Drogas liberadas: Alerta

El siguiente relato es de Anahí, paraguaya de Encarnación, venida con cuatro años a la Argentina y hoy con desgastados 41 abriles. Los dichos son de una mañana fría y cargada de escarcha del 2 de octubre de 2008. El lugar, la villa 1-11-14 a solo “siete cuadritas” de la cancha de San Lorenzo.

“Al Lalo, no le abría la puerta de la casa, le tiré un colchón tan sucio que ni podía venderse por cinco pesos. Lo miraba por la ventana y la miraba a mi perra, al lado de la garrafa de la cocina. El Lalo muerto de frío peor que el cusquito. Pero el Lalo ya se había llevado la única olla que quedaba y, en un descuido, el delantal de la Martita. Cada entrada a la casa era una cosa menos de las pocas cosas que tenemos. Todo por algo de paco, todo por diez minutos. Miraba el cusquito, lo miraba al Lalo, lo miraba al cusquito, al volver a mirar el Lalo ya no estaba. Salí con el farol y no estaba el Lalo, ni la reja destartalada de la puerta. El Lalo había ido por su paco”.

DROGAS LIBERADAS

ALERTA

Escribe Gustavo Gorriz

DEF transita sus saludables doce años de vida y, desde su nacimiento, su dogma ha sido formar agenda. Precisamente, en aquella lejana agenda del año 2005, insistíamos sobre la problemática del narcotráfico y de la delincuencia organizada cuando, en la Argentina, eran temas menores y de escasa relevancia política y social. Insistimos e insistimos, en el pleno convencimiento de que es alrededor de este flagelo y de los recursos que genera a través del lavado de dinero, y también de la violencia implícita que provoca, donde se encuentra la madre de todos los males, de la trata y el asesinato, del delito común y el sicariato, de la extorsión, y de la compra de la voluntad policial y de funcionarios de todos los estratos y partidos políticos. Esa convicción fue volcada mil veces en nuestras páginas, recorrimos las favelas y la selva colombiana, las maras del Salvador y Guatemala, y nos adentramos en Bolivia, Perú y en muchos lugares de América. A nuestra experiencia de campo le sumamos seminarios académicos de Seguridad Regional en Washington, Bogotá y Buenos Aires. También interactuamos con las ONG vinculadas a la lucha contra el paco y otras adicciones, al tiempo que entrevistamos a cientos de autoridades científicas y profesionales, nacionales y extranjeras, vinculadas al problema. Recapitulamos lo recorrido, lejísimos del autoelogio, ya que quisiéramos que esta agenda fuera un tema del pasado, y lo hacemos con el convencimiento que tenemos argumentos sólidos para participar de una discusión tan relevante como esta, donde está en juego el futuro de nuestros hijos y la libertad de transitar en paz por las calles. Comienza a generarse en la Argentina y también en la región, una corriente de pensamiento, intensa por cierto, que señala el fracaso de las políticas de represión y sostiene ideas a favor de la liberación del consumo y que alerta respecto de las actitudes retrógradas que se aplican, así como la exageración infundada de los diagnósticos, a los que acusan de equivocados y mal encarados.

Quienes lo hacen, algunos sólidos académicos, algunos periodistas y otros exfuncionarios de sectores vinculados a la lucha contra la drogadicción, aseguran que es global el fracaso de las políticas punitivas y de la militarización de la lucha contra el flagelo. Al respecto, piensan que esos procederes solo vulneran los derechos de los más débiles y, además, que se utilizan los recursos públicos de manera errada e irresponsable. Seguramente en una mesa justa y desapasionada, desde DEF aceptaríamos como respetables algunos de estos conceptos, más allá de que finalmente no los compartamos. Creemos, con respeto por la opinión ajena, que en la región y muy particularmente en la Argentina, existe una fuerte prevención hacia el empleo de la palabra “combatir” o “reprimir” y todo aquello que pueda relacionarse con lo “militar”, vinculando el término a las trágicas vivencias que todos los argentinos tuvimos en la década del 70. Al punto tal que un desfile militar que conmemora una fiesta Patria fue motivo de largos enfrentamientos en las redes sociales y también de que muchos sectores progresistas, académicos y sesudos periodistas han visto con buenos ojos estas posiciones que critican impiadosamente la lucha contra la droga bajo estos parámetros. Y peor aún, pensamos que muchos otros que no comparten esos criterios, callan, porque temen que se los tilde con en el mote de “pseudofacistas” que, en nuestro país, supera con creces al de ser tachado de corrupto o defraudador, y nadie quiere que le cuelguen ese sayo.

Hechas estas pertinentes salvedades, manifestamos dos cuestiones en las que DEF cree a rajatablas. La primera es que es muy cierto que las políticas de lucha contra la droga han sido hasta aquí poco exitosas pero, en segundo lugar y lo que es más importante, nos manifestamos profundamente contrarios a la despenalización en todas sus formas y a la posibilidad de relegar una batalla, que debe ser sin cuartel, contra este gravísimo flagelo mundial. Cuando decimos que estamos convencidos de no declinar en la lucha y no ceder un paso en la necesidad de negar espacio al narcotraficante, a la venta de la droga en todas sus manifestaciones y a proteger a los más vulnerables del flagelo del paco (la peor manifestación de la dependencia infrahumana a una sustancia envenenada), no somos inocentes en creer que es posible “el país sin drogas”, ya que somos conscientes de que ese es un ideal casi imposible de alcanzar. Tampoco proclamamos que reprimir sea el único camino posible. Muy por el contrario, estamos convencidos de que el camino es multisectorial e incluye contención y fuerte trabajo de las organizaciones sociales en la búsqueda de ayuda al que ha caído en las drogas. Hay también que apuntalar al grupo familiar, ese que paga los costos emocionales, económicos y funcionales en el largo tratamiento del adicto. Pero partimos de una convicción irrenunciable, y esa convicción es que al hablar de las amenazas del siglo XXI, el narcotráfico encabeza los problemas que se deben enfrentar para la seguridad ciudadana. Para ello, el Estado debe emplear todos los medios de los que dispone frente a un enemigo sin ética, sin fronteras, que acomoda sus procedimientos a las necesidades del momento y a la mejor obtención de sus espurios beneficios. Pensar, de manera distraída, que esos caminos están errados por partir de diagnósticos equivocados, pensar que todas las políticas de coerción van a fracasar indefectiblemente y pensar que regular el mercado ofrece mejores oportunidades, nos parece un rápido camino hacia el precipicio. La Argentina y buena parte de la región vive una grave crisis, y esa crisis no se irá de un día para el otro, ya que involucra aspectos básicos de la vida social, desde el trabajo, al sostenimiento familiar, a las posibilidades de un futuro digno y, esencialmente, al mantenimiento de la autoestima de muchos excluidos. Cualquier camino que facilite resolver estos insalvables problemas puede llevar al escape rápido de las drogas. La lucha contra este flagelo, sin embargo, no solo debe darse por esa razón, sino porque además, si seguimos por la vía de la inacción, habrá también más delito, más abandono, más violencia de género, más muertes sin sentido. Países que limitan con zonas de cultivo de cocaína y marihuana y, a la vez, tienen débiles o inexistentes controles fronterizos, un sistema de radarización carente de estándares internacionales serios y cuyas coordinaciones interestatales son más que mediocres, se presentan como blancos extraordinarios para el delito.

Cada país lucha contra el flagelo como puede y con los medios que de los que dispone, pero alguna vez y en estas mismas páginas hablamos del famoso comentario del plomero que, ante las filtraciones en la pared, manifestaba: “El agua busca y ‘cola’”. Quería decir, en ese lenguaje primario, que finalmente la sustancia saldría por el lugar más débil del sistema. La Argentina debe trabajar intensamente en no volverse ese lugar, el lugar más vulnerable del sistema del delito. Tenemos, lamentablemente, posibilidades ciertas de que esto ocurra: nuestras largas fronteras mal custodiadas, nuestras políticas migratorias laxas, la débil radarización y hasta los propios aspectos positivos como es la condición de ciudad líder de Buenos Aires en Sudamérica, lugar apetecible para la estancia prolongada de narcotraficantes que huyen de sus países pero no de sus negocios. A nadie le escapan los brutales cambios que han ocurrido en la vida cotidiana de nuestra sociedad, cambios que hasta hace pocas décadas ocurrían en lugares que muchas veces tratábamos con mucho desdén. Hoy la Argentina es uno de esos lugares, y hasta a veces lideramos las situaciones que antes despreciábamos. Por ejemplo:

– Lideramos el consumo de alcohol y los movimientos en los horarios nocturnos en nuestras principales ciudades. Los eventos juveniles se inician en la madrugada y a ellos se llega con niveles considerables de consumo de alcohol o sustancias psicoactivas. Este tema, en cuya regulación tiene que ver el Estado, es el paso natural hacia la pérdida de la voluntad y hacia el ingreso a cualquier otro consumo ilícito.

– Las drogas sintéticas, que seguramente serán, tecnología mediante, las que dominen el mercado del futuro, tienen en la Argentina una tendencia de consumo creciente. Su gran notoriedad ocurre a través de hechos lamentables en las fiestas electrónicas, pero su consumo fuera de esos lugares públicos es incalculable y poco comprobable.

– El paco, lo peor del corte que se desecha de la cocaína, tiene un efecto brutal y de corta duración, crea una feroz dependencia y genera una situación de emergencia social total, con epicentro en el conurbano, en las villas de emergencia y en los sectores carenciados.

– La pésima imagen internacional de la Argentina en cuanto el lavado de dinero, con resultados impresentables y múltiples observaciones negativas de organismos internacionales durante años, indican con claridad cuánto hay que recorrer para resolver este tema clave, que es la verdadera madre del sistema delictivo de la droga.

Podríamos enumerar otros muchos ítems desalentadores, esos que los curas villeros machacan a diario en su incansable lucha por salvar vidas. Hasta por una vez hemos dejado de lado los números, claro ejemplo del negocio y del nivel del delito que provoca el narcotráfico, ya que hemos creído innecesario ahondar en ellos con detalle, porque cada ciudadano sabe qué es lo que ocurre en la calle, en su barrio, con sus hijos. El ciudadano argentino medio vive en un marco de intranquilidad, antes desconocida, y sabe que para muchos la vida vale un par de zapatillas. Aunque sí debemos decir, groseramente, que los narcos manejan en el mundo cifras superiores holgadamente a los 300.000 millones de dólares anuales y que más del 25 % de esa monumental cifra corresponde a la producción de cocaína. Digamos, con un mínimo de ironía, que a ninguno de los capo narcos más poderosos del mundo se les ve voluntad de reconvertirse en una persona decente.

Aceptamos el éxito escaso, las dificultades crecientes y la falta de resultados. Igual creemos que en esta larga y penosa lucha, la Argentina y toda la región deben ponerse de pie, con estándares sociales mínimos, que reduzcan la pobreza y la indigencia de manera brutal, para siquiera pensar en otro posible camino. Hasta entonces, la batalla, por poco feliz que suene para muchos, debe continuar sin descanso.

Publicado en: Editorial
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