¿Quién protege a los niños?

Superando una trágica historia familiar que la llevó a vivir lejos de sus hijos, Gabriela Arias Uriburu creó Foundchild-Fundación Niños Unidos para el Mundo, ONG desde la cual trabaja por los derechos de los menores que son alejados de sus familias.

Gabriela Arias Uriburu nació en Brasil en 1965 mientras su padre se desempeñaba como embajador de la República Argentina. A los 23 años viajó a estudiar Ciencias de la Comunicación a Guatemala donde en 1991 se casó con Imad Shaban, empresario musulmán nacido en Jordania, con quien tuvo tres hijos: Karim, Zahira y Sharif. Seis años después, producto de la imposibilidad de superar las diferencias culturales y familiares, solicitó el divorcio y la justicia le otorgó la tenencia de sus hijos. Pese a ello, en diciembre de ese mismo año, Shaban sacó ilegalmente a los menores de Guatemala para llevarlos a Jordania donde vivieron desde entonces. A partir de ese momento comenzó un arduo camino que llevó a Gabriela a los más importantes foros internacionales en su afán de volver a ver a sus hijos, objetivo que a poco andar se transformó en la defensa de los derechos de todos los niños. Simultáneamente, comenzó una importante metamorfosis personal: “Mi corazón estaba deshecho. Mi útero nunca dejó de llorar a mis hijos. Mi nueva misión en la vida me invitaba a dejar mi vieja identidad para tomar la nueva, muriendo y renaciendo por senderos que jamás pensé que podían existir”, explica en su libro Después de todo. A veinte años de esta tragedia que marcó su vida, Gabriela logró que su caso fuera considerado un leading case por los derechos de los niños, que se estudiara en el ámbito jurídico y revolucionara el derecho in- ternacional privado. Considerada una figura mundial en la lucha por los derechos humanos, creó y preside Foundchild – Fundación Niños Unidos para el Mundo-, primera ONG dedicada a abordar la restitución familiar por y para el niño. Nombrada embajadora de la Paz por la organización Mil Milenios de Paz y destacada por diversos organismos nacionales e internacionales, es autora de numerosos libros en los cuales comparte sus vivencias e invita a reflexionar acerca de los vínculos, las relaciones humanas. En la actualidad y producto de su lucha incansable, su coraje y su capacidad de resiliencia, logró la integración cultural y la paz de su familia.

LA TRAVESÍA OFICIAL

-¿Cómo fueron los inicios del camino hacia tus hijos?

-Cuando repentinamente desaparecieron los chicos, tardé tres meses en saber dónde se encontraban. Sentí que me moría, y no hubiera podido salir adelante sin el acompañamiento de mi familia, mis abogados, mis amigos. De a poco tuve que ponerme de pie para poder traspasar el dolor y empezar a transitar un nuevo sendero. Fue un proceso muy duro en el que muchas veces me sentí juzgada, se me cuestionaba si realmente amaba a mis hijos, por qué no iba a vivir a Jordania (desconociendo que al haberme casado bajo la ley musulmana, ir a ese país implicaba correr el riesgo de ser ex- pulsada y no poder entrar nunca más) y hasta cuáles serían las razones que obligaron a Imad a llevarse a los chicos. Yo seguí adelante golpeando puertas y reuniéndome con diversas autoridades y mandatarios a los que tuve acceso. Aunque la mayoría de los especialistas me aconsejaban esperar la resolución de los jueces y abogados, yo, pese a mi total inexperiencia, tenía la certeza de que debíamos llevar el tema a los organismos internacionales para que se tratara como una cuestión de estado en lugar de un problema de particulares. El tiempo me demostró que no me había equivocado y al año logré reunirme con los chicos por primera vez

-Un año es demasiado tiempo.

-Para mí fue una eternidad, pero no lo es si lo comparo con los numerosos casos que conocí de mujeres con historias similares que jamás volvieron a ver a sus hijos después de que fueran llevados a tierras musulmanas. Por eso de a poco comprendí que había que luchar por cambiar el paradigma, que era necesario que se comprendiera que eran los Estados los que debían velar por los intereses de los niños.

-¿Cómo logró que la escucharan?

-Hoy creo que uno nace con un destino a cumplir. La historia empezó a hablarme y inicié un camino que sentí como un bien para todos, incluida la humanidad. Además de aprender a defender mi propia causa, me transformé en una estudiosa de los derechos humanos, de los aspectos raciales y religiosos, mientras buscaba un sentido espiritual a mi tragedia personal. Soy una gran lectora de símbolos. Fue una etapa en la que me involucré en el mundo de los derechos humanos y conocí todo el padecimiento que puede sufrir la niñez. Descubrí al niño desnutrido, violado, desamparado y ese dolor me generó un amor muy grande que amplificó la maternidad en un abrazo a la infancia. Durante años sentí que el mundo se dividía entre quienes llevaban una vida normal y los que padecíamos una situación trágica. Este padecimiento me cambió como ser humano, como mujer y como madre, y me impulsó a llevar adelante la Fundación.

-¿Existía ya alguna legislación que se ocupara del tema del secuestro parental?

-Hasta ese momento lo único que existía era una Convención de La Haya sobre sustracción de menores que tenía la terrible falencia de tratar al niño como un objeto, al punto que se hablaba de “restituir” al hijo a su familia. Siempre se analizaban estas situaciones poniendo el eje en el adulto, cuando el planteo debe estar centrado en el derecho de los menores de no ser separados de sus padres. A partir de la historia de mis hijos empezó a visibilizarse al niño, lo que generó un cambio en la humanidad, en las políticas de estado y en la mirada de la justicia.

-¿Cuando nació la idea de crear la fundación?

-Fue en marzo de 1998. Yo pasé de ser una mamá que cambiaba pañales a encontrarme frente a las más importantes autoridades internacionales contando mi historia, con el convencimiento de que debía involucrar al Estado para tener la posibilidad de entrar a Jordania. Al ver el estupor en la cara de mis interlocutores, me daba cuenta de que me estaba ocurriendo algo terrible para lo que el mundo no tenía solución. Un día al salir de una reunión, destruida, me senté en el bar de las Naciones Unidas, tratando de visualizar cómo seguir adelante y de comprender por qué nadie se ocupaba de un problema que sufría tanta gente en el mundo. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero para mí fue un instante, uno de esos momentos en los que se detiene todo, e internamente pensé que debía hacer una fundación y trabajar por los niños. Así nació la Fundación Niños Unidos para el Mundo, Foundchild.

-¿Cuál era el objetivo primordial?

-Hacer valer sus derechos cuando son alejados de sus familias y brindarles el apoyo necesario para que puedan desarrollarse plenamente. Para crecer y construir su propia identidad, el chico necesita la vinculación con ambos padres, más allá de las nacionalidades, la cultura, la religión o las causas judiciales. Esto no era comprendido en general por los gobiernos ni por los padres, razón por la cual era necesaria una institución que pudiera ejercer el rol de mediadora.

-¿Había algún organismo que se encargara de estos temas?

-No. Fuimos la primera ONG en Latinoamérica en ocuparnos del secuestro parental y la primera a nivel global en abordar la cuestión de restitución y re vinculación familiar y en poner al niño como protagonista de la historia. En un comienzo tratamos de resolver los casos que se nos presentaban, casos que nos hicieron crecer y aprender cómo llevar adelante estos problemas a nivel internacional. De a poco fuimos formando un equipo de abogados, otro de psicólogos y nos convertimos en una organización creadora de proyectos, jurisprudencia y documentos para la infancia. Más adelante nos dimos cuenta de que era necesario crear un marco referencial y empezamos a trabajar con los padres.

-¿En qué consiste el trabajo con los adultos?

-En que esos adultos comprendan que existen diferentes formas o roles en los que un padre puede enfocarse para resolver una historia. Sin embargo, lo que no debe ocurrir es que en el afán de defender sus propios derechos dejen de ver al hijo como hijo y lo utilicen como botín. Es necesario que aprendan a pensar en qué necesita el niño y qué camino quieren tomar en el proceso de restablecimiento de los vínculos y que prioricen el reordenamiento familiar, tarea que solo el adulto puede llevar a cabo. El niño no puede cambiar la historia y necesita que sus padres abandonen la pelea y le devuelvan un presente real.

-¿Encontró apoyo a sus reclamos en nuestro país?

-Pese a que fue un tema nuevo en la Argentina, ya que no había precedentes de esta naturaleza, tuvimos mucho apoyo durante los gobiernos de Carlos Menem, Antonio de la Rúa y Eduardo Duhalde, gracias a cuyas gestiones pude entrar a Jordania y volver a ver a mis hijos. Lamentablemente, a partir de 2004 la infancia dejó de ser política de Estado y los proyectos se fueron diluyendo. Argentina y Jordania estuvieron a punto de firmar un convenio bilateral que daría solución a todos los niños en el mundo, pero este quedó en los cajones de funcionarios de ambos países. Es realmente una pena que nuestro país –teniendo el leading case– haya desperdiciado y lo siga haciendo la ocasión de presentarse a Naciones Unidas para crear un precedente en un tema que involucra a la humanidad toda y que es una problemática creciente en el mundo actual.

-Pasando al plano global, ¿impactaron los graves hechos internacionales como el atentado a las Torres Gemelas o la guerra de Irak en la historia personal de su familia?

-Sí, fueron acontecimientos brutales que complejizaron todo. La historia de mis hijos quedó inmersa en una problemática que, más allá de nosotros, involucraba a Oriente y Occidente. Fue una etapa muy dura porque pasamos a vivir una situación de guerra en primera instancia y después de terrorismo. Daba miedo viajar, entrar a un hotel, sufrir atentados. En ese momento, confirmé que es indispensable trabajar en la multiculturalidad si queremos que nuestros hijos vivan en sociedades más pacíficas.

-¿Nunca pensó en utilizar otro medio como los comandos para recuperar a los chicos?
-Ese es el modus operandi común en estos casos y no me faltaron ofertas para realizar un contra secuestro. Yo no estaba de acuerdo porque hubiera significado hacer pasar a mis hijos otra vez por la misma situación, y yo no quería insistir con modelos violentos. Contratar servicios clandestinos era un procedimiento arriesgado tanto para ellos como para mí misma. Tuve reuniones, los conocí para saber cómo se manejaba el mundo con estas cuestiones, pero jamás tuve intención de llevar adelante una acción de ese tipo, y mi energía asesina la puse en hacer vida.

-¿En qué situación se encuentra la Fundación en la actualidad?
-Desde que dejamos de ser política de estado empecé a generar aportes con mis libros y conferencias para sostener la Fundación. En la actualidad trabajamos alrededor de 15 personas y contamos con el departamento científico en el que se desarrollan programas orientados a incrementar el potencial de los niños desde todos los campos disciplinarios: el plano jurídico, la salud y la educación, entre otros. Hemos presentado muchísimos proyectos que quedaron en expedientes y contamos con innumerable material a la espera de que a alguien le interese. Lamentablemente sabemos que la política se convirtió en un negocio y que no hay mucho que esperar. Pese a ello en esta etapa intentamos crear una universidad para padres que nos permita trasmitir lo elaborado en tantos años de trabajo. En lo personal, aunque me duela, estoy evaluando la posibilidad de irme a vivir a algún país que me permita seguir trabajando a favor de la infancia.

EL CAMINO INTERIOR

-Usted mencionó la necesidad de que el adulto sane sus heridas para restablecer el vínculo con sus hijos. ¿Cómo fue ese proceso en su caso?

-Fue un arduo trabajo interior que me permitió conectarme desde un corazón en paz. Cuando hablo con los padres siempre insisto en la importancia de abrazar a los hijos más allá de las distancias, de mantener las canciones, los juegos, los colores, todos los vínculos que nos unen a ellos como si el contacto existiese. Ese trabajo lo hice durante 15 años y sé que fue la razón por la cual cada vez que nos encontrábamos sentía que nunca me había separado de ellos.

-¿Y cómo cree que lo vivieron sus hijos?

-Estoy segura de que les pasaba lo mismo porque aunque el primer encuentro fue al año no hubo distancias y de inmediato surgieron los besos y abrazos que taparon el horror vivido. Siempre digo que cuando las presencias se hacen ausentes se vuelven más presentes. Esa presencia se manifiesta en olores, recuerdos, palabras escuchadas al azar, señales que hay que seguir porque se trata de tu hijo que te está hablando.

-¿Tuvo muchas señales?

-Muchísimas. Siempre le digo a mi familia que le agradezco que durante ese primer año no me haya internado en un psiquiátrico. Me pasaban cosas fortísimas como que las canciones que cantábamos se me hicieran presentes en taxis y colectivos o que se me apareciera una mujer musulmana con su vestimenta típica en donde me encontrara, aunque es algo inusual en nuestro país. Otra cosa muy importante para mí son los sueños y a través de ellos mis hijos me fueron contando muchas cosas de su vida que después pude comprobar. Con los años, estudiando a Joseph Campbell y a Jung me di cuenta de que había un fundamento científico, filosófico y psicológico para esto y que no estaba loca del todo. He llegado a ser una gran lectora de símbolos.
Una de las cosas más importantes que aprendí y trato de trasmitir a los padres que sufren estas situaciones es que nunca nos vamos de quienes amamos. Jamás. El alma se vale de todo lo que deja un sello para manifestarse. Me refiero, por ejemplo, a la forma de caminar, a los gustos, los olores, entre muchas otras cosas con las que el alma del otro se va vinculando. Cuando huelo un aroma que me remite a mi casa materna es una pista, algo de mi madre que se hace presente en ese momento. Uno puede dejarlo ir o seguir el vuelo de ese vínculo que en algún momento tendrá sentido.

¿Cómo buscó vincularse con sus hijos en esa etapa?
-Intentando, cada vez que lograba verlos, estar en perfecta consonancia con lo que habían tomado de mí. Elegía con detenimiento la ropa, los colores, el perfume, incluso me preocupaba porque mi piel siguiera trasmitiéndole la suavidad y el calor de siempre, sabiendo que tenía solo esos instantes para volver a dejar huella. Preparaba la valija durante meses y elegía todo aquello que me permitiera trasmitirles lo agradable, nutritivo, lindo de mamá. Era una puesta en escena para ellos y para mí. Preparaba la valija durante meses, donde los sueños me iban diciendo lo que tenía que llevar para que, más allá de lo difícil de la dinámica de las visitas, ellos se llevaran mi sello hasta nuestro próximo encuentro.

-¿Cree que logró trasmitir todo eso?

-Sí, e incluso estoy convencida de que es lo más grandioso que construí espiritualmente en la historia con ellos. Yo lo llamo el tejido de la trama vincular: un tejido que hace que hoy nadie que nos vea en la actualidad pueda pensar que no vivimos siempre juntos. Porque además la realidad es que siempre lo estuvimos, más allá de las distancias y ese vínculo hizo que me convirtiera en la madre que soy. Yo me siento muy identificada con la película La vida es bella, porque en un contexto diferente yo estaba siempre creando un vínculo, un mundo, recreándome para mis hijos instante a instante. ¿Cómo? Trabajando el desapego, sentimiento que permite entrar en la maternidad que nutre y alumbra sin tener que estar necesariamente con los hijos.

-Por último, ¿qué es lo más importante que falta en este camino?

-El mundo y los Estados se quedaron muy atrás en el trabajo de la multiculturidad que ya a esta altura debería haberse transformado en políticas de estado. La historia de mis hijos evidencia la necesidad de proteger a los miles de chicos que nacen de matrimonios de distintas culturas, número que se incrementará cada vez más producto de las migraciones y del desarrollo de las redes sociales que interconectan al mundo. Estos dos factores afectan la unidad familiar y los principales perjudicados son los chicos. Debemos comprender que en el siglo XXI los niños son ciudadanos del mundo y necesitamos normas internacionales y organismos que nos incluyan a todos. No podemos seguir jugando con las mismas cartas. Mientras tanto, yo me siento responsable de ponerles, voz a aquellos que no la tienen, de acompañar a aquellos niños que necesitan una respuesta y una vida saludable.

Publicado en: Actualidad
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