La mujer: Desafío del siglo XXI

“Hemos roto tantos techos de cristal que hemos creado una alfombra de añicos. Ahora estamos barriendo las ideas preconcebidas y los prejuicios del pasado para que las mujeres puedan avanzar y cruzar nuevas fronteras”. Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas
Mensaje para el Día Internacional de la Mujer 2016

gustavo-gorriz

Hace ya lejanas semanas, se conmemoró el Dia Internacional de la Mujer lo que desató una feroz polémica en las redes sociales y dividió a las románticas, con sus galanes cargados de flores y bombones, de aquellas que mantienen el espíritu reivindicatorio de la igualdad de género. Lo cierto es que es más que entendible el encono de muchas mujeres que rechazan una flor y se lo gritan al mundo no solo cada 8 de marzo, sino también todos los días; porque sin duda la mujer es el ser más explotado en la historia de la humanidad. Quizás esto parezca una aseveración exagerada; sin embargo, la invisibilidad que la mujer ha tenido a lo largo de los siglos es la que ha posibilitado que esta explotación se concrete puertas adentro y también muchas veces en la plaza pública –hasta la Biblia lo atestigua– ante la mirada indiferente de sociedades patriarcales donde esta práctica era aceptada sin miramientos. Precisamente, esto es lo que muestra en estos días la multipremiada película Mustang, ambientada en un pequeño pueblo turco, en el que cinco hermanas adolescentes entre doce y quince años quedan envueltas de manera inocente en un escándalo que pone en juego la moralidad de su familia. Entonces, la familia no encuentra mejor salida que acordar rápidos casamientos ante la mirada rebelde y cinematográfica de la menor de las jóvenes. Extraordinaria y trágica historia de nuestra época, de pleno siglo XXI. Creo que este espejo de la realidad habla más que mil palabras, y aunque es verdad que muchísimas cosas han cambiado, otras no lo han hecho para nada. Porque para la conmemoración del Día Internacional de la Mujer faltaron tristemente las jóvenes mochileras mendocinas, Marina Menegazzo y María José Coni, que como todos saben fueron asesinadas en Montañitas, Ecuador; dolorosa historia ocurrida justamente en aquellos días de consideración hacia la mujer, cuya repercusión desde el momento mismo de la desaparición de las jóvenes expuso el terrible problema cultural vinculado con el género que aqueja a nuestra región y a muchos lugares del mundo, y que se refleja en comentarios que resaltan el “peligro de viajar solas”, hasta los dichos formales de una olvidable y ya renunciada funcionaria ecuatoriana, que aseguró que eso les iba pasar tarde o temprano por viajar a dedo. Otro caso notable y similar al anterior es el que ocurrió hace casi un año atrás en Turquía, donde el conductor de un minibús en la provincia sureña de Tarsus intentó violar en la ruta a su única pasajera y ante su resistencia, terminó acuchillándola hasta matarla. Finalmente, con ayuda familiar, el asesino desmembró y quemó el cuerpo de la joven, que finalmente fue hallado, lo que permitió que los culpables confesaran. En Estambul, Ankara y otras importantes ciudades del país, se tomaron las calles en protesta por el crimen de Özcecan Aslam y por otros asesinatos machistas. Sin embargo, algunos periódicos nacionalistas terminaron poco más que acusando a la víctima y editorializando sobre las minifaldas y escotes que “te llevan a la muerte”.

En nuestro país, la extraordinaria repercusión de la campaña “Ni una menos”, iniciada entre otras por la reciente premiada periodista gesellina Marcela Ojeda, no hace sino corroborar la conciencia generalizada del peligro que aun hoy representa ser mujer en sociedades que consideramos civilizadas. Las dificultades se extienden mucho más allá de la violencia de género y está claro que abarca las posibilidades laborales, el acceso a puestos destacados, la retribución por el mismo trabajo y las mismas horas de dedicación comparados con el hombre, las dificultades de aunar las tareas del hogar y el trabajo.

Es verdad que esa invisibilidad que permitió todo tipo de abusos descendió brutalmente, por lo menos en el mundo occidental. Ello ocurrió con el advenimiento de la Revolución Francesa. Allí las mujeres comprendieorn que la lucha de género no entraba en la lucha de clases en desarrollo. Fue entonces en 1791, es decir, pocos años más tarde, que se redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, primer documento histórico de una emancipación que aún batalla por su destino. De ahí en más, cada paso costoso, por cierto, fue dado las más de las veces en la dirección correcta. Uno de los rasgos del siglo XX ha sido la irrupción de la mujer en espacios tradicionalmente destinados al hombre. El sufragio universal y el derecho a presentarse como candidatas al Parlamento, a partir de la experiencia pionera de Finlandia en 1906, fue el puntapié inicial de una serie de conquistas que permitieron la emancipación de la mujer en el mundo occidental. En la Argentina, nombres como los de Julieta Lanteri, Cecilia Grierson y Alicia Moreau de Justo encarnaron esta lucha que condujo en 1952 al sufragio femenino, durante el gobierno del general Juan Domingo Perón. Solo a título ilustrativo, hoy tenemos 15 jefas de Estado en el planeta y, solamente en América Latina, tuvimos en las últimas dos décadas siete mandatarias mujeres.

En el ámbito laboral, bajo el slogan “Pan y rosas”, el 8 de marzo de 1909 unas 15.000 mujeres marcharon por Nueva York exigiendo mejores condiciones de trabajo. En 1923 el Capitolio sancionó en EE. UU. la Equal Rights Amendment, con el objetivo de garantizar la igualdad de derechos para ambos sexos, pero quedó sin efecto al no lograr la ratificación de todos los Estados de la Unión. En 1951, finalmente, la presión internacional surtió efecto y el Convenio C-100 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) consagró el principio según el cual “la expresión igualdad de remuneración entre la mano de obra masculina y la mano de obra femenina por un trabajo de igual valor designa las tasas de remuneración fijadas sin discriminación en cuanto al sexo”. En Europa y EE. UU., durante la posguerra, surgieron nuevas voces que se sumaron a la lucha por los derechos de la mujer, enfocadas ya no solamente en el plano laboral sino también en el de los derechos sexuales y reproductivos. En la década del 60, la píldora anticonceptiva marcó un punto de quiebre al permitirles a las mujeres planificar su maternidad. Más tarde, en los años 70, surgiría el debate sobre el aborto, un tema que aún sigue siendo muy sensible y sobre el que no existe una respuesta uniforme en todo el planeta. En 1979, en el seno de la ONU, se aprobó la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación de la Mujer (CEDAW), que incluye la obligación por parte de los Estados firmantes de adoptar las medidas apropiadas para “suprimir todas las formas de trata de mujeres y explotación de la prostitución de la mujer”. A pesar de estos grandes avances, aún quedan regiones del planeta terriblemente relegadas. Baste como ejemplo, el hecho de que aún se practica la ablación genital femenina, situación que han padecido, según cifras de Unicef, unas 200 millones de mujeres y niñas en todo el planeta. Solo esta aberración nos permite omitir cualquier otro ejemplo vinculado con el abuso que aún sufren las mujeres en el mundo hoy globalizado.

Mucho ha mejorado todo, pero aún en el siglo XXI es fácil observar la desigualdad de género. Por ejemplo, la revista española Elle ha hecho un magnífico trabajo, ya que cumpliendo la antigua premisa acerca de que “una imagen vale más que mil palabras”, retiró las imágenes del sexo masculino de todos los ámbitos de poder donde estaban fotografiados. El desolador resultado puede verse, además, en un breve corto en Internet de poco más de un minuto, donde los paupérrimos porcentajes de mujeres que quedan entre sillas y espacios vacíos resultan alarmantes. Y ello aplica tanto a los ámbitos ejecutivos, como a la justicia y los parlamentos, a la televisión y por supuesto a las empresas y organizaciones internacionales, lo que prueba de manera absoluta que el mundo es aún hoy cosa de hombres.

La ONU ha dado un paso adelante –veremos en el futuro próximo si de manera eficiente o no– cuando el año pasado logró colar en la Agenda del Desarrollo el objetivo idílico de alcanzar la igualdad de género en un trabajo conjunto a realizar por todos los países miembros con un techo fijado en el 2030. Decimos “idílico”, no solo por el buen trabajo mostrado por la revista Elle, no solo porque la propia Michelle Bachelet (en el 2013 y siendo directora de ONU Mujeres) había vaticinado 200 años de trabajo para obtener ese logro, sino básicamente porque la desigualdad entre hombres y mujeres tiene características estructurales en todos los ámbitos, pero sobre todo, tiene raíces culturales profundas, cuya erradicación definitiva seguramente requerirá de un trabajo en la educación de generaciones enteras. Por otra parte, cuando decimos que se trata de un problema “cultural” y que excede los miles de datos fácilmente corroborables, creemos que ello es fácil de comprender, aun más allá de todos los datos objetivos conocidos, como queda claro por ejemplo en una encuesta que la consultora Ipsos realizó en más de veinte países y donde la incomprensión cultural quedó manifiesta en la incongruencia y confrontación entre dos preguntas realizadas. La primera de ellas, que tuvo un 88 % de aceptación, estuvo vinculada a si se creía en la “igualdad entre hombres y mujeres”; la segunda, con un 91 % de aceptación, fue la convicción de que “en la actualidad existe desigualdad entre mujeres y hombres”. Esta situación donde chocan pensamientos, deseos y creencias con la propia realidad es casi más elocuente que una fotografía con cuarenta sillas vacías y tres mujeres sentadas. Lo demás son solo datos fríos que simplemente lo confirman. La ONU afirma que las dos terceras partes de los adultos analfabetos son mujeres, que aún en el 2010 un 26 % de ellos contraen matrimonio siendo menores y sin consentimiento en el África subariana y en el Asia meridional, que la fuerza laboral del mundo está integrada por un 70 % de hombres y apenas un 50 % de mujeres con remuneraciones, a igual tarea, menores en un 20 o un 30 %. También en la vida pública han avanzado muy poco, solo el 22 % tiene lugar en los parlamentos y el 18 % son ministros en los poderes ejecutivos. En direcciones o gerenciamiento de empresas y apenas en la mitad de los países estudiados, alcanzan el 30 % del total.

Es tremendamente curioso que estemos escribiendo y discutiendo sobre estas obviedades, mientras existen drones, hologramas, nanotecnología y hasta órganos artificiales que nos cambian la vida diariamente. Aunque esto deja de ser curioso cuando pensamos que las jóvenes mendocinas que pecaron por viajar solas y la estudiante turca que volvía a su casa como todos los días, faltan de este mundo de manera inexplicable. Por eso, la libertad, la capacidad de decidir, de sentirse iguales y de desnaturalizar la violencia de género en todas sus formas es nuestro desafío global; porque no solamente se trata de la creación de nuevos modelos femeninos, sino más bien de la posibilidad de incluir modelos masculinos educados en ese concepto de absoluta igualdad, cometido intenso y difícil que la ONU se ha fijado para dentro de pocos años.

Porque cuando hablamos de este problema como de un tema “cultural”, de una cultura guiada por hombres durante siglos, con conductas misóginas muchas veces nacidas de las propias creencias religiosas o sostenidas por famosos pensadores o filósofos, debemos agregar que también muchas mujeres han hecho de ello su propia cultura. Por eso es aquí donde el hecho cultural impone comprender el valor de la “presencia femenina”, no como una cuestión de cupo ni de una cantidad de mujeres que actúen como hombres, sino de una especial manera de ver y de sentir, una sensibilidad, una forma de influir desde otro lugar, imprescindible en toda organización y clave para afrontar los desafíos de un mundo globalizado y en constante desarrollo tecnológico. Ese objetivo de la ONU de igualdad de género para el año 2030 debe estar muy lejos del número y muy cerca de volverse el complemento del “otro género”, sumar su mentalidad, su criterio y su sensibilidad en la toma de decisiones del futuro.

Ojalá, hombres y mujeres tengamos la energía vital para no desviarnos del camino emprendido.

Publicado en: Editorial
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