“Hay que enseñar a mirar”

Ya acumula más de 55 años de carrera, pero Aldo Sessa sigue viviendo la fotografía con la misma intensidad del recién iniciado. Recibió a DEF en su estudio del pasaje Bollini e inmediatamente nos invitó a un recorrido guiado por todos los rincones de la antigua casona. Por Juan Ignacio Cánepa.

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No solo se encuentran allí exhibidas algunas de sus obras más conocidas, sino también una completísima colección de cámaras fotográficas, que incluye desde ejemplares de las primeras máquinas de daguerrotipo, hasta las últimas digitales, pasando por modelos especiales diseñados para mujeres de principios del siglo XX -con una colorida carcasa y un espejo para retocarse en la parte posterior-, y cámaras para espías y detectives disimuladas en bastones y paraguas. Uno de estas últimas pertenecó a un abuelo del fotógrafo. “No las adquiero con afán de coleccionarlas, sino más bien para rescatarlas y que queden en el país”, señala Sessa, quien también posee una amplísima colección de fotografías antiguas. “Me pareció una obligación moral comprarlas en la medida en que me fueran accesibles”, agrega. Asegura que no están a la venta y que quedarán para que las disfrute la gente.

– ¿Se le prestó atención a la fotografía en Argentina?
– Ni en Argentina ni en el mundo tuvo el vuelo que ha tomado hoy. Originalmente, cuando se descubrió la fotografía, tuvo mucha contra de parte de los escritores, los pintores y de otras ramas de las artes. Apareció por primera vez en 1839. Hasta tanto se pintaba y se hacían muy buenos retratos, pero la fotografía era fidedigna y no se podía dudar. Por lo tanto, fue algo que incomodó bastante. Los primeros en plegarse al uso de la fotografía fueron los pintores. Si uno mira el dorso de muchas fotos antiguas va a ver que el crédito dice “fotógrafo y pintor”.

– ¿Quienes fueron los primeros en utilizar las cámaras aquí?
– La fotografía en Argentina, al principio, en 1850, fue ejercida por fotógrafos extranjeros y algunos argentinos. El primer fotógrafo aficionado fue Florencio Varela, quien, cuando estaba exiliado en Montevideo, vio la demostración que hizo el abate Compte con una de las cámaras de Daguer. A partir de eso decidió comprar una cámara de daguerrotipo. Los tres primeros daguerrotipos tomados en Argentina fueron hechos por fotógrafos norteamericanos. Luego se establecieron aquí. Hubo familias como los Helsdy, que actuaron en Buenos Aires y en Valparaíso (Chile) e hicieron muy buenas fotos.

BELLEZA, OBSESIÓN ARGENTINA

– Usted me decía que en un principio la fotografía incomodó. ¿Hay algo propio de la fotografía que la convierte en incómoda, en rebelde?
– La fotografía siempre fue un arma. Es lo mismo que la pluma en manos de un escritor. En un cierto punto de la carrera de un artista, donde no está cumpliendo un objetivo comercial específico, está libre de hacer, por ejemplo, el retrato que quiere, en la forma que quiere, y no tal vez de la manera a la que la persona retratada le gustaría. Se usa como una herramienta para enfatizar, mejorar o exaltar a la persona de una manera diferente.

– ¿Pero la fotografía no refleja la realidad?
– Sí, pero subjetiva. Es una recreación de una realidad que es la del fotógrafo. Hice muchos retratos: estoy trabajando con el inventario de retratos y voy por el 1600, pero hay muchos más. Al hacer un retrato necesitás hacer una conexión mental que está interferida al principio por el retratado, que no quiere que vos llegues al punto que estás buscando, que quisiera estar como se idealiza frente al espejo. Vulnerar eso y llevarlo a tu terreno, o a lo que a vos te parece que es muy esencial a esa persona, lleva tiempo, hasta que esa relación se pueda afianzar o construir sobre ese encuentro. Por ejemplo, es muy difícil retratar de perfil a un argentino con un mal perfil, porque tiene vergüenza. Me ha pasado con personalidades con un perfil muy interesante, pero que ellos odiaban. Yo los fotografié igual.

– ¿Esto no sucede en otros lados?
– En países con más hábito fotográfico, la gente es más libre. Por ejemplo, EE. UU. es un país muy libre a la hora de fotogra- fiarse. Si se le pide un gesto, lo hacen, no les importa, no se sienten en el estándar de la belleza que es una especie de obsesión argentina. Tanto para las mujeres como para los hombres.

– ¿Recuerda alguna foto en la que haya ex- plotado ese perfil distintivo del que habla?
– A Félix Luna le hice una foto de perfil. A él le gustó, pero Félix Luna de perfil era un cóndor. Me la pidió muchas veces para ponerla al lado de donde él disertaba. En muchos países del mundo, Italia, Francia, Rusia, por ejemplo, se ven caras que te transportan realmente al pasado. Parecen caras antiguas. Hay otros ideales de belleza. Mujeres con narices curvas, que podrían ser madonas o monas lisas. Pero acá hay un ideal de belleza estética, tanto en mujeres como hombres, muy marcado.

– ¿Eso hace más difícil el trabajo?
– Sí, porque todo el mundo espera verse maravilloso. Y el lente no perdona.

EL MISTERIO FOTOGRÁFICO

– Después de tantos años con la fotografía, ¿le sigue encontrando algo misterioso?
– Sí. Es asombroso. En realidad, el invento fotográfico es absolutamente mágico en sí mismo. Y es una magia que se repite. Se busca el momento mágico para fotografiar, lo cual no es fácil. Una sesión de fotos es algo muy profundo en lo que hay que concentrarse y donde hay que tratar de extraer y encontrar, más allá de todas las barreras, algo en esa persona que exprese en síntesis todo. Después viene la magia del revelado. La magia de lo que te olvidaste que hiciste y resurge allí, en esa instancia. Yo uso mucho todavía cámaras analógicas. Ahora, ya con la edad y con el paso del tiempo, esto se transforma en una especie de morbo, porque ya no sé que saqué hace veinte días, no sé lo que espero, me intriga saber qué tengo. En esa penumbra, con la luz colorada… Es un submundo, un purgatorio. Después vienen más momentos mágicos: tener esa película seca sobre un visor, agarrar la lupa de 100 aumentos y ver los detalles de fotos que a simple vista parecen que están bien y encontrar cosas que están mal: una vibración, un ojo semicerrado, alguna impureza que quedó pegada en el revelado. Es decir, hay muchas incógnitas hasta llegar a una copia final.

– Es interesante, porque siempre se habla de la inspiración, de la conexión, pero hay mucho de trabajo.
– Yo soy muy obsesivo de la imagen y vivo sobre ella hasta que la tengo absolutamente decantada. Porque después viene la edición. Sobre 300 fotos, ¿cuál es la foto? Entonces ahí la pensás, la vivís, te vas del laboratorio y seguís pensando. Aunque hagas 5000, surge una. O surgen tres grandes fotos, pero hay algo que se impone y dice todo. O no la tenés. Es otra posibilidad. Me ha pasado no sentir que la tengo. Por ejemplo con gente que he fotografiado mucho, como Mujica Láinez. Le saqué mil fotos, pero te lo sintetizo en dos donde está todo dicho. Eso es lo que sirve.

– ¿Cómo nació en usted esta vocación?
– Fue algo bastante simple para mí, porque mi abuelo había fundado los laboratorios Alex de cine. Era ingeniero, gerente de un banco, pero amaba la fotografía y el cine. Mi abuela y mi madre sabían revelar, y las máquinas de foto estaban al alcance de la mano sobre una mesa. De todas formas, empecé empecé dibujando y pintando. Estudié en el taller de Marcelo De Ridder, donde aprendí todas las técnicas. Mi primera exposición fue a los 12 años en la galería Müller con el grupo del taller. Entonces, viví siempre muy conectado al arte. De golpe estoy de vacaciones y un amigo me dice: “vos deberías sacar fotos”, pero toda la matemática del fotómetro no me atraía. Ledijequemepongalaluzyquemedé la cámara. Terminé con un retrato de su madre, que se lo saqué de espaldas con un sombrero de paja. Una foto igual a que si la hubiera hecho hoy. Ahí me embalé.

– ¿Qué le aporta la técnica del pintor al fotógrafo?
– La formación del pintor es ideal para un fotógrafo: no dudás más de los valores cromáticos, no dudás de la luz, sabés cómo son los volúmenes, sabés qué es la composición, sabés lo que te gusta. La fotografía, por su parte, compensa el encierro y el aislamiento de la pintura.

VISIÓN Y PASIÓN

– ¿Analógico y digital son dos mundos aparte?
– Son dos de los varios mundos, porque, por ejemplo, hice mucho Polaroid hace años. Tuve una beca de Polaroid mediante la cual tenía canilla libre de película. Entonces andaba con un morral donde iba metiendo todas las fotos que hacía. Al final del día me metía en un bar y veía 300 fotos. También me prestaron la máquina que tenía la colección Polaroid en el Soho de Nueva York, una cámara de tres metros de largo y que imprimía en formato de 70×90 cm. Te la daban por un día. Hice cuatro tomas de cinco temas diferentes. Eran naturaleza muertas. Tres quedaban para mí y una para la colección Polaroid. Es más, acabo de comprar una Polaroid nueva y voy a hacer 30 o 40 fotos con esa.

– ¿Adoptó lo digital sin problemas?

– He usado el digital desde que nació. Camaritas de 1,5 megapíxeles, por ejem- plo. Voy adoptando lo que va saliendo. Uso mucho teléfono. Estoy copiando imágenes tomadas con el celular en 30×40 cm.

– ¿Qué piensa de que la fotografía esté al alcance de todos ahora?
– Le hace mucho bien. Al mundo no lo podés parar. Creo, como siempre, que la cámara es una herramienta, lo importante es el fotógrafo. Lo hagas automático o manual, si atrás no está la cabeza del fotógrafo y su visión, no funciona. No digo que exista “el” fotógrafo; existen muchos fotógrafos. Lo que es maravilloso es que cada fotógrafo pueda seguir su camino y pueda aportar su punto de vista con su obra, o sea, que sea consecuente con sus sentimientos y su forma de ver las cosas. No hay un mejor fotógrafo, sino pelotones de fotógrafos mejores, otros muy buenos, buenos, y los que no llegan a serlo nunca.

– Va mucho más allá de la herramienta.
– La fotografía es un mundo en el que personalmente vivo todas las horas que puedo de mi día, no solo las que estoy en el estudio en acción. A veces me despierto a la noche y “pum”, me conecto con una foto y me cuesta volver a dormir. No veo la hora de estar en el taller. Cuando voy a un lugar a sacar fotos tengo caminatas interminables por tres cuadras de un pueblo, ida y vuelta, esperando que amanezca porque no puedo dormir esperando fotografiar. Después hago fotos hasta las 8 o 9 de la noche y estoy más feliz y descansado que nadie, mientras mis asistentes de 25 años
no pueden más. Vivo para la fotografía.

HACER CLICK

– ¿La formación del fotógrafo responde a una currícula determinada o tiene que ver más bien con un oficio?
– No sé cómo se está enseñando foto- grafía hoy, pero creo que el tema va di- recto al hecho fotográfico. Yo me siento un fotógrafo totalmente académico en la formación. Después tengo todos mis sistemas propios y experiencias para ac- tuar de tal o cual forma. Tengo acuñada una frase que dice: “la peor fotografía es la que no se saca”, con lo cual estoy dando piedra libre a que la saques mal. Es mejor que la saques mal a que no exista. Si está vibrada y tiene un gran contenido, es una gran foto. Por ejemplo, si estás delante de una persona en el momento en que le pega un tiro a otra, no importa que esté movida, es una gran foto (de- jando de lado el crimen). Muchas veces me veo en esa situación básica de un chico de 15 años que va a sacar una foto y está pensando si la saca o no la saca. Voy por aproximación. Si veo al Papa que camina y está a 15 metros, primero disparo desde esa distancia; después me acerco a diez, otra vez; y me sigo acercando. Si puedo le hago un macro del ojo. Pero voy al ataque. Probablemente, es lo más parecido a un tigre que va a cazar. Primero atrapa a la presa como puede, después va a la yugular y la liquida.

– Ahora que hay tantos talleres y cursos de fotografía, ¿cree que se enseña bien este arte?
– Hay casos en que se enseña bien y casos en los que se enseña mal. Mi concepto de lo que es fotografía es muy simple. Lo que hay que hacer es despertar en la persona el concepto de lo que vale es su ojo. Hay que enseñar a mirar. El secreto de la fotogra- fía es aprender a ver. Una vez alguien me escribió: “Aldo, usted estuvo en mi casa y pudo ver en media hora lo que yo no pude ver durante mi vida”. Es cierto, porque yo entro a un lugar y “pum”, respiro el volumen arquitectónico; instantáneamente tengo registrados todos los niveles de luz, dónde están las sombras, dónde oscuro, dónde entra la luz; dónde están el norte, sur, este y oeste; qué cara tiene la persona, qué tics tiene. Ese es el secreto. No es más que hacer clic. Esa es mi simplificación, pero es la gran verdad. Enfatizo eso como lo más importante. Y la cuestión de la luz. El resto es una cuestión mecánica. Hago cosas con el teléfono que son iguales a que si las hiciera con la mejor máquina del mundo, o con una de cajón.

– En el campo de la física se discute si la luz son partículas o si son ondas, o las dos cosas. ¿Qué tiene un fotógrafo para decir sobre la luz?
– La luz es un néctar. Es tan importante para mi vida la luz que, si estoy en un lugar sin una cámara, vibro con los ojos observándola. Es como si me pusieras frente al mejor cuadro del mundo, o al mejor es- pectáculo. Disfruto de la acción de la luz. Estudié mucho la luz. Trabajando en Alex, nuestro jefe técnico fue un señor llamado Pablo Tabernero, director de fotografía de muchas películas argentinas. Junto a él nos reuníamos con Juan Carlos Desanzo, Buby Stagnaro y Ricardo Aronovich todos los sábados para hablar sobre fotografía. Todos los fotógrafos de mi época eran muy buenos iluminadores.

– Sé que no le gusta el flash.
– Yo siempre iluminé con luz de bombitas. Mis amigos fotógrafos americanos me in- sistían para que use flash y yo lo odio: para mí el flash tiene olor a flash. Me compré un equipo simple y empecé a trabajarlo como si fuera luz. Así que no se nota. En exterio- res saco blanco y negro. Me empalagué del color. Pero con respecto al color, tengo los conceptos del pintor y lo elijo como si fuera una paleta: hago cosas muy monocromas.

– ¿Adoptó el retoque digital?
– Hago poco. Es inevitable usar una má- quina digital y no usar retoque. Por ejem- plo, en un cielo se ven cosas del sensor o pequeñas basuritas. Te tienta a corregir al- gunas cosas. A veces digo de sacarle un año a una mujer. Si lo razonás, no hay ninguna persona que sepa cómo es su cara en cierta circunstancia, nadie se ve.
sin fronteras.

– ¿Sigue siendo la fotografía un arte joven?
– Ojo que está pisando fuerte en todos los museos del mundo. Hay colecciones foto-
gráficas y curadores fotográficos. Cuando hice mi exposición en el año 89 en el Mu- seo de Bellas Artes – donde tuve 120.000 personas que pagaron la entrada, no fue- ron gratis como ahora-, me di cuenta que la gente estaba muy desinhibida frente a la fotografía. Hacía visitas guiadas y el diálogo con la gente era de una absoluta calidez, les hablaba de mis errores. Me di cuenta que la gente volvía por tercera vez y los impul- saba a sacar fotos. “Todo lo que ven estaba adelante mío”, les decía. “No hice ninguna cosa mágica, hice clic; anímense a hacerlo”. Ahí me dí cuenta que la gente estaba totalmente enganchada con la fotografía. A veces, frente a un cuadro de Bacon o de Rothko, te llega o no te llega, te gusta o te horroriza, pero en realidad tenés una gran confusión y duda sobre si vos estás inter- pretando lo que quiso decir, o si sos culto o inculto, tarado o inteligente. Con la foto- grafía no ocurre nada de todo esto.

– ¿Por qué?
– Es un arte directo, que desinhibe total- mente al espectador. Me encanta cuando la gente me comenta cosas o detalles en mis fotos que yo mismo no vi. En Facebook me pasa mucho. Les contesto, les agradezco y les aclaro que no me había dado cuenta. También con los que se acercan y me dicen que una foto no les gustó. Les pregunto por qué y les doy la razón cuando tienen un enfoque distinto.

– ¿Tiene mucho para evolucionar este arte?
– Sí, muchísimo. Lo que tiene de bueno el digital es que tanto por la tecnología que involucra y la calidad que ha ido adquirien- do, cuanto por los instrumentos con los que se puede sacar fotos (el teléfono, por ejemplo), uno se va ablandando. Por ejemplo, le saqué una foto a un gobernador que tenía al lado mío prácticamente apoyando el teléfono en el piso. Me quedó una foto brutal, porque el tipo parece un escorzo de una estatua. Todo eso te abre una cantidad de nuevas ideas y posibilidades que, usándolas dentro de los cánones de lo que vos buscás, da mucho para la experimen- tación. No sabemos lo que se podrá lograr. La fotografía está ligada a la tecnología y a grandes e incógnitos destinos. Pero siempre va a haber alguien que haga clic. Depende de la lucidez, el gusto, el talento y la suerte, y de todo lo que necesitás en el arte y la vida, que salga algo maravilloso, o una porquería.

Publicado en: Actualidad

Una respuesta a ““Hay que enseñar a mirar””

  1. marta puey dice:

    Tuve oportunidad de conversar con el Maestro Aldo Sessa, de manera circunstancial en oportunidad de una exposición de CCR: momento enriquecedor por cierto.
    Me interesa saber si da cursos y dónde.

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