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EE.UU y América Latina: ¿el regreso de una ‘gran estrategia’?

Las políticas de la superpotencia hacia la región han estado dictadas en las últimas décadas por acciones individuales descoordinadas, pero la creciente presencia comercial de China plantea la posibilidad de una futura estrategia centralizada para reposicionar a los EE. UU. en Latinoamérica.

Los principales especialistas en las políticas de los EE. UU. hacia América Latina durante el último siglo suelen afirmar que la superpotencia solo ha desarrollado estrategias activas y coordinadas entre sus agencias federales cuando existe un desafío estratégico claro y presente. En ese sentido, recuerdan el temor a una influencia fuerte del nazifascismo en la Argentina y Brasil en la década del 30, o la amenaza del “dominó comunista” a partir de la Revolución Cubana en 1959. Primero, la política del “buen vecino” de Franklin D. Roosevelt, y luego “la Alianza para el Progreso” fueron ejemplo de ello. La combinación de políticas, desde el plano de los gestos diplomáticos, se propuso reforzar los lazos en el área militar y económico-comercial.

Terminadas la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y la Guerra Fría, en 1989, estos pensadores percibieron un regreso a lo que definen como “políticas burocráticas”, o sea, un mayor peso y descoordinación de acciones individuales o sectoriales de las agencias federales estadounidenses. En los años 90 y en lo que va del presente siglo, temas como el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo no tuvieron la suficiente identidad para inducir una nueva “gran estrategia”. Menos aún con desafíos claros y presentes en Irak, Afganistán y Pakistán, así como la crisis económica y el “regreso de Rusia” a la política mundial, y el peso decisivo de China en Asia.

El escenario latinoamericano y, en especial, el sudamericano, está signado por regímenes bolivarianos contestatarios a los EE. UU. -sin que ello implique que más de un millón de barriles de petróleo salgan todos los días de Venezuela hacia la tan criticada potencia mundial-, y por una Argentina que por razones de cálculo político interno, malos entendidos o vaya a saber qué, ha llevado a cabo sucesivos gestos que han deteriorado la relación con Washington.

Desde la reyerta personal con Bush hijo en la Cumbre de Mar del Plata hasta la confiscación en Ezeiza del material que fuerzas especiales de los EE. UU. portaron para un ejercicio de instrucción con la Policía Federal en febrero pasado, se ha acentuado la ya existente inclinación de Washington a consultar más y más con Brasilia y tomarlo como único interlocutor que combina peso específico y coherencia. Esto, dejando de lado que esa “coherencia” no siempre le agrada a EE. UU., dado que está orientada a incrementar la influencia del Brasil sobre el área sudamericana.

En este punto cabe resaltar un aspecto: hacer foco en Sudamérica se transforma en un sutil instrumento idiomático para “sacar” del imaginario a otra potencia como México. Ni que decir a los EE. UU. La tendencia de los bolivarianos y, en cierta medida, de la Argentina, de asimilar lo sudamericano con lo progresista y nacional y popular, no hace más que facilitar esta estrategia brasileña.

Pero a este panorama de por sí complejo, cabría agregarle un factor externo que debe ser atentamente observado: el ingreso de China. La superpotencia asiática ya es el primero o segundo socio comercial de la mayor parte de los países relevantes de nuestra región. Solo en la Argentina de los últimos años lleva invertidos 14 mil millones de dólares. Para nuestros países en general, y para la Argentina en particular, es lo más parecido a la locomotora económica, importadora de materias primas, que fuera Gran Bretaña entre fines del siglo XIX y el XX. Ergo, es un factor central en el boom económico o “viento de cola” que nos favorece desde hace más de un lustro.

Asimismo, China tiende a tener una imagen positiva en un amplio abanico ideológico y de intereses en los países de la región. Los sectores de izquierda y antiestadounidenses la asimilan al gigante socialista que compite y rivaliza con el titán americano. En tanto que los neoliberales tienden a valorar el peso económico, financiero y comercial de China. Nada mal.

La decisión de los EE. UU. de apoyarse crecientemente en Brasil solo puede ser explicada por el contexto regional y, más aún, por la existencia de un abordaje de “política burocrática” y no de “gran estrategia”, dado que no pocos observadores de la política internacional ven de acá al futuro una creciente cooperación entre Brasilia y Pekín en desmedro de la flexibilidad estratégica de Washington.

Para finalizar, retomando el comienzo de este articulo, el decisivo peso económico que China ya ejerce en América Latina tendrá tarde o temprano su correlato en influencia política y en seguridad. En este contexto, estarían dadas las condiciones para que las alarmas volvieran a sonar en los EE. UU., tal como se dio en los 30 y en los 60. Llegado ese momento, tal vez comencemos a replantearnos si se deben poner todos los huevos en la canasta brasileña. Si no es demasiado tarde ya.

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