goto (de la cadena televisiva NHK), secuestrado en Siria y decapitado hace pocos días, sea un ejemplo más de la internacionalización del conflicto.

Curiosamente, al mismo tiempo se produjo en Francia un mayúsculo escándalo a raíz de un interrogatorio policial realizado en Niza a un niño de ocho años que declaró en su escuela su apoyo a los terroristas. Hamed le dijo a su maestro: “Je suis avec les terroristes” y de allí en más fue objeto de acciones del propio colegio y de interrogatorios en la comisaría del lugar, que obviamente muchos consideraron inadmisibles en un estado de derecho.

Quizás estas situaciones no vinculadas en nada marcan el grado de tensión general que tan graves acciones terroristas provocan y, al mismo tiempo, el infinito esfuerzo que Occidente deberá realizar para dar batalla y ganarla, sin caer en la xenofobia y el autoritarismo. Si ello no ocurriera, finalmente quedará afectado nuestro propio sistema de vida, ese que nos llevó siglos y millones de vidas construir.

Dijo Franciso: “El fanatismo y el fundamentalismo, así como los miedos irracionales que propicia la discriminación, deben ser enfrentados con la solidaridad de todos”. No son estas inocentes palabras que parten de un guía espiritual sino que, por el contrario, conllevan un mensaje de integralidad y convocan a la imprescindible unión para lograr afrontar con éxito a estos mensajeros de la muerte.

La proyección de Brasil

Brasil no habla bajo con los poderosos ni habla fuerte con los más débiles”.

Celso Amorim, en su despedida de Itamaraty, enero de 2011

Adaptación de una definición de Chico Buarque:

O Brasil não fala fino com os Estados Unidos e não fala grosso com a Bólivia”.

DEF dedica gran parte de esta edición al particular fenómeno que genera Brasil en la región. Lo hacemos desde diferentes ángulos, con las notas y comentarios sobre el próximo libro de Celso Amorim que publicará nuestra editorial, con un importante documento de la Fundación TAEDA sobre “la vigencia del pensamiento geopolítico brasileño” –cuyo autor es el joven politólogo Matías Battaglia– y otras notas de actualidad del hoy coloso de Sudamérica.

Tenemos con el país hermano más de una década de una particular relación profesional y amistosa que consideramos excelente, incluso muy personal e íntima para quien esto escribe. Esa relación profesional está cimentada en muchas visitas a las propias entrañas del Brasil, trabajamos con sus ONG, entramos a algunas de sus favelas y acompañamos el trabajo sin descanso contra la delincuencia y el narcotráfico. Tuvimos oportunidad de conocer también sus extraordinarios avances vinculados al desarrollo, a la energía y a la defensa. Construimos una relación de trabajo conjunta entre el Estado de Río de Janeiro y la Provincia de Buenos Aires, cuyo fruto fue una obra comparativa que analizaba la común problemática vinculada con la inseguridad y el delito. De manera recíproca, recibimos la visita en nuestra Fundación de Nelson Jobin, quien como Ministro de Defensa nos ilustró sobre la proyección estratégica de su país en los próximos cuarenta años, en una conferencia que no olvidaremos.

Incluyo también en este análisis, que intenta llegar a una comparación entre lo ocurrido con Brasil y con la Argentina, mi punto de vista personal, desde los ojos lejanos de un niño de primaria. Mi familia acompañó a mi padre a mediados de la década del 60 en una gestión diplomática, cuando Brasilia aún no existía y nuestro país tenía una maravillosa Embajada en la zona de Botafogo, en Río de Janeiro. Tengo inolvidables recuerdos de esos años, junto a un afecto imborrable, y me he permitido recoger, a continuación, los datos básicos de ambas naciones en aquella época:

  • Población

Argentina contaba con una población de 22.283.100 habitantes. Brasil contaba con una población de 80.855.158 habitantes.

  • Contexto político

Argentina: En 1965 era gobernada por el Dr. Arturo Illia, quien había llegado al poder como candidato de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) en las elecciones presidenciales de 1963, en las que consiguió apenas el 26 por ciento de los votos, en unos comicios caracterizados por el masivo voto en blanco peronista. En marzo de 1965 Illia decidió, de manera audaz, levantar la proscripción del peronismo, que se impuso en las elecciones legislativas de ese mismo año bajo la sigla partidaria “Unión Popular”.

Brasil vivía los albores de una larga dictadura militar, iniciada con el golpe de abril de 1964 que depuso al mandatario democrático João Goulart, el popular Jango, quien a su vez había sucedido al renunciante Jânio Quadros. Al frente del Ejecutivo se encontraba ahora el general Humberto Castelo Branco, quien promulgaría en octubre de 1965 el “Acta Institucional Nº 2”, que suspendió el pluripartidismo y la elección directa del Presidente de la República, “institucionalizando” el gobierno de facto con el solo funcionamiento de un único partido político autorizado, la Alianza Renovadora Nacional (ARENA).

  • Datos económicos

Argentina: En 1965 el valor de las exportaciones argentinas alcanzó los 1490 millones de dólares, en tanto que las importaciones totalizaron 1205 millones de dólares. La industria tenía ese año una participación del 42por ciento en el PBI de nuestro país, mientras que la participación de la agricultura era del 17por ciento y la de los servicios, del 41por ciento. El PBI per cápita en 1965 era de 2144 dólares (medido en dólares de 1985). La deuda externa ascendía a cerca de 2600 millones de dólares y representaba alrededor del 10por ciento del PBI.

Brasil: En 1965 el valor de las exportaciones brasileñas totalizó 1600 millones de dólares, en tanto que las importaciones sumaron 1100 millones de dólares. La industria tenía ese año una participación del 33por ciento en el PBI brasileño, superada por los servicios, con un 48por ciento, en tanto que la agricultura representaba un 19por ciento. EL PBI per cápita en 1965 era de 724 dólares (medido en dólares de 1985). La deuda externa ascendía a 3800 millones de dólares y representaba el 16por ciento del PBI.

Resultan curiosos estos datos anteriores porque coinciden con la intuición de aquel niño, por entonces solo preocupado por evitar papelones ante los extraordinarios jugadores de fútbol en la playa, pero que entendió por entonces que la Argentina era un país muy importante para Brasil y para la región. De esos parámetros comparativos sale ese superior desarrollo y también la realidad incontrastable de lo que fuimos y ya no somos. Me permito aquí contar una anécdota, repetida por mi padre durante décadas, en la que no creo faltar a su memoria dado el tiempo transcurrido, que hace prescribir cualquier reserva y la deja solo como un dato valioso. Él informaba durante los primeros meses de su gestión que lo que observaba era que Brasil era una “caldera próxima a explotar”; sin embargo, al poco tiempo ya veía esos datos como dudosos y, finalmente, llegó al convencimiento absoluto de que tal acontecimiento nunca ocurriría. Mil veces comentó que a su regreso a la Argentina recibió el mote de “probrasileño” por esas afirmaciones.

Todo lo dicho viene a cuento de que no cansaremos a nuestros informados lectores con una comparación actual entre nuestros dos países, que es obvia y conocida por todos. Brasil integra las grandes ligas del mundo, esas que según Celso Amorim “generan molestia en muchos actores” y que algunos pocos líderes del país hermano creyeron posible, pero que estoy seguro que todos y cada uno de los brasileños a lo largo de su historia soñaron como el “paraíso” donde desearían vivir. Quizás sea esta idea, ese gen, gran parte del secreto del éxito, la famosa y bromista frase de O mais grande do mundo, que se transformó de golpe, por acción, energía y brutal insistencia, en una realidad palpable. Brasil se volvió un coloso, una referencia indiscutida en la región y sus datos económicos y su desarrollo apabullan y deberían dejarnos sin aliento, porque esos cambios fueron generados en menos de cincuenta años. Registremos solo algunos:

– Brasil es actualmente la octava economía del mundo, con un PBI de 2,19 billones de dólares y tiene una población de 192 millones de habitantes.

– Es el segundo exportador mundial de soja, solo superado por EE.UU.; aunque la Secretaría de Agricultura estadounidense prevé que Brasil será el mayor exportador mundial de soja en la zafra 2022-2023, con 63,8 millones de toneladas, por encima del propio EE.UU., quedando ubicada Argentina en tercer lugar.

– En el sector de los biocombustibles, se ubica como el segundo productor mundial de etanol y el primero de etanol de caña de azúcar, con una producción del orden de los 30.000 millones de litros por año.

– En cuanto a sus recursos hidrocarburíferos, gracias al éxito de sus exploraciones off-shore y los enormes recursos encontrados en la capa pre-sal de las cuencas de Santos y Campos, la Agencia Internacional de la Energía prevé que Brasil se convertirá de aquí a 2035 en el sexto productor mundial de petróleo.

– De acuerdo con el ranking de 2013 de la prestigiosa revista Forbes, Petrobras se ubicó como la 20° empresa del planeta, con un valor de actual mercado de 123.110 millones de dólares.

– Embraer es el tercer mayor fabricante mundial de aviones comerciales, detrás de los gigantes estadounidense Boeing y europeo Airbus. Registró en 2013 ventas por 6.235 millones de dólares.

– Brasil es además el primer receptor de inversión extranjera directa (IED) de América Latina, al recibir durante el primer semestre del año pasado -último dato de la CEPAL- un total de 39.014 millones de dólares, lo que representó el 38por ciento del total de IED en la región.

Estas cifras increíbles fueron conseguidas por Brasil, partiendo de situaciones de base no muy diferentes a las nuestras e, incluso, a las de otros países de la región. Los brasileños sufrieron las mismas interrupciones democráticas, tuvieron regímenes militares y padecieron de los vaivenes de la Guerra Fría y de las crisis económicas que todos vivimos. Se beneficiaron también con el nuevo contexto internacional (al igual que el resto de Latinoamérica), con la irrupción de la demanda de 2500 millones de personas (China e India), necesitadas de nuestras materias primas y que, además, a diferencia de los países centrales, tenían economías complementarias con las nuestras y demandaban, principalmente, materias primas agrícolas, minerales e hidrocarburos. Seguramente es imposible siquiera intentar dar una respuesta completa, en este escaso espacio, a lo que ha ocurrido, pero podríamos destacar lo siguiente: la coherencia de una clase dirigente, la continuidad de sus políticas, el respeto por el funcionamiento de la administración (aun cuando las instituciones democráticas fueron interrumpidas) y el respeto por lo hecho, incluso cuando fuera mérito de una anterior administración de signo contrario, como las máximas respetadas por todos. Incluyendo en ese todo a gobiernos civiles o militares, educadores, sindicatos o pensadores, a los industriales y emprendedores, a lo largo y ancho del país y en el curso del tiempo.

Hace pocos meses, realizamos en Bogotá un seminario sobre seguridad regional en conjunto con la universidad colombiana Jorge Tadeo Lozano. Analizábamos allí que la ausencia de políticas de mediano y largo plazo aplicaban a todos nuestros países excluyendo siempre a Brasil. No hay duda de que esta expresión es verídica y tiene un peso fundamental en todo lo que estamos examinando. En el documento Del gobierno de facto al Partido dos Trabalhadores: Un caso exitoso de adaptación, que publicamos en las próximas páginas y cuya lectura recomiendo, se observa con claridad la coherencia geopolítica de los pensadores que desarrollaron este modelo exitoso. Fueron ellos Golbery Couto e Silva, entre 1964 y 1980, Meira Mattos, entre 1975 y 1984 y Darc Costa, entre 1999 y 2011. Esa coherencia se sostiene contra viento y marea y las correcciones son solo coyunturales y se corresponden a los cambios que indica la realidad mundial, lo que no incluye jamás modificar la base irrenunciable del proyecto común de Brasil. Me permito incluir como figura imprescindible para cualquier análisis a Antônio Delfim Netto, el controvertido economista y político brasileño, con influencia determinante a lo largo de veinte años de gestión en diferentes gobiernos como Ministro de Hacienda, de Agricultura y de Planeamiento. Fueron muchos, más allá de cualquier cargo, los que cimentaron con su gestión el “milagro brasileño” y a él están indisolublemente ligados.

Mientras muchos renunciaron a la propia geopolítica por considerarla fuera de época y vinculada a la doctrina de la Seguridad Nacional, en Brasil hubo políticas aggiornadas que dieron pasos a realidades concretas, las cuales nunca fueron producto de la improvisación y mucho menos de la casualidad: la proyección sobre el Amazonas, la salida al Pacífico, el desarrollo fundamental de la industria de Defensa, las políticas sobre el Atlántico, la proyección sobre el África y la Antártida, son pasos incluidos en sus Planes Nacionales para el Desarrollo y conservan una coherencia en el tiempo que provoca envidia y también pemiten comprender las razones de lo que allí ha ocurrido.

Hoy, en la coyuntura inmediata, Brasil debe ratificar sus éxitos con importantes compromisos ante la mirada del mundo entero: el inminente Mundial de Fútbol, la próxima elección presidencial y los cercanos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro lo encuentran en una situación compleja en lo social, en el marco de importantes gestos de disconformidad de una nueva clase media y ante el duro desafío de combatir, con las armas de la legalidad, el delito y el narcotráfico.

Ocurra lo que ocurra, éxito o fracaso ante estos duros compromisos, nada cambiará la dirección de la proa de este gran transatlántico que representa Brasil en el mundo de hoy, para quien Sudamérica no fue otra cosa que una plataforma necesaria e imprescindible para expandir su propia identidad hacia el mundo entero.

Tan cerca de que nuestras selecciones de fútbol se enfrenten, hagamos una tregua e intentemos ganar con Messi el Mundial. Pero aceptemos luego que ahí hay un espejo donde mirarse, que más allá del fútbol, Brasil es un socio y un amigo imprescindible y que ha recorrido un camino que deberíamos intentar emular.

Los curas de Francisco

Ganar la villa

“Para nosotros la villa no es un lugar solo para ayudar; es más bien el ámbito que nos enseña una vida más humana y, por consiguiente, más cristiana.Valoramos la cultura que se da en la villa, que surge del encuentro de los valores más nobles y propios del interior del país o de los países vecinos, con la realidad urbana”.

Documento “Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera” (2007)

Ya hemos dicho muchas veces que el tema de la seguridad, la violencia, la influencia del narcotráfico y el delito organizado ha sido una constante preocupación para nuestra publicación desde que la iniciamos en aquel lejano 2002. Esta temática nos llevó a recorrer el continente, a organizar seminarios en Washington y en Colombia y a editar y publicar múltiples notas y libros. Hoy que es tapa cotidiana en todos los medios, que se encuentra en constante escalada y con un incremento de los grados de violencia desconocidos para nuestra sociedad, recién comenzamos a tomar conciencia de que esta historia de muertes y sicarios se instaló en la Argentina para quedarse.

Mientras todos se hacían los distraídos, y aún antes de nuestro incesante trabajo de alerta, en silencio, la Iglesia, de la mano del entonces cardenal Bergoglio, le daba volumen a una ciclópea tarea en las villas de emergencia. Era allí donde los más vulnerables eran captados por lo peor de la delincuencia, de la droga y de la violencia. Francisco ha manifestado, en una entrevista que concedió a la Civiltà Cattolica, su inspiración jesuítica en la máxima de San Ignacio de Loyola: “Non coerceri maximo, sed contineri minimo divinum est”, es decir, “No tener límite en lo grande, pero concentrarse en lo pequeño”. Es probable que este concepto vinculado a la magnanimidad haya llevado al entonces Cardenal a plantar esa mínima, pero imprescindible bandera, en los lugares más vulnerables y que mayores costos pagan con el Paco y la muerte. Allí es donde todo es sin red, donde toda caída se estrella en el vacío.

La transformación del Cardenal en el Papa Francisco cooperó en darle visibilidad manifiesta a aquellos sacerdotes que trabajan insertados en los sectores más pauperizados de nuestra sociedad y que nacieron durante la gestión del Cardenal Juan Carlos Aramburu, hace más de cuarenta años. Estos recorrieron infinitas vicisitudes a lo largo de los años, tantas como las de nuestro país, fundamentalmente en aquellos años signados por la violencia y la muerte. Fue Bergoglio quien a fines de los 90, le dio envergadura a esa gestión incrementándole la cantidad de sacerdotes y dándoles apoyo material y esencialmente espiritual. Hoy resulta muy curioso que la vida casi secreta del ex Arzobispo de Buenos Aires, que había sido elegido sucesor del fallecido Monseñor Quarracino en 1998, se conozca solamente por su ascenso al papado y haya previamente pasado por tantos análisis y confusiones diversas, muchas sin duda generadas por sectores malintencionados. No podía desconocerse un trabajo de muchísimos años en el corazón de Buenos Aires, compartidos con los sacerdotes y los desposeídos de los mínimos beneficios que debiera proporcionarles el Estado. A veces, la realidad supera la fantasía y el orgullo que genera Francisco supera con creces el hecho de ser argentino, de ser el primer Papa latinoamericano; es la humildad de sus actos actuales y también el ejemplo de su conducta pasada lo que genera esa adhesión sin límites. El mundo mira a un Papa distinto al que, más allá de la religión, los periodistas siguen, no por lo que representa su jerarquía, sino por sus actos cotidianos y cuya mirada política siguen los líderes mundiales con dedicada atención.

Pero volviendo a los curas villeros, este grupo de sacerdotes cuyo guía es el Padre Di Paola, “Pepe” para todos, nacidos la mayoría en clases acomodadas, optaron por el ministerio de acompañar a los más necesitados apoyados por la conducción de la Iglesia argentina. Se declaran continuadores de la obra del Padre Mugica, pero admiten ejercer su sacerdocio bajo las problemáticas de la época actual, ajenas a la violencia del pasado. Mugica fue asesinado el 11 de mayo de 1974, probablemente en manos de la Triple A; estaba vinculado a la organización Montoneros y ya era una leyenda por su labor en la Villa 31. Sus herederos actuales misionan enfrentando los flagelos del siglo XXI, intentando suplir la ausencia del Estado, focalizándose en la niñez y en la juventud en un desesperado intento de alejarlos del delito y la droga. Su inspiración intelectual nace del pensamiento de referentes como los sacerdotes Lucio Gera (1924-2012) y Rafael Tello (1917-2002), guías de generaciones de pastores y teólogos en la Argentina, con cercanías a la teología de la Liberación, pero con una perspectiva más espiritual que política y que fueron muy respetados por la Iglesia en general. En parte de ese pensamiento se inscribe seguramente el documento sobre la Pobreza elaborado en el 2007 por el Episcopado de América Latina en Aparecida, en el cual Bergoglio evitó caer en el “reduccionismo socializante” y que fue decisivo en su posterior elección como Papa. Ese documento se alejó del análisis marxista, poniendo centro en la pobreza evangélica y en la opción preferencial por los humildes. Dio quizás una sola certeza relacionada con el dogma: “Dios está presente en la vida de cada persona”. Los sacerdotes villeros siguen los preceptos de lo que ellos mismos denominan “La Teología del Pueblo”. En él no hay diagnósticos sino las consecuencias de la realidad cotidiana, según manifiestan en el segundo documento del equipo de sacerdotes para las villas y que justamente el otrora Cardenal oficializó en el Boletín Eclesiástico.

La visibilidad mediática nacional del Padre Pepe, a quien DEF entrevista extensamente en este número, nace de sus manifestaciones contra la “despenalización de hecho de la droga” en la villa 21, asiento de su parroquia de Caacupé, realizadas a finales de la década pasada. Ello le valió inmediatas amenazas de muerte, el consejo de un autoexilio del propio Bergoglio y su ida a Campo Gallo, en sectores marginales de Santiago del Estero. Regresó luego a Villa La Cárcova y continúa hasta hoy coordinando a los curas villeros desde ese asentamiento en José León Suárez.

Las villas miseria nacieron alrededor de la crisis de 1930 con el masivo ingreso de migrantes internos en busca de trabajo y sin recursos para instalarse de manera regular. Al igual que en otros países de la región (el ejemplo más extremo son las favelas en Brasil), son lugares donde el Estado apenas dice “presente” de la manera más precaria y no puede garantizar el funcionamiento de las más elementales necesidades para vivir dentro de una comunidad. En ellas, se carece de servicios sanitarios, de sistemas de agua, de asistencia médica elemental, de medios de transporte interno y de un imprescindible marco de seguridad. El desarrollo de estas villas, también llamadas “de emergencia”, carece de planificación, es espontáneo, de traza irregular y se caracteriza por el hacinamiento de la población allí residente. Muchas de ellas lindan con barrios en los sectores más pudientes de la sociedad y ponen de manifiesto las terribles desigualdades que la región depara para los que menos tienen. Indudablemente, la proximidad de la villa 31 a Puerto Madero –de manera similar a la Rosinha, favela brasileña que linda con Leblon e Ipanema (lujosos barrios de Río), solo para dar un ejemplo– impiden imaginar una convivencia justa y en paz en una sociedad con diferencias inaceptables.

Lo cierto es que es posible arribar a algunas conclusiones sobre esta compleja problemática:

– Es difícil dar cifras “no discutibles” en relación con los asentamientos informales, datos siempre complicados por los intereses del oficialismo de turno y otros de opositores o sectores amarillistas. Sin embargo, nadie dudaría en afirmar el incremento geométrico de estos sistemas precarios de viviendas.

– En forma genérica, citando datos del último Censo Nacional de Población, puede indicarse que en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, alrededor de 165 mil personas viven en estas condiciones y en el Gran Buenos Aires, llegarían a dos millones distribuidas en alrededor de mil asentamientos.

– En nuestra Capital, el incremento ha sido de alrededor del 50% en la última década. El propio Padre Pepe calcula que cuando inició su tarea pastoral, allá por 1997, la villa 21-24 tenía alrededor de quince mil personas, y hoy triplica esa cifra.

– A aquellos migrantes internos iniciales de la década del 30, se les sumó un constante incremento de trabajadores informales de la región, básicamente, paraguayos, bolivianos y peruanos. La masa, concentrados en asentamientos en Lugano, Flores, Nueva Pompeya y Balvanera, llega en busca de oportunidades y mejoras, ausentes en los países de los cuales provienen.

– Las condiciones de vida en estos asentamientos no responden a los estándares mínimos. De acuerdo con cifras difundidas por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), el 73,3% de las viviendas se encuentran en condiciones de tenencia precaria, es decir, sus ocupantes no son propietarios ni inquilinos. El 68,6% de los hogares no cuenta con acceso al servicio de agua corriente ni conexión a la red cloacal. A su vez, el 63,7% de las familias carece de alcantarillado y desagües pluviales y el 62,1% de las viviendas se encuentran próximas a basurales.

Bien, en este mundo, estigmatizado por quienes lo analizan con premisas elementales y prejuiciosas, los curas villeros viven a diario en un lugar donde no sobra nada, salvo lo que ellos denominan “sabiduría popular”. Allí “derecha” o “izquierda” no son conceptos perimidos, directamente no existen; son reemplazados por la cultura de la acción; acción de urbanizar, acción de respetar la cultura ajena y acción de rescatar a los jóvenes de la droga y del delito.

¿Cuáles son los principios que sostienen en su lucha?:

– Optar por los pobres y hacer de eso un ejercicio de vida, de presencia cotidiana y de ser parte de esa realidad y servir desde adentro en el complejo sistema interno de cada villa.

– Ser la voz y batallar por la imprescindible presencia del Estado en estas urbanizaciones, para que este tome la responsabilidad sobre la seguridad, el transporte y la educación, sumados a los servicios básicos necesarios para una vida digna.

– Respetar la cultura de todos los integrantes y sectores del asentamiento, rescatando el concepto integrador de la buena vecindad y la solidaridad.

– Aceptar el desafío que representa la religiosidad popular y acompañar esas tradiciones, festividades y ritos variados, sintonizando con lo diverso de las costumbres populares. Fortalecer la fe, acercando la Virgen de Caacupé o incluso al Gauchito Gil, de manera de incluir a vastos sectores de esas comunidades dentro de las parroquias villeras.

– Ser puntales en la lucha contra la droga para permitir el desarrollo de los jóvenes apoyando a Las Madres Contra el Paco y comprometerse en lo que ellos llaman la “droga del exterminio”.

– Sostener la batalla cultural de intentar integrar a la comunidad villera a una ciudad organizada que los rechaza y les teme. Entre muchas de esas acciones, trabajan en el proyecto “Generación Universitaria” entre la UCA y los jóvenes de Villa Soldati.

– Predicar a diario el concepto evangélico de “asistir aprendiendo”, fundamentalmente, para que aquellos olvidados por el mundo, tengan conciencia plena de los valores que poseen y los puedan desarrollar.

Estos sacerdotes crecieron bajo el cobijo del Cardenal que se transformó en Papa. Mientras los intelectuales discuten sobre las raíces de Francisco y la Curia conservadora recela sobre el futuro de la Iglesia, mientras Vanity Fair se disputa con el Times y el New Yorker al “Hombre del Año” y es tapa de la revista Rolling Stone, asoma una Iglesia diferente en el mundo. Mientras tanto, en Buenos Aires, esos curas villeros continúan con la tarea encomendada por aquel Cardenal silencioso de evangelizar allí donde nadie llega y siguen tercamente con su misión, la de salvar vidas. De alguna manera así los representó Pablo Trapero en El elefante blanco (2012), donde Ricardo Darín batallaba en la piel de un cura de la villa 15 de Lugano. Pero, de lo que aquí hablamos es de lo que ocurre muy lejos de los sets, muy lejos de las historias de ficción. Aquí hablamos de un puñado de hombres sin monumentos ni gloria terrenal que construyen el día a día de miles de familias y son su dique de contención ante el abandono y la violencia.

Volviendo a la inspiración de San Ignacio de Loyola, Francisco y el párroco del Cristo Obrero en la villa 31 cumplen grandes y pequeñas misiones, “magnánimas”, diría la máxima del jesuita, misiones unidas por el brazo indestructible de la fe en la búsqueda de un mundo mejor.

Un desafío impostergable

La mayor parte de los problemas que tendrán que enfrentar los Estados latinoamericanos están en el campo de las nuevas amenazas, de las guerras híbridas al terrorismo, del combate a formas delincuenciales organizadas y el problema del control territorial”.

Armando Borrero, magíster en Ciencia Política y experto en Defensa y Seguridad

“Seguridad regional en América Latina: retos y perspectivas en el siglo XXI” (Bogotá, 8/11/2013)

Casi con diez años de existencia, DEF ha intentado en todos estos años generar agenda y hablar de “los temas por venir”. Hoy que el tema narcotráfico y seguridad nacional están en juego y en la primera plana cotidiana de los medios, nos permitimos recordar con amargura que desde nuestros inicios fueron emblemas de esta publicación. Ojalá nuestros pronósticos no se hubieran cumplido, pero lo concreto es que de poco sirvieron las cientos de páginas dedicadas a advertir el crecimiento geométrico de este flagelo que hoy padecemos.

Estamos regresando de Colombia, donde con nuestra Fundación y junto con la Universidad Jorge Tadeo Lozano realizamos una jornada más, dentro del ciclo dedicado a la seguridad en la región. Nos reunimos para hablar de defensa y de fronteras, del narcotráfico y las nuevas amenazas, de la seguridad ciudadana y del rol de las FF. AA. en el siglo XXI. Tal como la experiencia que vivimos en los EE. UU. en el 2010, en aquella oportunidad junto con la Universidad George Washington, podemos asegurar que volvimos con mucho más conocimiento sobre esta problemática, pero también con las mismas convicciones con las que partimos desde Buenos Aires, relacionadas con la gravedad de la situación que enfrentan nuestras sociedades en la lucha de lo que bien podríamos denominar “transnacionales del delito”.

Involucramos en ello al narcotráfico, al lavado de dinero, a la prostitución, a las pandillas, a la trata de personas y al tráfico de armas, todos ellos siempre vinculados con el delito común, con el sicariato, con las extorsiones y los chantajes, con la siempre presente disponibilidad de dinero sucio para comprar voluntades políticas, policiales y de todo aquel que se ponga a tiro ante las necesidades de la delincuencia. Esto también forma parte de la aldea global y es la feroz contracara a los avances científicos, a los avances de comunicación y a la vinculación positiva entre todo el planeta.

Lo concreto es que, disponiendo de una absoluta movilidad y ausencia de leyes y ética propia, el delito no reconoce fronteras, no tiene límites demarcatorios ni tampoco reglamentos de conducta. Su campo de acción es el mundo, y sus procedimientos son cambiantes en cuanto lo requiera la situación imperante. Jamás está atado a consultas o procedimientos, mientras que los que deben enfrentarlos deben requerir instrucciones de sus gobiernos e instituciones a cada hora y en cualquier circunstancia. Nuestra región está en el centro de la escena por múltiples razones, entre otras, porque posee las más importantes zonas de cultivo de cocaína, aún mantiene importantísimos sectores de su población sumidos en la pobreza e indigencia, sus controles tecnológicos y fronterizos son mediocres y la coordinación interestatal no cumple los estándares internacionales aceptables. Casi como un ejemplo metafórico, concordamos todos los que nos reunimos en Bogotá que, tal como la mitológica Hidra de Lema, ante cada cabeza cortada, se regeneran otras, en otro lugar y a velocidades que impiden siempre enfrentarlas con éxito.

Bien, tal como explicaron expertos en inteligencia y otros funcionarios afines, entender la situación es el principio básico para resolver los problemas que emergen de esta compleja problemática. Este concepto básico choca mil veces en la Argentina y en otros países vecinos, con la idea voluntarista de plantear un panorama atenuado, a veces confundido y otras, directamente equivocado. Este es un primer paso fatal para tomar medidas que estarán condenadas al fracaso. Así fue que en la conferencia, planteamos este tema como una idea básica para ser discutida. En mi caso, me permití exceptuar a Brasil de esas consideraciones. Este es un socio particular, con problemas tan graves como los nuestros, pero que los enfrenta de manera excepcionalmente diferente y que, seguramente, será motivo de un análisis en otra oportunidad. Lo cierto es que, tal como dijera su exministro de Defensa, Nelson Jobin, en una conferencia organizada por nuestra Fundación en el 2009: “Brasil encara la estrategia nacional de defensa como un programa de Estado y no como una propuesta política partidaria”. Agrego que a esa propuesta, Brasil le asigna un presupuesto de 33 mil cien millones de dólares para el área y una industria pesada afín única en Sudamérica. Mantenida esa continuidad histórica, expresada por Dilma Rousseff y su actual ministro de Defensa Celso Amorím, es que analizamos en el resto del continente, con sus más y sus menos, los problemas que podemos definir como comunes, a saber:

– Vivimos todos en una región dominada indiscutiblemente por la presencia de los EE. UU., cuya condición de líder en defensa y seguridad en el mundo es apabullante. Su superioridad aérea, naval, tecnológica y en ciberguerra está a la vista con una inversión anual de 682 mil millones de dólares, más que la inversión de los quince países que le siguen, siendo el 40 % del gasto mundial en defensa. Su actual política alienta una reducción de sus fuerzas terrestres, procurando de sus aliados acciones vinculadas a la ocupación, de manera de contrarrestar una opinión pública interna adversa. Esta realidad alumbra al mundo y, de más está decirlo, afecta particularmente al resto de nuestro continente.

– En la región, con las excepciones ya nombradas, las políticas permanentes son excepcionales, el largo plazo casi inexistente y las variaciones entre gobiernos de distinto signo son de tal envergadura, que resulta casi imposible generar estabilidad en áreas donde estas condiciones son básicas para generar estructuras confiables. Cualquier estrategia será útil solo en la medida en que se cuente con el respaldo político y con el tiempo necesario para desarrollarla. Hoy por hoy, frente a cada oportunidad en que el camino se desanda, no ocurre una detención, sino cuando menos el atraso de una década.

– La mayoría de nuestros países se caracteriza por disponer de escasos recursos, de zonas con atrasos importantes; hay pobreza estructural y marginalidad proclive a la delincuencia; el trabajo informal es común y también las migraciones interpaíses que poseen fronteras permeables. Esta es una realidad que requiere siempre el empleo de recursos para paliar situaciones imprevistas; esas urgencias modifican los presupuestos de nuestras economías casi en forma invariable. Todas las áreas del estado quedan afectadas por estos cambios y particularmente las inversiones en Seguridad y Defensa sufren ese deterioro.

– La región presenta ventajas internacionales a futuro de inmenso valor, grandes espacios, agua y energía, zonas aptas para los cultivos, en general con bajas tasas de población y una gran riqueza en biodiversidad que incluye extraordinarios litorales marítimos. Ello obliga, aun contra la propia voluntad, a disponer de Fuerzas Armadas aptas y entrenadas para la defensa exterior, obligando a que sus capacidades requieran poder cumplir con multiplicidad de funciones, algunas antagónicas. Esto ocurre aun existiendo excelentes mejoras entre los países de América por la imposibilidad de armarse de un día para el otro ante la potencial codicia internacional. Se han desarrollado en las últimas décadas múltiples medidas de acercamiento entre nuestros Estados lo que genera altas probabilidades de una convivencia en paz y de que la solución a cualquier diferencia se resuelva por medidas pacíficas. Esta extraordinaria ventaja que brinda un bloque regional como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) –que destacó por sus intervenciones ante crisis institucionales en Bolivia, Ecuador y Paraguay– debe indudablemente incrementarse con la apoyatura técnica correspondiente y la integración de los servicios de inteligencia de manera concreta y efectiva para poder enfrentar a los trasnacionales del delito, el más inmediato enemigo común que tenemos. En el marco de la Unasur, destacamos la creación, a propuesta de Brasil, del Consejo de Defensa Sudamericano (CDS), con los objetivos declarados de consolidar la región como una “zona de paz” y “constituir una identidad sudamericana en materia de defensa”; así como la constitución del Centro de Estudios Estratégicos del CDS con sede en Buenos Aires. Por último, durante la última reunión en Lima, el Consejo Sudamericano en materia de Seguridad Ciudadana, Justicia y Coordinación de Acciones contra la Delincuencia Organizada Transnacional aprobó el Plan 2013-2017 para la construcción de una red de inteligencia antidelincuencial que debería permitir “armar mapas de violencia criminal que están ligados entre sí, con operaciones en nuestros países alrededor del narcotráfico, lavado de dinero, usura y trata de personas”.

– La escasez de recursos de los que en general disponemos contrasta con el uso parcial de los mismos. Hay cuestiones políticas e ideológicas que siguen dividiendo temas como Seguridad y Defensa, aspecto que hoy de por sí resultan imposibles de dividir. Son ideas que atrasan mucho más que una década y que vienen de la aversión que generan las “políticas de Seguridad Nacional” por las secuelas que dejaron en nuestros países y que aún hoy pagamos. Debemos entender que el contexto en el que se originaron ya no existe y que el Estado debe usar todos sus medios en forma conjunta ante tremendo desafío. Solo como elemental ejemplo, resulta inconcebible pensar en acabar con el narcotráfico en el Gran Rosario sin una adecuada radarización de nuestras fronteras, sin la detección de las pistas de aterrizaje clandestinas en todo el país y sin una coordinación eficaz entre nuestra Fuerza Aérea, nuestra Gendarmería, la Policía Federal, el resto de las fuerzas provinciales y la justicia.

Este es un panorama posible de la situación en la que vivimos. Ahora bien, resulta algo soberbio intentar imaginar un futuro en un mundo global en el que todo cambia a una velocidad donde muy pronto los nativos digitales ya serán antiguos ante las nuevas tecnologías por venir. ¿Qué hacer entonces? No parece buena la solución del ñandú, avestruz americana en extinción en estas pampas, que corre y corre ante el peligro y agotado ante el estrés, cava un hoyo en la tierra y esconde la cabeza. Esa parece una muy mala solución. Nuestra humilde propuesta es simplemente analizar a fondo la situación, no equivocarse en esa mirada estratégica y que de ese análisis surja, más integración, más medidas de confianza, más inversiones y más tecnología. Debemos disponer de leyes consensuadas entre todos, debemos fomentar el prestigio institucional de todas las áreas vinculadas a la Defensa, a la Seguridad y al Poder Judicial. A partir de allí, acompañar con políticas de mediano y largo plazo que se cumplan. Esos son caminos que otros países ya han transitado con buenos resultados.

La Argentina, dentro de este contexto, parece despertar en estos días de un largo letargo, letargo que fue ventaja para el narcotráfico y para la muerte. Así lo atestiguan a diario nuestras estadísticas, también la violencia cotidiana que no requiere de números, también el Paco y el nivel de consumo de cocaína, de la que nuestro país es líder triste en Sudamérica. La Iglesia, la Corte Suprema y las ONG pertinentes alertan sobre este fenómeno que ya tiene zonas incontrolables, incluso con participación de estamentos del Estado del lado del delito. Aquí aplica como nunca el “Argentina somos todos”. Y el gobierno no debiera sentir como un ataque estas voces, no debiera matar al mensajero. Por el contrario, debiera entender y compartir el nivel de preocupación que genera en toda una sociedad que durante décadas supo mirar indiferente el problema, “el problema” que era de otros y ahora les estalló en la cara. No hay tiempo para dilaciones.

Hemos estado muchas veces en Colombia, allí en la querida Bogotá volvimos a conversar una vez más con uno de sus principales líderes, el exgobernador de Nariño y precandidato presidencial, Antonio Navarro Wolf, un sobreviviente del M19, plenamente integrado a la vida democrática y hoy ejemplo de responsabilidad cívica. Me permito rescatar de esa charla informal el concepto de que “cada gobernante tiene el derecho de elegir sus prioridades, pero ellas no deben ser declaraciones de tribuna, sino que deben volverse acto en la asignación de recursos políticos y materiales”. Estas ideas trajeron a mi memoria la crítica de un profesor hace ya muchos años, que con sabiduría, ante la quinta expresión de la frase las “cosas fundamentales a considerar”, dijo: “Si todo es fundamental, nada es fundamental”. Bien, la Defensa Nacional, la Seguridad Ciudadana y la vida y los recursos de todos los países de la región son una responsabilidad de Estado, pero también de todos y cada uno de nosotros.

Si esto es fundamental o no es fundamental es la pregunta que seriamente deberíamos respondernos.

Medellín: El regreso del infierno

“Medellín es una ciudad que ha pasado del miedo a la esperanza. Eso significa el miedo que había por la violencia que nos tocó y la esperanza de una ciudad que crece, que entiende las oportunidades, sabe los riesgos y las dificultades que se tienen, pero que ya se está moviendo en otra dirección”.

Sergio Fajardo, exalcalde de Medellín

(Entrevista del diario La Voz del Interior, 6/7/2008)

Nadie duda de que vivimos tiempos difíciles vinculados con la seguridad, el narcotráfico, la violencia y el poco valor que le damos hoy a la vida humana. Nuestra publicación, acercándose a la década de existencia, ha dedicado cientos de páginas a esta temática, varios libros de nuestra editorial Taeda la abordan, y con nuestra Fundación hemos generado múltiples actividades sobre el tema, en el convencimiento absoluto de que solamente una política integral de seguridad nos alejará del peligro del caos que podría instalarse en nuestro país. De lo contrario, su erradicación costará cientos de miles de vidas y será imprevisible la cantidad de años y de afanes que esta problemática le demandará a nuestra sociedad, como ya hemos visto en otros lugares de la región y del planeta.

Importa poco la estadística, cualquiera sea ella y provenga del signo político del que provenga, pues las cifras por sí solas no cambian el concepto de que vivimos una época sin antecedentes conocidos para nosotros. El contexto en el que nos movemos está mucho más cercano a las series y películas clase B que a la realidad cotidiana que supieron vivir nuestros padres y abuelos. La Argentina vive un proceso que aún está a tiempo de atenuar y luego detener, si toma conciencia de que ese proceso ya se ha iniciado y presenta características similares (con las naturales diferencias de contexto) a las que vivieron otros países amigos, como Colombia, Brasil y hoy particularmente México, cuyos costos en vidas humanas, recursos y calidad de vida debieran ser un espejo de alarma para nosotros. Hace muchos años que estos países luchan sin descanso por modificar su cruda realidad y la propia sinergia que generan hace que narcotraficantes, sicarios y delincuentes dedicados a la trata de personas y a todo tipo de delitos busquen destinos más cómodos para sus fatídicos quehaceres. Está claro que nuestro país se encuentra en la lista  de los circuitos elegidos. Solo así se puede explicar el incremento cotidiano de la violencia en las grandes urbes como Buenos Aires, el conurbano bonaerense y su extensión hacia otras ciudades del interior, como Rosario y Córdoba, que también sufren episodios de guerra entre bandas, policías involucrados con el narcotráfico y una enorme sensación de inseguridad.

La idea de esta columna no es enumerar la grave problemática que genera una situación nacional de defensa débil, de fronteras permeables y de un estado de seguridad complejo y peligroso, porque de esa situación estratégica se ocupa en esta publicación el presidente de nuestra Fundación, en un documento previo al seminario que realizaremos con la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá, el próximo mes de noviembre para tratar esa problemática en la región. Muy por el contrario, el análisis que propongo realizar, con una fuerte dosis de optimismo, intenta describir el recorrido que realizó una ciudad colombiana estigmatizada durante décadas por la muerte para lograr resolver de manera notable su destino trágico. Medellín ha sido elegida en estos días como la ciudad “más innovadora del planeta”, seleccionada entre 25 grandes urbes por el más prestigioso periódico económico del mundo, el Wall Street Journal. Esta noticia, impensada para muchos, llama poderosamente la atención. Quizás debamos encontrar la clave del éxito en los logros obtenidos por la segunda ciudad de Colombia, considerando el terrible lugar desde donde viene. Veamos entonces cuáles fueron sus antecedentes, ya que probablemente muchos lectores solo identifiquen a Medellín como la ciudad donde murió Gardel (de hecho, más recordado allí que en la propia Argentina) y también por la violencia que sembró Pablo Escobar Gaviria, el narcotraficante que dirigió un emporio del crimen único hasta morir en diciembre de 1993. Dejando de lado los prejuicios, podremos entender que Medellín es eso y mucho más que eso.

En el recuento que nos proponemos realizar, tenemos a favor el hecho de haber estado en este querido país en varias oportunidades y haber recorrido con nuestra revista y nuestro programa de TV, muchas y variadas ciudades de Latinoamérica, hecho que nos permiten hablar de esta en particular, poniendo en perspectiva nuestra experiencia. Visitamos Medellín en 2008 y convivimos con funcionarios, empresarios y gente común. Los cambios ya se vislumbraban en el horizonte. La capital antioqueña venía de una veintena de años extremadamente complejos, al ser el centro de operaciones elegido por Escobar Gaviria, fundador del Cartel de Medellín, cuya multiplicidad de actividades ilícitas siempre estuvo combinada con cierto apoyo social de los sectores marginales que veían en él una especie de “Robin Hood” latino. El llamado “Zar de la Cocaína” amasó una extraordinaria e incalculable fortuna y vivió desde 1984 una guerra particular no solo contra el Estado, sino también contra el archirrival Cartel de Cali y contra los paramilitares, en una batalla de todos contra todos. Se le atribuyen escalofriantes cifras de asesinatos (que superan las 10 mil personas), bombas, masacres, secuestros y ataques a políticos, militares y empresarios. Responsable de una extensa red de sicarios, justamente en estos días, cobra particular actualidad la próxima liberación de “Popeye”, luego de purgar 23 años de cárcel y ser el más destacado asesino a sueldo de Escobar. Omito, por razones de espacio, algunas de sus increíbles declaraciones actuales, pero es bueno repasarlas en Internet para comprender el grado de crueldad, trivialidad y de arbitrariedad para asesinar a mansalva, ellas rozan la incredulidad más absoluta. “Plata o plomo” era el dicho de la época, es decir, o aceptabas la corrupción si eras funcionario, empresario o policía, o eras condenado a muerte, mientras Escobar llegaba incluso a ser senador y a gozar de múltiples influencias en el mundo.

Podría pensarse que su violenta muerte en 1993 y la desarticulación parcial del emporio que había hecho de Medellín el centro del delito en la región, sacarían a la ciudad de esta triste situación. Por el contrario, el agravamiento fue feroz y, según las estadísticas de la Asesoría de Paz y Convivencia, la tasa de homicidios en la época ascendió a 444 personas cada 100 mil habitantes, por lejos la más alta de Sudamérica y a la cabeza de los rankings de violencia del planeta. Las divisiones que surgieron, las peleas entre bandas por el territorio y la batalla cotidiana entre narcotraficantes, delincuentes y milicias, palmo a palmo por cada barrio, por cada sector, por cada esquina, hicieron la situación absolutamente intolerable. El solo hecho de desplazarse por sus calles al anochecer era poner en riesgo la vida, en gran cantidad de barriadas de la ciudad. En un impensable hallazgo en una de nuestras visitas, dimos con un adolescente de 14 años, Alexis, a quien le hicimos una larga entrevista para DEF TV, tras cruzarnos con él en una de las más pobres y violentas zonas de la ciudad, que ya se encontraba en proceso de reestructuración y pacificación. Escuchar al pie del nuevo teleférico lo que había sido su vida de niño y sus pérdidas daba sinceros escalofríos. Al reverlo hoy para escribir esta nota, esas sensaciones se multiplican ante el temor de que algún día esa sea nuestra propia realidad.

El expresidente Álvaro Uribe, en aquella memorable cumbre de la 38º Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) en junio de 2008, presentó a Medellín como un logro. La ciudad pudo albergar entonces un evento cuyo calibre, con presidentes, funcionarios, empresarios y políticos clave del continente, era impensable tiempo atrás. Bien, pero mucho más allá de ello, importó lo que pudimos registrar con nuestros propios ojos, el tremendo compromiso personal de los colombianos con su país, que iba desde el más alto funcionario hasta la persona de la calle más humilde. Nos conmovió esa “pasión por Colombia”, sin discurso ni estridencias, que se manifestaba en cada acto cotidiano, desde el apoyo al visitante hasta la limpieza y el cuidado de la barriada más pobre. Dentro de este increíble conflicto de casi medio siglo, sufrió Medellín mil divisiones de su propia ciudad, pasando el poder del Estado a los narcos, de los narcos a los paramilitares o a las temibles “Bacrim” (bandas de delincuentes), llegando a figurar en la guía de Lonely Planet como la capital internacional del tráfico de cocaína.

Para que esta ciudad sacudida por la violencia y el crimen se convirtiera hoy en finalista y finalmente fuera elegida como la “ciudad más innovadora del planeta” –dejando atrás a Nueva York y Tel Aviv–, debieron ocurrir infinitos hechos que van mucho más allá de la voluntad y  pasión ya destacadas. Las bases de semejante cambio, que no significa que los problemas y dificultades hayan terminado, tienen que ver con algunos hechos simples, conocidos y universales, pero correctamente aplicados y desarrollados en el tiempo, a saber:

– Continuidad política con un plan claro y un objetivo de transformación consensuado. Los analistas reconocen que el inicio del cambio fue durante la gestión del alcalde Sergio Fajardo en 2004. Este planteó básicamente que solo con educación, cultura, renovación urbana y obra pública esencial se podría modificar una realidad de violencia extrema que ni el ejército ni la policía habían podido alterar. Llegar a las barriadas más pobres y romper su aislamiento y el control de la delincuencia en ellas era la clave del plan. Acordados con las demás fuerzas políticas el fin deseado, la política y el cómo hacerlo, fueron de la partida funcionarios, empresarios, fuerzas públicas, sociales y religiosas. Y este acuerdo se sostuvo hasta hoy a lo largo de tres gestiones políticas.

– Otro detalle fundamental fue una clarísima alianza entre lo público y lo privado, poco o nunca visto en la región, que prometió atacar –y lo hizo en forma frontal– el descuido, el abandono y esencialmente el aislamiento de regiones como la comuna nororiental y otras zonas muy marginales donde la delincuencia y el narcotráfico mandaban sin que las fuerzas del Estado se aventuraran a ingresar.

– Así fue como se pusieron en marcha el metrocable de uso social, particularmente construido para atender los sectores aislados; las escaleras eléctricas de San Javier (evitando el descenso cotidiano de 350 escalones desde las laderas de las montañas a miles de personas); y, particularmente, el metro, que es la columna vertebral que moviliza el transporte en la segunda ciudad de Colombia. Orgullo del pueblo Paisa, el metro es llamado la “taza de plata” y puedo decir, por experiencia propia, que no conozco otro transporte de este tipo en el mundo, con mayor limpieza y respeto hacia el usuario. Completa esta particular situación la excelencia de los servicios públicos, con estándares internacionales, manejados con eficiencia por los propios antioqueños, alejados de la corrupción y con un fuerte compromiso social empresario. Esta situación casi idílica suma la proliferación de bibliotecas, parques y colegios, donde antes habitaban francotiradores y la muerte era moneda cotidiana.

– Muchos alertan aún que el camino es largo  para cumplir tan ambicioso plan, pero pareciera que el reconocimiento internacional les dice esencialmente que están en la senda correcta.

Bien, muchos expertos han estudiado miles de situaciones similares, demostrando siempre lo poco conveniente que resulta extrapolar casos para aplicar recetas que sirven en un contexto y fracasan en otros por mil impensadas razones. Sin embargo, entender desde qué extrema gravedad regresó del infierno esta hermosa ciudad colombiana y pensar a fondo en la combinación básica de factores aplicados para ello, bien puede ser un buen punto de partida para invitar a la reflexión en lugares de nuestro país en los que crece la violencia todos los días.

Continuidad en las políticas públicas, compromiso empresario, responsabilidad de los funcionarios, actividad social, trabajo y condiciones de vida digna deben acompañar a serias políticas de seguridad, a las que se deben destinar recursos adecuados y que deben estar acompañadas de compromisos políticos que permitan alejar una violencia que, hasta hace pocos lustros, hubiera parecido impensable en nuestro país.

Francisco: La hora del verdadero desafío

“Los obispos deben ser pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos con mucha mansedumbre: pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como la libertad ante el señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan psicología de príncipes”

Papa Francisco, a los pastores de la región. Río de Janeiro, Julio de 2013

Hace ya varias semanas que finalizó la multitudinaria Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Río de Janeiro. Y fue, precisamente, Brasil el escenario ideal para que Francisco, el jesuita devenido en Papa y llegado desde “el fin del mundo”, refrendara su incipiente liderazgo global. Un liderazgo que excede de manera descomunal lo estrictamente religioso para instalarse en la política mundial y en la mirada de los dirigentes del mundo entero, sin importar su creencia, su raza ni su ubicación ideológica.

El idioma simple y a veces provocativo, la conducta por delante de las palabras, los gestos austeros y la alegría sincera de compartir con el otro, han generado una aceptación que indica que ese liderazgo llegó para quedarse. El multitudinario encuentro de Río no solo estuvo caracterizado por una carga de emoción muchas veces inédita, sino también por la particularidad de que esos millones de jóvenes se sintieron “individuos” ante la mirada del Papa (supongo que provocando la infinita envidia de millones de políticos). Ya lo puso de manifiesto Francesca Ambrogetti, la coautora junto a Sergio Rubín del libro El Jesuita, cuando fue entrevistada por DEF: “Recalco como virtud extraordinaria que cuando él habla con uno, está concentrado en forma absoluta en esa conversación”. Creo que eso sintió cada persona en la que el Papa posó su mirada. Puede decirse que Francisco ha creado casi un pacto de hecho con los fieles y aun con quienes no profesan el catolicismo. Propone bases para un mundo vacilante, materialista, casi en estado de anomia, lo que sin duda ya ha marcado un hito para una Iglesia con décadas de declinación en la fe y, además, la consideración de la opinión pública no creyente.

Esto último, lo de una fe ecuménica, espiritual, más allá de la propia religión, no es una observación menor. Occidente vive una crisis económica gravísima. Medio Oriente y su zona de influencia no logran escapar de la lógica amigo/enemigo que se cobra a diario miles de víctimas. Tampoco son menores las pérdidas humanas en vastas zonas paupérrimas de África y Latinoamérica, donde la pobreza y el hambre hacen su estrago cotidiano. Se opone a esto la cara de la opulencia, del lujo desmedido y del descontrol de sectores pudientes que ofenden al sentido común. Por eso, la llegada de una figura como Francisco trasciende lo religioso para transformarse en lo que en latín se llama un “aliento vital” (de donde proviene la palabra espíritu) y que hace que, en medio de este vacío global y de esta falta de lógica en la resolución de tan graves problemas internacionales, el Papa se presente ante el mundo como un dirigente que entiende qué pasa y que muestra su ejemplaridad en cada acción. Antes de enumerar cualquier otra capacidad, lo más destacable del Papa Francisco es su actitud, esa que le permite que desde un lugar de encumbramiento pueda llegar hasta el último de los humildes como un par y pueda ser un modelo a imitar desde el espacio más lejano de lo material, tanto para aquellos que tienen fe como para los que no la tienen.

Lo cierto es que esta popularidad era inimaginable hace apenas unos pocos meses, cuando con mínimas pero contundentes consignas arrastradas por la brutal energía de su ejemplo, Francisco transformó una muy dura realidad de la Iglesia en el mundo, cuando menos, en otra que ofrece una luz de esperanza.

Una Iglesia pobre para los pobres, el final de la pompa y el lujo, la hora del contacto con la gente, la hora de la invitación a los jóvenes a ser protagonistas del cambio y la hora de durísimas palabras para el corazón de la Iglesia, palabras vinculadas a abrir los claustros, a ganar la calle y a rodearse de los que nada tienen. Estas consignas, que entre múltiples interpretadores algunos quieren plantear como “carismáticas”, ya ubicaron al Papa, perdonando la irreverencia, en un altar casi pagano. Es que el mundo está tan desacostumbrado a este tipo de desacartonamiento que hoy el Pontífice es seguido cual estrella de rock. La referencia de que multiplicó el número de personas que Mick Jagger había convocado en las playas de Copacabana recorrió las redacciones de todo el planeta.

Ahora bien, dicho esto, dicen quienes están próximos al Papa, que él poco y nada acredita estos signos favorables que provienen tanto de periodistas como de la opinión pública y que, más bien, le preocupan y mucho. Esta sana preocupación nacería de la convicción de la absoluta imposibilidad de sostener dicha popularidad en el futuro. Los niveles de aceptación actuales son impropios de lo variopinto de la opinión humana y seguramente tanta expectativa de unos y otros no podrá ser finalmente conformada, ya que hoy ni siquiera se conoce a fondo el pensamiento y la futura obra que Francisco está por comenzar. La frivolidad de que la revista Vanity Fair lo nombrara “El hombre del año” no importa nada, comparado con cómo el Papa logra sustentar con sus decisiones los significativos logros ya obtenidos y con ello, dejar atrás la penumbrosa situación por la que pasa la Iglesia, revitalizándola de cara al siglo XXI. La crítica situación de la que hablamos y que podría vincularse con la abdicación de Benedicto XVI, puede abreviarse en tres o cuatro conceptos esenciales:

– El mundo globalizado, materialista y tecnológico, es cada día más ajeno al pensamiento religioso (Europa es el mejor ejemplo). Existe un hedonismo laico creciente, un relativismo general, muchas veces guiado por agnósticos y ateos que son acompañados en esa lógica por una masa cristiana que no milita ni participa o que cree en un estilo religioso personalizado, ajeno al clero y a los ritos de la Iglesia Católica.

– La pérdida de fieles en manos de las religiones evangélicas, que cuentan ya con 565 millones de fieles, millones de personas además en crecimiento constante. Según datos publicados en el 2012, los católicos suman 1196 millones de fieles. De ellos, lidera América Latina con 586 millones y le siguen: Europa con 285 millones, África, 186 millones, 130 millones en Asia y 9 millones en Oceanía. Solo como ejemplo, digamos que Brasil, país líder en América Latina, en solo diez años redujo los porcentajes generales del católicos del 74 % al 65 % de su población.

– Los graves problemas morales internos vinculados con la pedofilia y los abusos sexuales. Los casos ocurridos dentro del clero en parroquias e instituciones educativas contra menores y que han sido documentados y revelados de manera sistemática desde fines del siglo XX, no solo horadan la credibilidad actual, sino que muchos de ellos, por haber sido silenciados durante décadas, han puesto en jaque a la Iglesia toda. Juicios millonarios, exposiciones públicas con daños tremendos y resonantes casos en EE. UU., Alemania e Irlanda recorrieron el mundo y ni la acción ni la enérgica condena de Ratzinger alcanzaron para menguar la tamaña afrenta a la sociedad y a la comunidad católica en particular.

– La espinosa cuestión de las finanzas del Vaticano. Luego de años de desprestigio y de escándalos vinculados con su sistema financiero, el Papa constituyó una comisión de investigación del Istituto per le Opere Religiose, más conocido por su sigla IOR, es decir, el banco de la Santa Sede. Con un pasado con fuerte sospechas de irregularidades y supuesto lavado de dinero, el IOR trae a la memoria colectiva la imagen del tristemente célebre cardenal Paul Marcinkus, involucrado en la quiebra del Banco Ambrosiano (1982) y con vínculos confusos con la mafia italiana. La destitución de Ettore Gotti Tedeschi, adoptada por Benedicto XVI, fue la última gran mancha vinculada con el lavado de activos durante el 2012. No debe olvidarse que el año anterior, el Vaticano fue considerado como “état voyou”–estado deshonesto– debido a la ausencia de transparencia y a las dudas sobre la posibilidad del manejo de “dinero sucio” incluso proveniente del narcotráfico.

Este es el oscuro panorama, seguramente incompleto, de los más graves problemas que debe resolver el Papa. Parece obvio que la necesidad de “poner orden en la casa propia” es la clave primaria para todo lo demás. La dura misión abarca tanto al propio Vaticano como a Cardenales y Obispos del mundo entero. Muchos de ellos hoy son confundidos con políticos y dirigentes, casi administradores de ONG, según palabras de Francisco. Afrontado este ineludible compromiso, vendrán luego las duras realidades que presenta el mundo exterior: el divorcio, el celibato sacerdotal, el lugar de la mujer en la Iglesia, el uso de los preservativos y la situación de los homosexuales, por nombrar solo algunos. Las respuestas a estas preguntas globales que exceden en un todo lo religioso irán perfilando su papado. Pero de todos los fieles que hoy adhieren, ¿a quiénes satisfará más este hombre, Jorge Bergoglio, devenido en Francisco? ¿Será a los radicales? ¿Será a los conservadores o a los revolucionarios? ¿Será a los fieles ubicados en el centro del pensamiento de la Iglesia? Él, ante todo, se declara pastor de su rebaño, no da lecciones ni condena, solo transmite optimismo y esperanza. Pero las observaciones en la descripción de los problemas que ha hecho a los dirigentes de la propia Iglesia y a los políticos en general, han sido duras y descarnadas. Ahora es la hora de arremeter contra ellos, la hora de la acción. Montescos y Capuletos, dentro y fuera del Vaticano, lo esperan con afiladas garras.

Así, llegó finalmente la hora de la verdad para el Papa que cerró hace semanas una triunfal visita a Brasil frente a los jóvenes del mundo entero, aquel cuyo protagonismo justamente nació en la redacción del documento previo a esa reunión en el santuario de Aparecida (2007), el Papa que no le escapa a la realidad y se ocupa de pobres y abandonados, aquel que es asiduo visitante de villas y favelas. Una verdad que inicia con su grey ya fidelizada y con una exposición mediática excepcional. Una verdad misional con la que seguramente intentará salvar a su Iglesia en este particular momento que vive la aldea global. Sabe que solo ha ganado un combate de una guerra larga y probablemente cruenta.

Francisco considera a la política como la máxima expresión de la caridad, como el servicio hacia los demás. Y, sin duda, su paso será mucho más profundo que el de un pastor bueno y sonriente. Será un Papa que dará esa batalla política y que de ninguna manera satisfará a todos. Lo que seguramente sus futuros detractores no podrán negar de él es que es un hombre que cree en la esperanza y que su sino está marcado por el mandato del ejemplo personal por delante de todas las cosas.

Como se sabe, Jorge Bergoglio tomó su nombre inspirado en San Francisco de Asís, aquel que escuchó una voz que decía: “Ripara la mia casa, che come vedi va in rovina”. Reparar esa casa en ruinas parece ser la misma misión en este siglo XXI. Allá va Francisco con tamaño desafío.

Letal para todos

“Lo único que sirve es no bajar los brazos. Las políticas de prevención y recuperación dan resultado en todas partes. Pero, claro, hay que instrumentarlas y no abandonarlas”.

Padre Pepe Di Paola, Entrevista del diario La Voz del Interior – 18/08/2009

Retomamos el problema del paco dentro de la temática permanente sobre la droga y sus consecuencias, asunto sobre el que DEF viene alertando desde hace muchos años. Insistimos puntualmente en este tema por la importancia que tiene en sí mismo, pero también por su impacto en la inseguridad, en el incremento del delito y en el propio valor que la vida humana tiene para nuestra sociedad. En el desarrollo de esta publicación damos cuenta a nuestros lectores de cuántas veces y con qué intensidad nos hemos ocupado de este drama social, que trajo a nuestra nación situaciones que desconocíamos y que nos afectan a todos, pero especialmente a los que menos redes de contención tienen.

La droga responsable de esa vulnerabilidad extrema tiene nombre; es el paco. En octubre de 2007 dedicamos a ella la tapa de DEF y mostramos de cerca el trabajo de las madres que sufren este flagelo en sus hijos. Lamentablemente, el joven hijo de Isabel Vázquez (una de nuestras entrevistadas de entonces), quien la acompañaba en esa portada, ya no está entre nosotros, víctima de la violencia y la venganza que provoca el infierno del paco, del que él había logrado escapar. Al pensar durante días en esta editorial, estuve tentado de iniciarla como en aquella edición en la que reproducía en forma completa la canción de Rubén Blades, “Pedro Navaja”, que, escrita hace 30 años, relata la vida de un “quemado” centroamericano; algo que era para nosotros absolutamente lejano y hoy ya forma parte de nuestra cotidianidad. Refiriéndose a esta canción, el escritor español Arturo Pérez Reverte, entrevistado aquí semanas atrás, ha dicho: “En toda mi vida como novelista jamás podría hacer una narración así en tres minutos. Esa es una genialidad de Blades”. Lo cierto es que esa descripción, donde la vida solo importa por horas y hay que llegar a la noche con el “problema de la pasta resuelto” y luego veremos, es el camino al que se suman día a día cantidad de jóvenes desesperanzados, esos para los que la vida vale un par de zapatillas o donde cualquier nimiedad se resuelve con un puntazo mortal. También en aquel número de DEF contaba una experiencia personal: fue en el 2003 y en el Bajo Boedo cuando a pleno sol vi cómo la muerte acechaba a un joven consumido por el paco cuyo dramático estado terminal contrastaba con la alegría de niños que jugaban a la pelota y señoras que conversaban con sus compras previas al almuerzo, ignorando completamente a la víctima. Todos ellos sabían que de ahí no se vuelve y esa imagen me acompaña siempre. De ahí no se vuelve.

El paco es una droga relativamente nueva en el Cono Sur y nace en el hecho concreto de ciertas facilidades que se han producido a partir de que los laboratorios clandestinos de producción de cocaína se mudaron de Perú y Bolivia a otros países del Mercosur. Hoy nuestra realidad indiscutida, compartida con algunos de nuestros vecinos, es que la producción, tránsito, consumo y exportación se cumplen en un único proceso y es ahí donde deja las secuelas de lo peor, de lo más barato, de lo que lamentablemente se vuelve cotidiano.

Tal como informa la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (ONUDD) en su Informe Mundial sobre las Drogas 2012: “Hasta fines de los años setenta, la cocaína se consideraba una sustancia más bien benigna consumida sobre todo por las clases adineradas. Sin embargo, la imagen de la cocaína cambió a principios de la década de 1980 a raíz de la invención del crack, una forma más barata de cocaína. Apareció entonces una subcultura en torno a la comercialización y el consumo de crack, el cual pasó a ser la droga asociada a la delincuencia de las pandillas, los delitos violentos y la prostitución”.

Actualmente, el mayor mercado consumidor de crack/paco a nivel mundial es el brasileño. Según reveló un estudio de la Universidad Federal de San Pablo (Unifesp), publicado en 2012, existe en ese país alrededor de un millón de usuarios de esa sustancia. En nuestro país, si bien a priori las cifras no parecen tan escalofriantes como en el caso de la cocaína, el último Estudio Nacional sobre consumo de sustancias psicoactivas (2010) arrojó el consumo declarado de paco –al menos una vez en su vida– por parte de 61.168 personas, con un claro predominio de los varones (0,6%) sobre las mujeres (0,1%) y del grupo de entre 18 y 24 años (1,2%) por sobre el resto de las edades, aunque seguido por los jóvenes de entre 25 y 34 años (0,5%) y los de entre 12 y 17 años (0,4%).

Sin embargo, estas cifras tan precisas deben ser tomadas con pinzas. Tal como dice el dirigente oficialista Fernando Chino Navarro, entrevistado en nuestra nota central sobre el tema: “Se carece de un diagnóstico preciso y certero para tomar decisiones”. En la nota, no exenta de autocrítica, Navarro da un importante panorama de lo que ocurre con la droga y de su vinculación con la violencia. Dejando de lado cualquier complacencia, reconocemos en él a un dirigente de la primera hora en esta “cruzada”, poniendo el cuerpo en los lugares más vulnerables. Es un referente para las madres que luchan contra el paco, para los sacerdotes y dirigentes barriales, y esto lo hemos corroborado en los territorios más duros; nobleza obliga reconocerlo. Dicho esto, me permito con todo respeto y desde el “escritorio”, discrepar con la idea de que estamos mal pero mucho mejor que otros países de la región. Esto es verdad en cierto sentido, ya que no hay zonas tomadas ni combates abiertos ni empleo de las Fuerzas Armadas como, por ejemplo, en las favelas de Brasil; ahora bien, la gran duda que me genera esa afirmación es si en la Argentina no estaremos en otro estadio de la situación, con el problema instalándose y no sea ese precisamente nuestro futuro inmediato. Fronteras permeables, expulsión de narcotraficantes en Colombia y otras zonas calientes, mafias, sicarios y gigantescos decomisos son indicios de que nada halagüeño parece venir. Asimismo, ciudades como Rosario, donde se detecta connivencia entre el delito y un sector de aquellas fuerzas que precisamente deberían combatirlo, nos dan una señal de alerta que ya tuvieron países vecinos que tienen el flagelo descontrolado. A propósito, si uno sigue con cierto detalle los detalles de la banda “Los Monos” en el Gran Rosario, es más apropiado imaginarlo en Tijuana o Ciudad Juárez que en nuestra realidad. Sin embargo, esto está ocurriendo aquí y ahora, primero aniquilaron a las bandas rivales (“Los Colorados” y “Los Garompa”) y luego ampliaron su poder sin límites, cargados de homicidios, controlando toda la zona sur de la ciudad, distribuyendo droga, regulando el mercado negro de armas y el tráfico de autos de alta gama. Bien, ¿es o no es crimen organizado? Hoy es materia de grave preocupación; cuanto menos, tema central en la provincia de Santa Fe. ¿Cuándo tomará envergadura nacional? ¿Cuándo se volverá un problema regional?

Está claro, además, que más allá de las grandes razones ya expuestas vinculadas al orden institucional y a la seguridad, también hay fundamentales responsabilidades sociales que –vuelvo a Navarro y a sus dichos– no podemos eludir. El empresariado, los medios y la apertura de cualquier puerta al incesante consumismo ponen día a día y en todo momento en riesgo a nuestros adolescentes. El consumo de alcohol, su asociación con el éxito, con las mejores conquistas, el lujo como un fin en sí mismo y la exaltación del individualismo extremo generan estados de constante frustración, con deseos imposibles de satisfacer, en una etapa de desarrollo donde quien “adolece” solo debería recibir ayuda de sus mayores. Así, de la puerta del alcohol, droga lícita y puntera de publicidades y ganancia económica, arrancan los desequilibrios que llevan a los siguientes pasos guiados por las inhibiciones que generan: conduce a las drogas, al descuido sexual, a la imprudencia, a los accidentes y a la violencia sin sentido.

Respecto del crack/paco, debemos evitar caer en la mirada estigmatizante: “pobres y adictos” igual a “delincuentes y peligrosos”. Mucho trabajo social requiere detener el incesante avance de este multimillonario negocio; más allá de la inclusión que implica la Asignación Universal por Hijo (AUH) y otros beneficios que se han creado desde el Estado, se requiere actuar con energía, en conjunto y sin dilación. No es este un problema del gobierno de turno; es de él y de toda la sociedad. Incluir implica más y mejor educación, más y mejores oportunidades de cara al futuro. Requiere exaltar y recuperar valores que existen, por suerte, en nuestra sociedad, vinculados con la familia, la escuela y el valor de las asociaciones intermedias. Transitar el camino de la recuperación no será fácil. El paco no es más que el residuo de descarte de cocaína, que en segundos llegan al sistema nervioso central del individuo pero que también en minutos desaparecen, creando una dependencia cruel y mortal; salir de ese infierno es un camino empinado y complejísimo. No alcanza el esfuerzo del adicto y de su familia, si no se involucra todo el entramado social y no se cuenta con la presencia de las instituciones del Estado. Casualmente y en coincidencia con la preocupación general, hace semanas la Pastoral Social de la Iglesia, presidida por Monseñor Jorge Lozano, emitió un fuerte documento advirtiendo la gravedad de la situación y fijando posición en “la creciente tolerancia social a las drogas”. Lo hizo rodeado de expertos en adicciones y del sacerdote Pepe Di Paola, reconocido por sus luchas en las villas. Nada de esto fue casual, pues forma parte de la percepción de riesgo generalizado que siente nuestra sociedad por el avance de las drogas. El debate sobre cómo atender el drama de las adicciones requiere, sin dudas, de un profundo debate que deberá incluir a todos los actores sociales, sobre la base de experiencias internacionales pero evitando transplantar, a tontas y a ciegas, ejemplos de otras latitudes que cuentan con un contexto socioeconómico absolutamente diferente al nuestro. Debemos estudiar, comparar, analizar y tomar las mejores decisiones tanto en materia legislativa como en todo lo referente a políticas de salud pública.

El fenómeno es multicausal y debe generar honda ocupación, para que no se vuelva una preocupación permanente. Todos los estamentos del Estado deben ocuparse de los más vulnerables, pero ni eso alcanza si no se suma a la sociedad toda la tan mentada Responsabilidad Social Empresaria. Como dice la Pastoral, no hay soluciones mágicas, señalando: “En ese marco, los credos, el Estado y la sociedad civil debemos trabajar juntos, apoyando a las familias que son la principal barrera contra la droga”.

Paco y muerte son sinónimos. El paco mata. Mata al que lo consume. Mata a quien está alrededor del problema. Y también mata a quien lo cruza por casualidad en la vida. Porque quien alucina o delira, quien tiene insensibilidad al dolor y carece de toda inhibición, quien suma euforia, angustia e inseguridad al mismo tiempo es en sí mismo un arma. Un arma descontrolada, que aprovechan mafiosos y delincuentes.

Desarmar a esa juventud desesperada es la batalla que todos debemos darle al delito organizado.

Catástrofes

“Si pierdes la esperanza en momentos de aflicción y de fatigas, tus fuerzas se verán debilitadas”
Anthony Burgess, La naranja mecánica (Novela 1962 y
película homónica de Stanley Kubrick 1971)

Hace algunas semanas, las ciudades  de  Buenos  Aires  y  La Plata  fueron  el  epicentro  de tormentas  de  características excepcionales,  cuyas  graves consecuencias  tanto en  la pérdida de vidas  humanas  como materiales  aún hoy  resultan  difíciles  de  mensurar. Tampoco  es  posible  sacar  ninguna conclusión  porque  apenas  podemos reponernos  del  desastre  y  todavía estamos  intentando  ayudar  a  encauzar  las  múltiples  necesidades  de  un tejido  social  dañado  severamente  y, en  algunos  casos,  con  secuelas  permanentes.  Creo  que  corresponde  en estos  meses  por  venir  un  poco  de silencio,  de  introspección,  junto  con un análisis y revisión de casi todo. No son tiempos de búsquedas de responsabilidades  mediáticas  o  pases  de facturas  entre  diferentes  partidos políticos y creo entender que la sociedad toda espera respuestas, pero respuestas en su  justo  tono, en su  justa medida y como resultado de un análisis serio realizado con  extrema responsabilidad.

DEF  ha tratado  en  reiteradas  oportunidades,  a  lo  largo de  muchos  años, temas  vinculados  a  la defensa  civil,  a  la  emergentología, a la protección del medioambiente  y  a  las  medidas estructurales  que  deben  tomarse para  hacer  frente  a  las  alteraciones que provoca la naturaleza y, a veces, la acción humana. Nuestro aporte ha  intentado  siempre acercar  una  visión general y se ha realizado  desde  nuestra experiencia,  con mucha  humildad  e  intentando  comprometer  a  la  sociedad  en esta  problemática  que  nos  interesa  a todos sin excepción.

Cada vida humana es única e  irrepetible, cada vida perdida por negligencia o  imprevisión  es  imperdonable;  dicho esto,  aceptemos  también  que  nuestro país tiene, además, la inmensa fortuna de  vivir  alejado  de  las  peores  amena-

zas,  aquellas  con  las que otras  sociedades  conviven  a  diario  en  muchísimos  lugares  del  mundo.  La  grave situación  vivida  convocó  a  la  actitud solidaria  de millones  de  argentinos  y movilizó a todo el país ante la tragedia, como  ya  había  ocurrido  en  Santa  Fe varias  veces,  fundamentalmente  entre 1998  y 2007. Allí,  en  varias oportunidades, millones de hectáreas quedaron bajo  agua  con  pérdidas  humanas  y consecuencias  económicas  dramáticas.  Sin  embargo,  al  enumerar  tragedias  de  otra  envergadura  y  en  otras  latitudes, solo el pavor y la incredulidad se imponen e impiden visualizar lo indescriptible de las consecuencias que se sufrieron en terremotos, huracanes y tsunamis en distintas regiones del planeta.

Nuestra geografía está alejada de esos procesos  dinámicos  incontrolables, que además arrastran epidemias y plagas  que  cuestan  cientos  de miles  de vidas.  Según  la  ONU,  el  riesgo  de terremotos es la más importante amenaza para  millones  de  personas y no están exentas de ellas grandes  urbes  que  incluyen,  entre otras,  a  la  Ciudad  de  México,  Nueva Delhi  y  Yakarta.  Solo  algunos  ejemplos,  dado  nuestro  mínimo  espacio, permiten  con  facilidad  explicitar  lo expresado:

• Tsunami en el océano Índico (diciembre de 2004): fue un terremoto submarino  a  4000  metros  de  profundidad, próximo a  Indonesia y que  llegó a  la India, Tailandia y Sri Lanka. Tuvo múltiples  réplicas  que  dejaron  el devastador saldo de 300.000 muertos y millones de desplazados que perdieron absolutamente todo.

• Terremoto en Haití (enero de 2010): desastre  humanitario  que  causó  la pérdida de 200.000 vidas humanas, la destrucción casi íntegra de la infraestructura  existente  y  obligó  al  desarrollo de la operación humanitaria  más  grande  de  la  historia para  un  solo  país.  Incluso así, su éxito puede considerarse escaso, aún existen  desplazados,  aún existe  gente  sin  vivienda  y escombros sin retirar.

•  Huracán  Sandy  (noviembre  de 2012):  con  consecuencias  infinitamente  menores,  comparadas con  los  terremotos  o  tsunamis (más  de  200  fallecidos),  no  debe dejarse de  lado  la gravísima devastación  provocada,  tanto  en  la  infraestructura  y  el  medioambiente,  como también  en  el  hábitat  de  todas  las especies, además de  las descomunales  pérdidas  económicas.  Los  datos recabados por la principal aseguradora  mundial,  la  alemana  Münich  RE, establecen que  las pérdidas provocadas  por  este  huracán  son  de  aproximadamente  38.000  millones  de euros.

De más está aclarar que en  todos  los casos  la pobreza multiplica geométricamente  cualquier  desastre  natural  y que las vulnerabilidades afectan seriamente  la  capacidad  de  recuperación. La marginalidad,  la  ausencia de  educación, la falta de recursos y la precariedad  habitacional,  junto  con  sistemas  sanitarios  deficientes,  son  el caldo  de  cultivo  inmediato  de  desórdenes, epidemias y  todo  tipo de consecuencias que  las más de  las  veces superan  en  gravedad  al  propio  incidente  inicial.  Al  respecto,  América Latina ocupa el segundo lugar en cantidad  y  efecto  que  provocan  los desastres naturales (luego de Asia), y esa situación tiende a incrementarse en la región producto del cambio climático y la degradación ambiental.  Nada  es  ajeno  a este tema, ni la deforestación de  los bosques ni las constantes
alteraciones  a  los ecosistemas. Tampoco están ausentes  los grandes  desplazamientos de personas  a  centros urbanos que están  incapacitados para  absorberlos  con  dignidad.  Solo para  refrendar  lo  dicho,  si  comparamos  los  terremotos  de  Chile  y  Haití, tendremos  el más  claro de  los  ejemplos:  el  sismo  chileno  fue  30  veces mayor  al  sufrido  en  el  país  centroamericano  y  liberó  180  veces  más energía, pero  las  consecuencias para ambos  países  fueron  diametralmente opuestas,  tanto en sus efectos  inmediatos como en la capacidad de recuperación de las consecuencias provocadas.  Cabe  preguntarse  qué  habría ocurrido  si  un  sismo  de  características  similares  al  de  Chile  se  hubiera producido en Haití.

Estos ejemplos solo intentan poner en perspectiva  los  diferentes  niveles  de intensidad  de  estos  dramas  que  nos impone la naturaleza y que, además, a veces ayudamos a profundizar con  la impericia  humana.  Permiten  asimismo estudiar a fondo las conclusiones a  las  que  arribaron  diferentes  expertos en sus respectivos países y tomar experiencia  aplicable  para  la Argentina y la región, ya que sin duda muchas  de  esas  medidas  requieren coordinación  y  decisiones  comunes. De  todas  ellas  se  desprende  con absoluta  claridad  que  las  soluciones existen, pero existen en la medida que la  dirigencia  política  tenga  el  firme propósito  de  implementarlas  y  si, además, se  logra crear conciencia en la sociedad en su conjunto. Lo apenas señalado, a lo que por obvias razones todos adherirían sin dudarlo, no es un dato  menor  y  mucho  menos  una declaración de principios

Exige adoptar severas medidas, entre ellas la de “invertir más para lamentar menos”, que es uno de  los  ítems del excelente documento del  Instituto de Estudios  de  Conflictos  y  Acción Humanitaria (IECAH) en el que se analizan en profundidad las acciones realizadas  en  el  terremoto  en  Haití  y  el tsunami  en  el  Índico,  donde  casualmente  se  reitera  la  coincidencia  en ambos  fenómenos  de  fallas  que hubieran  sido  fácilmente  salvables  y que –entiendo– se aplican a todos los casos de emergencias graves. Es muy difícil  enfrentar  una  catástrofe  con éxito  allí  donde  faltaron  previamente las  inversiones  primarias  que  aseguraran  el  funcionamiento de  los  servicios básicos, la libertad mínima en las vías de evacuación, la educación de la sociedad en los procedimientos a realizare, el entrenamiento  continuo  de  los emergentólogos  y una  fuerte  capacidad hospitalaria y de auxilio organizado.

Sin duda alguna,  juega un papel  fundamental el contar con un marco jurídico  adecuado,  que  solo  es  posible con un plan nacional concreto de protección  civil que  involucre  al  sistema federal  en  el  cual  vivimos  y  genere una  respuesta  global  para  la mitigación  y  posterior  reconstrucción  ante la  tragedia.  Conllevará  también  los acuerdos  bilaterales  o  multilaterales que aseguren la efectividad de los planes.  Sin  duda,  también  resulta imprescindible  disponer  de  un  inmediato mando único que asegure la unidad de acción. Pero nada de  lo dicho previamente  será muy  útil  si  no  hay un entrenamiento previo conjunto y si los  actores  que  intervienen  recién  se conectan  en  medio  de  la  crisis.  Las Fuerzas  Armadas  y  de  Seguridad deberán  cumplir  un  rol  fundamental desde  el  surgimiento  de  la  situación. Hay  que  evitar  el  vicio  de  recurrir  a ellas únicamente cuando la crisis esté ya  avanzada  o  se  encuentre  fuera  de control.

Debemos  entender  que  todas  estasprevisiones  –sobre  todo  en  países como  el  nuestro,  que  no  tienen  una amenaza  grave  predeterminada– deben  tener una  intención generalista y  aplicable  a  cualquier  crisis  que pudiera  surgir. Ya  tuvimos muchas  a lo  largo  de  nuestra  historia  y  esos hitos aún mantienen un fuerte impacto  social  con  solo  nombrarlos. Llámese Cromañón, AMIA, inundaciones en el litoral o la tragedia de Once, por citar solo algunas de  las últimas. Todas  requirieron  de  respuestas serias, no siempre dadas, tanto en  la  inmediatez del drama como en el “día después” de cada uno de los damnificados.

El daño  inicial, por  lo general, cuenta con  el  acompañamiento  dirigencial  y un  fuerte compromiso social. Qué no decir  de  la  solidaridad  de  nuestra gente en la situación vivida hace algunas semanas. Pero el efecto pasa y el mundo sigue su curso,  con  nuevos  problemas, con  la cotidianidad  de  la  vida. Quizás  sea  éste el  momento  en el  que  el  sector  damnificado  queda “congelado” en el día de la pérdida, en la  desaparición  del  ser  querido,  en  la destrucción material  o  en  la  ausencia de las amadas “nimiedades” que hicieron  la historia de su vida; ahí es cuando  comienza  la  segunda  y  no menos importante parte del conflicto, aspecto que bien conocemos por los incesantes suicidios  de  los  excombatientes  de Malvinas.

El Estado debe  invertir, debe planear y entrenarse  para  las  catástrofes  por venir,  debe  saber  brindar  esa  ayuda inmediata  e  intervenir  posteriormente de  manera  organizada  y  efectiva.  Al hacerlo,  permitirá  a  los  damnificados, haciendo uso de su resiliencia, recuperar cuanto antes su dignidad y volver a la  normalidad  en  el  tiempo más  corto posible.  En  referencia  a  la  resiliencia, esa actitud que permite resurgir de una grave  crisis  requiere,  sin  dudas,  de valores internos en cada persona, pero el Estado juega una contraparte fundamental:  deberá  crear  las  condiciones asistenciales,  económicas  y  psicológicas que generen un ambiente protector adecuado que  además  se  sostenga  en el tiempo.

Las  advertencias  de  los  expertos  en cambio  climático, más  las  crisis  energéticas  y  sociales,  auguran  un  difícil mundo  por  venir,  y  la  región  tiene adversos  indicadores  estructurales para enfrentarla. No se  trata de asustarse, sino de actuar en consecuencia. No  tiene  componentes  apocalípticos, como  plantea  la  poco  recomendable película de  Roland  Emmerich,  El  día después  de  mañana (2004),  donde terremotos,  tifones  y  huracanes  arrasan  con  la humanidad. Por  el  contrario, pasa por la serenidad y la reflexión profunda  que  permitan  dar  las  respuestas  que todos  esperamos.  Esas respuestas requieren de profesionalismo y de una cuota seria de criterio y compromiso  que  debe  ser  sostenida en el tiempo; es por eso vital comprometer  a  todo  el  espectro  político nacional, por ser esas acciones costosas  y  complejas,  donde  cualquier cambio es lento y poco recomendable. Con ese compromiso se puede pensar en un  futuro donde  la valiosa generosidad,  solidaridad  y  compromiso social  sean  un  complemento  de  la acción  y no  lo primordial  al  enfrentar la catástrofe.

Reconstruir la vida de quienes pierden todo  es  una  responsabilidad  política, sin  excusas,  donde  la  previsión  es  la única  garantía  para  enfrentar  los menores males posibles.

La guerra sin fin

“Lo particularmente preocupante es cómo estas organizaciones criminales corrompen las instituciones democráticas y el uso que hacen de la violencia para penetrar sus estructuras. Para derrotarlas se requiere el esfuerzo de todos los países y es imprescindible una respuesta regional”.

Frank Mora, ex subsecretario de Defensa de EE.UU. Seminario “El Hemisferio Americano: desafíos del desarrollo y la seguridad” (Fundación Taeda / George Washington University, 2010)

Ryszard Kapuściński (1932-2007) fue un multipremiado periodista polaco, corresponsal de decenas  de conflictos a lo largo del mundo, y autor de destacados libros, entre ellos Los cinco sentidos del periodismo. Kapuściński definió, precisamente, el concepto del “mal periodismo” como aquel en el que solo encontramos la descripción de los hechos, sin conexión o referencia alguna al contexto histórico. Al volver sobre el tema del narcotráfico, nuestra publicación intenta una vez más contextualizar el fenómeno, en el intento de alertar sobre las gravísimas consecuencias que la “cartelización” del tráfico de estupefacientes y sus derivaciones puede provocar en todo el continente. Desde hace muchos años, DEF intenta decodificar las ramificaciones de este flagelo mundial y cómo afecta a todos los estratos sociales sin distinción, pero sobre todo, a las capas más vulnerables.

Allí donde el narcotráfico se ha hecho fuerte, hemos estado presentes: así fue como nos adentramos en la selva colombiana y en las favelas de Río de Janeiro; nos ocupamos del fenómeno de las maras en El Salvador y Guatemala, y recorrimos Bolivia y la zona andina, seguimos de cerca el crecimiento de los Carteles mexicanos y analizamos a fondo el fenómeno global en el seminario que organizamos en la capital norteamericana en noviembre de 2010. Fue  allí, junto a académicos, intelectuales, militares y civiles de distintas agencias estadounidenses y latinoamericanas con responsabilidades en temas de narcotráfico, que nos enfocamos en los desafíos de la seguridad hemisférica, dentro de los cuales el tráfico de droga y el lavado de dinero estuvieron al tope de las prioridades.

Un análisis muy breve del desarrollo del narcotráfico en la región, en los últimos 50 años, es el siguiente:

• Al inicio de la década del 70, el presidente Richard Nixon lanza una batalla frontal contra las drogas, se concentra básicamente en la marihuana y es tolerante con la cocaína que, para la época, era considerada de consumo menor por parte de un grupo de intelectuales y artistas. Se inicia así el crecimiento del tráfico de cocaína, mientras la heroína, la marihuana y otras drogas psicoadictivas, disminuyen. En pocos años, los traficantes colombianos dominan el mercado ilegal, con una fuerte concentración en la exportación de droga hacia EE. UU., mientras que en Bolivia y toda la extensión andina, crecían cientos de miles de hectáreas de coca con la que, además, esos pueblos mantienen un vínculo cultural ancestral.

• Década del 80: el creciente desarrollo e incremento del consumo de cocaína, sumados a ingresos incomparables en relación a cualquier otra actividad económica, llevan rápidamente a la conformación de un mercado mayorista y a la consolidación de los Carteles colombianos, entre los que se destacaron los mundialmente conocidos Medellín, Cali y Norte del Valle. Nacen, además, ahí, personajes míticos vinculados al delito, entre ellos Pablo Escobar Gaviria (ubicado por la revista Forbes como la séptima fortuna del mundo en 1989), líder sanguinario y carismático para su pueblo, abatido finalmente en 1993.

• Década del 90: se caracteriza por el inicio de la desarticulación de aquellos Carteles colombianos, la expansión de los cultivos de coca hacia las fronteras agrícolas, la búsqueda y obtención de protección tanto de la guerrilla como de los grupos paramilitares en Colombia y la brutal escalada del conflicto interno en el país cafetero.

• Década del 2000: al inicio de la década el área cultivada de coca en territorio colombiano representaba el 67 % de la superficie mundial, pero ya se empezaba a vislumbrar el desplazamiento hacia México, tanto en la toma de decisiones, como en el tráfico propiamente dicho. Allí se encumbraría el Triángulo de Oro (Chihuahua, Durango y Sinaloa), donde las organizaciones como el Cartel de Juárez, el de Tijuana o los Zetas –para citar solo un par– concentrarían la masa del tráfico de drogas hacia EE. UU. Desde allí iniciaron un escalada del delito que al final de la década tendría más de 30.000 muertos y una disputa por el propio control de sectores del país con el Estado mexicano.

• Década del 2010: Mientras se desarrolla esta década y producto de la guerra sin cuartel librada contra los grandes centros de cultivo y comercialización, tanto en Colombia como en México, se incrementa el desplazamiento e instalación de narcotraficantes y actividades ilícitas en otros países de la región. En aquellos vecinos más permeables en sus fronteras se anidaron muchos responsables del narcotráfico y, desde allí, dirigen sus actividades delictivas hacia el mundo. Estos movimientos modificaron el mapa general de gestión y comercialización de la droga en gran parte del continente.

En esta obvia simplificación, que por razones de espacio nos permite solamente analizar los liderazgos por décadas y dejar de lado la multiplicidad de actores y las diferentes acciones que ellos generaron en otros países de la región, nos da la posibilidad de analizar un mínimo panorama global. EE. UU. reúne la masa del consumo de estupefacientes. Colombia, Perú y Bolivia, la masa de plantaciones de coca y su proceso de transformación en cocaína. México concentra hoy la comercialización. Por su parte, Brasil y la Argentina se han transformado en importantes países de consumo y de tránsito de la droga hacia Europa y otros destinos.

Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando hablamos de consumo de drogas? ¿Hablamos de un problema social? ¿De un problema vinculado a los delitos comunes? ¿Hablamos de un problema vinculado a la libertad de las personas? Todas estas preguntas y muchos otros puntos de vista son analizados a diario en este drama multicausal que nos involucra a todos.

Vamos a los números, porque estos nunca mienten: se calcula que el crimen organizado moviliza alrededor de 870.000 millones de dólares al año. Esta cifra increíble genera en la economía mundial un marco de criminalización que puede volver vulnerable a cualquier Estado. De esos recursos, se calcula que 320.000 millones son los que maneja el narcotráfico, 140.000 millones provienen de las apuestas ilegales y 32.000 millones corresponden a la trata de personas, entre otros delitos. Obviamente, todos cruzados e intervinculados. Relacionados además, y sin excepción, con el lavado de dinero. Con un mundo en una grave crisis financiera,  ávido de recursos y de necesidades económicas, debemos evitar caer en la ingenuidad de imaginar a un Al Pacino cargado de anillos y con una sierra eléctrica matando al dealer enemigo (recuerden la escena de Scarface /Brian De Palma/1983). Pensemos, en cambio, cuántos miles de elegantes banqueros y ejecutivos,  sucumben ante la tentación del dinero fácil proveniente del narcotráfico, para solucionar sus graves problemas de financiamiento en el complejo mundo actual.

Solo para darnos una mínima idea, podemos decir que estos datos referidos a los recursos que maneja el delito internacional, suministrados por Interpol y Naciones Unidas, son superiores en 100.000 millones de dólares a todo el presupuesto de defensa de EE. UU. y representan cuatro veces el presupuesto federal de México, uno de los actores regionales que sufre este flagelo con más intensidad. De ahí que cuando hablamos de seguridad hemisférica, tal como quedó muy en claro para DEF luego de participar del seminario en Washington, la preocupación mayor está ligada a la capacidad de penetración de estas organizaciones y a la vulnerabilidad que provocan en gobiernos y sus sistemas públicos y privados.

Hasta aquí el diagnóstico, quizás elemental, pero contextualizado, como requería Kapuściński. Ahora debemos pensar qué hacer para resolver este dramático tema multicausal, que tiene mil recetas, que tiene centenares de especialistas y opinólogos, las más de las veces enfrentados entre sí, a veces por signos ideológicos, otras veces por razones políticas, o puntos de vista academicistas o humanistas, las más de las veces alejados de la realidad cotidiana. Estas circunstancias permite que la inacción sea aprovechada por el delito para progresar día por día en la vulneración de todos los estamentos sociales.

No hay dudas de que la desventaja en la lucha contra los narcotraficantes es muy grande, habida cuenta de que para ellos no importan las leyes, no hay reglas ni fronteras, no hay obligaciones ni reglamentos que cumplir. Es por ello que esos multimillonarios recursos sin control deben ser enfrentados recurriendo a sistemas que muchas veces no se adecuan a las necesidades del ahora. La seguridad hemisférica debe hacer pie en sistemas confiables de información e inteligencia. Esos sistemas no deben vulnerar las leyes nacionales ni las garantías individuales, pero deben permitir llegar en tiempo y forma a desarticular los delitos que ponen en jaque a toda nuestra sociedad. Para poder lograrlo, se requiere de una intensa cooperación internacional. Lo cierto es que esta verdad de Perogrullo casi nunca se cumple, ya que al estilo de las viejas películas de la Guerra Fría, las “agencias” poco o nada comparten en esta guerra sin cuartel. Sea por celos profesionales o por enfrentamientos históricos, estos organismos nacionales pocas veces intercambian información vital, actúan como entes burocráticos fragmentados y entre los cuales la desconfianza es el pan de cada día. Una obligación primaria de las cabezas de los gobiernos de la región es dar una respuesta a este fracaso de décadas, creando un sistema confiable tanto en lo humano como en lo tecnológico, para actuar en forma coordinada y efectiva contra este enemigo implacable.

Otro aspecto que parece clave, y en el que las Naciones Unidas, la OEA  y los gobiernos de cada país del continente deberían concentrar un esfuerzo superior, radica en la creación de un consenso de medidas comunes que eviten la generación de hendijas por las que el narcotráfico, siempre atento y vigilante, pueda colarse. Un nivel básico e imprescindible de radarización y control aéreo de las fronteras (donde casualmente la Argentina es muy deficitaria) y sistemas nacionales de control efectivo de lavado de dinero (donde también nuestro país presenta serios problemas) son básicos entre un abanico de medidas que es necesario adoptar de inmediato. También hay que analizar en forma conjunta la posibilidad de una despenalización de las drogas blandas, que hoy algunos países intentan institucionalizar en forma aislada. Se trata de medidas que deberían consensuarse, luego de profundos estudios y decisiones conjuntas. Hoy son muchos los que, ante el fracaso de la represión y las innumerables causas judiciales vinculadas al consumo personal de estupefacientes (básicamente marihuana), piensan que permitir su posesión y consumo bajo ciertos límites bajará el rédito del negocio y las posibilidades del delito, entre ellos figuran el intelectual y expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, acompañados por los expresidentes de México y Colombia, Ernesto Zedillo y César Gaviria, respectivamente, junto con otros destacados líderes de opinión, como el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa.

Es justo reconocer que los dirigentes políticos y empresariales manifiestan a diario su preocupación por la juventud, por los más necesitados y desvalidos, por el respeto de los derechos humanos y de las libertades individuales. ¿Quién podría oponerse a esta mirada humana, sensible y romántica, que apela a lo mejor de cada uno de nosotros? Indudablemente, nadie. Sin embargo, no podemos dejar de advertir que esos mismos dirigentes políticos y empresariales tienen una mirada esquiva hacia la proliferación del alcohol entre esos mismos jóvenes y desvalidos. Así la publicidad y el entorno hacen que aceptemos que el acceso a la belleza, a las “rubias del verano” y a los jóvenes más excelsos, junto a los autos de marca y a todo lo que destacamos como cool, sea aquello a lo que se accede a través de las marcas de moda que promueven el alcohol. Esas que llegan a diario a nuestros jóvenes, provocadoras de excesos de los cuales la sociedad adulta no se hace cargo y que son las puertas de acceso de accidentes, la puerta a los estupefacientes y a situaciones fuera de control. Quizás mañana se sumen las drogas blandas, sinónimo de libertad y que cuentan con buena mirada social, pero que podrían ser el paso previo a drogas duras o sustancias sintéticas que nos lleven a “vivir la vida loca”. Esa mirada marquetinera, cada día más socialmente aceptable, hace que, por ejemplo, las metanfetaminas se “estrenen” en megaeventos de música electrónica o actividades afines que llevan a nuestra juventud al convencimiento de que es algo que merece ser vivido.

No hay verdades universales, pero sí, quizás, haya recetas comunes que deben ser ensayadas, todas con una discusión previa seria y responsable y con un profundo sinceramiento social. Hace años que el narcotráfico y las actividades a él vinculadas, encabezadas por el lavado de dinero, vienen ganando la batalla y, peor aún, ganan el combate del día a día. Hace años que las grandes organizaciones supranacionales fracasan, los Estados fracasan y las fuerzas de seguridad e inteligencia responsables fracasan. Quienes pagan las consecuencias de esos fracasos, bueno es decirlo, son casi siempre los más jóvenes y los más vulnerables. Aquellos de quienes nos jactamos de ocuparnos todos los días.

Los cementerios de América, de sur a norte y de este a oeste, desmienten esa protección.


 

You need to log in to vote

The blog owner requires users to be logged in to be able to vote for this post.

Alternatively, if you do not have an account yet you can create one here.