Argentinos en el Polo Norte

La Expedición Argentina Polo Norte 2016 plantó bandera en el vértice más boreal del Planeta, convirtiendo a la Argentina en uno de los pocos países vencedores de ambos polos geográficos. Informe especial de Susana Rigoz

Por primera vez una patrulla oficial argentina, comandada por el general Víctor Hugo Figueroa, alcanzó el Polo Norte geográfico ubicado en medio del océano ártico. Junto a la bandera nacional llevaron la Encíclica Papal Laudato Sí, símbolo de la urgencia de que la comunidad internacional se comprometa con el cuidado de la Tierra.

La vocación austral de la Argentina, la que nos convierte en un país con 112 años de presencia ininterrumpida en la Antártida y dos exitosas expediciones al Polo sur, es indiscutida. Alcanzar el otro extremo del Planeta era una meta largamente acariciada, pero casi como un sueño por lo difícil de su concreción.

Todo empezó a tomar forma cuando hace aproximadamente un año y medio unieron esfuerzos la Fundación Criteria con el Ministerio de Defensa y el Ejército Argentino, con el apoyo de la Dirección Nacional del Antártico. Los integrantes de la futura patrulla polar fueron seleccionados entre montañeses y antárticos, todos instructores de esquí y andinismo, acostumbrados a trabajar en equipo en ambientes hostiles. De este modo la patrulla polar quedó constituida por los coroneles Gustavo Curti e Ignacio Carro, el teniente Emiliano Curti, el teniente primero Juan Pablo de la Rúa, el subteniente Santiago Tito, el suboficial mayor Luis Cataldo y el fotógrafo Tomás Heinrich, primer argentino que hizo cumbre en el Everest, además de contar con vasta experiencia en los montes del Himalaya y en el Everest, bajo la dirección del general Víctor Hugo Figueroa.

LA PREVIA

Los primeros entrenamientos grupales se realizaron en la región de Copahue-Caviahue, al norte de la provincia de Neuquén, ubicada en la cordillera de los Andes, lugar cuyas características meteorológicas y geográficas permiten practicar las destrezas indispensables para desempeñarse en el ambiente polar. La preparación específica continuó en el glaciar Tronador, ubicado en las cercanías de la ciudad de Bariloche, donde entre otras actividades practicaron tareas de rescate en la zona de glaciares y grietas, desplazamiento en esquíes, además de realizar la experiencia de convivir juntos por primera vez.

Ya reunidos en Buenos Aires, completaron la preparación en el Instituto Antártico Argentino donde recibieron asesoramiento científico y técnico y aprendieron a tomar muestras de hielo y extraer agua del océano ártico, destinadas a estudios de glaciología, geología y medioambiente que permitan realizar la comparación de los contaminantes presentes en ambos polos.

Finalmente el día 28 de marzo, partió la patrulla hacia la ciudad de Oslo, primer destino del viaje, desde donde se dirigieron a la localidad de Longyearbyen, en el archipiélago de Svalbard, al norte de Noruega. Allí permanecieron durante varios días, lapso en el cual recibieron el equipo: comida, trineos, esquíes, bastones, bolsas de dormir, carpas, entre otros elementos que utilizarían en el viaje. “En esos días, pudimos salir al terreno, hacer el simulacro de lo que sería la marcha, realizar actividades de entrenamiento y adaptación al frío”, relata Víctor Figueroa, jefe de la expedición.

La estadía en Longyearbyen se extendió una semana debido a que el hielo de la pista de aterrizaje de la base itinerante rusa Barneo, siguiente escala, se quebró el día 5 de abril. “Si bien aprovechamos esos días para entrenar, ya con la carga que íbamos a transportar en la travesía –trineos de más de 60 kilos- y nos permitió seguir adaptándonos al frío, la demora generó un gran incertidumbre. No saber cuándo íbamos a empezar la expedición, operaba en el ánimo de todos”, cuenta Figueroa. El coronel Gustavo Curti, segundo jefe de la patrulla, agrega que “Svalbard es una localidad pequeña con una mínima capacidad hotelera, que debido a las demoras comenzó a colmarse, razón por la cual debimos cambiarnos varias veces de alojamiento. Todo contribuía a incrementar la ansiedad y el temor de no concretar lo planeado. Hasta que, arreglada la pista, partimos”. Una vez arribados a Barneo, permanecieron apenas unas horas en las que organizaron el equipo y tuvieron la última comida común. El coronel Ignacio Carro, encargado de la logística del grupo, describe la base rusa como un campamento muy circunstancial, armado para permanecer en el ártico alrededor de 30 días. “Está compuesto por cuatro o cinco carpas -alojamiento, comedor, laboratorio, etc.-, que albergan a cerca de 60 personas y funciona como lugar de paso de expediciones. Al carecer de capacidad de albergue, están obligados a reubicar a los visitantes rápidamente en el punto donde deben iniciar la marcha”. Pese a esta característica, allí permaneció durante los diez días de travesía el general Mauricio Fernández Funes, director ejecutivo de la Fundación Criteria, quien ofició de nexo con los expedicionarios para cubrir cualquier necesidad que pudiera presentarse.

LOS INICIOS

El día 13 de abril finalmente, con 25 grados bajo cero, arrancó la aventura, el helicóptero dejó a los expedicionarios a los 89 grados de latitud norte y 140 grados de longitud este “para favorecer la deriva, ya que al tratarse de un océano cubierto de hielo es importante tener en cuenta las corrientes que desplazan el pack”, añade Carro.

Después de descansar, el 14 de abril se inició la expedición propiamente dicha que duró 10 días, en los cuales las rutinas fueron similares: despertarse a las 7 de la mañana, hacer agua, preparar los termos que iban a llevar, levantar campamento a las 9 y empezar una travesía que duraba entre 7 y 8 horas.

LA VIDA COTIDIANA

La expedición se realizó en carpas pequeñas con capacidad para dos personas. Desde la etapa de entrenamiento, quedaron establecidas las parejas de carpa a las que denominaron “parejas de combate” y el día a día era planificado de manera interna. De las tareas habituales, la más complicada era la de “hacer agua”, que consiste en derretir el hielo en calentadores para poder utilizarlo en la preparación de los alimentos y bebidas, actividad que les llevaba alrededor de tres horas. “Debíamos hacer seis litros diarios por carpa porque es necesario tomar mucho líquido a fin de evitar la deshidratación, producto de la traspiración”, explica Figueroa. Y Curti advierte que, como el agua está hecha de nieve, se asemeja en propiedades al agua destilada por lo cual es necesario agregarle sales de modo de lograr cubrir las necesidades propias del desgaste del cuerpo. A lo largo de las jornadas de marcha, hacían descansos de 15 minutos en los que bebían té, café o sopa y comían cereales, barras energéticas, frutas secas e incluso algunos fiambres descongelados. Durante esas pausas se reunían alrededor de los trineos y charlaban un poco, algo más difícil de realizar cuando armaban campamento debido que el cansancio y el frío obligaban a meterse rápidamente en las carpas para reponer energías. “Los descansos eran breves porque en un clima tan inhóspito el movimiento es fundamental. Apenas parábamos, el frío se empezaba a sentir en los huesos”, acota el subteniente Santiago Tito, encargado de las comunicaciones.

Al finalizar la marcha, se armaba el campamento y realizaban la única comida del día. “Tanto la alimentación como la hidratación son factores clave. Deshidratarse es sinónimo de cansancio, calambres, dolores musculares y fatiga. La comida que llevamos, preparada por el guía polar, fue más que suficiente y estaba calculada en 5.000 calorías diarias”, afirma el suboficial mayor Luis Cataldo, guía polar. “Incluso consumimos cosas a las que no estábamos acostumbrados, dice el teniente Emiliano Curti, encargado de llevar el libro de la expedición. Comíamos, por ejemplo, 150 gramos diarios de manteca para mantenernos fuertes”.

CLIMA POLAR

Sin dudas, la rigurosidad del clima es uno de los problemas determinantes de una geografía de por sí hostil. “Tuvimos temperaturas que oscilaban entre los 25 y los 30 grados bajo cero, con una sensación térmica de alrededor de menos 40. Tantas horas de exposición aun teniendo la ropa adecuada generaban un gran desgaste. Usábamos cuatro prendas en la parte superior, tres, en la inferior al igual que en los pies que están cubiertos por tres pares de medias y un calzado excelente” detalla Figueroa. La manos y la cara son las que más sufren, incluso pese a las dificultades que genera es necesario hacer todo con guantes para evitar el congelamiento. “Los dedos se ponen duros, duelen” afirma Gustavo Curti. Al detenernos o cuando hacía demasiado frío, usábamos la capucha de la campera cuya piel ayuda a mantener el calor, generando un microclima en la cara”, añade.

LOS DESAFÍOS

Aunque tuvieron la suerte de no tener que afrontar los canales y cursos de agua, producto del descongelamiento, que es considerado el peligro más significativo del Polo Norte, todos los expedicionarios coinciden a la hora de afirmar que se encontraron con una geografía más difícil de la que habían imaginado, complicación que se tradujo en una particular dureza, en especial durante los primeros días. “El terreno es muy agresivo, sostiene Cataldo. Tiene un movimiento propio de rotación que genera la elevación de montículos enormes, muchas veces infranqueables, que es necesario rodear para seguir adelante. Son lugares donde es muy fácil resbalarse porque no tienen forma. Estos obstáculos formados por bloques de hielo que superaban holgadamente los dos metros obligaban a dar innumerables vueltas, ralentizando la marcha. Era necesario subir con esquíes y trasladar el trineo entre varios manteniendo el equilibrio. La constante depresión y elevación del terreno implica un gran desgaste”. Sin embargo, pasados los primeros días, comenta Figueroa, “nos tocaron terrenos bastante planos, con poca nieve, que permitían desplazarse con mayor facilidad, trasportando los trineos a través de los pasajes sin temor a que se rompieran”. Gustavo Curti por su parte, señala la dificultad extra que representa el arrastre del trineo que va atado a la cintura con un arnés, por lo cual a cada paso se siente el golpe contra el cuerpo. Para el teniente primero Juan Pablo de la Rúa, navegante de la expedición, pese a que la marcha resultara agotadora, el cansancio pasaba a segundo plano cuando miraba alrededor: “Uno se encontraba con un paraíso blanco que nunca era monótono porque había tramos planos, otros con grandes bloques de hielo o incluso con algún curso de agua. Un paisaje increíble”, describe.

Esa falta de uniformidad exigía un esfuerzo al que era necesario prestarle atención por no correr el riesgo de perder temperatura. “Hay que ser muy cuidadoso del propio organismo, explica Cataldo, el estado físico se puede recuperar con el descanso y la alimentación, pero no ocurre lo mismo con la temperatura corporal, hecho que representa un peligro serio”.

Por esta razón aunque la luz duraba 24 horas, la marcha respetaba el ritmo de los obstáculos que se presentaran. “Cada día era distinto, hubo algunos muy complicados y otros en los que todo salía con facilidad. Por esto es que era imposible programar la cantidad de kilómetros a recorrer o la latitud que alcanzaríamos. Todo era indescifrable por la variedad del terreno”, detalla Carro. De hecho, los 111 kilómetros a recorrer se transformaron en aproximadamente 150 kilómetros reales.

LA CIENCIA

Esta epopeya, al objetivo de unir simbólicamente ambos polos, le sumó la intención de llamar la atención a la comunidad global sobre la importancia de cuidar el Planeta, víctima del calentamiento global cuyas consecuencias ya son indiscutidas. Por esta razón, los exploradores llevaban la misión de recolectar datos para ser estudiados a su regreso por los investigadores del Instituto Antártico Argentino, organismo gubernamental que centraliza las actividades científicas en el sexto continente. Esta tarea fue realizada por los más jóvenes. “Llevábamos un barreno, una especie de taladro manual que nos permitía, al finalizar cada jornada, perforar el pack de hielo para medir su espesor. La profundidad promedio que encontramos oscilaba entre 1,50 y 1,60 metros”, declara Emiliano Curti. “Otro estudio consistía en recolectar muestras de agua a una profundidad de cinco metros, lo más cerca del Polo posible, afirma De la Rúa. “Este material va a permitir realizar estudios comparativos ya que hay algunos lugares del ártico que se encuentran a la misma latitud que las bases argentinas en la Antártida”, concluye Figueroa.

El compromiso medioambiental estuvo presente a través de la Encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común. “Estamos felices de haber podido trasmitir este mensaje extraordinario, destinado a concientizar sobre el cambio climático y la degradación del ambiente”, manifiesta Fernández Funes. Santiago Tito, presidente de la Fundación Criteria, subraya la gran emoción que sintieron al enterarse de que Francisco les había enviado una carta de salutación, hecho que, además, “ ayudó a difundir el mensaje ya que gracias a él se replicó en muchísimos países”.

LA META

Transcurridos 9 días de marcha, los 90 00 00 grados de latitud norte eran casi una realidad. El 21 de abril, después de vivir un día intenso y complicado por la escasa visibilidad, el fuerte viento y la bajísima sensación térmica hicieron campamento con alegría y el convencimiento de que la meta estaba al alcance de la mano. El 22 de abril continuaron la travesía y, aunque en un momento debieron sortear lugares muy difíciles que los demoraron, finalmente pudieron superar los obstáculos. Estaban muy cerca. Cuando faltaban alrededor de 150 metros, abandonaron la hilera que habían mantenido hasta ese momento en la marcha y formaron una línea para avanzar todos juntos. “Fue una decisión del general Figueroa”, cuenta de la Rúa, quien llevaba en sus manos el GPS. “Hasta ese momento habíamos hecho todo juntos y así había que llegar”.

De todos los relatos cargados de emoción que describen ese momento, quizás el más significativo sea el de Ignacio Carro. “Era el 22 de abril. Fuimos avanzando todos juntos con nuestra bandera. En ese momento pasan muchas cosas por la cabeza porque para llegar adonde nos encontrábamos habíamos transitado un difícil camino, que iba mucho más allá de los kilómetros recorridos. Se confunden los sentimientos, se entremezclan las emociones. Estábamos con los esquíes, enganchamos los trineos e hicimos un remolino de cuerdas, bastones y abrazos. Eran las 17 horas. Ya más tranquilos, cantamos el himno, plantamos la bandera y rezamos una oración de agradecimiento a la Virgen de las Nieves, protectora de los antárticos y los montañeses”. Y Tito recuerda que en ese momento el general Figueroa les dijo: “Estamos en el único punto donde todos los caminos conducen al sur, conducen a casa”.

Después de realizar los saludos protocolares y hablar con las familias, armaron las carpas y esperaron que los buscara el helicóptero con el que comenzarían a desandar el camino.

Informe publicado en DEF 109 – JUNIO 2016

Publicado en: Medio Ambiente
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