“La violencia expresa el desamparo”

Inmersa en una sociedad cada vez más violenta, la escuela replica hacia adentro esta compleja realidad. Analizamos las distintas aristas de esta problemática con el licenciado en Psicología Alejandro Schujman, especialista en adolescencia y familias. Por Susana Rigoz

Al hablar de conflictividad dentro del ámbito escolar, la percepción general es que se trata de un fenómeno creciente. ¿Son cada vez más frecuentes los episodios violentos o se trata de una sensación relacionada con el alto grado de difusión?

El fenómeno de la violencia en la escuela no es nuevo pero tiene nuevas formas porque ha cambiado lo que ocurre puertas afuera de la escuela y puertas adentro de las casas. Estamos ante una generación de lo que denomino “padres tibios”, aquellos no saben cómo posicionarse frente a sus hijos. Hay quienes negocian con los límites; otros que ante el temor de perder su cariño, se ponen en una situación endeble; y los que vienen de la generación de padres autoritarios, de cejas levantadas, que para diferenciarse del ellos y que sus propios hijos no sufran lo que ellos sufrieron se fueron al extremo opuesto. El otro día leí en una nota que así como antes se juraba por Dios, ahora se jura por los hijos. En este endiosamiento de los chicos, estamos creando una generación de inimputables.

¿Cómo repercute esta situación dentro del ámbito escolar?

La violencia creo que se irradia desde la periferia del colegio, que son las casas, hacia adentro. Entonces, cuando una maestra intenta poner un coto al accionar de un chico que no tiene límites en su casa, el menor no tiene la gimnasia necesaria para respetarlo y los padres demandan al maestro. Padres temerosos, hijos endiosados con un poder mucho mayor que el que pueden manejar, desconocen en primera instancia la autoridad paterna y la de los maestros después. Es una especie de círculo vicioso en el que todos pierden: chicos, docentes y sistema educativo.

¿Existe una relación entre aburrimiento, rebeldía y violencia en el aula?

Sí. Hay una pata relacionada con la cultura adictiva que genera en los chicos, desde lo virtual, un umbral de frustración cero porque no existen los tiempos de espera. En mis charlas suelo preguntarles cuánto pueden esperar a que se cargue una página en internet y contestan que diez segundos, pero al hacer la prueba resulta que no llegan ni a la mitad sin ponerse nerviosos. La cultura de la inmediatez atenta contra los tiempos del aprendizaje que son tiempos de ir saboreando el saber (saber y sabor tienen la misma etimología en latín). No es posible pensar que se pueden seguir utilizando los mismos planes de estudio de hace 50 años cuando en cuestión de segundo los chicos acceden a cualquier dato a través de Google. Esto genera una apatía o aburrimiento que terminan provocando situaciones de violencia. Los maestros, por su parte, entre la impotencia y la resignación que les genera la falta de entusiasmo de sus alumnos, bajan los brazos. Entonces en un escenario de padres desconcertados y maestros de brazos caídos la violencia se replica.

Su descripción se asemeja bastante a un callejón sin salida. ¿Es posible romper ese circuito?

Yo vi hace un tiempo en una charla TED a Benjamín Zanders, director de orquesta británico-americano. En ella cuenta que al ver su foto en la tapa de los CDs se preguntaba por qué aparecía su imagen cuando él no emitía sonido alguno: “Pensé que quizás sea porque mi trabajo es empoderar a los músicos para que den lo mejor de sí”, reflexionó. Y explicó que se daba cuenta de que estaba haciendo las cosas bien al ver que los ojos de sus músicos brillaban. “Cuando no están brillando, soy yo el que debe preguntarse en qué me equivoco”. Extrapolando este mundo de ojos brillantes, estoy convencido de que los ojos de los chicos no brillan –aunque la esencia y pasión sigue intacta en ellos– cuando se opacan los ojos de los adultos. Cuando es lunes, queremos que sea viernes; cuando es marzo, diciembre…, y después nos quejamos de lo rápido que pasó el año. Nuestro propio aburrimiento impacta en los chicos que se terminan refugiando en la infancia y compartiendo la vida con sus amigos de facebook. Esta negación a crecer redunda en situaciones de violencia como forma de expresar el displacer, explota donde puede y ese lugar es muchas veces el aula.

¿Cuál es el rol de los adultos en general y de los docentes en particular en este escenario?

Los adultos debemos retomar el control de aquello que se ha perdido porque los chicos no hacen otra cosa que replicar la violencia que muchas vece viven en sus propias casas por sobre amparo, en algunos casos, o desamparo en otros. Yo trabajo en varias comunidades educativas y creo que los docentes deben salir del lugar de la inercia, involucrarse no desde la tiza –Balzac decía que la resignación es el suicidio de lo cotidiano–, y hacer cosas diferentes para que algo se modifique. La pasión es contagiosa. Trabajé también en comunidades de chicos adictos en recuperación que venían de historias terribles y, sin embargo, respondían a nuestro entusiasmo y convencimiento de que era la superación posible. Encontraban a adultos que no estaban dispuestos a negociar con su salud.

Hoy tenemos padres que negocian el consumo de alcohol o sustancias, que llevan botellas en sus valijas en los viajes de egresados; madres acompañantes se acuestan con los coordinadores; padres que muchas veces avergüenzan a sus hijos, se meten en las previas, fuman marihuana con ellos, se mimetizan con sus amigos, compran ropa en los mismos lugares. Se ha borrado la asimetría y eso es violento.

Un clima de tensión 

Cada vez son más frecuentes los casos de chicos víctimas de violencia de parte de sus pares. ¿Cómo nace un acosador? 

Hay múltiples razones, pero una de ellas es que hace en forma activa lo que sufre de manera pasiva. En general son chicos que padecen fuera del ámbito de la escuela situaciones de angustia, malos tratos y/o falta de límites tremendas que replican en el ámbito escolar y buscan el límite que no encuentran en otros lados. Aunque no lo parezca, carga consigo un gran sufrimiento. Una forma más nueva es la del denominado cyberbullying que al replicarse en las redes sociales se vuelve tristemente más eficaz y aumenta geométricamente el daño ocasionado.

Por otro lado, están quienes participan pasivamente de esas situaciones e incluso las filman y las suben a la web.

Sí, es una mayoría silenciosa que es cómplice a través del silencio o de una especie de fascinación. En realidad son chicos temerosos que sufren también en un juego en el que todos pierden. Es como la fábula que cuenta que un rey, convencido de que tenía el traje invisible más bello del mundo, sale desnudo a caminar entre la gente y nadie se anima a señalarle su desnudez. ¿Quién se enfrenta al hostigador? Hay un clima esencial de tensión en el que nadie la pasa bien, hay algo de falsa obsecuencia para comprar los favores del poderoso que es el que supuestamente ejerce la violencia sobre el otro. Sin embargo, la realidad demuestra que cuando alguien rompe ese circuito, el que está realmente solo no es el chico que estaba siendo hostigado sino el otro, el perseguidor.

Dentro de las formas de violencia, se está naturalizando el daño material a las instituciones, ¿tiene alguna razón en particular?

Es más de lo mismo: los chicos buscan el límite y si no llega, van por más. No alcanza gritar dentro del aula, entonces rompo la computadora, fumo marihuana en el baño y avanzo hasta que todo se va de las manos. Yo que tengo la suerte de viajar por el país, compruebo que cuando los directivos se ponen el alumnado al hombro y hay un buen equipo en las comunidades educativas, funcionan hasta los chicos más complicados porque la realidad es que no son violentos sino que están pidiendo que alguien los cuide. La violencia es una de las formas del desamparo.

 

Publicado en: Actualidad
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