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Drogas liberadas: Alerta

El siguiente relato es de Anahí, paraguaya de Encarnación, venida con cuatro años a la Argentina y hoy con desgastados 41 abriles. Los dichos son de una mañana fría y cargada de escarcha del 2 de octubre de 2008. El lugar, la villa 1-11-14 a solo “siete cuadritas” de la cancha de San Lorenzo.

“Al Lalo, no le abría la puerta de la casa, le tiré un colchón tan sucio que ni podía venderse por cinco pesos. Lo miraba por la ventana y la miraba a mi perra, al lado de la garrafa de la cocina. El Lalo muerto de frío peor que el cusquito. Pero el Lalo ya se había llevado la única olla que quedaba y, en un descuido, el delantal de la Martita. Cada entrada a la casa era una cosa menos de las pocas cosas que tenemos. Todo por algo de paco, todo por diez minutos. Miraba el cusquito, lo miraba al Lalo, lo miraba al cusquito, al volver a mirar el Lalo ya no estaba. Salí con el farol y no estaba el Lalo, ni la reja destartalada de la puerta. El Lalo había ido por su paco”.

DROGAS LIBERADAS

ALERTA

Escribe Gustavo Gorriz

DEF transita sus saludables doce años de vida y, desde su nacimiento, su dogma ha sido formar agenda. Precisamente, en aquella lejana agenda del año 2005, insistíamos sobre la problemática del narcotráfico y de la delincuencia organizada cuando, en la Argentina, eran temas menores y de escasa relevancia política y social. Insistimos e insistimos, en el pleno convencimiento de que es alrededor de este flagelo y de los recursos que genera a través del lavado de dinero, y también de la violencia implícita que provoca, donde se encuentra la madre de todos los males, de la trata y el asesinato, del delito común y el sicariato, de la extorsión, y de la compra de la voluntad policial y de funcionarios de todos los estratos y partidos políticos. Esa convicción fue volcada mil veces en nuestras páginas, recorrimos las favelas y la selva colombiana, las maras del Salvador y Guatemala, y nos adentramos en Bolivia, Perú y en muchos lugares de América. A nuestra experiencia de campo le sumamos seminarios académicos de Seguridad Regional en Washington, Bogotá y Buenos Aires. También interactuamos con las ONG vinculadas a la lucha contra el paco y otras adicciones, al tiempo que entrevistamos a cientos de autoridades científicas y profesionales, nacionales y extranjeras, vinculadas al problema. Recapitulamos lo recorrido, lejísimos del autoelogio, ya que quisiéramos que esta agenda fuera un tema del pasado, y lo hacemos con el convencimiento que tenemos argumentos sólidos para participar de una discusión tan relevante como esta, donde está en juego el futuro de nuestros hijos y la libertad de transitar en paz por las calles. Comienza a generarse en la Argentina y también en la región, una corriente de pensamiento, intensa por cierto, que señala el fracaso de las políticas de represión y sostiene ideas a favor de la liberación del consumo y que alerta respecto de las actitudes retrógradas que se aplican, así como la exageración infundada de los diagnósticos, a los que acusan de equivocados y mal encarados.

Quienes lo hacen, algunos sólidos académicos, algunos periodistas y otros exfuncionarios de sectores vinculados a la lucha contra la drogadicción, aseguran que es global el fracaso de las políticas punitivas y de la militarización de la lucha contra el flagelo. Al respecto, piensan que esos procederes solo vulneran los derechos de los más débiles y, además, que se utilizan los recursos públicos de manera errada e irresponsable. Seguramente en una mesa justa y desapasionada, desde DEF aceptaríamos como respetables algunos de estos conceptos, más allá de que finalmente no los compartamos. Creemos, con respeto por la opinión ajena, que en la región y muy particularmente en la Argentina, existe una fuerte prevención hacia el empleo de la palabra “combatir” o “reprimir” y todo aquello que pueda relacionarse con lo “militar”, vinculando el término a las trágicas vivencias que todos los argentinos tuvimos en la década del 70. Al punto tal que un desfile militar que conmemora una fiesta Patria fue motivo de largos enfrentamientos en las redes sociales y también de que muchos sectores progresistas, académicos y sesudos periodistas han visto con buenos ojos estas posiciones que critican impiadosamente la lucha contra la droga bajo estos parámetros. Y peor aún, pensamos que muchos otros que no comparten esos criterios, callan, porque temen que se los tilde con en el mote de “pseudofacistas” que, en nuestro país, supera con creces al de ser tachado de corrupto o defraudador, y nadie quiere que le cuelguen ese sayo.

Hechas estas pertinentes salvedades, manifestamos dos cuestiones en las que DEF cree a rajatablas. La primera es que es muy cierto que las políticas de lucha contra la droga han sido hasta aquí poco exitosas pero, en segundo lugar y lo que es más importante, nos manifestamos profundamente contrarios a la despenalización en todas sus formas y a la posibilidad de relegar una batalla, que debe ser sin cuartel, contra este gravísimo flagelo mundial. Cuando decimos que estamos convencidos de no declinar en la lucha y no ceder un paso en la necesidad de negar espacio al narcotraficante, a la venta de la droga en todas sus manifestaciones y a proteger a los más vulnerables del flagelo del paco (la peor manifestación de la dependencia infrahumana a una sustancia envenenada), no somos inocentes en creer que es posible “el país sin drogas”, ya que somos conscientes de que ese es un ideal casi imposible de alcanzar. Tampoco proclamamos que reprimir sea el único camino posible. Muy por el contrario, estamos convencidos de que el camino es multisectorial e incluye contención y fuerte trabajo de las organizaciones sociales en la búsqueda de ayuda al que ha caído en las drogas. Hay también que apuntalar al grupo familiar, ese que paga los costos emocionales, económicos y funcionales en el largo tratamiento del adicto. Pero partimos de una convicción irrenunciable, y esa convicción es que al hablar de las amenazas del siglo XXI, el narcotráfico encabeza los problemas que se deben enfrentar para la seguridad ciudadana. Para ello, el Estado debe emplear todos los medios de los que dispone frente a un enemigo sin ética, sin fronteras, que acomoda sus procedimientos a las necesidades del momento y a la mejor obtención de sus espurios beneficios. Pensar, de manera distraída, que esos caminos están errados por partir de diagnósticos equivocados, pensar que todas las políticas de coerción van a fracasar indefectiblemente y pensar que regular el mercado ofrece mejores oportunidades, nos parece un rápido camino hacia el precipicio. La Argentina y buena parte de la región vive una grave crisis, y esa crisis no se irá de un día para el otro, ya que involucra aspectos básicos de la vida social, desde el trabajo, al sostenimiento familiar, a las posibilidades de un futuro digno y, esencialmente, al mantenimiento de la autoestima de muchos excluidos. Cualquier camino que facilite resolver estos insalvables problemas puede llevar al escape rápido de las drogas. La lucha contra este flagelo, sin embargo, no solo debe darse por esa razón, sino porque además, si seguimos por la vía de la inacción, habrá también más delito, más abandono, más violencia de género, más muertes sin sentido. Países que limitan con zonas de cultivo de cocaína y marihuana y, a la vez, tienen débiles o inexistentes controles fronterizos, un sistema de radarización carente de estándares internacionales serios y cuyas coordinaciones interestatales son más que mediocres, se presentan como blancos extraordinarios para el delito.

Cada país lucha contra el flagelo como puede y con los medios que de los que dispone, pero alguna vez y en estas mismas páginas hablamos del famoso comentario del plomero que, ante las filtraciones en la pared, manifestaba: “El agua busca y ‘cola’”. Quería decir, en ese lenguaje primario, que finalmente la sustancia saldría por el lugar más débil del sistema. La Argentina debe trabajar intensamente en no volverse ese lugar, el lugar más vulnerable del sistema del delito. Tenemos, lamentablemente, posibilidades ciertas de que esto ocurra: nuestras largas fronteras mal custodiadas, nuestras políticas migratorias laxas, la débil radarización y hasta los propios aspectos positivos como es la condición de ciudad líder de Buenos Aires en Sudamérica, lugar apetecible para la estancia prolongada de narcotraficantes que huyen de sus países pero no de sus negocios. A nadie le escapan los brutales cambios que han ocurrido en la vida cotidiana de nuestra sociedad, cambios que hasta hace pocas décadas ocurrían en lugares que muchas veces tratábamos con mucho desdén. Hoy la Argentina es uno de esos lugares, y hasta a veces lideramos las situaciones que antes despreciábamos. Por ejemplo:

– Lideramos el consumo de alcohol y los movimientos en los horarios nocturnos en nuestras principales ciudades. Los eventos juveniles se inician en la madrugada y a ellos se llega con niveles considerables de consumo de alcohol o sustancias psicoactivas. Este tema, en cuya regulación tiene que ver el Estado, es el paso natural hacia la pérdida de la voluntad y hacia el ingreso a cualquier otro consumo ilícito.

– Las drogas sintéticas, que seguramente serán, tecnología mediante, las que dominen el mercado del futuro, tienen en la Argentina una tendencia de consumo creciente. Su gran notoriedad ocurre a través de hechos lamentables en las fiestas electrónicas, pero su consumo fuera de esos lugares públicos es incalculable y poco comprobable.

– El paco, lo peor del corte que se desecha de la cocaína, tiene un efecto brutal y de corta duración, crea una feroz dependencia y genera una situación de emergencia social total, con epicentro en el conurbano, en las villas de emergencia y en los sectores carenciados.

– La pésima imagen internacional de la Argentina en cuanto el lavado de dinero, con resultados impresentables y múltiples observaciones negativas de organismos internacionales durante años, indican con claridad cuánto hay que recorrer para resolver este tema clave, que es la verdadera madre del sistema delictivo de la droga.

Podríamos enumerar otros muchos ítems desalentadores, esos que los curas villeros machacan a diario en su incansable lucha por salvar vidas. Hasta por una vez hemos dejado de lado los números, claro ejemplo del negocio y del nivel del delito que provoca el narcotráfico, ya que hemos creído innecesario ahondar en ellos con detalle, porque cada ciudadano sabe qué es lo que ocurre en la calle, en su barrio, con sus hijos. El ciudadano argentino medio vive en un marco de intranquilidad, antes desconocida, y sabe que para muchos la vida vale un par de zapatillas. Aunque sí debemos decir, groseramente, que los narcos manejan en el mundo cifras superiores holgadamente a los 300.000 millones de dólares anuales y que más del 25 % de esa monumental cifra corresponde a la producción de cocaína. Digamos, con un mínimo de ironía, que a ninguno de los capo narcos más poderosos del mundo se les ve voluntad de reconvertirse en una persona decente.

Aceptamos el éxito escaso, las dificultades crecientes y la falta de resultados. Igual creemos que en esta larga y penosa lucha, la Argentina y toda la región deben ponerse de pie, con estándares sociales mínimos, que reduzcan la pobreza y la indigencia de manera brutal, para siquiera pensar en otro posible camino. Hasta entonces, la batalla, por poco feliz que suene para muchos, debe continuar sin descanso.

Los jóvenes y las drogas sintéticas

En la última década, se ha registrado un notable incremento del consumo de drogas de diseño en jóvenes y adolescentes. El abuso de este tipo de sustancias, en el contexto de fiestas nocturnas y al son de la música electrónica, busca tapar sus propias carencias emocionales y prolongar artificialmente las sensaciones de placer y goce hasta bien entrada la madrugada.

Transfieren el RENPRE a la órbita del Ministerio de Seguridad de la Nación

A través del Decreto 342/2016, el Poder Ejecutivo decidió asignar a la Subsecretaría de Lucha contra el Narcotráfico, conducida por Martín Verrier, “el control de precursores y sustancias químicas utilizables en la producción de drogas ilícitas”.

Gabriel Lerner, nuevo titular de la Sedronar

Abogado, de 53 años, reemplaza al sacerdote Juan Carlos Molina al frente de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico.

Un desafío impostergable

La mayor parte de los problemas que tendrán que enfrentar los Estados latinoamericanos están en el campo de las nuevas amenazas, de las guerras híbridas al terrorismo, del combate a formas delincuenciales organizadas y el problema del control territorial”.

Armando Borrero, magíster en Ciencia Política y experto en Defensa y Seguridad

“Seguridad regional en América Latina: retos y perspectivas en el siglo XXI” (Bogotá, 8/11/2013)

Casi con diez años de existencia, DEF ha intentado en todos estos años generar agenda y hablar de “los temas por venir”. Hoy que el tema narcotráfico y seguridad nacional están en juego y en la primera plana cotidiana de los medios, nos permitimos recordar con amargura que desde nuestros inicios fueron emblemas de esta publicación. Ojalá nuestros pronósticos no se hubieran cumplido, pero lo concreto es que de poco sirvieron las cientos de páginas dedicadas a advertir el crecimiento geométrico de este flagelo que hoy padecemos.

Estamos regresando de Colombia, donde con nuestra Fundación y junto con la Universidad Jorge Tadeo Lozano realizamos una jornada más, dentro del ciclo dedicado a la seguridad en la región. Nos reunimos para hablar de defensa y de fronteras, del narcotráfico y las nuevas amenazas, de la seguridad ciudadana y del rol de las FF. AA. en el siglo XXI. Tal como la experiencia que vivimos en los EE. UU. en el 2010, en aquella oportunidad junto con la Universidad George Washington, podemos asegurar que volvimos con mucho más conocimiento sobre esta problemática, pero también con las mismas convicciones con las que partimos desde Buenos Aires, relacionadas con la gravedad de la situación que enfrentan nuestras sociedades en la lucha de lo que bien podríamos denominar “transnacionales del delito”.

Involucramos en ello al narcotráfico, al lavado de dinero, a la prostitución, a las pandillas, a la trata de personas y al tráfico de armas, todos ellos siempre vinculados con el delito común, con el sicariato, con las extorsiones y los chantajes, con la siempre presente disponibilidad de dinero sucio para comprar voluntades políticas, policiales y de todo aquel que se ponga a tiro ante las necesidades de la delincuencia. Esto también forma parte de la aldea global y es la feroz contracara a los avances científicos, a los avances de comunicación y a la vinculación positiva entre todo el planeta.

Lo concreto es que, disponiendo de una absoluta movilidad y ausencia de leyes y ética propia, el delito no reconoce fronteras, no tiene límites demarcatorios ni tampoco reglamentos de conducta. Su campo de acción es el mundo, y sus procedimientos son cambiantes en cuanto lo requiera la situación imperante. Jamás está atado a consultas o procedimientos, mientras que los que deben enfrentarlos deben requerir instrucciones de sus gobiernos e instituciones a cada hora y en cualquier circunstancia. Nuestra región está en el centro de la escena por múltiples razones, entre otras, porque posee las más importantes zonas de cultivo de cocaína, aún mantiene importantísimos sectores de su población sumidos en la pobreza e indigencia, sus controles tecnológicos y fronterizos son mediocres y la coordinación interestatal no cumple los estándares internacionales aceptables. Casi como un ejemplo metafórico, concordamos todos los que nos reunimos en Bogotá que, tal como la mitológica Hidra de Lema, ante cada cabeza cortada, se regeneran otras, en otro lugar y a velocidades que impiden siempre enfrentarlas con éxito.

Bien, tal como explicaron expertos en inteligencia y otros funcionarios afines, entender la situación es el principio básico para resolver los problemas que emergen de esta compleja problemática. Este concepto básico choca mil veces en la Argentina y en otros países vecinos, con la idea voluntarista de plantear un panorama atenuado, a veces confundido y otras, directamente equivocado. Este es un primer paso fatal para tomar medidas que estarán condenadas al fracaso. Así fue que en la conferencia, planteamos este tema como una idea básica para ser discutida. En mi caso, me permití exceptuar a Brasil de esas consideraciones. Este es un socio particular, con problemas tan graves como los nuestros, pero que los enfrenta de manera excepcionalmente diferente y que, seguramente, será motivo de un análisis en otra oportunidad. Lo cierto es que, tal como dijera su exministro de Defensa, Nelson Jobin, en una conferencia organizada por nuestra Fundación en el 2009: “Brasil encara la estrategia nacional de defensa como un programa de Estado y no como una propuesta política partidaria”. Agrego que a esa propuesta, Brasil le asigna un presupuesto de 33 mil cien millones de dólares para el área y una industria pesada afín única en Sudamérica. Mantenida esa continuidad histórica, expresada por Dilma Rousseff y su actual ministro de Defensa Celso Amorím, es que analizamos en el resto del continente, con sus más y sus menos, los problemas que podemos definir como comunes, a saber:

– Vivimos todos en una región dominada indiscutiblemente por la presencia de los EE. UU., cuya condición de líder en defensa y seguridad en el mundo es apabullante. Su superioridad aérea, naval, tecnológica y en ciberguerra está a la vista con una inversión anual de 682 mil millones de dólares, más que la inversión de los quince países que le siguen, siendo el 40 % del gasto mundial en defensa. Su actual política alienta una reducción de sus fuerzas terrestres, procurando de sus aliados acciones vinculadas a la ocupación, de manera de contrarrestar una opinión pública interna adversa. Esta realidad alumbra al mundo y, de más está decirlo, afecta particularmente al resto de nuestro continente.

– En la región, con las excepciones ya nombradas, las políticas permanentes son excepcionales, el largo plazo casi inexistente y las variaciones entre gobiernos de distinto signo son de tal envergadura, que resulta casi imposible generar estabilidad en áreas donde estas condiciones son básicas para generar estructuras confiables. Cualquier estrategia será útil solo en la medida en que se cuente con el respaldo político y con el tiempo necesario para desarrollarla. Hoy por hoy, frente a cada oportunidad en que el camino se desanda, no ocurre una detención, sino cuando menos el atraso de una década.

– La mayoría de nuestros países se caracteriza por disponer de escasos recursos, de zonas con atrasos importantes; hay pobreza estructural y marginalidad proclive a la delincuencia; el trabajo informal es común y también las migraciones interpaíses que poseen fronteras permeables. Esta es una realidad que requiere siempre el empleo de recursos para paliar situaciones imprevistas; esas urgencias modifican los presupuestos de nuestras economías casi en forma invariable. Todas las áreas del estado quedan afectadas por estos cambios y particularmente las inversiones en Seguridad y Defensa sufren ese deterioro.

– La región presenta ventajas internacionales a futuro de inmenso valor, grandes espacios, agua y energía, zonas aptas para los cultivos, en general con bajas tasas de población y una gran riqueza en biodiversidad que incluye extraordinarios litorales marítimos. Ello obliga, aun contra la propia voluntad, a disponer de Fuerzas Armadas aptas y entrenadas para la defensa exterior, obligando a que sus capacidades requieran poder cumplir con multiplicidad de funciones, algunas antagónicas. Esto ocurre aun existiendo excelentes mejoras entre los países de América por la imposibilidad de armarse de un día para el otro ante la potencial codicia internacional. Se han desarrollado en las últimas décadas múltiples medidas de acercamiento entre nuestros Estados lo que genera altas probabilidades de una convivencia en paz y de que la solución a cualquier diferencia se resuelva por medidas pacíficas. Esta extraordinaria ventaja que brinda un bloque regional como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) –que destacó por sus intervenciones ante crisis institucionales en Bolivia, Ecuador y Paraguay– debe indudablemente incrementarse con la apoyatura técnica correspondiente y la integración de los servicios de inteligencia de manera concreta y efectiva para poder enfrentar a los trasnacionales del delito, el más inmediato enemigo común que tenemos. En el marco de la Unasur, destacamos la creación, a propuesta de Brasil, del Consejo de Defensa Sudamericano (CDS), con los objetivos declarados de consolidar la región como una “zona de paz” y “constituir una identidad sudamericana en materia de defensa”; así como la constitución del Centro de Estudios Estratégicos del CDS con sede en Buenos Aires. Por último, durante la última reunión en Lima, el Consejo Sudamericano en materia de Seguridad Ciudadana, Justicia y Coordinación de Acciones contra la Delincuencia Organizada Transnacional aprobó el Plan 2013-2017 para la construcción de una red de inteligencia antidelincuencial que debería permitir “armar mapas de violencia criminal que están ligados entre sí, con operaciones en nuestros países alrededor del narcotráfico, lavado de dinero, usura y trata de personas”.

– La escasez de recursos de los que en general disponemos contrasta con el uso parcial de los mismos. Hay cuestiones políticas e ideológicas que siguen dividiendo temas como Seguridad y Defensa, aspecto que hoy de por sí resultan imposibles de dividir. Son ideas que atrasan mucho más que una década y que vienen de la aversión que generan las “políticas de Seguridad Nacional” por las secuelas que dejaron en nuestros países y que aún hoy pagamos. Debemos entender que el contexto en el que se originaron ya no existe y que el Estado debe usar todos sus medios en forma conjunta ante tremendo desafío. Solo como elemental ejemplo, resulta inconcebible pensar en acabar con el narcotráfico en el Gran Rosario sin una adecuada radarización de nuestras fronteras, sin la detección de las pistas de aterrizaje clandestinas en todo el país y sin una coordinación eficaz entre nuestra Fuerza Aérea, nuestra Gendarmería, la Policía Federal, el resto de las fuerzas provinciales y la justicia.

Este es un panorama posible de la situación en la que vivimos. Ahora bien, resulta algo soberbio intentar imaginar un futuro en un mundo global en el que todo cambia a una velocidad donde muy pronto los nativos digitales ya serán antiguos ante las nuevas tecnologías por venir. ¿Qué hacer entonces? No parece buena la solución del ñandú, avestruz americana en extinción en estas pampas, que corre y corre ante el peligro y agotado ante el estrés, cava un hoyo en la tierra y esconde la cabeza. Esa parece una muy mala solución. Nuestra humilde propuesta es simplemente analizar a fondo la situación, no equivocarse en esa mirada estratégica y que de ese análisis surja, más integración, más medidas de confianza, más inversiones y más tecnología. Debemos disponer de leyes consensuadas entre todos, debemos fomentar el prestigio institucional de todas las áreas vinculadas a la Defensa, a la Seguridad y al Poder Judicial. A partir de allí, acompañar con políticas de mediano y largo plazo que se cumplan. Esos son caminos que otros países ya han transitado con buenos resultados.

La Argentina, dentro de este contexto, parece despertar en estos días de un largo letargo, letargo que fue ventaja para el narcotráfico y para la muerte. Así lo atestiguan a diario nuestras estadísticas, también la violencia cotidiana que no requiere de números, también el Paco y el nivel de consumo de cocaína, de la que nuestro país es líder triste en Sudamérica. La Iglesia, la Corte Suprema y las ONG pertinentes alertan sobre este fenómeno que ya tiene zonas incontrolables, incluso con participación de estamentos del Estado del lado del delito. Aquí aplica como nunca el “Argentina somos todos”. Y el gobierno no debiera sentir como un ataque estas voces, no debiera matar al mensajero. Por el contrario, debiera entender y compartir el nivel de preocupación que genera en toda una sociedad que durante décadas supo mirar indiferente el problema, “el problema” que era de otros y ahora les estalló en la cara. No hay tiempo para dilaciones.

Hemos estado muchas veces en Colombia, allí en la querida Bogotá volvimos a conversar una vez más con uno de sus principales líderes, el exgobernador de Nariño y precandidato presidencial, Antonio Navarro Wolf, un sobreviviente del M19, plenamente integrado a la vida democrática y hoy ejemplo de responsabilidad cívica. Me permito rescatar de esa charla informal el concepto de que “cada gobernante tiene el derecho de elegir sus prioridades, pero ellas no deben ser declaraciones de tribuna, sino que deben volverse acto en la asignación de recursos políticos y materiales”. Estas ideas trajeron a mi memoria la crítica de un profesor hace ya muchos años, que con sabiduría, ante la quinta expresión de la frase las “cosas fundamentales a considerar”, dijo: “Si todo es fundamental, nada es fundamental”. Bien, la Defensa Nacional, la Seguridad Ciudadana y la vida y los recursos de todos los países de la región son una responsabilidad de Estado, pero también de todos y cada uno de nosotros.

Si esto es fundamental o no es fundamental es la pregunta que seriamente deberíamos respondernos.

“El narco tiene una capacidad de incidencia muy fuerte”

DEF dialogó con Ricardo Vargas, sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, autor de numerosos estudios sobre el narcotráfico y miembro del Transnational Institute, un reconocido think tank internacional con sede en Amsterdam. Por Patricia Lee Wynne / Especial desde Bogotá

Nuevos enfoques en políticas de drogas

En la Cumbre Iberoamericana en Panamá, los mandatarios de la región respaldaron las iniciativas tendientes a promover el debate sobre las políticas de drogas “desde una perspectiva integral”.

Letal para todos

“Lo único que sirve es no bajar los brazos. Las políticas de prevención y recuperación dan resultado en todas partes. Pero, claro, hay que instrumentarlas y no abandonarlas”.

Padre Pepe Di Paola, Entrevista del diario La Voz del Interior – 18/08/2009

Retomamos el problema del paco dentro de la temática permanente sobre la droga y sus consecuencias, asunto sobre el que DEF viene alertando desde hace muchos años. Insistimos puntualmente en este tema por la importancia que tiene en sí mismo, pero también por su impacto en la inseguridad, en el incremento del delito y en el propio valor que la vida humana tiene para nuestra sociedad. En el desarrollo de esta publicación damos cuenta a nuestros lectores de cuántas veces y con qué intensidad nos hemos ocupado de este drama social, que trajo a nuestra nación situaciones que desconocíamos y que nos afectan a todos, pero especialmente a los que menos redes de contención tienen.

La droga responsable de esa vulnerabilidad extrema tiene nombre; es el paco. En octubre de 2007 dedicamos a ella la tapa de DEF y mostramos de cerca el trabajo de las madres que sufren este flagelo en sus hijos. Lamentablemente, el joven hijo de Isabel Vázquez (una de nuestras entrevistadas de entonces), quien la acompañaba en esa portada, ya no está entre nosotros, víctima de la violencia y la venganza que provoca el infierno del paco, del que él había logrado escapar. Al pensar durante días en esta editorial, estuve tentado de iniciarla como en aquella edición en la que reproducía en forma completa la canción de Rubén Blades, “Pedro Navaja”, que, escrita hace 30 años, relata la vida de un “quemado” centroamericano; algo que era para nosotros absolutamente lejano y hoy ya forma parte de nuestra cotidianidad. Refiriéndose a esta canción, el escritor español Arturo Pérez Reverte, entrevistado aquí semanas atrás, ha dicho: “En toda mi vida como novelista jamás podría hacer una narración así en tres minutos. Esa es una genialidad de Blades”. Lo cierto es que esa descripción, donde la vida solo importa por horas y hay que llegar a la noche con el “problema de la pasta resuelto” y luego veremos, es el camino al que se suman día a día cantidad de jóvenes desesperanzados, esos para los que la vida vale un par de zapatillas o donde cualquier nimiedad se resuelve con un puntazo mortal. También en aquel número de DEF contaba una experiencia personal: fue en el 2003 y en el Bajo Boedo cuando a pleno sol vi cómo la muerte acechaba a un joven consumido por el paco cuyo dramático estado terminal contrastaba con la alegría de niños que jugaban a la pelota y señoras que conversaban con sus compras previas al almuerzo, ignorando completamente a la víctima. Todos ellos sabían que de ahí no se vuelve y esa imagen me acompaña siempre. De ahí no se vuelve.

El paco es una droga relativamente nueva en el Cono Sur y nace en el hecho concreto de ciertas facilidades que se han producido a partir de que los laboratorios clandestinos de producción de cocaína se mudaron de Perú y Bolivia a otros países del Mercosur. Hoy nuestra realidad indiscutida, compartida con algunos de nuestros vecinos, es que la producción, tránsito, consumo y exportación se cumplen en un único proceso y es ahí donde deja las secuelas de lo peor, de lo más barato, de lo que lamentablemente se vuelve cotidiano.

Tal como informa la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (ONUDD) en su Informe Mundial sobre las Drogas 2012: “Hasta fines de los años setenta, la cocaína se consideraba una sustancia más bien benigna consumida sobre todo por las clases adineradas. Sin embargo, la imagen de la cocaína cambió a principios de la década de 1980 a raíz de la invención del crack, una forma más barata de cocaína. Apareció entonces una subcultura en torno a la comercialización y el consumo de crack, el cual pasó a ser la droga asociada a la delincuencia de las pandillas, los delitos violentos y la prostitución”.

Actualmente, el mayor mercado consumidor de crack/paco a nivel mundial es el brasileño. Según reveló un estudio de la Universidad Federal de San Pablo (Unifesp), publicado en 2012, existe en ese país alrededor de un millón de usuarios de esa sustancia. En nuestro país, si bien a priori las cifras no parecen tan escalofriantes como en el caso de la cocaína, el último Estudio Nacional sobre consumo de sustancias psicoactivas (2010) arrojó el consumo declarado de paco –al menos una vez en su vida– por parte de 61.168 personas, con un claro predominio de los varones (0,6%) sobre las mujeres (0,1%) y del grupo de entre 18 y 24 años (1,2%) por sobre el resto de las edades, aunque seguido por los jóvenes de entre 25 y 34 años (0,5%) y los de entre 12 y 17 años (0,4%).

Sin embargo, estas cifras tan precisas deben ser tomadas con pinzas. Tal como dice el dirigente oficialista Fernando Chino Navarro, entrevistado en nuestra nota central sobre el tema: “Se carece de un diagnóstico preciso y certero para tomar decisiones”. En la nota, no exenta de autocrítica, Navarro da un importante panorama de lo que ocurre con la droga y de su vinculación con la violencia. Dejando de lado cualquier complacencia, reconocemos en él a un dirigente de la primera hora en esta “cruzada”, poniendo el cuerpo en los lugares más vulnerables. Es un referente para las madres que luchan contra el paco, para los sacerdotes y dirigentes barriales, y esto lo hemos corroborado en los territorios más duros; nobleza obliga reconocerlo. Dicho esto, me permito con todo respeto y desde el “escritorio”, discrepar con la idea de que estamos mal pero mucho mejor que otros países de la región. Esto es verdad en cierto sentido, ya que no hay zonas tomadas ni combates abiertos ni empleo de las Fuerzas Armadas como, por ejemplo, en las favelas de Brasil; ahora bien, la gran duda que me genera esa afirmación es si en la Argentina no estaremos en otro estadio de la situación, con el problema instalándose y no sea ese precisamente nuestro futuro inmediato. Fronteras permeables, expulsión de narcotraficantes en Colombia y otras zonas calientes, mafias, sicarios y gigantescos decomisos son indicios de que nada halagüeño parece venir. Asimismo, ciudades como Rosario, donde se detecta connivencia entre el delito y un sector de aquellas fuerzas que precisamente deberían combatirlo, nos dan una señal de alerta que ya tuvieron países vecinos que tienen el flagelo descontrolado. A propósito, si uno sigue con cierto detalle los detalles de la banda “Los Monos” en el Gran Rosario, es más apropiado imaginarlo en Tijuana o Ciudad Juárez que en nuestra realidad. Sin embargo, esto está ocurriendo aquí y ahora, primero aniquilaron a las bandas rivales (“Los Colorados” y “Los Garompa”) y luego ampliaron su poder sin límites, cargados de homicidios, controlando toda la zona sur de la ciudad, distribuyendo droga, regulando el mercado negro de armas y el tráfico de autos de alta gama. Bien, ¿es o no es crimen organizado? Hoy es materia de grave preocupación; cuanto menos, tema central en la provincia de Santa Fe. ¿Cuándo tomará envergadura nacional? ¿Cuándo se volverá un problema regional?

Está claro, además, que más allá de las grandes razones ya expuestas vinculadas al orden institucional y a la seguridad, también hay fundamentales responsabilidades sociales que –vuelvo a Navarro y a sus dichos– no podemos eludir. El empresariado, los medios y la apertura de cualquier puerta al incesante consumismo ponen día a día y en todo momento en riesgo a nuestros adolescentes. El consumo de alcohol, su asociación con el éxito, con las mejores conquistas, el lujo como un fin en sí mismo y la exaltación del individualismo extremo generan estados de constante frustración, con deseos imposibles de satisfacer, en una etapa de desarrollo donde quien “adolece” solo debería recibir ayuda de sus mayores. Así, de la puerta del alcohol, droga lícita y puntera de publicidades y ganancia económica, arrancan los desequilibrios que llevan a los siguientes pasos guiados por las inhibiciones que generan: conduce a las drogas, al descuido sexual, a la imprudencia, a los accidentes y a la violencia sin sentido.

Respecto del crack/paco, debemos evitar caer en la mirada estigmatizante: “pobres y adictos” igual a “delincuentes y peligrosos”. Mucho trabajo social requiere detener el incesante avance de este multimillonario negocio; más allá de la inclusión que implica la Asignación Universal por Hijo (AUH) y otros beneficios que se han creado desde el Estado, se requiere actuar con energía, en conjunto y sin dilación. No es este un problema del gobierno de turno; es de él y de toda la sociedad. Incluir implica más y mejor educación, más y mejores oportunidades de cara al futuro. Requiere exaltar y recuperar valores que existen, por suerte, en nuestra sociedad, vinculados con la familia, la escuela y el valor de las asociaciones intermedias. Transitar el camino de la recuperación no será fácil. El paco no es más que el residuo de descarte de cocaína, que en segundos llegan al sistema nervioso central del individuo pero que también en minutos desaparecen, creando una dependencia cruel y mortal; salir de ese infierno es un camino empinado y complejísimo. No alcanza el esfuerzo del adicto y de su familia, si no se involucra todo el entramado social y no se cuenta con la presencia de las instituciones del Estado. Casualmente y en coincidencia con la preocupación general, hace semanas la Pastoral Social de la Iglesia, presidida por Monseñor Jorge Lozano, emitió un fuerte documento advirtiendo la gravedad de la situación y fijando posición en “la creciente tolerancia social a las drogas”. Lo hizo rodeado de expertos en adicciones y del sacerdote Pepe Di Paola, reconocido por sus luchas en las villas. Nada de esto fue casual, pues forma parte de la percepción de riesgo generalizado que siente nuestra sociedad por el avance de las drogas. El debate sobre cómo atender el drama de las adicciones requiere, sin dudas, de un profundo debate que deberá incluir a todos los actores sociales, sobre la base de experiencias internacionales pero evitando transplantar, a tontas y a ciegas, ejemplos de otras latitudes que cuentan con un contexto socioeconómico absolutamente diferente al nuestro. Debemos estudiar, comparar, analizar y tomar las mejores decisiones tanto en materia legislativa como en todo lo referente a políticas de salud pública.

El fenómeno es multicausal y debe generar honda ocupación, para que no se vuelva una preocupación permanente. Todos los estamentos del Estado deben ocuparse de los más vulnerables, pero ni eso alcanza si no se suma a la sociedad toda la tan mentada Responsabilidad Social Empresaria. Como dice la Pastoral, no hay soluciones mágicas, señalando: “En ese marco, los credos, el Estado y la sociedad civil debemos trabajar juntos, apoyando a las familias que son la principal barrera contra la droga”.

Paco y muerte son sinónimos. El paco mata. Mata al que lo consume. Mata a quien está alrededor del problema. Y también mata a quien lo cruza por casualidad en la vida. Porque quien alucina o delira, quien tiene insensibilidad al dolor y carece de toda inhibición, quien suma euforia, angustia e inseguridad al mismo tiempo es en sí mismo un arma. Un arma descontrolada, que aprovechan mafiosos y delincuentes.

Desarmar a esa juventud desesperada es la batalla que todos debemos darle al delito organizado.

Uruguay regula el uso de la marihuana

La regulación estatal de la producción, comercialización y distribución de cannabis y sus derivados marca un punto de inflexión en la política de combate a las drogas en la región.


 

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