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Drogas liberadas: Alerta

El siguiente relato es de Anahí, paraguaya de Encarnación, venida con cuatro años a la Argentina y hoy con desgastados 41 abriles. Los dichos son de una mañana fría y cargada de escarcha del 2 de octubre de 2008. El lugar, la villa 1-11-14 a solo “siete cuadritas” de la cancha de San Lorenzo.

“Al Lalo, no le abría la puerta de la casa, le tiré un colchón tan sucio que ni podía venderse por cinco pesos. Lo miraba por la ventana y la miraba a mi perra, al lado de la garrafa de la cocina. El Lalo muerto de frío peor que el cusquito. Pero el Lalo ya se había llevado la única olla que quedaba y, en un descuido, el delantal de la Martita. Cada entrada a la casa era una cosa menos de las pocas cosas que tenemos. Todo por algo de paco, todo por diez minutos. Miraba el cusquito, lo miraba al Lalo, lo miraba al cusquito, al volver a mirar el Lalo ya no estaba. Salí con el farol y no estaba el Lalo, ni la reja destartalada de la puerta. El Lalo había ido por su paco”.

DROGAS LIBERADAS

ALERTA

Escribe Gustavo Gorriz

DEF transita sus saludables doce años de vida y, desde su nacimiento, su dogma ha sido formar agenda. Precisamente, en aquella lejana agenda del año 2005, insistíamos sobre la problemática del narcotráfico y de la delincuencia organizada cuando, en la Argentina, eran temas menores y de escasa relevancia política y social. Insistimos e insistimos, en el pleno convencimiento de que es alrededor de este flagelo y de los recursos que genera a través del lavado de dinero, y también de la violencia implícita que provoca, donde se encuentra la madre de todos los males, de la trata y el asesinato, del delito común y el sicariato, de la extorsión, y de la compra de la voluntad policial y de funcionarios de todos los estratos y partidos políticos. Esa convicción fue volcada mil veces en nuestras páginas, recorrimos las favelas y la selva colombiana, las maras del Salvador y Guatemala, y nos adentramos en Bolivia, Perú y en muchos lugares de América. A nuestra experiencia de campo le sumamos seminarios académicos de Seguridad Regional en Washington, Bogotá y Buenos Aires. También interactuamos con las ONG vinculadas a la lucha contra el paco y otras adicciones, al tiempo que entrevistamos a cientos de autoridades científicas y profesionales, nacionales y extranjeras, vinculadas al problema. Recapitulamos lo recorrido, lejísimos del autoelogio, ya que quisiéramos que esta agenda fuera un tema del pasado, y lo hacemos con el convencimiento que tenemos argumentos sólidos para participar de una discusión tan relevante como esta, donde está en juego el futuro de nuestros hijos y la libertad de transitar en paz por las calles. Comienza a generarse en la Argentina y también en la región, una corriente de pensamiento, intensa por cierto, que señala el fracaso de las políticas de represión y sostiene ideas a favor de la liberación del consumo y que alerta respecto de las actitudes retrógradas que se aplican, así como la exageración infundada de los diagnósticos, a los que acusan de equivocados y mal encarados.

Quienes lo hacen, algunos sólidos académicos, algunos periodistas y otros exfuncionarios de sectores vinculados a la lucha contra la drogadicción, aseguran que es global el fracaso de las políticas punitivas y de la militarización de la lucha contra el flagelo. Al respecto, piensan que esos procederes solo vulneran los derechos de los más débiles y, además, que se utilizan los recursos públicos de manera errada e irresponsable. Seguramente en una mesa justa y desapasionada, desde DEF aceptaríamos como respetables algunos de estos conceptos, más allá de que finalmente no los compartamos. Creemos, con respeto por la opinión ajena, que en la región y muy particularmente en la Argentina, existe una fuerte prevención hacia el empleo de la palabra “combatir” o “reprimir” y todo aquello que pueda relacionarse con lo “militar”, vinculando el término a las trágicas vivencias que todos los argentinos tuvimos en la década del 70. Al punto tal que un desfile militar que conmemora una fiesta Patria fue motivo de largos enfrentamientos en las redes sociales y también de que muchos sectores progresistas, académicos y sesudos periodistas han visto con buenos ojos estas posiciones que critican impiadosamente la lucha contra la droga bajo estos parámetros. Y peor aún, pensamos que muchos otros que no comparten esos criterios, callan, porque temen que se los tilde con en el mote de “pseudofacistas” que, en nuestro país, supera con creces al de ser tachado de corrupto o defraudador, y nadie quiere que le cuelguen ese sayo.

Hechas estas pertinentes salvedades, manifestamos dos cuestiones en las que DEF cree a rajatablas. La primera es que es muy cierto que las políticas de lucha contra la droga han sido hasta aquí poco exitosas pero, en segundo lugar y lo que es más importante, nos manifestamos profundamente contrarios a la despenalización en todas sus formas y a la posibilidad de relegar una batalla, que debe ser sin cuartel, contra este gravísimo flagelo mundial. Cuando decimos que estamos convencidos de no declinar en la lucha y no ceder un paso en la necesidad de negar espacio al narcotraficante, a la venta de la droga en todas sus manifestaciones y a proteger a los más vulnerables del flagelo del paco (la peor manifestación de la dependencia infrahumana a una sustancia envenenada), no somos inocentes en creer que es posible “el país sin drogas”, ya que somos conscientes de que ese es un ideal casi imposible de alcanzar. Tampoco proclamamos que reprimir sea el único camino posible. Muy por el contrario, estamos convencidos de que el camino es multisectorial e incluye contención y fuerte trabajo de las organizaciones sociales en la búsqueda de ayuda al que ha caído en las drogas. Hay también que apuntalar al grupo familiar, ese que paga los costos emocionales, económicos y funcionales en el largo tratamiento del adicto. Pero partimos de una convicción irrenunciable, y esa convicción es que al hablar de las amenazas del siglo XXI, el narcotráfico encabeza los problemas que se deben enfrentar para la seguridad ciudadana. Para ello, el Estado debe emplear todos los medios de los que dispone frente a un enemigo sin ética, sin fronteras, que acomoda sus procedimientos a las necesidades del momento y a la mejor obtención de sus espurios beneficios. Pensar, de manera distraída, que esos caminos están errados por partir de diagnósticos equivocados, pensar que todas las políticas de coerción van a fracasar indefectiblemente y pensar que regular el mercado ofrece mejores oportunidades, nos parece un rápido camino hacia el precipicio. La Argentina y buena parte de la región vive una grave crisis, y esa crisis no se irá de un día para el otro, ya que involucra aspectos básicos de la vida social, desde el trabajo, al sostenimiento familiar, a las posibilidades de un futuro digno y, esencialmente, al mantenimiento de la autoestima de muchos excluidos. Cualquier camino que facilite resolver estos insalvables problemas puede llevar al escape rápido de las drogas. La lucha contra este flagelo, sin embargo, no solo debe darse por esa razón, sino porque además, si seguimos por la vía de la inacción, habrá también más delito, más abandono, más violencia de género, más muertes sin sentido. Países que limitan con zonas de cultivo de cocaína y marihuana y, a la vez, tienen débiles o inexistentes controles fronterizos, un sistema de radarización carente de estándares internacionales serios y cuyas coordinaciones interestatales son más que mediocres, se presentan como blancos extraordinarios para el delito.

Cada país lucha contra el flagelo como puede y con los medios que de los que dispone, pero alguna vez y en estas mismas páginas hablamos del famoso comentario del plomero que, ante las filtraciones en la pared, manifestaba: “El agua busca y ‘cola’”. Quería decir, en ese lenguaje primario, que finalmente la sustancia saldría por el lugar más débil del sistema. La Argentina debe trabajar intensamente en no volverse ese lugar, el lugar más vulnerable del sistema del delito. Tenemos, lamentablemente, posibilidades ciertas de que esto ocurra: nuestras largas fronteras mal custodiadas, nuestras políticas migratorias laxas, la débil radarización y hasta los propios aspectos positivos como es la condición de ciudad líder de Buenos Aires en Sudamérica, lugar apetecible para la estancia prolongada de narcotraficantes que huyen de sus países pero no de sus negocios. A nadie le escapan los brutales cambios que han ocurrido en la vida cotidiana de nuestra sociedad, cambios que hasta hace pocas décadas ocurrían en lugares que muchas veces tratábamos con mucho desdén. Hoy la Argentina es uno de esos lugares, y hasta a veces lideramos las situaciones que antes despreciábamos. Por ejemplo:

– Lideramos el consumo de alcohol y los movimientos en los horarios nocturnos en nuestras principales ciudades. Los eventos juveniles se inician en la madrugada y a ellos se llega con niveles considerables de consumo de alcohol o sustancias psicoactivas. Este tema, en cuya regulación tiene que ver el Estado, es el paso natural hacia la pérdida de la voluntad y hacia el ingreso a cualquier otro consumo ilícito.

– Las drogas sintéticas, que seguramente serán, tecnología mediante, las que dominen el mercado del futuro, tienen en la Argentina una tendencia de consumo creciente. Su gran notoriedad ocurre a través de hechos lamentables en las fiestas electrónicas, pero su consumo fuera de esos lugares públicos es incalculable y poco comprobable.

– El paco, lo peor del corte que se desecha de la cocaína, tiene un efecto brutal y de corta duración, crea una feroz dependencia y genera una situación de emergencia social total, con epicentro en el conurbano, en las villas de emergencia y en los sectores carenciados.

– La pésima imagen internacional de la Argentina en cuanto el lavado de dinero, con resultados impresentables y múltiples observaciones negativas de organismos internacionales durante años, indican con claridad cuánto hay que recorrer para resolver este tema clave, que es la verdadera madre del sistema delictivo de la droga.

Podríamos enumerar otros muchos ítems desalentadores, esos que los curas villeros machacan a diario en su incansable lucha por salvar vidas. Hasta por una vez hemos dejado de lado los números, claro ejemplo del negocio y del nivel del delito que provoca el narcotráfico, ya que hemos creído innecesario ahondar en ellos con detalle, porque cada ciudadano sabe qué es lo que ocurre en la calle, en su barrio, con sus hijos. El ciudadano argentino medio vive en un marco de intranquilidad, antes desconocida, y sabe que para muchos la vida vale un par de zapatillas. Aunque sí debemos decir, groseramente, que los narcos manejan en el mundo cifras superiores holgadamente a los 300.000 millones de dólares anuales y que más del 25 % de esa monumental cifra corresponde a la producción de cocaína. Digamos, con un mínimo de ironía, que a ninguno de los capo narcos más poderosos del mundo se les ve voluntad de reconvertirse en una persona decente.

Aceptamos el éxito escaso, las dificultades crecientes y la falta de resultados. Igual creemos que en esta larga y penosa lucha, la Argentina y toda la región deben ponerse de pie, con estándares sociales mínimos, que reduzcan la pobreza y la indigencia de manera brutal, para siquiera pensar en otro posible camino. Hasta entonces, la batalla, por poco feliz que suene para muchos, debe continuar sin descanso.

Un llamado a la acción

La porosidad de las fronteras, la falta de profesionalización de la lucha antinarcóticos y la carencia de medios tecnológicos adecuados amenazan con dejarnos indefensos, a merced de los embates del delito transnacional. Escribe Mario Montoto / Presidente de TAEDA

Laura Etcharren: “En Argentina se subestimó el narcomenudeo”

La socióloga y especialista en narcotráfico Laura Etcharren conversó con DEF sobre los alcances del fenómeno en nuestro país. Autora de numerosos trabajos y gran conocedora de esta problemática, brindó un duro diagnóstico y se refirió a las políticas necesarias para dar un combate efectivo a este flagelo.

El mundo en peligro: Narcos por doquier

“¿Qué tentación nos puede venir de ambientes dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia, ante el sufirimiento y la precariedad? Esa tentación es resignarse, lo cual paraliza e impide no solo caminar, sino también hacer el camino”.

Palabras del Papa Francisco en Morelia, capital del estado de Michoacán (México). Febrero de 2016

 

Gustavo GorrizEl mundo vive tiempos de intensa complejidad, con algunas noticias trascendentes y otras que provocan un profundo temor en toda la comunidad internacional. Entre las primeras, podemos destacar el extraordinario descubrimiento de las ondas gravitacionales que confirma la teoría de la relatividad de Albert Einstein, compleja investigación liderada por una científica argentina –Gabriela González– que se encamina hacia el Nobel. Y también la histórica reunión que en Cuba tuvo el Papa Francisco con el líder de la iglesia ortodoxa rusa, el patriarca Kiril, primer encuentro oficial luego de un cisma que duró hasta aquí 962 años. Ambos hechos muy diferentes entre sí auguran, en el mediano y largo plazo, cambios trascendentes para el mundo en que vivimos. Entre las muy malas noticias, no podemos dejar de enumerar los peligros que representan la propagación del virus del zika, con el terror que ello implica por las consecuencias de la microcefalia en los niños en gestación de mujeres embarazadas. También la gravísima inquietud que provoca la posesión de la bomba de hidrógeno por parte de Corea del Norte, en una zona sensible y donde gobierna el inestable líder Kim Jong-Un. Debe sumarse a esta situación el accionar cada vez más globalizado del Estado Islámico (ISIS), ya en una guerra internacional plena. Su fanatismo y determinación hacen imprevisibles las consecuencias e incluso amenazan con modificar hasta las costumbres cotidianas de todos los países desarrollados. A este panorama por cierto poco alentador lo acompaña de manera cotidiana, intensa y permanente el accionar del narcotráfico a nivel mundial.

El problema de esa intensidad y permanencia del narcotráfico en las noticias y en el quehacer cotidiano de la sociedad es el riesgo de que empiece a formar parte de nuestras vidas y terminemos acostumbrándonos a este flagelo. Valga como ejemplo el periodista James Foley, primer decapitado por ISIS cuyo dramático video recorrió el mundo como un reguero de pólvora, o Aylan Kurdy, el inmigrante sirio de tres años que conmocionó al mundo ahogado en las playas de Turquía. A cuántos más ISIS decapitó, quemó, arrojó desde las alturas y otras barbaridades, cuántos niños más murieron ahogados después de Aylan sin que recordemos sus nombres ni les hayamos dedicado siquiera una plegaria. A ese temible riesgo me refiero al hablar de la cotidianeidad con que nos llegan las noticias del narcotráfico y las consecuencias de las tragedias que provoca. Tampoco aquí podemos dejar de considerar cierta laxitud en nuestras costumbres, en nuestra forma de ver occidental y en la fácil aceptación que muchas de estas malas artes tienen en importantes capas sociales en nuestro continente y también en el resto del mundo.

Porque lo cierto es que el drama y la muerte se nos presenta muchas veces edulcorada por una superficialidad que suele ser intencionada y pagada por los líderes del narcotráfico y otras veces por la propia tontería de la conveniencia o del negocio, sin medir ninguna de sus consecuencias. A eso nos referimos con las narconovelas, con la comercialización de productos que exaltan a los narcos, con las series colombianas y mexicanas que exaltan la riqueza y la vida fácil de estos personajes e incluso con series de influencia mundial, como Braking Bad y su personaje icónico Mr. White. Imposible no citar aquí los narcocorridos, esas canciones que recorren Centroamérica exaltando las ausentes virtudes del narcotráfico y cuyos títulos hablan por sí solos: Dame veneno, La puta policía, Ambiente cadáver, solo para citar algunos.

Lejos de alardear, en DEF nos lamentamos de llevar más de una década alertando sobre este fenómeno que atraviesa todas las capas sociales y encuentra espacio en todos nuestros países. Hemos tenido el privilegio laboral de recorrer las favelas de Río de Janeiro, también la selva colombiana y los suburbios de El Salvador y Guatemala, entre muchos otros países, incluidos Perú, México, Bolivia y Paraguay. También nuestras propias villas, que repiten los códigos y la violencia de los más peligrosos énclaves del delito en Latinoamérica. Ello nos permite dar testimonio directo de lo que ocurre y también de sus consecuencias. La droga es un disparador que nunca corre solo, sino que es acompañado por la corrupción, el lavado de divisas, el tráfico ilegal de personas y de armas, la prostitución y la connivencia con fuerzas de seguridad y policiales. A ello debe sumarse el enquistamiento en las clases dirigentes, en políticos, jueces, empresarios y banqueros, interesados en el dinero fácil y sus beneficios. Este último aspecto, el que involucra a los dirigentes, es el que facilita la laxitud general para enfrentar el problema, el que detiene procedimientos en marcha y los obstaculiza en la Justicia, el que siempre genera las condiciones adecuadas para este “negocio” extraordinario. Este es su costado glamoroso; mientras tanto, miles y miles mueren y matan por nada, por una dosis. La gravedad de la situación también se extiende como una mancha de aceite sobre la gente común, sobre los inocentes y sobre los honestos que, agotados por la ineficiencia del Estado o directamente por la ausencia de él, actúan por mano propia, forman fuerzas de protección y se defienden. Ello indefectiblemente finaliza en abusos, en incidentes, en linchamientos. Es allí donde muchedumbres impotentes liberan sus peores demonios ante quien fuera, aun sean ellos inocentes, como ocurre las más de las veces.

Refrescar los índices y cifras de este monumental fenómeno del narcotráfico puede resultar frío y hasta escaparse de la imaginación de una persona común, aquella que se asombra con las habitaciones llenas de dólares de Pablo Escobar ayer, de El Chapo Guzmán hoy y del próximo por venir, a quien seguro muy pronto veremos. Pero aquí la realidad supera la ficción y esas habitaciones podrían ser estadios y esos recursos seguro podrían sacar de la pobreza a muchos países. Solo algunos ejemplos para mensurarlos:

Según las últimas estimaciones de la ONU, los ingresos anuales provenientes de las drogas en los países de nuestro continente ascienden a 150.000 millones de dólares, prácticamente la mitad de los 320.000 millones que generaría ese negocio a nivel mundial, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

El valor del mercado minorista de la marihuana se estima en 141.000 millones de dólares anuales, siendo los EE.UU. la plaza más rentable, con unos 64.000 millones, en tanto que el sudamericano llegaría a 4.200 millones de dólares. Pensemos que, de legalizarse su uso medicinal en más países o de despenalizarse su consumo recreativo (como ya ha ocurrido en los estados de Colorado y Washington), podría convertirse en un apetecido mercado legal. Sin ir más lejos, en 2014 la venta de marihuana legal en EE.UU. alcanzó los 2.700 millones de dólares y, según estimaciones del ArcView Group, en 2016 podría acercarse a los 4.500 millones de dólares.

En el caso de la cocaína, esta droga mueve alrededor de 84.000 millones de dólares en el mundo, de los cuales 34.000 millones se concentraría en EE.UU. Para hacernos una idea del fenómeno, pensemos que por un kilo de cocaína pura en Colombia o Perú se le paga al productor unos 700 dólares. En México, llega a cotizar 18.000 dólares. Al cruzar la frontera con EE.UU., pasa a 30.000 dólares en el mercado “mayorista” y en el “menudeo” puede ascender a unos 100.000 dólares. Es decir, desde su lugar de producción hasta llegar al consumidor final, el precio se multiplicó 142 veces.

Si analizamos el caso de la heroína, en el estado de Guerrero, donde se siembra buena parte de la amapola mexicana, cada campesino puede llegar a recolectar hasta 300 gramos de goma de opio por día, a cambio de 275 dólares. Al llegar al mercado estadounidense, el kilo de heroína –para cuya producción se requieren necesitan 10 kilos de goma de opio– tiene un precio de 35.000 dólares en México, pero llega a los 80.000 a 100.000 dólares en el mercado minorista estadounidense. Aquí también el precio se multiplica, a lo largo de toda la cadena, entre 290 y 360 veces.

Un negocio muy apetecible es también el de las drogas sintéticas, mercado dominado por la metanfetamina. Se calcula que este mercado deja ganancias por 28.000 millones de dólares a nivel mundial, de los cuales el 60 por ciento –es decir, unos 17.000 millones– se obtienen en el mercado minorista de EE.UU., abastecido principalmente por el Cártel de Sinaloa.

Como dijimos, las cifras son el frío resultado de las estadísticas, solo números que las más de las veces hasta resulta difícil imaginar. Pero, a medida que acercamos la lente, uno empieza a ver a las víctimas hasta llegar a individualizarlas, hasta llegar a verlos uno por uno. Ahí podemos ver los ojos adolescentes y ya sin vida de los mareros en Centroamérica, ver a los excluidos de Medellín o a los rostros iluminados por el dolor de padres y hermanos de los estudiantes de Ayotzinapa en México. Imágenes que también se repiten en nuestra Villa 31 en Buenos Aires y en el desaliento de las “madres del paco” ante sus realidades casi irreversibles. Aquí se acaba la última fascinación por la droga, donde muere la diversión, la alegría, el sexo y el lujo. Se pierde todo, simplemente para volverse solo dolor y final. ¡Nada!

Muchas veces nos preguntamos en la redacción si no somos reiterativos, si no encontraremos lo que escribimos en otras de nuestras propias publicaciones. Siempre nos respondemos, desde ya hace muchos años, que nos repetimos porque vemos que los años pasan y los cambios de fondo no llegan. Que alertamos sobre cuánto más grave se puede poner, cuánto más grave puede ser la situación. Que intentamos contribuir a generar esa agenda cotidiana para la Argentina y para toda la región. La indiferencia mata; mata porque nadie amanece un día y descubre que vive en un “narco-Estado”. Ello ocurre en un proceso lento, imperceptible, pero diario y constante. Nuestros hermanos mexicanos viven hoy su hora más difícil, con sectores de su país fuera de su propio control, con una encarnizada represión y una violencia entre Cárteles que supera cualquier ficción. Una sociedad con altísimos porcentajes de descontento con su propio Gobierno y con fuerzas policiales a las que consideran corruptas y generadoras de violencia descontrolada. Salir de allí será muy difícil, porque cuando uno batalla en las puertas del propio infierno, siempre es factible que “mañana sea peor”.

También hemos repetido mil veces, como ya ocurriera en Colombia, que el narcotráfico no respeta fronteras y que, como el peor de los virus, se instala allí donde encuentra las mejores condiciones ambientales, y donde la debilidad es más manifiesta. El poco control sobre el territorio, una precaria radarización, fronteras porosas, migraciones libres y relaciones entre bandas locales e internacionales son un caldo de cultivo más que propicio. A ello se le suma el incremento del delito, de la violencia y del consumo en todas sus formas. Entonces, todo pareciera indicar que estamos ante un camino que se transformará pronto en una gran avenida para nuestras vidas. Muchos distraídos, poca colaboración internacional e interna, falta de inteligencia criminal y de una acción judicial estricta e inapelable, no son buenos indicios para nadie, salvo para los narcotraficantes. Un Estado presente, educando y generando empleo y fundamentalmente, sacando razones de la calle para que el delito encuentre adeptos, es un sendero que debiera ser transitado de manera inmediata.

Argentina y la región exigen consciencia, responsabilidad y trabajo coordinado. DEF será portador de este mensaje cuantas veces lo crea necesario, sin importarnos otra cosa que generar consciencia plena del reto que debemos enfrentar. Entrar en el problema es triste y doloroso, pero salir del problema es trágico e imprevisible.

Crean un programa contra el lavado de activos en el Ministerio de Justicia

El Programa Nacional de Coordinación para el Combate al Lavado de Activos y la Financiación del Terrorismo estará a cargo del abogado Juan Félix Marteau, titular de la Fundación de Investigación en Inteligencia Financiera (FININT). Estará en la órbita del Ministerio de Justicia.

Transfieren el RENPRE a la órbita del Ministerio de Seguridad de la Nación

A través del Decreto 342/2016, el Poder Ejecutivo decidió asignar a la Subsecretaría de Lucha contra el Narcotráfico, conducida por Martín Verrier, “el control de precursores y sustancias químicas utilizables en la producción de drogas ilícitas”.

Crece el cultivo de coca en Colombia

La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) relevó un aumento del 44 por ciento en la superficie sembrada de hoja de coca en el territorio colombiano, que pasó de 48.000 hectáreas en 2013 a 69.000 hectáreas en 2014.

Gustavo Sierra: “Por donde pasa la cocaína queda el polvillo”

En su libro “Sinaloa-Medellín-Rosario” (Planeta, 2014), el periodista Gustavo Sierra recorre las principales rutas del narcotráfico en nuestro continente, desde Culiacán y Ciudad Juárez hasta Rosario y Buenos Aires. Dialogamos con él para conocer más detalles acerca de un fenómeno global al que nuestro país no es ajeno.

“Las mafias del crimen organizado actúan como un holding”

Gustavo Vera, legislador porteño, docente, titular de La Alameda y amigo del Papa Francisco, es un reconocido referente social. Conversamos con él acerca de sus principales banderas de lucha. Una entrevista de Susana Rigoz

“Ya somos un país narco-mara”

En un diálogo con DEF, la socióloga Laura Etcharren, autora de “Esperando las maras” (Catálogos, 2009), se refiere a la problemática del narcocrimen y el definitivo desembarco de las maras en nuestro país. Un análisis en profundidad de las características de este “combo” violento que amenaza a la sociedad argentina.


 

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