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“El Papa está haciendo cosas muy importantes en geoestrategia”

La reedición en castellano del libro de Daniel Olivera y Luis Rosales fue la excusa para repasar con uno de sus autores el papado de Francisco. ¿Por qué asegura que es el “argentino que puede cambiar el mundo” –como reza el subtítulo de la obra- y qué desafíos le deparan para el año que comienza?

Histórico: El Papa ante el Capitolio

En un histórico discurso ante el Capitolio, Francisco instó a EE.UU. a rechazar las actitudes hostiles hacia los inmigrantes.

Haciendo lío

“Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren
miseria, cuando tantos hombres siguen abandonados a su ignorancia,
cuando faltan por construir tantas escuelas, hospitales, casas dignas de tal
nombre, todo despilfarro público o privado, todo gasto de ostentación
nacional o personal, toda carrera desenfrenada de armamentos resulta
un escándalo intolerable. Nosotros debemos denunciarla. Que los
responsables nos oigan antes de que sea demasiado tarde”.
Pablo VI, discurso del lunes 16 de noviembre de 1970
en el 25º aniversario de la FAO

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Cientos de miles de páginas se han escrito y, seguramente, muchas más se escribirán sobre el Papa Francisco, desde que con mirada cómplice les dijo el 25 de julio de 2013 a miles de jóvenes que lo vitoreaban en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro: “Espero que salgan a la calle y hagan lío”. La ciudad carioca es seguramente el lugar desde el cual el Papa ha lanzado su liderazgo carismático al mundo. Sabía bien de qué hablaba Francisco, ya que desde aquellos días, siendo aún el cardenal Bergoglio, había caminado sin escoltas los más difíciles y quejumbrosos lugares de Buenos Aires, esos donde los desposeídos crecen sin esperanza. Consciente de que no hay liderazgo sin ejemplo personal es que Francisco irrumpió en la escena internacional generando verdaderos “líos” por doquier y asegurando para la Iglesia Católica una época donde lo único que está garantizado es la ausencia de la indiferencia, no solo en su gigantesca grey de más de 1200 millones de católicos, sino en la humanidad toda. Si bien esta invitación a “generar lío” es una idea basada en un acto consciente y responsable, aplicable tanto a su persona como a los jóvenes a los que ha invitado a sumarse, de ninguna manera significa que no tendrá consecuencias, porque involucrarse siempre acarrea un costo. Correr riesgos conlleva la posibilidad de fracasar, de errar, de vivir complicaciones, pero parece que nada de ello acobarda al Papa que viene del “fin del mundo” y que enfrenta su misión con un brío que desafía cualquier resistencia.

El panorama no es, por cierto, para nada sencillo: Francisco recibió una Iglesia debilitada, atravesada por décadas y décadas en las que la religión en el mundo occidental quedó atrapada en lo privado y alejada de la cosa pública. Los extraordinarios avances técnicos, los impensables logros obtenidos por la ciencia poco y nada han cambiado al ser humano. La humanidad ha virado a lo banal, con una superficialidad que acompaña la permisividad y el relativismo en los valores más básicos que han devorado generaciones que viven en el hoy, en un paraíso terrenal donde reina el consumismo galopante. Ello ocurre mientras en otras regiones del mundo la religión está más activa que nunca. Qué decir del hinduismo que se purifica en el Ganges, qué decir del mundo evangélico que crece sin parar, qué decir del mundo musulmán en general y de los sectores violentos del Estado Islámico, que además combaten al catolicismo con el terror y la persecución extrema. Ese es el mundo que enfrenta Francisco, aun con graves dificultades internas en el propio Vaticano, con sectores de la Iglesia que resisten las reformas imprescindibles para enfrentar el siglo XXI, que resisten el reordenamiento interno, entre ellos el sinceramiento económico, que se niegan a responder al aluvión de denuncias de abusos sexuales dentro del propio seno de la Iglesia y que parecen no querer resolver las controversias que ha generado el Sínodo de la Familia, entre ellas el trato a los divorciados, a los gays y las cuestiones vinculadas a la salud reproductiva.

Este superficial y seguramente incompleto panorama asustaría al ejecutivo más vital de cualquier corporación multinacional, pero pareciera no hacer mella en este veterano sacerdote, que se imagina a sí mismo rejuvenecido por la acción del Espíritu Santo y que en estos meses ha desarrollado una actividad pastoral cuya energía se extendió fuera de la Iglesia, pues influye en el pensamiento y condiciona el accionar de los líderes más importantes del mundo. Lo curioso es que la aparente simplicidad de Francisco en su actuar y en su decir permite que todos crean conocer el pensamiento y la estrategia de este complejo jesuita que acaba de realizar dos acciones de alto impacto y múltiples consecuencias. Es muy probable que la encíclica Laudato si’, vinculada a la crisis ambiental y que cuestiona el actual modelo de desarrollo humano, y la arrolladora visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, sean pinzas de un mismo objetivo y tengan más puntos en común de los que cada uno de nosotros podamos imaginar.

Si bien aún es prematuro sacar conclusiones, tanto sobre la encíclica como sobre la significativa visita pastoral a nuestra región, ya puede vislumbrarse la gran trascendencia que tendrán ambos hechos en el futuro inmediato. El viaje al continente que lo vio nacer produjo un crujido pastoral y político que se extendió muchísimo más allá de las fronteras de Sudamérica. La dedicación y la energía aplicada por Francisco en esta visita no fueron casuales; conoce los problemas de la región como nadie, conoce el pensamiento de la inmensa cantidad de católicos (casi el 40% de la población mundial), conoce la profunda sangría que la religión evangélica realiza sobre su propia grey, y también sabe muy bien del fuerte desprestigio que durante décadas han tenido la mayoría de las autoridades religiosas en nuestros países. La masa de ellas estuvo ligada siempre a los sectores del poder y ha sido reiteradamente señalada por su poco compromiso con los necesitados y desposeídos, razón fundamental de la Iglesia del jesuita. Los sacerdotes de la Teología de la Liberación y otros pocos y minúsculos sectores fueron los únicos que vivieron y sufrieron las desventuras de la gente y ello tuvo un altísimo costo no solo para la Iglesia sino para la política, para la sociedad y para la secuela de violencia que se vivió durante décadas. De ahí que la palabra del Papa haya sido dicha para cada necesidad, para cada sector, para cada situación particular, pero en plena conciencia de la repercusión que su mensaje tendría en un mosaico de mil interpretaciones, mil costumbres y contradicciones que presenta el catolicismo en el mundo entero. No hay duda de que el Papa procuró, con su fortalecida autoridad, llegar a los pobres con una actitud y una visión misionera, esa que ha marcado su vida de sacerdote común, de obispo y de cardenal en el pasado. Ese clamor por la Iglesia de las periferias no es un acompañamiento sin objetivos a la vista y quizás sea esa la conexión más cercana con la encíclica Laudato si’. Ambas acciones procuran crear el condicionamiento moral en los dirigentes políticos, empresariales, sindicales y educativos que tienen las herramientas reales para poner en ejecución acciones concretas que modifiquen un mundo en el que las desigualdades quedan en explosiva evidencia.

La encíclica papal ha sacudido al mundo, no solo al mundo ambiental sino a la dirigencia global, generando amplias adhesiones y también feroces críticas, en general de sectores conservadores. A nadie le resultó indiferente y muchos la calificaron incluso de osada. ¿De qué hablamos cuando nos referimos a ella?

Laudato si’, cuyo título recuerda el famoso cántico de San Francisco de Asís dedicado a la naturaleza, apunta a crear una mayor conciencia sobre el cuidado de nuestra casa común, el planeta Tierra, cuyos recursos no son infinitos y cuyo uso responsable permitirá un futuro sustentable para las generaciones que nos sucedan. Allí, el Papa Francisco hace un llamado urgente a la protección del ambiente en el que vivimos. Recuerda que el clima es “un bien común de todos y para todos” y que los peores impactos en materia de cambio climático recaen sobre los países en desarrollo.

En el capítulo dedicado a la contaminación, el Pontífice hace una profunda reflexión sobre lo que denomina “la cultura del descarte”, que afecta tanto a las cosas como a los seres humanos que son excluidos y convertidos en basura. Realiza además un fuerte llamado de atención a los sectores más ricos para que hagan una profunda revisión de su hábito de “gastar y tirar”. Apunta, como solución, a un “modelo circular de producción” que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar.

Francisco define, por otro lado, el acceso al agua potable como un derecho humano, básico, fundamental y universal, y señala que negar a los sectores más pobres de la sociedad este derecho es “negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”. Hace también un fuerte alegato en pos de la preservación de la biodiversidad de nuestro planeta y cuestiona, al mismo tiempo, los enormes intereses económicos que, bajo el pretexto de cuidar nuestro ecosistema, pueden atentar contra las soberanías nacionales. En ese sentido, se manifiesta contra las propuestas de “internacionalización” de la Amazonia, que solo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales. Se sabe la influencia aquí del trabajo del obispo de Xingu y presidente del Consejo Misionero Indígena de Brasil, Erwin Kräutler, muy comprometido durante décadas con el Amazonas.

El Papa se pronuncia, asimismo, sobre un estilo de vida que prima hoy en muchas de las grandes ciudades del planeta, que se han vuelto insalubres debido, por un lado, a la contaminación originada por las emisiones tóxicas y, por el otro, al caos urbano generado por los problemas del transporte y la contaminación visual y acústica. Observa además como impropio de habitantes de este planeta el hecho de “vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza”.

El Pontífice ofrece finalmente, a partir de una profunda reflexión apostólica, unas líneas y orientaciones en las que convoca a un diálogo internacional sobre el medioambiente; a una planificación, coordinación y vigilancia de los Estados nacionales sobre su propio territorio; a una mayor transparencia en los procesos de toma de decisión; y a una profundización del vínculo entre educación y espiritualidad ecológica. En ese sentido, se muestra convencido de que un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Para comprometernos con el mundo que nos rodea, siguiendo las reflexiones de Francisco, debemos ser capaces de superar el individualismo y desarrollar un estilo de vida alternativo.

Esta tremenda sacudida política tendrá su correlato real y será una referencia ineludible en la 21º Conferencia sobre Cambio Climático (COP 21) que Francia prepara para el mundo en París, en el recinto Le Bourget, y donde la encíclica será ineludible motivo de discusión, aun por encima del propio encuentro, encuentro que viene ya de varios fracasos anteriores.

Está claro que la encíclica y el viaje latinoamericano hacen pie sobre la desigualdad en el mundo, conocida como pocos por Francisco en la cotidianidad de su propia vida. Llegando al recorrido final de esa vida es que ha tomado como misión suprema intentar cumplir con aquello escrito en el Documento de Aparecida de mayo de 2007, del cual fue uno de los principales gestores. Ningún acto parece ajeno al espíritu de ese documento y nada parece poder apartar a su férrea voluntad de esos preceptos. Preceptos que incluyen cuestiones básicas de la Iglesia de Cristo ante el hambre, ante la guerra, la explotación, la agresión a la naturaleza y el descarte de los seres humanos. Sin embargo, Francisco tiene absolutamente claro el feroz costado político de todos estos aspectos, pues ellos rozan intereses de todo tipo, que no negocian más que por la fuerza.

El Papa ama y bendice a los pobres, que reconocen en él al sacerdote verdadero que no les teme y conoce sus pústulas. Pero sus enemigos no ven al Papa sino al enconado cardenal político, jesuita al fin y soldado de su causa que, con capacidad de trabajo extraordinaria y visión estratégica, va por su misión en la Tierra.

Los curas de Francisco

Ganar la villa

“Para nosotros la villa no es un lugar solo para ayudar; es más bien el ámbito que nos enseña una vida más humana y, por consiguiente, más cristiana.Valoramos la cultura que se da en la villa, que surge del encuentro de los valores más nobles y propios del interior del país o de los países vecinos, con la realidad urbana”.

Documento “Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera” (2007)

Ya hemos dicho muchas veces que el tema de la seguridad, la violencia, la influencia del narcotráfico y el delito organizado ha sido una constante preocupación para nuestra publicación desde que la iniciamos en aquel lejano 2002. Esta temática nos llevó a recorrer el continente, a organizar seminarios en Washington y en Colombia y a editar y publicar múltiples notas y libros. Hoy que es tapa cotidiana en todos los medios, que se encuentra en constante escalada y con un incremento de los grados de violencia desconocidos para nuestra sociedad, recién comenzamos a tomar conciencia de que esta historia de muertes y sicarios se instaló en la Argentina para quedarse.

Mientras todos se hacían los distraídos, y aún antes de nuestro incesante trabajo de alerta, en silencio, la Iglesia, de la mano del entonces cardenal Bergoglio, le daba volumen a una ciclópea tarea en las villas de emergencia. Era allí donde los más vulnerables eran captados por lo peor de la delincuencia, de la droga y de la violencia. Francisco ha manifestado, en una entrevista que concedió a la Civiltà Cattolica, su inspiración jesuítica en la máxima de San Ignacio de Loyola: “Non coerceri maximo, sed contineri minimo divinum est”, es decir, “No tener límite en lo grande, pero concentrarse en lo pequeño”. Es probable que este concepto vinculado a la magnanimidad haya llevado al entonces Cardenal a plantar esa mínima, pero imprescindible bandera, en los lugares más vulnerables y que mayores costos pagan con el Paco y la muerte. Allí es donde todo es sin red, donde toda caída se estrella en el vacío.

La transformación del Cardenal en el Papa Francisco cooperó en darle visibilidad manifiesta a aquellos sacerdotes que trabajan insertados en los sectores más pauperizados de nuestra sociedad y que nacieron durante la gestión del Cardenal Juan Carlos Aramburu, hace más de cuarenta años. Estos recorrieron infinitas vicisitudes a lo largo de los años, tantas como las de nuestro país, fundamentalmente en aquellos años signados por la violencia y la muerte. Fue Bergoglio quien a fines de los 90, le dio envergadura a esa gestión incrementándole la cantidad de sacerdotes y dándoles apoyo material y esencialmente espiritual. Hoy resulta muy curioso que la vida casi secreta del ex Arzobispo de Buenos Aires, que había sido elegido sucesor del fallecido Monseñor Quarracino en 1998, se conozca solamente por su ascenso al papado y haya previamente pasado por tantos análisis y confusiones diversas, muchas sin duda generadas por sectores malintencionados. No podía desconocerse un trabajo de muchísimos años en el corazón de Buenos Aires, compartidos con los sacerdotes y los desposeídos de los mínimos beneficios que debiera proporcionarles el Estado. A veces, la realidad supera la fantasía y el orgullo que genera Francisco supera con creces el hecho de ser argentino, de ser el primer Papa latinoamericano; es la humildad de sus actos actuales y también el ejemplo de su conducta pasada lo que genera esa adhesión sin límites. El mundo mira a un Papa distinto al que, más allá de la religión, los periodistas siguen, no por lo que representa su jerarquía, sino por sus actos cotidianos y cuya mirada política siguen los líderes mundiales con dedicada atención.

Pero volviendo a los curas villeros, este grupo de sacerdotes cuyo guía es el Padre Di Paola, “Pepe” para todos, nacidos la mayoría en clases acomodadas, optaron por el ministerio de acompañar a los más necesitados apoyados por la conducción de la Iglesia argentina. Se declaran continuadores de la obra del Padre Mugica, pero admiten ejercer su sacerdocio bajo las problemáticas de la época actual, ajenas a la violencia del pasado. Mugica fue asesinado el 11 de mayo de 1974, probablemente en manos de la Triple A; estaba vinculado a la organización Montoneros y ya era una leyenda por su labor en la Villa 31. Sus herederos actuales misionan enfrentando los flagelos del siglo XXI, intentando suplir la ausencia del Estado, focalizándose en la niñez y en la juventud en un desesperado intento de alejarlos del delito y la droga. Su inspiración intelectual nace del pensamiento de referentes como los sacerdotes Lucio Gera (1924-2012) y Rafael Tello (1917-2002), guías de generaciones de pastores y teólogos en la Argentina, con cercanías a la teología de la Liberación, pero con una perspectiva más espiritual que política y que fueron muy respetados por la Iglesia en general. En parte de ese pensamiento se inscribe seguramente el documento sobre la Pobreza elaborado en el 2007 por el Episcopado de América Latina en Aparecida, en el cual Bergoglio evitó caer en el “reduccionismo socializante” y que fue decisivo en su posterior elección como Papa. Ese documento se alejó del análisis marxista, poniendo centro en la pobreza evangélica y en la opción preferencial por los humildes. Dio quizás una sola certeza relacionada con el dogma: “Dios está presente en la vida de cada persona”. Los sacerdotes villeros siguen los preceptos de lo que ellos mismos denominan “La Teología del Pueblo”. En él no hay diagnósticos sino las consecuencias de la realidad cotidiana, según manifiestan en el segundo documento del equipo de sacerdotes para las villas y que justamente el otrora Cardenal oficializó en el Boletín Eclesiástico.

La visibilidad mediática nacional del Padre Pepe, a quien DEF entrevista extensamente en este número, nace de sus manifestaciones contra la “despenalización de hecho de la droga” en la villa 21, asiento de su parroquia de Caacupé, realizadas a finales de la década pasada. Ello le valió inmediatas amenazas de muerte, el consejo de un autoexilio del propio Bergoglio y su ida a Campo Gallo, en sectores marginales de Santiago del Estero. Regresó luego a Villa La Cárcova y continúa hasta hoy coordinando a los curas villeros desde ese asentamiento en José León Suárez.

Las villas miseria nacieron alrededor de la crisis de 1930 con el masivo ingreso de migrantes internos en busca de trabajo y sin recursos para instalarse de manera regular. Al igual que en otros países de la región (el ejemplo más extremo son las favelas en Brasil), son lugares donde el Estado apenas dice “presente” de la manera más precaria y no puede garantizar el funcionamiento de las más elementales necesidades para vivir dentro de una comunidad. En ellas, se carece de servicios sanitarios, de sistemas de agua, de asistencia médica elemental, de medios de transporte interno y de un imprescindible marco de seguridad. El desarrollo de estas villas, también llamadas “de emergencia”, carece de planificación, es espontáneo, de traza irregular y se caracteriza por el hacinamiento de la población allí residente. Muchas de ellas lindan con barrios en los sectores más pudientes de la sociedad y ponen de manifiesto las terribles desigualdades que la región depara para los que menos tienen. Indudablemente, la proximidad de la villa 31 a Puerto Madero –de manera similar a la Rosinha, favela brasileña que linda con Leblon e Ipanema (lujosos barrios de Río), solo para dar un ejemplo– impiden imaginar una convivencia justa y en paz en una sociedad con diferencias inaceptables.

Lo cierto es que es posible arribar a algunas conclusiones sobre esta compleja problemática:

– Es difícil dar cifras “no discutibles” en relación con los asentamientos informales, datos siempre complicados por los intereses del oficialismo de turno y otros de opositores o sectores amarillistas. Sin embargo, nadie dudaría en afirmar el incremento geométrico de estos sistemas precarios de viviendas.

– En forma genérica, citando datos del último Censo Nacional de Población, puede indicarse que en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, alrededor de 165 mil personas viven en estas condiciones y en el Gran Buenos Aires, llegarían a dos millones distribuidas en alrededor de mil asentamientos.

– En nuestra Capital, el incremento ha sido de alrededor del 50% en la última década. El propio Padre Pepe calcula que cuando inició su tarea pastoral, allá por 1997, la villa 21-24 tenía alrededor de quince mil personas, y hoy triplica esa cifra.

– A aquellos migrantes internos iniciales de la década del 30, se les sumó un constante incremento de trabajadores informales de la región, básicamente, paraguayos, bolivianos y peruanos. La masa, concentrados en asentamientos en Lugano, Flores, Nueva Pompeya y Balvanera, llega en busca de oportunidades y mejoras, ausentes en los países de los cuales provienen.

– Las condiciones de vida en estos asentamientos no responden a los estándares mínimos. De acuerdo con cifras difundidas por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), el 73,3% de las viviendas se encuentran en condiciones de tenencia precaria, es decir, sus ocupantes no son propietarios ni inquilinos. El 68,6% de los hogares no cuenta con acceso al servicio de agua corriente ni conexión a la red cloacal. A su vez, el 63,7% de las familias carece de alcantarillado y desagües pluviales y el 62,1% de las viviendas se encuentran próximas a basurales.

Bien, en este mundo, estigmatizado por quienes lo analizan con premisas elementales y prejuiciosas, los curas villeros viven a diario en un lugar donde no sobra nada, salvo lo que ellos denominan “sabiduría popular”. Allí “derecha” o “izquierda” no son conceptos perimidos, directamente no existen; son reemplazados por la cultura de la acción; acción de urbanizar, acción de respetar la cultura ajena y acción de rescatar a los jóvenes de la droga y del delito.

¿Cuáles son los principios que sostienen en su lucha?:

– Optar por los pobres y hacer de eso un ejercicio de vida, de presencia cotidiana y de ser parte de esa realidad y servir desde adentro en el complejo sistema interno de cada villa.

– Ser la voz y batallar por la imprescindible presencia del Estado en estas urbanizaciones, para que este tome la responsabilidad sobre la seguridad, el transporte y la educación, sumados a los servicios básicos necesarios para una vida digna.

– Respetar la cultura de todos los integrantes y sectores del asentamiento, rescatando el concepto integrador de la buena vecindad y la solidaridad.

– Aceptar el desafío que representa la religiosidad popular y acompañar esas tradiciones, festividades y ritos variados, sintonizando con lo diverso de las costumbres populares. Fortalecer la fe, acercando la Virgen de Caacupé o incluso al Gauchito Gil, de manera de incluir a vastos sectores de esas comunidades dentro de las parroquias villeras.

– Ser puntales en la lucha contra la droga para permitir el desarrollo de los jóvenes apoyando a Las Madres Contra el Paco y comprometerse en lo que ellos llaman la “droga del exterminio”.

– Sostener la batalla cultural de intentar integrar a la comunidad villera a una ciudad organizada que los rechaza y les teme. Entre muchas de esas acciones, trabajan en el proyecto “Generación Universitaria” entre la UCA y los jóvenes de Villa Soldati.

– Predicar a diario el concepto evangélico de “asistir aprendiendo”, fundamentalmente, para que aquellos olvidados por el mundo, tengan conciencia plena de los valores que poseen y los puedan desarrollar.

Estos sacerdotes crecieron bajo el cobijo del Cardenal que se transformó en Papa. Mientras los intelectuales discuten sobre las raíces de Francisco y la Curia conservadora recela sobre el futuro de la Iglesia, mientras Vanity Fair se disputa con el Times y el New Yorker al “Hombre del Año” y es tapa de la revista Rolling Stone, asoma una Iglesia diferente en el mundo. Mientras tanto, en Buenos Aires, esos curas villeros continúan con la tarea encomendada por aquel Cardenal silencioso de evangelizar allí donde nadie llega y siguen tercamente con su misión, la de salvar vidas. De alguna manera así los representó Pablo Trapero en El elefante blanco (2012), donde Ricardo Darín batallaba en la piel de un cura de la villa 15 de Lugano. Pero, de lo que aquí hablamos es de lo que ocurre muy lejos de los sets, muy lejos de las historias de ficción. Aquí hablamos de un puñado de hombres sin monumentos ni gloria terrenal que construyen el día a día de miles de familias y son su dique de contención ante el abandono y la violencia.

Volviendo a la inspiración de San Ignacio de Loyola, Francisco y el párroco del Cristo Obrero en la villa 31 cumplen grandes y pequeñas misiones, “magnánimas”, diría la máxima del jesuita, misiones unidas por el brazo indestructible de la fe en la búsqueda de un mundo mejor.

“El Papa Francisco puede reconstruir Occidente”

Luis Rosales, habitual colaborador de DEF, acaba de publicar en los EE. UU. Francis: A Pope for our Time. The Definitive Biography, una biografía del Papa Francisco, escrita en colaboración con Daniel Olivera. En diálogo con DEF, cuenta detalles de la obra y su reciente encuentro con Bergoglio en Roma.

El Papa Francisco, “Personaje del Año”

Time nombró al Papa Francisco “Personaje del Año”, atribuyéndole un cambio en el mensaje de la Iglesia Católica, a la vez  que logró captar el interés de millones de personas desilusionadas con el Vaticano.

Una iniciativa para sostener las vocaciones sacerdotales

El Fondo de Ayuda para la Formación de Sacerdotes (FONSAC) brinda a sacerdotes y seminaritas argentinos la posibilidad de acceder a becas para completar sus estudios localmente o realizar sus postgrados y doctorados en el exterior.

Francisco: La hora del verdadero desafío

“Los obispos deben ser pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos con mucha mansedumbre: pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como la libertad ante el señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan psicología de príncipes”

Papa Francisco, a los pastores de la región. Río de Janeiro, Julio de 2013

Hace ya varias semanas que finalizó la multitudinaria Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Río de Janeiro. Y fue, precisamente, Brasil el escenario ideal para que Francisco, el jesuita devenido en Papa y llegado desde “el fin del mundo”, refrendara su incipiente liderazgo global. Un liderazgo que excede de manera descomunal lo estrictamente religioso para instalarse en la política mundial y en la mirada de los dirigentes del mundo entero, sin importar su creencia, su raza ni su ubicación ideológica.

El idioma simple y a veces provocativo, la conducta por delante de las palabras, los gestos austeros y la alegría sincera de compartir con el otro, han generado una aceptación que indica que ese liderazgo llegó para quedarse. El multitudinario encuentro de Río no solo estuvo caracterizado por una carga de emoción muchas veces inédita, sino también por la particularidad de que esos millones de jóvenes se sintieron “individuos” ante la mirada del Papa (supongo que provocando la infinita envidia de millones de políticos). Ya lo puso de manifiesto Francesca Ambrogetti, la coautora junto a Sergio Rubín del libro El Jesuita, cuando fue entrevistada por DEF: “Recalco como virtud extraordinaria que cuando él habla con uno, está concentrado en forma absoluta en esa conversación”. Creo que eso sintió cada persona en la que el Papa posó su mirada. Puede decirse que Francisco ha creado casi un pacto de hecho con los fieles y aun con quienes no profesan el catolicismo. Propone bases para un mundo vacilante, materialista, casi en estado de anomia, lo que sin duda ya ha marcado un hito para una Iglesia con décadas de declinación en la fe y, además, la consideración de la opinión pública no creyente.

Esto último, lo de una fe ecuménica, espiritual, más allá de la propia religión, no es una observación menor. Occidente vive una crisis económica gravísima. Medio Oriente y su zona de influencia no logran escapar de la lógica amigo/enemigo que se cobra a diario miles de víctimas. Tampoco son menores las pérdidas humanas en vastas zonas paupérrimas de África y Latinoamérica, donde la pobreza y el hambre hacen su estrago cotidiano. Se opone a esto la cara de la opulencia, del lujo desmedido y del descontrol de sectores pudientes que ofenden al sentido común. Por eso, la llegada de una figura como Francisco trasciende lo religioso para transformarse en lo que en latín se llama un “aliento vital” (de donde proviene la palabra espíritu) y que hace que, en medio de este vacío global y de esta falta de lógica en la resolución de tan graves problemas internacionales, el Papa se presente ante el mundo como un dirigente que entiende qué pasa y que muestra su ejemplaridad en cada acción. Antes de enumerar cualquier otra capacidad, lo más destacable del Papa Francisco es su actitud, esa que le permite que desde un lugar de encumbramiento pueda llegar hasta el último de los humildes como un par y pueda ser un modelo a imitar desde el espacio más lejano de lo material, tanto para aquellos que tienen fe como para los que no la tienen.

Lo cierto es que esta popularidad era inimaginable hace apenas unos pocos meses, cuando con mínimas pero contundentes consignas arrastradas por la brutal energía de su ejemplo, Francisco transformó una muy dura realidad de la Iglesia en el mundo, cuando menos, en otra que ofrece una luz de esperanza.

Una Iglesia pobre para los pobres, el final de la pompa y el lujo, la hora del contacto con la gente, la hora de la invitación a los jóvenes a ser protagonistas del cambio y la hora de durísimas palabras para el corazón de la Iglesia, palabras vinculadas a abrir los claustros, a ganar la calle y a rodearse de los que nada tienen. Estas consignas, que entre múltiples interpretadores algunos quieren plantear como “carismáticas”, ya ubicaron al Papa, perdonando la irreverencia, en un altar casi pagano. Es que el mundo está tan desacostumbrado a este tipo de desacartonamiento que hoy el Pontífice es seguido cual estrella de rock. La referencia de que multiplicó el número de personas que Mick Jagger había convocado en las playas de Copacabana recorrió las redacciones de todo el planeta.

Ahora bien, dicho esto, dicen quienes están próximos al Papa, que él poco y nada acredita estos signos favorables que provienen tanto de periodistas como de la opinión pública y que, más bien, le preocupan y mucho. Esta sana preocupación nacería de la convicción de la absoluta imposibilidad de sostener dicha popularidad en el futuro. Los niveles de aceptación actuales son impropios de lo variopinto de la opinión humana y seguramente tanta expectativa de unos y otros no podrá ser finalmente conformada, ya que hoy ni siquiera se conoce a fondo el pensamiento y la futura obra que Francisco está por comenzar. La frivolidad de que la revista Vanity Fair lo nombrara “El hombre del año” no importa nada, comparado con cómo el Papa logra sustentar con sus decisiones los significativos logros ya obtenidos y con ello, dejar atrás la penumbrosa situación por la que pasa la Iglesia, revitalizándola de cara al siglo XXI. La crítica situación de la que hablamos y que podría vincularse con la abdicación de Benedicto XVI, puede abreviarse en tres o cuatro conceptos esenciales:

– El mundo globalizado, materialista y tecnológico, es cada día más ajeno al pensamiento religioso (Europa es el mejor ejemplo). Existe un hedonismo laico creciente, un relativismo general, muchas veces guiado por agnósticos y ateos que son acompañados en esa lógica por una masa cristiana que no milita ni participa o que cree en un estilo religioso personalizado, ajeno al clero y a los ritos de la Iglesia Católica.

– La pérdida de fieles en manos de las religiones evangélicas, que cuentan ya con 565 millones de fieles, millones de personas además en crecimiento constante. Según datos publicados en el 2012, los católicos suman 1196 millones de fieles. De ellos, lidera América Latina con 586 millones y le siguen: Europa con 285 millones, África, 186 millones, 130 millones en Asia y 9 millones en Oceanía. Solo como ejemplo, digamos que Brasil, país líder en América Latina, en solo diez años redujo los porcentajes generales del católicos del 74 % al 65 % de su población.

– Los graves problemas morales internos vinculados con la pedofilia y los abusos sexuales. Los casos ocurridos dentro del clero en parroquias e instituciones educativas contra menores y que han sido documentados y revelados de manera sistemática desde fines del siglo XX, no solo horadan la credibilidad actual, sino que muchos de ellos, por haber sido silenciados durante décadas, han puesto en jaque a la Iglesia toda. Juicios millonarios, exposiciones públicas con daños tremendos y resonantes casos en EE. UU., Alemania e Irlanda recorrieron el mundo y ni la acción ni la enérgica condena de Ratzinger alcanzaron para menguar la tamaña afrenta a la sociedad y a la comunidad católica en particular.

– La espinosa cuestión de las finanzas del Vaticano. Luego de años de desprestigio y de escándalos vinculados con su sistema financiero, el Papa constituyó una comisión de investigación del Istituto per le Opere Religiose, más conocido por su sigla IOR, es decir, el banco de la Santa Sede. Con un pasado con fuerte sospechas de irregularidades y supuesto lavado de dinero, el IOR trae a la memoria colectiva la imagen del tristemente célebre cardenal Paul Marcinkus, involucrado en la quiebra del Banco Ambrosiano (1982) y con vínculos confusos con la mafia italiana. La destitución de Ettore Gotti Tedeschi, adoptada por Benedicto XVI, fue la última gran mancha vinculada con el lavado de activos durante el 2012. No debe olvidarse que el año anterior, el Vaticano fue considerado como “état voyou”–estado deshonesto– debido a la ausencia de transparencia y a las dudas sobre la posibilidad del manejo de “dinero sucio” incluso proveniente del narcotráfico.

Este es el oscuro panorama, seguramente incompleto, de los más graves problemas que debe resolver el Papa. Parece obvio que la necesidad de “poner orden en la casa propia” es la clave primaria para todo lo demás. La dura misión abarca tanto al propio Vaticano como a Cardenales y Obispos del mundo entero. Muchos de ellos hoy son confundidos con políticos y dirigentes, casi administradores de ONG, según palabras de Francisco. Afrontado este ineludible compromiso, vendrán luego las duras realidades que presenta el mundo exterior: el divorcio, el celibato sacerdotal, el lugar de la mujer en la Iglesia, el uso de los preservativos y la situación de los homosexuales, por nombrar solo algunos. Las respuestas a estas preguntas globales que exceden en un todo lo religioso irán perfilando su papado. Pero de todos los fieles que hoy adhieren, ¿a quiénes satisfará más este hombre, Jorge Bergoglio, devenido en Francisco? ¿Será a los radicales? ¿Será a los conservadores o a los revolucionarios? ¿Será a los fieles ubicados en el centro del pensamiento de la Iglesia? Él, ante todo, se declara pastor de su rebaño, no da lecciones ni condena, solo transmite optimismo y esperanza. Pero las observaciones en la descripción de los problemas que ha hecho a los dirigentes de la propia Iglesia y a los políticos en general, han sido duras y descarnadas. Ahora es la hora de arremeter contra ellos, la hora de la acción. Montescos y Capuletos, dentro y fuera del Vaticano, lo esperan con afiladas garras.

Así, llegó finalmente la hora de la verdad para el Papa que cerró hace semanas una triunfal visita a Brasil frente a los jóvenes del mundo entero, aquel cuyo protagonismo justamente nació en la redacción del documento previo a esa reunión en el santuario de Aparecida (2007), el Papa que no le escapa a la realidad y se ocupa de pobres y abandonados, aquel que es asiduo visitante de villas y favelas. Una verdad que inicia con su grey ya fidelizada y con una exposición mediática excepcional. Una verdad misional con la que seguramente intentará salvar a su Iglesia en este particular momento que vive la aldea global. Sabe que solo ha ganado un combate de una guerra larga y probablemente cruenta.

Francisco considera a la política como la máxima expresión de la caridad, como el servicio hacia los demás. Y, sin duda, su paso será mucho más profundo que el de un pastor bueno y sonriente. Será un Papa que dará esa batalla política y que de ninguna manera satisfará a todos. Lo que seguramente sus futuros detractores no podrán negar de él es que es un hombre que cree en la esperanza y que su sino está marcado por el mandato del ejemplo personal por delante de todas las cosas.

Como se sabe, Jorge Bergoglio tomó su nombre inspirado en San Francisco de Asís, aquel que escuchó una voz que decía: “Ripara la mia casa, che come vedi va in rovina”. Reparar esa casa en ruinas parece ser la misma misión en este siglo XXI. Allá va Francisco con tamaño desafío.

El cartonero del Papa

De pronto, la cámara se detuvo en aquel personaje que aparecía como rompiendo con el protocolo de la ceremonia. Nadie entendía qué hacía allí lejos del boato y la formalidad de mandatarios, reyes, empresarios y famosos invitados a la asunción del nuevo pontífice. Con ropa de trabajo, humilde y sencillo, Sergio Sánchez llamó la atención de millones de televidentes que seguían las alternativas del acto y de los que estaban en la propia plaza San Pedro.

El Papa Francisco revoluciona Brasil

“No tengo oro ni plata, pero traigo lo más precioso que me dieron, Jesucristo”, dijo el Sumo Pontífice al ser recibido por Dilma Rousseff en el Palacio Guanabara.


 

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