EE.UU. y la región: De la burocracia a las grandes estrategias

¿Qué condiciones se dieron en la historia de América Latina para que formar parte de la “gran estrategia norteamericana”? Hasta el presente hemos vivido dos irrupciones de una gran potencia en la región, Gran Bretaña y EE.UU. La tercera podría estar cerca… 

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Uno de los estudiosos más importantes‎ de la relación entre los EE. UU. y América Latina, Abraham Lowenthal, en sus escritos de los años 70 y 80, solía destacar que una de las constantes que presentaba esa relación era la postura de Washington de ver a la región como una zona “dada”, no amenazante, y que por medio de políticas burocráticas más o menos coordinadas de las agencias estatales se podía articular.

Esa “normalidad” se veía interrumpida por eventuales factores externos que obligaban a asumir políticas y estrategias más activas, articuladas y de largo plazo, o como se denomina en los pasillos de poder en EE. UU., grand strategies, usualmente reservadas para zonas estratégicas más calientes durante el siglo XX, tales como Europa y Asia.

¿Cuáles eran esos eventos que alteraban la parsimonia burocrática en la relación con los Estados latinoamericanos? Básicamente, la percepción y las evidencias de un rol activo y amenazante de una gran potencia estratégico-militar extracontinental. En el primer caso, la Alemania nazi y en menor medida su aliado, el fascismo italiano en la década del 30, en especial en la entonces poderosa y próspera Argentina y en el separatista sur del Brasil. La decisión de Roosevelt fue articular lo que se denominó la “política del buen vecino”, tendiente a reforzar los vínculos políticos, diplomáticos, militares, comerciales y económicos de EE. UU. con los países del área.

El fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazifascismo desactivaron en gran medida ese interés prioritario. Entonces, el foco de atención total pasaba a la necesidad de reconstruir y estabilizar Europa occidental y Japón, como forma de contener la poderosa influencia del otrora atractivo ideario comunista con base en la URSS de Stalin. Como el gran historiador y geopolítico americano Goerge Kennan escribió en su “largo telegrama” desde la Embajada americana en Moscú a Washington a pocos años del fin de la conflagración mundial, el mayor riesgo para la seguridad de EE. UU. no pasaba, en el corto o mediano plazo –y aun en el largo–, por una agresión militar abierta y total de los soviéticos, sino por su penetración política, electoral, social y de inteligencia dentro de las destruidas sociedades europeas y asiáticas. El fiel aliado americano que había sido Brasil entre 1940-1945 no tenía espacio en esa nueva etapa de los intereses globales y estrategia de la contención al comunismo. Usando un ejemplo ferroviario, si bien la Argentina “no se subió” al tren de la hegemonía americana post 1945 (entre otros motivos, por nuestra inercia a apostar al Reino Unido, la falta de complementación de nuestro sector agropecuario y el de EE. UU., y el ascenso del peronismo y su lema “Braden o Peron”), el Brasil de Getulio Vergas y sucesor fue invitado a bajarse del tren o trasladarse a los últimos vagones.

La crisis de los misiles de 1962

Pero en las vueltas y giros de la historia‎, América Latina volvería a ocupar la atención y a generar una nueva grand strategy. Se produjo, inesperadamente, en la tropical Cuba, con el ascenso de Fidel Castro y su alianza con el comunismo soviético a comienzos de los años 60.‎ En ese escenario, contra todos los pronósticos, el caminar por la cornisa del apocalipsis no se dio, como se esperaba, en las prioritarias tierras europeas, asiáticas o en el golfo Pérsico, sino a unos cientos de kilómetros de Miami, en suelo cubano.

Si el lector quiere tener una visión cabal de esa crisis dramática y con la que el mundo tuvo la fortuna de tener a un estadista prudente sentado en la Casa Blanca como John F. Kennedy, puede optar por el leer el clásico libro de Graham Allison, La esencia de la decisión, o ver la película 13 días. El propio Kennedy y su equipo articularían la denominada “Alianza para el Progreso”, una combinación de impulsos a gobiernos democráticos moderados en la región, reformas agrarias, fortalecimiento de los lazos comerciales e inversiones, o “zanahorias” y “palos”. Con ello, nos referimos al impulso de la enseñanza de estrategias y tácticas contrainsurgentes (o COIN), basadas en la experiencia de los Marines en las guerras de comienzo del siglo XX en Filipinas y Centroamérica, entre otras –todo ello plasmado en el manual operativo de 1940 de esa fuerza–, así como en los conocimientos y la prueba y error de las campañas francesas en Vietnam y Argelia.

El asesinato de Kennedy un año más tarde, quizás un contrafáctico siempre atrayente, generó que de esta amplia estrategia prevalecieran más los palos que las zanahorias en las décadas posteriores. Tal vez, hasta el impulso a la democracia en la región decidió por Washington a comienzos de los 80. El colapso del Imperio Soviético en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991, la existencia de una China comunista pero de buen trato diplomático con EE. UU. desde 1972 –gracias a Nixon y Kissinger– y además procapitalismo desde 1979, generaría un escenario de “fin de la historia” en términos de Francis Fukuyama, y de “momento unipolar” de los EE. UU. (de dos décadas o más), en palabras de Kenneth Waltz.

En el próximo artículo, abordaremos la tercera “irrupción externa” de una superpotencia en la región, que podría volver a activar en Washington una nueva grand strategy. De más está decir que hacemos mención a China y su condición de socio comercial número uno o dos de casi todos los países de nuestro subhemisferio. Y donde la Argentina –swaps para nuestro Banco Central, licitación de represas, la central nuclear Atucha 3, masivas compras ferroviarias y estación espacial en Neuquén mediante–, tiene un papel no menor.

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